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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

martes, 26 de febrero de 2013

Intro Nan W.I.P.

Para ser cortés voy a empezar escribiendo su nombre: Fae. Así me dijo que se llamaba. Fae tiene ya setenta y cinco años, es diabética, tiene poca salud y además echa mucho de menos a su marido ya fallecido. Él era suizo. No era muy apuesto, dice Fae con picardía, pero tenía el Don de saber cuidad de ella y su familia. Ahora corretea por allí, entre una caterva de niños, su biznieto. Lo señala en la distancia, es el espigado de bermudas floreada, con camiseta roja. Y pronto aparecen y se nos suman a la improvisada mesa de madera, sobre una acera levantada y de losetas crujidas a cada medio metro, su hijo y su nieto. El último me dice que, a la mañana, he dejado la ropa para lavar en una tienda a apenas cincuenta metros, y que ya está lista, que puedo recogerla. Lo sabe porque ha sido él quien la ha lavado. Y sabe que soy yo quien la dejó porque no hay casi ningún extranjero en Nan. ¿Qué otra persona sin ojos rasgados podría ser? 


Fae rememora su viaje a Suiza. Solo fue una vez con su difunto esposo, pero guarda el recuerdo como oro en paño. Se le humedecen los ojos hablando de los escarpados Alpes, de la nieve que allí vio por primera vez y del frío tan intenso que pasó. Esto último la ayuda a no olvidar el país helvético. Se agarra los hombros con los brazos cruzados, en un claro ademán de frío, mientras se le aparece una sonrisa debajo de unos ojos ausentes, clavados en el horizonte de unos momentos vividos en una Suiza que ya solo puede evocar difusamente su anciana mente. Se puede viajar mucho, hasta demasiado, y ser feliz con ello… pero personas como Fae hacen recordar al viajero que, guiándose por el corazón, no hay viaje capaz de caer en el olvido. Asiento compungido, recuerdo a Jo, la chica de Chiang Rai, y me dejo caer melancólico, apoyada la mejilla sobre la palma derecha. Fae me clava, sin querer, un aguijón en lo más profundo del corazón. Tanto viajar, ¿para qué? Gente como Fae me recuerda que solo un viaje puede contener todo lo inalcanzable para gente que se pase la vida viajando. Que no es coger un avión, o dos, o tres, o un millón. Ni hacer una fotos o secuencia de vídeo, o dos, o tres, o hasta otro millón… sino que lo esencial, cada vez que uno se apresta a iniciar la ruta, es que hay que hacerlo pensando que puede ser la última, que ha de ser el corazón quien guíe, que solo de ese modo se puede viajar en plenitud: escuchando al corazón. La memoria puede fallar, las fotos pueden velarse, es el corazón el que nunca abandona las emociones, las ilusiones o los sentimientos.


El calor empieza a remitir, los críos se atreven a apostarse en lugares soleados, y la cerveza, inevitablemente mientras hablaba con Fae, se me ha vuelto a calentar. Saco un papel y empiezo a garabatear los conceptos, las palabras sueltas que ella y sus hijos me traducen, como pueden, del Thai al inglés. Pero no es suficiente. Fae se va y vuelve con una cuartilla de tamaño folio. Ahí puedo escribir bien, dice. Me cuenta que uno de sus hijos pudo estudiar gracias al tesón de su marido. Le dio buena carrera al segundo, al que se sienta a mi derecha, y que el mayor falleció de malaria antes de que ella conociera al suizo. Eso le pesa horrores, porque con él y su dinero quizás podría haberlo salvado. Pero es el destino, y ya no hay remedio. Su hijo segundo me dice que es agente inmobiliario, que hace buen dinero y que lamenta que su hijo, el nieto a su vez de Fae, el que me ha lavado la ropa, no quisiera estudiar. Les digo que en España sucede parecido, que la gente se ha preocupado más del hoy que del mañana, y que por ello para muchas familias sin estudios no hay porvenir por falta de trabajo. Yo no creo en España, ni en sus gentes, pero creo que Tailandia no debería cometer el mismo error. Y ellos asienten porque en un país como éste, que crece al ritmo del seis por ciento anual, todo es posible. En todo caso, procurar no olvidar, en España también todo parecía un paraíso hace apenas un lustro. ¿Y ahora?


Cuando el horizonte se tiñe de tono bermellón, el hijo de Fae me recuerda que ésta ha de ir a cenar. A ambos se nos había olvidado, absortos en la conversación, en los apuntes, en los viejos recuerdos. Alzo la vista para comprobar que los críos se han recogido, en las calles se han disipado las gentes, igual que la canícula, y ya solo me queda despedirme de Fae y su familia. Que no deje de pasar a saludarles cuando regrese a Nan, que saben que lo haré nada más atisbar el abismo de entusiasmo que muestran mis ojillos. Entonces habrá otra lección de tailandés, otra lección de la vida en palabras de una anciana que, entonces, ya andará por los setenta y seis. Seguro que regreso Fae, que no te quepa duda la digo girándome antes de cruzar a la otra acera. Seguro. Gracias por todo, de corazón. “No es fácil encontrar una familia lejos del hogar” murmuro para mí mismo. Cuando me vuelvo a girar, ya no queda nadie en el soportal excepto una carilla redonda y agrietada que sonríe, tras unos visillos de madera grisácea, y en la que se hunden hasta hacerse invisibles unos ojillos vivarachos. Hasta pronto, Fae.


Tarde con Fae. Mujer, madre, abuela y bisabuela. En recuerdo de su añorado marido suizo fallecido, y en gratitud por la clase de lengua Thai que me regaló sacándola, como cada frase que hilvanó, de lo más hondo del corazón. Nan. Noviembre de 2012

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