LIBROS, DOCUMENTALES, FACEBOOK...

"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

http://www.youtube.com/user/Botitas2006

Facebook y últimas noticias:

BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Dándole al coco

Uno cree que muchos vídeos yacen en su sitio destinado, en la memoria o en un rincón sombrío de Youtube, pero hace poco me llegó un comentario desde allí, desde aquel casi inframundo, que me dio por pensar porque decía así:

"if you can make in english is very usefull. thanks. good program.sunanda,sri lanka."

¿Y por qué no? Si todo es probar y, hasta cierto punto, insuflarme un poco de ánimo de cara a intentar sacar el último curso de Inglés de la E.O.I. En realidad me dan una pereza del copón los títulos vacíos de escuelas de idiomas y más en esta época en que ando feliz aprendiendo Thai online, pero aunque solo sea por eso, porque nada se pierde por probar...

No sé si os había hablado de Bew y sus canciones, me suena que de ésta sí lo había hecho. En todo caso un simpático vídeo versionando el "Pho che" de Bew Kalayanee...

martes, 26 de febrero de 2013

Intro Nan W.I.P.

Para ser cortés voy a empezar escribiendo su nombre: Fae. Así me dijo que se llamaba. Fae tiene ya setenta y cinco años, es diabética, tiene poca salud y además echa mucho de menos a su marido ya fallecido. Él era suizo. No era muy apuesto, dice Fae con picardía, pero tenía el Don de saber cuidad de ella y su familia. Ahora corretea por allí, entre una caterva de niños, su biznieto. Lo señala en la distancia, es el espigado de bermudas floreada, con camiseta roja. Y pronto aparecen y se nos suman a la improvisada mesa de madera, sobre una acera levantada y de losetas crujidas a cada medio metro, su hijo y su nieto. El último me dice que, a la mañana, he dejado la ropa para lavar en una tienda a apenas cincuenta metros, y que ya está lista, que puedo recogerla. Lo sabe porque ha sido él quien la ha lavado. Y sabe que soy yo quien la dejó porque no hay casi ningún extranjero en Nan. ¿Qué otra persona sin ojos rasgados podría ser? 


Fae rememora su viaje a Suiza. Solo fue una vez con su difunto esposo, pero guarda el recuerdo como oro en paño. Se le humedecen los ojos hablando de los escarpados Alpes, de la nieve que allí vio por primera vez y del frío tan intenso que pasó. Esto último la ayuda a no olvidar el país helvético. Se agarra los hombros con los brazos cruzados, en un claro ademán de frío, mientras se le aparece una sonrisa debajo de unos ojos ausentes, clavados en el horizonte de unos momentos vividos en una Suiza que ya solo puede evocar difusamente su anciana mente. Se puede viajar mucho, hasta demasiado, y ser feliz con ello… pero personas como Fae hacen recordar al viajero que, guiándose por el corazón, no hay viaje capaz de caer en el olvido. Asiento compungido, recuerdo a Jo, la chica de Chiang Rai, y me dejo caer melancólico, apoyada la mejilla sobre la palma derecha. Fae me clava, sin querer, un aguijón en lo más profundo del corazón. Tanto viajar, ¿para qué? Gente como Fae me recuerda que solo un viaje puede contener todo lo inalcanzable para gente que se pase la vida viajando. Que no es coger un avión, o dos, o tres, o un millón. Ni hacer una fotos o secuencia de vídeo, o dos, o tres, o hasta otro millón… sino que lo esencial, cada vez que uno se apresta a iniciar la ruta, es que hay que hacerlo pensando que puede ser la última, que ha de ser el corazón quien guíe, que solo de ese modo se puede viajar en plenitud: escuchando al corazón. La memoria puede fallar, las fotos pueden velarse, es el corazón el que nunca abandona las emociones, las ilusiones o los sentimientos.


El calor empieza a remitir, los críos se atreven a apostarse en lugares soleados, y la cerveza, inevitablemente mientras hablaba con Fae, se me ha vuelto a calentar. Saco un papel y empiezo a garabatear los conceptos, las palabras sueltas que ella y sus hijos me traducen, como pueden, del Thai al inglés. Pero no es suficiente. Fae se va y vuelve con una cuartilla de tamaño folio. Ahí puedo escribir bien, dice. Me cuenta que uno de sus hijos pudo estudiar gracias al tesón de su marido. Le dio buena carrera al segundo, al que se sienta a mi derecha, y que el mayor falleció de malaria antes de que ella conociera al suizo. Eso le pesa horrores, porque con él y su dinero quizás podría haberlo salvado. Pero es el destino, y ya no hay remedio. Su hijo segundo me dice que es agente inmobiliario, que hace buen dinero y que lamenta que su hijo, el nieto a su vez de Fae, el que me ha lavado la ropa, no quisiera estudiar. Les digo que en España sucede parecido, que la gente se ha preocupado más del hoy que del mañana, y que por ello para muchas familias sin estudios no hay porvenir por falta de trabajo. Yo no creo en España, ni en sus gentes, pero creo que Tailandia no debería cometer el mismo error. Y ellos asienten porque en un país como éste, que crece al ritmo del seis por ciento anual, todo es posible. En todo caso, procurar no olvidar, en España también todo parecía un paraíso hace apenas un lustro. ¿Y ahora?


Cuando el horizonte se tiñe de tono bermellón, el hijo de Fae me recuerda que ésta ha de ir a cenar. A ambos se nos había olvidado, absortos en la conversación, en los apuntes, en los viejos recuerdos. Alzo la vista para comprobar que los críos se han recogido, en las calles se han disipado las gentes, igual que la canícula, y ya solo me queda despedirme de Fae y su familia. Que no deje de pasar a saludarles cuando regrese a Nan, que saben que lo haré nada más atisbar el abismo de entusiasmo que muestran mis ojillos. Entonces habrá otra lección de tailandés, otra lección de la vida en palabras de una anciana que, entonces, ya andará por los setenta y seis. Seguro que regreso Fae, que no te quepa duda la digo girándome antes de cruzar a la otra acera. Seguro. Gracias por todo, de corazón. “No es fácil encontrar una familia lejos del hogar” murmuro para mí mismo. Cuando me vuelvo a girar, ya no queda nadie en el soportal excepto una carilla redonda y agrietada que sonríe, tras unos visillos de madera grisácea, y en la que se hunden hasta hacerse invisibles unos ojillos vivarachos. Hasta pronto, Fae.


Tarde con Fae. Mujer, madre, abuela y bisabuela. En recuerdo de su añorado marido suizo fallecido, y en gratitud por la clase de lengua Thai que me regaló sacándola, como cada frase que hilvanó, de lo más hondo del corazón. Nan. Noviembre de 2012

miércoles, 20 de febrero de 2013

Primer vídeo de Sudamérica (1de2)

Subido el primer vídeo del viaje a Sudamérica. Confío en que no haya problemas con el audio (hay una canción que a Youtube no le gusta, para variar), pero por si lo hay, y como todavía tengo el proyecto abierto en el programa de montaje, sustituiré esa canción y guardaré otro vídeo menos problemático que subiría en unos días caso de que silenciaran el audio a éste. De momento a ver cómo funciona. Repito que, teniendo conexión rápida, se ve mejor a 1080 o a 720. Antes de salir para Croacia espero tener ya el segundo y último vídeo, el dedicado al Perú.

martes, 12 de febrero de 2013

W.I.P. Phetchaburi

No tenía claro si este fragmento se llegó a publicar aquí... en todo caso sigue a medias, entre bastidores. W(ork) I(n) P(rogress) (más o menos algo así como todavía en pañales) pendiente de revisiones y ampliaciones, sin rematar. Phetchaburi, un lugar excepcional con templos fuera de lo común. Por otro lado la venta de "Río Madre" va viento en popa y pronto me quedaré sin ejemplares ya que los treinta que me pudo hacer un amigo en la imprenta ya tienen dueño. Y lo mejor, casi dos centenares de euros (con seguridad más) que acabarán en cualquier monasterio de la (ahora) más necesitada que nunca Myanmar una vez que domesticaron a Aung San Suu Kyi y la bastarda junta militar se puso la careta de a un euro que ponía "Demócratas" mientras el resto del mundo capitalista aplaudía y hacía cuentas... Otro motivo, las manos nuestras y la fe compartida, para seguir creyendo no en lo que escribo, sino en un corazón de latir compartido, en que algo, un ápice acaso, se puede cambiar desde la humildad y generosidad de todos nosotros. Meses, años después del sueño de "Río Madre", volveremos todos a ayudar a la sociedad birmana sintiéndonos un poco más humanos, un poco más hermanos, un poco menos solos en tiempos de zozobra capitalista y "democrática". Y sí, al que lo piense, inconscientemente (más bien borracho sobre la mesa de un bar de corcho en la que la cerveza de dos tercios de litro valía un euro) lo escribí... pero releyéndolo conscientemente yo creo que también le he encontrado el absurdo y banal "punto Theroux" (lo de los monos y demás fauna me delata) al texto... Prometo ser más original cuando lo muela y rehaga, jejeje... No en vano jamás se me dio bien leer (ni hablar de entender) a los clásicos...   

Conmigo se había apeado otro tipo occidental. Allí estábamos uno frente al otro, en una polvorienta estación, en medio de la nada. Farfullaba constantemente a mis preguntas pero, entre dientes, pude entender que se llamaba Erik, que era belga, que también se había subido en Butterworth, que su destino era Bangkok, y que, sin embargo, estaba hasta el gorro del tren. Supongo que era el reverso de la moneda que suponía la ilusión que ejercía en mí el caballo de hierro. Sencillamente no lo soportaba más, lucía unas ojeras prominentes, pelo alborotado y aspecto pálido. Había pasado la noche sin pegar ojo, eso estaba claro. Algo más ya dijo acerca de toda esa gente que le incordiaba con sus rezos y el terrible bamboleo del tren que lo tenía insomne. Tampoco es que tuviera yo muchas ganas de compañía, pero como el belga no tenía ni la más mínima idea de dónde se encontraba, accedí a acompañarle en la búsqueda de una pensión.

Phetchaburi, hoy decrépita y abandonada, fue en su día uno de los lugares principales de descanso de la monarquía Thai. Eso partiendo de la absurda base de que los reyes, al menos los que yo conozco, puedan necesitar un descanso. De hecho juraría que la mayoría descansan toda su vida. Aún así el lugar genera un optimismo inusitado en el corazón. Luce edificios cochambrosos y un conjunto de templos diseminados que, por el contrario, podrían puntuar por encima de la media.

Buscar una pensión, cuando te has hecho en cierto modo a la vida nómada en el viejo reino de Siam, resulta sencillo. Pasamos por tres o cuatro porque no llevaba nada en mente, así de improvisada fue nuestra llegada al pueblo. Uno por desazón, y otro por azar, ambos buscábamos un lecho para descansar en medio del desierto. Erik se acomodó en una que tenía pinta mediocre, forrada de madera, una de esas que aparecen en la famosa guía para mochileros en la que, en el fondo, todas las que se anuncian se surten de los mismos retales. Dijo que le bastaba y que no soportaba más el deambular bajo el sol. Me dio la mejor excusa para aligerarme de su carga. Dije que pasaba del sitio, que habría algo un poco más coqueto más adelante, aunque tuviera que rascar el bolsillo. Cuando di con la indicada, y tal y como es menester, descargué los bártulos, comí tranquilo, y me tomé unos tragos para celebrar la llegada a casa, para relajarme. En el fondo Phetchaburi podía esperarme unas horas si ya lo había hecho el puñado de veces anteriores que pisé el país. Además los combinados en aquel bar, cargaditos y a apenas euro y medio, eran un robo. Cuando me acercaron el primer vaso de un brebaje con algo similar a ron barato, zumo de naranja y sirope de granadina, suspiré aliviado. Allí, vaso a vaso, buscaba un poco de información en mi ordenador sobre el rincón en que había aterrizado.

Al rato salté a la calle con la referencia de un par de templos, un restaurante, y una colina repleta de monos en mente. Aún lucía un cielo precioso, celeste intenso aunque perlado con diminutas nubes, y estaba firmemente convencido de que algo debía tener Phetchaburi para mí. Pero cuando caminé un rato y el sol me recordó quién mandaba en el lugar, comprendí que estaba lo suficientemente cocido y cansado, en este orden, como para olvidar los templos, tan lejanos por momentos, y esa colina que, repentinamente, se me antojaba terrible con sus cuestas empinadas e infinitas y todo ese montón de monos peludos aullando sin cesar. Frente por frente se me abrió un plan mejor. Traspase el umbral de un templo desconocido, me senté en la capilla principal, delante de la figura de Buda, recosté mi espalda en un columna lacada, y me quedé dormido. Soñé con que aún seguía en el tren, tracatracatraca, con todas esas gentes tan agradables, que éste se pasaba de largo de Bangkok y seguía, tracatracatraca, rumbo desconocido, hacia quién sabe dónde. Sacaba el hocico por la puerta entreabierta del vagón y el aire cálido me frotaba el rostro. Paraba de vez en cuando, luego sonaba un silbato y el tren, tracatracatraca, a ritmo pausado, desperezándose de una galbana atroz, volvía rumbo al infinito… Cuando desperté, aquello era historia, tenía un terrible dolor de cabeza por la resaca, y una escurridiza luna menguante me prometió que me guiaría hasta el hostal. Me estaba gustando el sopor de Phetchaburi, cerca pero aún tan lejos del bullicio de la capital.

Eran los restos de un tifón que se había formado en el mar de China meridional, al menos eso dijeron en la tele. Intentaba salir de mañana a la calle, andaba cinco minutos, y pronto tenía que resguardarme porque se desataba el diluvio. Constantemente, sin lugar a tregua. Cada vez que lo hacía las calles se inundaban, y podías ver cascadas de agua por todo lo ancho de los toldos de la calle. Caían perros y gatos, como se dice en inglés. Entonces a uno no le quedaba más remedio que tomar café y ver el agua caer y salpicar todo a su alrededor. Pasaban raudos motoristas, pertrechados con cutres chubasqueros plásticos, de esos que venden en las tiendas de los chinos a cuatro pelas. Yo también tenía uno en la mochila, lo compré en la estación de Lerma por un par de euros, pero no tenía mucha intención de estrenarlo porque Phetchaburi, en el fondo, podía seguir esperando.

Luego estaba el asunto de los monos, que resulta que no habitaban solo en la colina, sino también en buena parte de la ciudad. Aquello asemejaba a la localidad de Lopburi, famosa por sus simios. La primera vez que vi uno lo hice con el rabillo del ojo. Estaba tomando café y viendo llover, esta vez en un puesto de comida que hacía esquina en la calle de la pensión, y noté que algo se meneaba a mi lado. Casi pego un salto del susto. El mono se había arrimado a olisquear y lamer unas cascaras de Dios sabe qué, y que estaban desperdigadas a mi lado. Allí me quedé mirándolo un rato, sin saber cómo asustarlo, y encima temeroso de que se mosqueara por cualquier razón conmigo y me tirara un mordisco. No me gustan los monos. De hecho creo que es el animal asiático que peor me cae. Son ruidosos, poco higiénicos, feos, y encima todo el rato lanzan esos estridentes chillidos. Sin embargo a los turistas les gustan y los Thais, por religión, los toleran, como si todos ellos fueran la reencarnación del dios Hanuman, el que ayuda a Rama a rescatar a Sita en el Ramayana. Podía haber sido un elefante o un varano el que se plantara a mi lado, estos me caen mejor, son más fiables, menos peligrosos y, por si fuera poco, en el improbable caso de que te muerdan no creo que te puedan contagiar la rabia. Al cabo, mostrando indiferencia, el animal cruzó la carretera, se subió a un poste de luz, y haciendo equilibrios sobre los cables se piró hacia la colina. Todos los cables bailaban y chocaban entre sí. Nosotros, en occidente, vemos un poste y, como mucho, dos o tres cables. Pero en Asia son más prácticos porque levantan un poste y lo inundan de cables. Por allí pasa luz, teléfono y vete tú a saber cuántas cosas más… O quizás ninguna más, y solo ponen allí todo ese montón de cables para chulearse de la de cables que pueden llegar a juntar sin provocar un apagón o que la ciudad se incendie hasta los cimientos, que es algo que también he llegado pensar. El asunto es que siempre aparecen decenas de cables por cada poste, como haces de mies, y uno, mirándolos, llega a la convicción de que, si pudieran meter el gas y la gasolina por un cable, no dudarían en juntarlos a los ya existentes. De repente, absorto en estos pensamientos, noté que había escampado la lluvia.

En Khao Luang y Bandai-it lo pasé como un enano. Son templos en cueva, tham se dice en tailandés, y era la primera vez, por increíble que parezca, que visitaba alguno. Generalmente son anacoretas un poco subidos de vueltas los que se acomodan en una cueva de éstas, aguantan allí toda su vida, y como casi llegan al nirvana al fallecer, pues es como que el lugar adquiere algo de santo y se empieza a llenar de turistas, tailandeses o no. Colocan un montón de Budas en cualquier nicho o en hileras a ras de suelo, dejan que el polvo y la humedad hagan su trabajo, les colocan unos focos y a correr. Como iba a comprobar, el resultado final es bastante hermoso. Esa era la referencia que tenía de muchas cuevas del norte y nordeste por las que había pasado de largo en viajes anteriores. Pero ese no era el caso de estas cuevas porque, sencillamente, a lo largo de muchos años ya habían gozado de la santidad y el favor de la gente local.

Khao Luang es probablemente más interesante de cara al turista, y Bandai-it más interesante de cara a un apasionado del budismo. Quiero decir que la primera es inmensa, como una catedral gótica en la que los tubos de los órganos han sido sustituidos por brillantes estalactitas de las que caen goterones de agua, y eso agrada más a la vista y tiene más imán para sacar a paseo la cámara. Bandai-it es mucho más baja, pero más angosta y profunda, se puede pasear por ella si uno no tiene miedo de padecer tortícolis o lumbago, ni tampoco a quedar entumecido y embadurnado de moho, porque la humedad en ésta es mucho mayor y se filtra por los poros. Por el recorrido de la segunda se van abriendo salas salpicadas de imágenes sagradas que, al menos bajo mi perspectiva, dejan en la miseria a las de Khao Luang, especialmente unas figuras de blanco entre vidriado y esmaltado, trabajadas con seguridad en técnica de cloisonné. Las fotos en ésta no serán tan bellas, pero la sensación de paz e inmersión, con todos esos budas mirándote fijamente, es mucho más pronunciada. Yo, al menos, las recordaba de esa manera.

Al atardecer, como el tema iba de templos en Phetchaburi, me fui a ver unos restos jemeres en la ciudad y un templo clásico adyacente. Había almorzado en un restaurante vegetariano una deliciosa sopa de fideos de arroz con setas, tofu y brotes de soja, y sentía que tenía otra vez el cuenta revoluciones a cero. El primero, al que me acercó un dicharachero conductor, eran apenas cuatro santuarios en roca desgastada, una avanzadilla en los límites de lo que en su día fue la máxima expansión del Imperio Jemer. Hoy en día el lugar no se desmorona de milagro, y no porque los templos, de hermosa laterita porosa, no se mantengan en un aceptable estado, sino porque no hay nada más, ni bajo relieves ni nada parecido a excepción de las clásicas figuras de Buda, de época reciente, en su interior. En todo caso la laterita no es un material tan moldeable como la arenisca para trabajar los finos relieves que han tejido la gloria imperecedera de la cultura Jemer, e imagino que esa debe ser la razón para que estas construcciones presenten un perfil tan tosco y rectilíneo.

Al cabo, circunspecto por lo vivido en la primera parada, no tenía ni idea de llegar al Wat Yai. Según me dijeron en la pensión estaban cerca uno de otro, pero a saber. Pregunto a una chica con gafitas de intelectual que pulula entre los santuarios, y me responde que ni idea, que ella es de Pattalung, al sur, no lejos de la frontera malaya. Comienzo a caminar con la certeza de que alguien sabría guiarme. En tres minutos, tres de reloj, un coche me pita en la retaguardia, y al girarme veo a la misma chica a la que acababa de preguntar. Me dice que sabe dónde está el templo, que monte, que me acerca. Alucino, tan lejos de Bangkok, tan cerca del mundo, tan lejos del ruido, la negación, el abismo… la desesperación, tan cerca de Tailandia. Se lo agradezco pero, tímido de mí, me niego y sigo caminando porque un vecino me acaba de decir cómo llegar, que no está lejos. Saco el billete de tren del día anterior: Butterworth-Bangkok, cama baja 26, vagón 10, y se me dibuja un gesto de satisfacción que rompe moldes. Yo iba destino a Bangkok. Tan lejos, tan cerca. Lo hago trizas aliviado, y los restos vuelan a mi alrededor con una brisa húmeda que súbitamente arrecia. Suerte que salió el hibisco.

El cercano Wat Yai, uno de los templos principales, sí supuso otra explosión de color en mi día. El recinto estaba inundado, y una vez me deshice de una perra recién parida que se había propuesto no dejarme entrar, fui chapoteando, recorriendo un lugar que lucía espléndido. ¿Alguna vez has visto un templo Thai nevado? Pues tampoco lo verás aquí, pero el efecto de la pintura desprendida de las tejas de su salón de ordenación y sus santuarios anejos producía un aspecto muy similar. Así, con tejas blancas, madera de teca por doquier, y agua hasta los tobillos, solo había que retocar un poco la imagen, pensar en cuatro copos que caían, y dibujar un poco de hielo en los rincones sombríos. La sensación que producía en la imaginación era sobresaliente, igual que si hubiese sido trasladado a cualquier campo de Laponia en pleno Enero. Solo deslucía el encanto la presencia de jóvenes novicios que se remangaban las túnicas y, descalzos, jugaban a mojarse unos a otros en una especie de festival de año nuevo, que se celebra en Abril, adelantado. Y es que, ¿a qué críos se les ocurriría jugar en un río helado en pleno temporal de nieve, a un montón de grados bajo cero?

Regreso al hotel a lomos de un motorista, un profesor de una escuela adyacente a la pensión. El socio llevaba de paquete en la motocicleta a un amigo, pero en cuanto le pregunte, parados como estaban en un semáforo, por cómo llegar a mi pensión, le pidió al colega que bajara y me ofreció la grupa. Tan lejos, tan cerca. Intercambiamos unas palabras y le hago saber que Phetchaburi se me quedó atrás, que busco nuevos horizontes. Al llegar hago ademán de sacar la pasta y el tipo no da crédito. En Tailandia eso nunca se paga. La amistad es moneda de cambio, pero nunca en metálico. Bienvenido al reino de la gente Thai. Tan lejos, tan cerca. Hablo con mi amigo José, que vive en Bangkok, y quedo para cenar al día siguiente. Phetchaburi se me marchita en las manos, lo mismo que una flor sin fragancia. Mando un mensaje a una vieja amiga, de las de en horizontal, para vacilar. Hablo con casa, la historia de siempre en el hogar, ¿Qué una chica te quería llevar en coche?, ¿en qué cojones estás pensando? Todo vuelve a su sitio en mi desconchada alma, en las llanuras aluviales del viejo Siam...

martes, 5 de febrero de 2013

W.I.P. Melaka y otra deuda

Es una sucesión de palmeras sin fin sobre un manto verde. A veces hay ríos repletos de limo, de tono castaño oscuro, que hacen juego con las hojas de palmeras marchitas y vencidas frente al poderío de los nuevos brotes. Llegan crecidos, desbordados por momentos ante el empuje de la carga. Suaves colinas tachonan el paisaje en la carretera hasta donde pueda alcanzar la vista con carteles anunciando desde partidos políticos, pasando por empresas de diversa condición y hasta el irrefrenable sentimiento patriótico nacional: Merdeka (Independencia, Libertad) se lee por todas partes. Todos los ingredientes necesarios para hacerte saber que esto es el sudeste asiático en uno de sus pedazos más prósperos. Y así, con este panorama homogéneo, hasta llegar un par de horas después a la que, sin lugar a la duda, es una de las joyas históricas de Malasia: Melaka, la antigua Malacca, bastión de portugueses primero, holandeses después, ingleses al fin en sus preciadas colonias de ultramar.

El problema estriba en que el bus desde KL para en la estación central de Melaka, aunque de central, todo sea dicho, no tiene nada. Una vez allí saco mi billete para Penang al cabo de unos días y empiezo a rumiar, al abrigo de un sol que fustiga, cómo hago para llegar a la pensión, porque uno de los azares de esta ciudad es que su estación principal dista seis kilómetros del centro urbano.

-Taxi, señor-. El tipo que lo pronuncia a mi espalda tiene una voz cantarina, aguda como un chillido molesto. Al girarme descubro a un tipo cano, desdentado y barbilampiño. Un tipo de otra época, setentón. -Voy a esta guesthouse-. Le señalo la dirección escrita en un vértice del mapa de Kuala Lumpur. -¿Y cuánto cuesta? Pensaba en coger un bus-. -Cuesta veinte ringit. No quince ni veinticinco. Es precio oficial. Pero si quieres bus, lo puedes tomar allí-. Alza el brazo hacia una especie de marquesina decolorada que luce a un par de centenas de metros. “O sea, precio oficial… eufemísticamente precio mafia” pienso apesadumbrado. -En todo caso tendrás que andar un rato. De la parada a tu pensión hay unos cuantos minutos andando-. Deja caer quedamente, sin darle importancia. Y señala al cielo mientras se gira para hacerme ver que hace calor, mucho calor. “Estoy vendido” pienso de inmediato, con la luz de alarma encendida. Por normal general, si un taxista te dice, de modo enfático y perseverante, que la conexión de bus es muy mala, que tendrás que andar mucho, que hay cuestas, que hace un calor exagerado, y todas las extravagantes ideas que siguen… entonces coge el bus, es mentira, ningún habitante de estos países pierde el tiempo en dar explicaciones tan profusas y absurdas que hasta harían palidecer a Chesterton. Es algo que nace en su cultura, si es lejos, es lejos, si es cerca, es cerca… ¿por qué darle más tipo de explicaciones? Si por algo destacan los asiáticos, todos, es por su pragmatismo. Nadie gasta saliva y esfuerzo en reseñar lo obvio… a no ser que quiera meterte las cuerdas y hacer de ti su negocio del día. Pero si lo deja caer como éste, entonces ten por seguro que andarás unos minutos, bien muchos, bien pocos… pero serán unos minutos. Y, por supuesto, el sol te puteará aún más.

Al llegar a su coche… cómo definirlo… “bueno, al menos hace juego con el tipo. Ambos son de la misma época” pienso divertido admirando el trasto del Neanderthal. Al abrir la puerta, el retrovisor cede y cae al suelo con un ruido del demonio. Se lo alcanzo y él lo recoge hosco, farfullando algo en voz baja mientras en su boca baila el único diente amarillento que le queda. Al arrancar, miro de súbito: mis brazos, mis piernas, todo se agita como presa de un Parkinson brutal. El cacharro debe llevar un motor que golpea furioso sobre los laterales y el capo, todo el chasis parece presa de un ataque de ansiedad. “En fin, seis kilómetros nada más”. A mitad de camino, ya hecho al bamboleo, el tipo se me queda mirando, que me ponga el cinto me dice, sino multa. “¿El cinto?, ¿se refiere a esto?”, agarro un cacho de correa que debe medir como 6 metros y aparece burdamente amontonada sobre un lateral junto a la puerta. Alucino. “Al menos el anclaje del chasis parece seguro” me digo mientras tiro para comprobar su fijación. El problema es que no había enganche, y daba la sensación de que nunca lo hubo, así que, como ya estaba un poco hasta el gorro, me ajusto de modo grotesco la cinta, cojo la placa de enganche y, como era lo que más cerca estaba, hago tres vueltas sobre la palanca del freno de mano y me quedo mirándole a ver por dónde salía ahora. Afortunadamente no dijo nada, creo que estaba más que acostumbrado a que todos hiciéramos lo mismo, y ya no hubo más conversación ni historias hasta llegar, brincando en la tartana, a la pensión.

A primera hora de la tarde, al pasear bajo un cielo revuelto por la zona china de Melaka, ya más calmado, fresco por la ducha y el cambio de ropas, me encuentro con una suerte de Hoi An pero en menos hermoso. Son el mismo tipo de casas, esas clásicas chinas, estrechas y de dos alturas, la misma orientación comercial, casi hasta las mismas caras… pero algo falla. Lo digo porque aquella es más hermosa que ésta. Quizás sea la falta de coloración de alegre gualda sobre las fachadas, quizás el aspecto apagado de sus gentes que se apresuran a cerrar sus negocios, una vez se han ido los turistas o quizás, lo más seguro, que el peso de la historia le ha robado descaradamente la brillante magia que ostentó en su día.

De todos modos lo cierto es que tampoco estaba aquí por su hoy, sino por su ayer. Melaka, conocida como Malacca en sus tiempos de gloria, fue parida por gentes de muy diversa condición. Primero un sultanato musulmán, aunque en origen hindú, luego hordas de portugueses la transformaron en su época del comino, el cardamomo y el clavo, y con ellos los aranceles dieron razón de ser a la población. Posteriormente los holandeses reclamaron su trozo de pastel en este enclave ya poderoso en la ruta de las especias y, finalmente, los ingleses aquí y en Penang, subieron un poco más alto el listón de la ciudad. Lo que hoy es Kuala Lumpur, la mezcolanza racial, lo distribuyó Melaka en diversos episodios de su historia. Ahí radica su grandeza y la de los vestigios que han pervivido.

Como el día se me ha escabullido, ya en esa hora en que el sol cae, pido unas cervezas en uno de los pocos tugurios abiertos, con apenas dos mesas y cuatro sillas apostadas sobre la carretera en una calleja cerrada al tráfico. Vuelvo a leer de un tirón el Siddharta de Hesse. Adoro está parábola en forma de novela, su enseñanza encerrada, el estilo ágil que impregna todos sus fragmentos, la pelea infinita en busca del conocimiento interior, la verdad que emana de convivir con el dolor inmanente al ser humano. Y hasta me sueño con poder llegar a ser algún día como Vasudeva, el barquero, con ser capaz de comprender yo también todo lo que me dice el río de la vida, tal y como creí escuchar susurrármelo al Mekong y sus gentes en unos valores y tradiciones para mi insondables, tan intensos que irremediablemente transformaron mi manera de ver la vida, mi propia vida. Tener la certeza, el mayor tesoro, de saber que se va un viajero y regresa otro en misma carne y hueso, como Siddharta y sus circunstancias en el bosque, en la ciudad y junto al río. Él partió no para conocer lo externo, sino para entender lo interno… tal y como pretendemos hacerlo muchos viajeros. Es algo que ya dijo el Buda histórico: el conocimiento está en el camino, nunca en el destino. Y, por supuesto, también sueño con poder retirarme yo también en el bosque para continuar con el aprendizaje, tal y como lo hizo Vasudeva. De hecho, pienso sonriente, sintiéndome afortunado, que ahora vivo ese apartado, que ya me estoy adentrando en uno de los vergeles que me regala la vida, que lo hago iniciando este tramo que se transforma de río Mekong a tierras malayas y tailandesas. Mi sabiduría, mi aprendizaje, por descontado que será más mundanal, pero es que debe ser que algunos no estamos preparados para alcanzar un tramo más allá en el aspecto metafísico. Al menos de momento.

Cuando amanece un nuevo día el cielo refulge su azul celeste, el sol empequeñece cualquier vestigio de vida y una película de calor húmedo brota por todos los rincones. Es exagerado, un día de perros sin una gota de lluvia. Marea y adormece solo con asomar por cualquier rincón. Pero hay una idea que no deja de rondar por mi cabeza: Istana Ke Sultana. El viejo palacio del sultán que llevo anotado como visita estrella de todo el país...

P.S. Probablemente era éste el momento de recuperar lo que se cayó de los bolsillos en Octubre aunque me atraía Chequia. Pensaba yo, dándole vueltas a una necesidad y a un deseo. ¿Solución? Entrar por Croacia unas dos semanas, cruzar en tren desde Zagreb a Ceske Budejovice y, finalmente, retozar algo más de una semana por tierras checas. Del 28 de Marzo al 19 de Abril. Confío que esta vez Croacia sea posible porque es una ruta bastante maja. Ésta es la necesidad, enquistada desde Octubre, gestada en la sala de un hospital. Porque si la vida te deja un rato en la cuneta, que sea solo para reponer fuerzas y coger carrerilla... No hay más verdad que la que afirma que uno, al final de la vida, solo se arrepiente de lo que no ha tenido valor para hacer... Agradecido a la vida, porque al perder Croacia pude ganar un hermoso viaje que alumbró textos como el que acabas de leer. Esta vez no quiero que se me pase, gracias asimismo a Any y Ta por volver a aportar cosas al blog con sus comentarios y, ya sabes camarada, prepara la ruta y procura darle un respiro a los botes de Leo que luego te sale el Songkran en Febrero, jejeje.