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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

sábado, 12 de enero de 2013

Miguel Monstruo

Solo era posible conocerle a esa hora. Cuando Salvador se envuelve en sombras atezadas, cuando todo esconde al menos el triple de lo que muestra, él se deja caer por cualquier calle, echando la espalda hacia atrás si es cuesta abajo o viceversa si la rampa se empina. Al cabo planta su puesto de baratijas como quien echa el anzuelo y, pitillo en ristre, se sienta a esperar. Odia el Pelourinho, todo Salvador por extensión. Dejó las playas de Bahía, donde era feliz haciendo fotografía submarina, para ganarse unas pelas, para sobrevivir. Y conocerle es un guiño de la fortuna. Desglosa anécdotas de la región, realidades complejas que alguien recién llegado jamás puede siquiera imaginar. Miguel no añora su Durango natal porque no es de ningún lado. Su sangre extremeña de Don Benito le debió girar la brújula al continente sudamericano, como un imán magnetizado por los Pizarro del Trujillo que vibra con el Chíviri. Vive en Brasil porque lo ama, porque no concibe otra alternativa. Lo intentó en Tailandia y en Filipinas, pero Brasil ya había labrado con un cincel el horizonte de su corazón. A veces le llaman para cualquier cosa, para eso tiene centenas de conocidos. Si hay que pintar, pinta, si hay que barrer, barre, si hay que coser, cose, si segar hierba, se siega… y si no hay nada que hacer coge sus bártulos, collares de barata amatista que trae de España a peso y monta en ratos libres, y los vende a los turistas que callejean por el Pelourinho ávidos de las piedras que dan fama a esta región nordeste del país brasileiro. Entonces, en uno de esos momentos, topé con él.

-O sea, que compras las piedras en España y las vendes aquí como si fueran originarias de esta región, ¿verdad?-. Digo estupefacto al escucharle en esta calleja donde el trajín de turistas y policías que les vigilan completa una suma de cientos.
-Claro. Es que son amatistas de Bahía. Pero yo las compro en España porque son más baratas. Esa es la paradoja. Para exportar, como compran toneladas desde Europa, caen de precio. Si yo busco unos kilos aquí no puedo pagar su precio. En España sí, pese al margen de beneficio del vendedor es más barato allí que aquí. Las amatistas son de aquí, eso es cierto… Y además al turista no le importa ni interesa si la piedra ha hecho un viaje de ida y vuelta a Europa o no. Eso es lo de menos. A veces me veo pillado y las tengo que vender en las tiendas de por aquí. Están encantados porque saben lo que cuestan aquí y allí y me aprietan las clavijas. Incluso alguna vez he perdido pasta con la venta, pero eso es más llevadero en la conciencia que un agujero de dolor en la tripa por no tener para comer-. Sonríe con la felicidad de quien sabe bregar con las circunstancias de la existencia que él mismo ha elegido vivir. “Cualquier cosa antes que regresar al frío de Euskadi”.

El calor se ha podrido con el cierre de los últimos rayos solares y es un placer conversar y tomar unas cervezas con Miguel sin tener que descifrar el portugués cerrado de los habitantes de Bahía. Las fachadas se apagan como una fluorescente sin gas y los cuerpos, negros y agitanados, solo se perciben por las coloridas ropas que parecen mustias bajo el peso anaranjado de la luz artificial que desprenden los faroles. Los pasos se quiebran por los adoquines irregulares de las calles y produce hasta diversión ver a muchos turistas tantear, igual que un funámbulo sobre el alambre, cada paso que se aventuran a dar. Cuando sopla el viento los perros suspiran aliviados, la conversación se para, el rostro se eleva, el olor de los mangos maduros inunda los alvéolos, los cabellos se agitan mecidos y es, justo en esos breves segundos, imposible, absolutamente imposible llegar a imaginar en Salvador un estado más placentero si no es al calor de unas sábanas de franela frotado con el terciopelo que es la piel de una voluptuosa y sensual mujer oscura, de raíces arrancadas del África más recóndita. 

-El otro día pasé por un festival de samba. Tuve que comprar dos paquetes de leche en polvo para entrar. Me dijo un tipo que se trataba de un festival benéfico para ayudar a alguna zona marginal-. Digo aún intrigado por el asunto. -El caso es que me lo pasé de cine. Fue un pasote ver allí a todos los bahianos danzando al son de los tambores-.
-Hay muchos festivales de esos-. Dice resignado mientras de reojo observa a una mujer famélica con pintas de australiana que ojea su mercancía. -En realidad lo de la leche tiene truco-. Enarco las cejas, asombrado. -Los críos la cambian por droga. Los servicios sociales les reparten leche y luego ellos se acercan a los puestos de los camellos. Si alguna vez entraras allí, en cualquiera de esos sórdidos locales, alucinarías. Hay listados sobre la pared y todo. “Una dosis de crack es un paquete de leche”, “tres dosis son dos paquetes”… y así. La mierda de la metanfetamina. Esta ciudad está hundida en la miseria, inundada de drogas. Ves el Pelourinho y, coño, hasta parece algo decente y digno para vivir. Pero como salgas hacia cualquier otra dirección no podrías ni imaginar qué se cuece por allí. Salvador tiene dos caras. ¿Sabías que el mayor parque de helicópteros privados está aquí? Ni en Río ni en Sao Paulo. Está aquí. El noventa y cinco por ciento de la población local se pudre de hambre, enganchándose a las drogas para mitigar sus penas, y el cinco por ciento restante usa el helicóptero hasta para ir a hacer la compra. Eso es Salvador, eso es Brasil-.
-Igual que en España. Todo tiende hacia un sistema de negros y negreros-.
-Exacto. Pero la diferencia es que aquí siempre ha sido así, y nadie lo va a cambiar-.

Y muchas más enseñanzas me alumbró, muchas más quedan para los que topéis con él. Desde la del asturiano que pretendía montar un negocio de fregonas porque no soportaba ver a las bahianas agachadas sobre el parqué hasta la otra que descifraba la red de corruptelas que se come a pasos agigantados la pasta de las subvenciones, ésas que ya deberían haber restaurado el Pelo hasta la última teja al menos un puñado de veces. Y aún está en pañales, asemejando la decrepitud de La Habana en muchos rincones.

Cuando le fui a dejar me regaló un anillo, hecho por él mismo con aluminio y cuarzo verde,  para mi madre. Correspondía a mi amabilidad por haberle pagado unos tragos de cerveza. No tenía mucho, pero eso no le impedía ser digno. Esa dignidad, ese saber ser agradecido me volvió a recordar en Salvador, crisol de blancos y negros, que siempre son más valiosas para el viajero las personas y sus circunstancias que los lugares, pese a lo preciosos que estos puedan ser. Le perdí de vista al doblar una esquina, a tiempo de ver como se guardaba, satisfecho, unos billetes que una turista le había cambiado por un collar de cuarzo y púrpura amatista. Guiñó un ojo y con un “sorte on” recíproco en la distancia nos perdimos hasta que regrese al barullo de Salvador, al frenesí del Pelourinho. Su nombre era Miguel, Miguel Monstruo, y era una encíclica de lo que jamás llegaré a vivir en el hermoso estado de Bahía. Porque a alguien como Miguel no se le aprecia por lo que cuenta, o por lo que vive, y ni tan siquiera por lo que es, se le aprecia porque es igual que un espejo quebrado en el que nunca nos podremos reflejar; en otras palabras, sencillamente se le aprecia porque es todo lo que nunca llegaremos a ser aunque nos vayamos a la cama, noche tras noche, soñando con llegar a serlo…

P.S. De camino a Iguazú. Mal sabor de boca final en Río, unas argentinas del hostal atracadas a mano armada ayer tarde a apenas cien metros de la pensión (adios a la pasta y tarjetas de crédito), una chica brasileña apareció sangrando a eso de la una de la mañana, atracada a cincuenta metros de la pensión, se lastimó (nada grave) por un empujón del agresor (adios al móvil y la cartera con la documentación). Y por si fuera poco se fueron media docena chicos de la pensión a tomar tragos a Lapa (debajo de Santa Teresa) y al regresar a un coreano con el que he hecho mucha amistad le habían birlado el iphone y a un argentino le habían levantado la pasta del bolsillo... Increible. Esta mañana el área del desayuno era un funeral. Eso es Río, una morada infestada de ladrones, guste más o menos. Para el Mundial y las Olimpiadas aquí tienen un problemón de la hostia. Todo el día he pasado rumiando la desdicha de los demás, cada vez más cabreado porque no entiendo como los imbéciles que llevan la pensión no son capaces de advertir a la gente de lo peligroso de esta zona a la que ni los taxistas quieren subir una vez se pone el sol. Y pensar que tuvieron los santos cojones de decirnos que de noche podíamos subir y bajar andando la colina porque es súper segura... 

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