LIBROS, DOCUMENTALES, FACEBOOK...

"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

http://www.youtube.com/user/Botitas2006

Facebook y últimas noticias:

BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Puntualizando

Voy a repetirlo una vez más para que quede claro: este blog no ha sido, es, ni será jamás un blog comercial donde tengan cabida banners de publicidad o elementos del tipo Blogroll (listas de enlace publicitario a otras webs, en castellano la práctica mayoría definibles como bog roll). Lo digo un poco más alto: JAMÁS. De hecho, siendo honestos, éste no debe ser siquiera considerado como un blog de viajes. Pero ni éste ni la inmensa mayoría de los que se encuentran en lengua castellana. Repito que este concepto de blog/blogger de viajes está pervertido en España, una sociedad con una irrisoria cultura viajera y donde el adoctrinamiento comercial cala de modo tan hondo que uno llega a dudar de la capacidad intelectual de tantos y tantos compatriotas que se cruzan en la ruta. Yo, gracias a Dios, no necesito vender nada ni a nadie, solo me dedico a viajar con mis ingresos, afortunadamente cómo, cuándo y por dónde quiero, y además en la cantidad de días que a mí me parece ideal. Son otros los que venden que viajan, marketing y compadreo al poder, poniéndose el traje de “bloggers de viajes” o expertos en viajes a los que luego es muy sencillo poner en evidencia. El traje del emperador que describía Andersen en todo caso, ése para cuya gloria y alabanzas nunca faltan palmeros de estrecha moral y al que solo la sabiduría inocente y no pervertida de un niño supo desenmascarar. Así se define, hoy por hoy, la blogosfera cainita de este país donde tipos con cuarenta o cincuenta días de viaje por año (y muchos de ellos “patrocinados”) se las dan de expertos viajeros y donde hasta mi orilla, perpleja, se acercan en ocasiones ofertas publicitarias cortadas por el mismo patrón en lo que a falta de ética y deseo de atocinamiento de futuros viajeros se refiere.  

Y hay quienes me acusan de idealista, pero el día que procuremos difundir (desde blogs, webs, foros y demás) en cada viajero nacional el concepto de viaje entendido en toda su extensión y en un entorno limpio de elementos tóxicos por publicitarios, cuando se conciba el intento de integración en otras sociedades como el principal eje vertebrador de cualquier ruta, cuando los palmeros se centren más en viajar y compartir charlas y emociones con semejantes de tez amarilla o caoba que en darse palmadas en la espalda mutuamente en plan Torrente y su “nos hacemos unas pajillas”, ese día la Red será un reflejo de una sociedad más humana y solidaria, un motivo de orgullo y un parnaso en el que estos bloggers o expertos viajeros actuales sean visibles solo bajo el prisma de un macabro ejercicio de memoria en el que también asomen ciertas personas que, como ellos, entienden que el viaje ha de supeditarse al marketing de un modo miserable creyendo incluso que este blog se va a prestar a ello por cuatro o cuatrocientos reales.  

jueves, 19 de diciembre de 2013

Vídeos China-Tailandia 2013

Justo antes de partir para India, aprovecho estos días para ir montando los vídeos del recién acabado viaje. Serán tres vídeos de larga duración (cada uno de una hora o incluso un poco más): los dos primeros se centrarán en China y un último centrado entre Yangon-Bago y Tailandia. Se me va a echar el tiempo encima porque a la vuelta de India supongo que tendré material audiovisual para otros dos documentales y, de ese modo, serán un total de cinco vídeos a montar entre Febrero-Marzo ya que para mediados o finales de Abril espero embarcar en un largo viaje por Sudamérica (entre cuarenta y cincuenta días) con un hermano. Aún no sé de dónde sacaré tiempo (¿verano?) para ir zurciendo ideas y temas que rondan en la cabeza sobre Myanmar-Tailandia y que quiero incluir en el segundo libro, pero es seguro que Myanmar y la escritura, el remate de ese segundo libro que ya tiene cuerpo, centrarán el último tercio de 2014. Por lo pronto ésta es la intro del primer vídeo que tengo entre manos, el relativo a la zona este del Gran Dragón Rojo.

martes, 10 de diciembre de 2013

Parque Nacional Pha Taem, punto y seguido

Unas imágenes de este precioso, remoto y desconocido lugar casi en el límite entre Laos, Camboya y Tailandia antes de ir a dormir, que mañana toca vuelo de vuelta a casa. Dentro de unas semanas India, Nepal y otro poquito más de la vieja Siam.  

sábado, 7 de diciembre de 2013

Eterno Nong Khai

Poco a poco se va acercando Nong Khai tras unos kilómetros finales de carretera que no dejan de besar la vega del Río Madre. El bus renquea, sufre cualquier cuesta arriba, gime tras cada cambio de marcha y un poderoso olor a gasolina mezclado con polvo ocre inunda todo el interior. Se contagia del río en su lento caminar brindando unas vistas soberbias. Detrás del vehículo se apilan los fardos y jaulas junto a una maleta, por fortuna negra como el carbón en que ya estaría embadurnada de haber intentado lucir un tono claro. Delante la gente charla feliz mientras un pobre extranjero pelea por dejar de clavarse una varilla suelta del mullido asiento, directa a clavarse en los riñones a cada bache.

Al llegar la felicidad es extrema de vuelta al hogar del hogar. El dueño de la pensión sonríe y me da la llave de la última habitación disponible. Pareciera que me esperaba. Y tres cuartos de lo mismo con las chicas de la platería que miran sonrientes la pulsera que las compre hace tres años y que luce todavía hoy suelta por mi muñeca. La compre en recuerdo a Pa, tras dormir con ella la primera noche, y la guardo un cariño especial... a ambas, pulsera y mujer. El del puesto de los cordones de caucho también se deshace en alabanzas traducidas gracias a un extranjero que se halla en la tienda, con perfecto dominio del tailandés, y que me va contando en inglés, asombrado, las palabras del dueño, saludo reverencial tras saludo reverencial. Me dice que pasan extranjeros por allí con chica tailandesa, que compran para ellas pero que no llegan a valorar el trabajo artesanal de cada cordón. Es solo un capricho más, solo un suvenir más. Sin embargo yo regreso a comprar año tras año, y eso implica que valoro especialmente el producto. Que sabe que son para mi madre, se lo dije una vez anterior, y eso siempre es un aspecto sentimental añadido. Asiento conforme y un poco abrumado por su amabilidad. ¿Cómo podría no echar de menos el pequeño círculo forjado en Nong Khai? ¿Cómo podría olvidar todo lo vivido, disfrutado o sufrido en sus entrañas? Si el regreso viajero tiene un plus para corazones errantes, en mi caso Nong Khai, sus gentes, le llegan a dar una dimensión infinita. Sigue siendo un adorable desguace de cantos rodados, octogenarios henchidos por el calor trucado de jovencitas a las que el oro de Phukhet o Pattaya las pilla tardías o desmaquilladas, pero no deja de ser mi desguace favorito en el que, al cabo, yo también me hundo abandonado a la melancolía pasajera que impregna hasta el último rincón.

Siempre, año tras año desde ya ni se sabe, el cinco de Diciembre es especial y festivo en todo el reino por ser el cumpleaños del Rey. Y Nong Khai se une a la celebración sumiéndose en el silencio y la oscuridad. Toda la calle de ambiente nocturno y travieso se viste de chapa, de rejas metálicas que dan un silencio reverencial a la tarde en tan especial día justo cuando un puñado de fuegos artificiales estallan formando palmeras multicolor con el trasfondo de una luna casi nueva, cuna perfecta. Grandes y chicos, hombre y mujeres, todo adoran al Rey, convertido en una figura sagrada en el país. Se lo ha ganado a pulso tras una vida de compromiso y esfuerzo en pos de una Tailandia más próspera y menos tóxica (es conocida su lucha personal por erradicar del reino casi todo rastro de cultivo de opio). Si lo comparamos con este otro impresentable, borrachín y vividor de tomo y lomo que yo me sé…

Jean, el veterano francés afincado en esta ciudad, me descubrió una mañana en que regresaba del cajero. Efusivo y amistoso como nunca, me enseñó su casa y hasta el negocio de ropas que ha montado para su mujer, Joy. A la mujer tailandesa hay que darle una ocupación para que no tenga su mente demasiado centrada en mi bolsillo, decía confidente, tú ya sabes cómo va esto. Me reprochó hasta lo indecible no haberle llamado el pasado año en que Phon le comentó que estuve en Nong Khai. Que nunca más me hizo prometerle.

De Phon precisamente ya no quedaba ni rastro. En el bar solo sabían que marchó a Bangkok, a trabajar en algo que nadie conocía porque nunca lo dijo. Dos tragos duró la cerveza y punto final a la vida nocturna por esta vez. Mejor emplear la poca pasta que aún me quedaba en un masaje que me dio un cincuenta por ciento, chico-chica con tan poco salero tal si estuviera momificada mientras yo jugueteaba con móvil, dudando de si escribirle un mensaje a Phon o no.  

Siempre es duro abandonar Nong Khai. El corazón se encoge nada más pisar la estación donde arribó muchas horas antes para comenzar a latir brioso y el bullicio propio a estos lugares de viene y va acaba por deprimir un poco más, por complicar todavía más lo ya jodido del partir. Incluso se llega a nublar el deseo y, una vez más, año tras año, arrecia la duda de por qué no apurar algún día más allí, enterrado en ese cementerio de elefantes que tanto me ha regalado. No obstante el viajero siempre acaba recurriendo a lo que le da de comer, a la ruta. Con mayor o menor soltura, con más o menos querencia me dejé caer en el asiento de respaldo recubierto de pegadizo escay gris, y hasta creo que hubiera podido percibirse un punto de brillo en mis ojos legañosos, gestado por la emoción de descubrir un recodo más, cuando el bus puso rumbo a Ubon a una velocidad similar a esa con la que pasean los abuelos ya de vuelta de todo en esta vida, como si llevarán zapatos de plomo.  

Empero el azar, aunque parezca lo contrario, no entiende de casualidades. Mandé un mensaje de móvil a una amiga a quien no veía tiempo ha. Iba a Ubon, cerca de su localidad natal, y quién sabe si ella estaría allí y podríamos compartir una taza de café. En todo el mundo la gente viene y va, pero el viajero habitual por Tailandia, el que le ve cambiarse de careta tras cada ciclo anual, sabe que eso aquí es un modelo de vida en sí mismo. Rodar y rodar, ruedan los viajeros por tierras de Siam, ruedan los tailandeses por las arterías de su país. Lo estático está prohibido en estos lares. Mandé el mensaje con tanta ilusión como falta de esperanza, del mismo modo que quien se juega unas últimas monedas a doble o nada en la ruleta rusa. En Ubon mi gozo en pozo, no había buses a mi destino final, Khong Chiam, y lo más cerca que podía llegar ese día era a Phiboon. El día se esfumaba entre el trajín de seres grises ajenos al caleidoscopio brillante que caía por entre las nubes escasas con la puesta de sol, y yo me hundía en una silla de plástico empático con el astro, alicaído tras siete horas de bus, apenado por tener que perder todavía más tiempo vital en esta ruta que corría veloz al epílogo. Sin saber cómo ni por qué, igual buscando alguna red inalámbrica a la que poder conectarme y matar el tiempo, empecé a juguetear con el móvil. Había un mensaje de texto. ¿Cuántos días estás en Khong Chiam? Me levanté de un respingo, asombrado ante el hecho de que la ruleta me pudiera devolver lo jugado multiplicado por dos, un nuevo gramo de ilusión recuperada cuando ya me sentía carne de cañón. Contesté a la pregunta. Recibí una llamada. Hablamos un rato medio en Thai medio en inglés. Estás sola, no quiero crearte problemas. Estoy sola, ¿conoces Amnat? Me gustaría, pero al menos sé llegar y sabiendo que estás sola incluso podría hacer el camino andando. Risas contagiosas. Sabes que no puedo estar contigo. Silencio. Lo sé. En ese caso te espero mañana. Hecho, te mandaré un mensaje desde el bus cuando salga de Phiboon. Así en unas horas, cosas del destino y largo tiempo después, volveré a compartir un poco de charla con una persona muy especial a la que hace años me prometí jamás dejar caer en el olvido. El azar, queda claro, no entiende de casualidades. Jamás lo hizo y jamás lo hará. En mi caso y en el sudeste asiático, química o destino pertinaz, siempre fue así y siempre lo será. Su nombre, por cierto, es Pa.  

miércoles, 4 de diciembre de 2013

A lomos del Mekong (W.I.P.)

Un año después me vuelvo a sentar en el mismo restaurante con un cubilete helado en el que bailan tres cervezas, oteando un Mekong que juraría no ha variado un ápice pese al tiempo transcurrido. Él quizá no, pero Chiang Khan va tan viento en popa que dudo si no hubiera sido mejor pedir otras pocas más, igual hasta media docena de birras. Los puestos de recuerdos se han multiplicado, tres cuarto de lo mismo con las bicicletas en las que ahora cabalgan gentes Thai aprovechando lo templado del clima; todo da la sensación de haberse diversificado buscando enganchar un poco más al turista, y la pensión donde dormí, en la que el dueño me ha reconocido al instante, ha subido cien baht. Cosas de la nueva cama y una tele de cuarta mano que lucen el mismo cubículo, imagino. Derrocha simpatía aunque regatea duro el muy jodido, mas uno siempre regresa por motivos propios del interior, nunca del exterior. Eso es algo que no admite dudas. Y esos mismos son los que hacen que me vuelva a sentir como en Ítaca, acurrucado en la vera de un Mekong que no deja de discurrir soñoliento.

Por momentos arrecia la brisa norteña en Chiang Khan, un suave mistral no de connotaciones marítimas sino fluviales, y los tailandeses se encogen y aprietan entre sí en las furgonetas o buses hacia Loei para protegerse del fresco. Llego a creer, seguro, que esta zona del país es la única en que uno puede encontrar a estos tipos en manga larga desde que se levantan hasta que se vuelven a acostar. Eso, bien pensado, es maravilloso solo sea porque a estas alturas ya es sabido los Thai tienen el termostato estropeado, y lo que para ellos es frío para cualquier europeo suele ser una temperatura ideal en la que, tras unos días, hay que obligarse a un ejercicio de memoria para recordar qué es sudar y cuándo fue la última ocasión. Solo de pensarlo, factor somático al poder, empiezo a sentirme a gusto en Chiang Khan.

De luz solar apagada, la calleja principal, la paralela al río, bulle de puestos de comida Thai a la unidad y de turistas emocionados que suben y bajan dando pedaladas. Los templos se cubren de guirnaldas y luces tenues, los puestos de ropa y suvenires avivan su razón de ser, las pensiones y hoteles boutique abren sus puertas para mostrar el lustre que albergan y todo un millón de sonrisas asoma a cada metro. Chiang Khan ha de ser una joya para gentes tailandesas desde que la TAT, la oficina gubernamental de turismo, lo descubriera y rescatara del letargo en que vivía sumida, con un ritmo en sus vecinos heredado por empatía o mimetismo del que marcan las aguas pardas del Río Madre.

Todos hablan dialecto Isan y todos se muestran felices tras compartir unas frases en breve diálogo con un turista extranjero que parece haber surgido de entre las aguas como una Naga despistada, a la que todo le llamara la atención. Si en Bangkok o Chiang Mai reinan el frenesí y celeridad, en Chiang Khan, en este límite desconocido por el mundo occidental pero abrillantado por el turismo local, la sensación es diametralmente opuesta. La gente rueda con calma por las calles, susurra las palabras para que nada dé la nota, los cuatro de los tuk-tuk dormitan a la sombra ajenos a todo, el pueblo luce impecable en cada detalle, orden y concierto por bandera, instantáneas de Canon a cada segundo; el regateo no lleva barniz de némesis sino de derroche de simpatía en sonrisa franca, tras cada céntimo que se trueca la comida es una explosión de sabor, del agrio al dulce, del salado al amargo, y de este peculiar modo las venas de Chiang Khan vienen a mostrar que, pese a lo caro de su contenido, en matriz pura es una puerta trasera en forma de gatera ideal para empezar a vibrar (o volver a hacerlo) aventurándose en Isan, una tierra indómita y despreciada por los turistas occidentales pero que encierra un porcentaje altísimo de esa psique tailandesa en que todos anhelan zambullirse. 

De regreso a la pensión el chaval me recuerda la velada de cervezas meses atrás, la charla animada con él y su ¿novio?, y se la cuenta entusiasmado a una chica que por parecido ha de ser su hermana. Pero este año no toca, este año solo queda teclear un rato intentando plasmar en papel unos segundos del decorado de Chiang Khan. Será el próximo año, le digo, y me desea buenas noches con un brillo especial en sus ojos, radiantes como su sonrisa. Y que a qué hora me piro a Baan That, pregunta. Quién sabe, respondo taciturno, cuando me levante, a la hora que sea. No hay nada que me mueva a pirarme tan pronto una vez que le ha cogido las vueltas al lugar, incluso sé que sería feliz unas cuantas horas más allí. Pero el Mekong me tira demasiado, descubrir nuevos meandros, convivir con otros seres, soñar en vegas desconocidas… Siempre hay un río de leyenda un tramo más allá.

Mientras en penumbra caen los párpados a plomo, solo me acompaña el coro de cigarras junto al goteo incesante del grifo del lavabo y al suave rumor del compresor del aire acondicionado que salta esporádicamente. Termino de teclear y me veo desarmado sin cerveza ni tabaco. Supongo que es hora de dormir, esta vez un poco más elevado y cómodo con somier aunque en el fondo pueda llegar a echar de menos el colchón tirado al suelo que me hizo roncar a pierna suelta tiempo atrás. En el fondo es solo cuestión de añoranza de otro tiempo.

...

Primero llega Baan That, a medio camino en la carretera de regreso a Muang Loei (Loei Capital), y luego desde allí se alcanza, tras una bifurcación y sesenta kilómetros, Pak Chom. Parece un calco de Chiang Khan por recogido junto al Mekong, sin embargo éste se halla desprovisto de señuelos para turistas. Es ocre y apagado, polvoriento y sucio, nada apasionado, fronterizo a más no poder. El típico lugar en que uno se baja del bus temeroso, tratando de convencerse a sí mismo de que ése no puede ser su destino mientras decenas de miradas reparan en el extranjero que, indudablemente, desearía hacerse por minutos de cristal mientras otea en derredor prendiendo un cigarrillo. Tras un recodo más allá de la estación, cuando parece que uno ha equivocado el trayecto y echa la vista atrás cada tres pasos, pensando si no sería mejor deshacer lo andado e intentar cobijarse en la ciudad, surgen por arte de magia unos bungalós idílicos en un reino de hibiscos, acacias, buganvillas y plumerías ora blancas, ora rosas, junto al siempre presente Mekong. Los aldeanos tenían razón mandándome por esta vereda ya que ahí se vislumbra el Pak Chom que uno tenía idealizado, tal y exactamente como lo que se abría a mis ojos.

Mucho del terreno que rodea la vega en su lado tailandés luce achicharrado, preñado de tierra reseca y estéril fruto del transitar de unas máquinas excavadoras que tratan de allanar el terreno para crear un parque, al igual que sucedía en otro tramo del río cerca de Chiang Khan. El joven dueño de los bungalós me dice que aquella localidad y ésta son idénticas y, bien pensado, mucha razón no le falta. Pero Pak Chom no alcanza a la esponsorizada en muchos aspectos. Desprovista de las casitas de madera de doble altura, de las tiendas de recuerdos o de del bullicio silencioso que define al turismo nacional se podría decir que éste rincón es más bucólico, genuino, original y auténtico. Un lugar entrañable en el que uno podría abandonarse para darle a la tecla por un buen puñado de días o semanas. Incluso sin necesidad de teclear, solo por sentir que se está rodeado de una Tailandia de carne y hueso sin andamiajes que llenen de gozo y alborozo a turistas.

Topo con otro viajero europeo, hundido en la diminuta y polvorienta estación de buses, cuando regreso de comer y jugar un rato a fútbol con los chavales del lugar. Allí anda con el hocico hundido entre las páginas de la Rough Guide. Tiene el aspecto huesudo y famélico del perro del hortelano rematado por un pelo lacio cortado estilo cazuela, como el Adso de Melk en la versión cinematográfica de “El nombre de la rosa”, la genial novela de Umberto Eco. Nos presentamos cordialmente. Es holandés y vagar por el mundo aparenta ser su profesión. Me pregunta por una guest-house que aparece impresa en su guía, de original nombre Pak Chom y que debe estar hacia el oeste del núcleo urbano. Yo ni idea, sencillamente unos vecinos me indicaron al llegar que fuera hacia el este, que allí encontraría unas cabañas. ¿Existe mejor guía que la recomendación de los locales? Pues este tipo debe pensar que sí. Le digo que donde yo he dormido es nuevo e impecable, que no creo que venga en ninguna guía. Y él responde, irónico, que ya lo supone porque en su guía solo aparece esa pensión occidental de nombre homónimo al pueblo. Empieza a preguntar a la gente que dormita en la estación y todos, reincorporados en los bancos donde yacían, le señalan el oriente. Al cabo de unos minutos cierra de golpe la guía, contrariado y ofuscado, y se me acerca para decirme que mejor se pira a Sangkhom. Que no da crédito porque en la guía marca la pensión hacia un lado y todos le mandamos hacia el otro, que a ver cómo es posible que nadie sepa dónde está. Ver para creer. Yo sí que no doy crédito ante semejante haragán. Probablemente algún día encuentre finitas las señas de identidad Thai, de que vaya a llegar al mismo punto con relación a la estupidez de muchos turistas no estoy tan seguro. Allí se quedó, encogido de hombros en un banco sombrío, meditativo y con la guía en el sobaco mientras hacía tiempo para largarse de un pueblo precioso que le había durado un cero coma gracias a su incapacidad fusionada de salirse de un panfleto por un lado y de confiar en la gente local por otro.

Al día siguiente enfilo en un desvencijado y saltarín bus el camino a Sangkhom. Toda la carretera, paralela al inmenso Mekong, se abre entre plataneros y papayos que forman con sus frondosos ramajes un arco a modo de saludo al vehículo. Por ratos el río se pierde en lontananza, tras collares de montañas y plantaciones, y por ratos se pega a la carretera mostrando islotes sueltos sobre los que se podría llegar saltando al vecino Laos. El río, de este modo, nunca separa, más bien une a dos naciones hermanas en esencia que comparten infinidad de rasgos en común. Cuando llego a Sangkhom la cobradora del bus ordena al conductor parar junto a un pequeño callejón, al lado de un rótulo en el que se adivinan chorretones de pintura gris marcando una pensión en inglés -guesthouse-. Me indica el camino alzando el morro. Dudo, pero no se pierde nada por echar un vistazo que, obviamente, me iba a durar un minuto. Allí andaba risueño el tipo europeo del día anterior con la mirada perdida en el jodido libro, comiéndose unas páginas de las que solo alzó la vista para comentarme que la guía llevaba razón, que el sitio era maravilloso y le hacía feliz aunque sí, las chozas eran básicas pero al menos baratas y, remató, que nada más llegar supo que ese cuchitril estaba hecho para él, que se apalancaría allí unas lunas. No doy crédito y le miro estupefacto, aunque después de lo del día anterior cualquier cosa me cuadra en él. Lo mejor está al caer cuando el dueño, al cabo, me enseña brevemente una especie de cija y me pide cerca de trescientos baht por aquello, palafito cubierto de esterillas de bambú y hojas trenzadas por tejado donde asoma un ventilador mugriento, un catre horripilante con mosquitera y junto al cual han adosado un ¿baño? de medio metro cuadrado. Orgulloso, el fulano me dice que tiene electricidad y que el ventilador, por supuesto, funciona. “Cojonudo, así no tengo que prender fuego con dos piedras o palillos” pienso alicaído. Debe estar de guasa y, faltaría más, salgo de ese local, con pinta de señuelo para turistas despistados, como alma que lleva el diablo. Si eso vale más de cien baht mis cojones son claveles, que diría el otro. A este perro viejo y a estas alturas no le van a meter un hueso de cartón, eso seguro. Igual lo hacen, pero no va a ser de ese modo tan descarado. Yo me piro con los Thai. Y este pensamiento sagrado me vale para incidir en el hecho de cómo todo Dios habla maravillas de los alojamientos en Tailandia, por precio, pulcritud y comodidad, pero ninguno se para a pensar cómo es que ningún local se aventura en ellos. La respuesta es tan sencilla como lógica: porque son caros e insalubres, sencillamente. Hablad con tailandeses haciendo turismo por su país -por suerte cada vez más- y os lo confirmarán.  

De nuevo en la carretera principal una señora me guía en la dirección correcta. Coge un samlor y que te acerque a un par de hoteles por allí, en la carretera a Si Chiang Mai, dice convencida. Un primero soberbio, barato para lo que ofrece pero caro para mi bolsillo, un segundo aún más alucinante pero igual de caro y, al fin, un tercero con habitaciones de teca pulida como la seda, cama impecable de dos por dos con cabecero y largueros de madera maciza, baño de capricho, aire acondicionado y en primera línea del Mekong por la friolera de cien baht (dos euros y medio) más que la cuadra para turistas. Una vez acomodado echo una cerveza lamentando la ignorancia generalizada que arrasa en turistas de guía de papel y me hundo en el colchón entre sábanas tan cálidas al tacto como el aceite de Argán. Mañana habrá tiempo para Sangkhom, pero hoy me relamo porque soñaré feliz sabiendo que Nong Khai, meta final, está un poco más cerca.  

lunes, 2 de diciembre de 2013

Breve ensayo sobre el regreso a Asia

Suele suceder, pero no muy a menudo, que uno se ve con la mente tan relajada que de repente empieza a brotar en ella cualquier asunto banal que obliga a un ejercicio de análisis improvisado. Ocurre, por ejemplo, cuando uno ha cerrado el pdf con otra novela de Bolaño -sigo creyendo aprender a esto de la tecla con el maestro chileno-, cuando también ha cerrado, hastiado, las páginas web de unos periódicos nacionales en los que día tras día lo único que varía es la fecha -viajando solo y sin prisa ni eso tiene la más mínima importancia- y cuando finalmente, presa del aburrimiento, se ve a sí mismo abriendo las manos con un poco de comida mientras llama a un perro callejero al que dar un minuto de alegría. Suele suceder poco, y en mi caso no solía escribirlo nunca hasta llegar a Pak Chom, en la ribera de la madre Mekong, perdido en la provincia de Loei.

El caso es que surgieron en mi memoria unas estadísticas de viajeros por año en países asiáticos junto a otras de cuántos de estos regresaban por segunda, tercera o mil vez a este continente, a los mismos destinos. Sencillamente lo rescaté del baúl y procuré darle un sentido, analizarlo y compararlo con mi propia experiencia, con tantas charlas con otros semejantes en ruta, para sacar unas conclusiones que, curiosamente, me dejaron bastante perplejo. Aunque, siendo justos y hablando de viajeros, lo normal es comenzar por definir qué es un viajero común y qué es un viajero español, excluido de raíz de todo este análisis por los motivos que explico a continuación. Y que conste que soy así de tajante y parto de esta base por si alguien desea dejar de leer en este punto, ya que sé que lo que escribo a continuación con seguridad no le va a gustar a toda esa mayoría de lectores que rápidamente se va a ver reflejada en el texto.

En España, sencillamente, no hay cultura viajera sino turista, e incluso ésta última es escasa si entendemos el concepto cultura en toda su extensión. Hay mirlos blancos, por supuesto, pero nuestras propias limitaciones intrínsecas o inculcadas -siempre nos creeremos menos que los franceses o alemanes, nunca aprenderemos idiomas, a ciencia cierta moriremos de inanición si no sabemos leer un menú, ¿cómo pedir una habitación si no me entienden?- junto a todo el bombardeo mediático al que se nos somete para fortalecer esa idea, crea fácilmente títeres de tour-operador o, peor aún, turistas disfrazados de mochileros. Cuando digo todo me refiero a TODO, incluidas revistas de viaje, programas de televisión, de radio (se salva el “Levando Anclas” de Radio Euskadi), webs personales y patrocinadas por agencias o entes burocráticos, guías de viaje impresas… en definitiva, cualquier medio que se te pase por la cabeza. Y los medios, como sabemos por experiencia, siempre ganan. Puedes preguntarle a un español por turismo activo de aventura, un año sabático, un homestay en convivencia con una familia vietnamita o por turismo de cooperación y no tendrán ni idea de eso ni, además esto es lo peor, jamás querrán saber de qué va el asunto. Si nunca han leído sobre ello, ¿cómo podría ser interesante? Ahí ya partimos como sociedad de un déficit estructural, de estar bajo el yugo y dominio de una supra-organización viajera en forma de embudo que tiende a homogeneizar hacia abajo rutas, agencias y tipos de turista y que, desde luego, maneja mucho dinero, tanto como para saber que casi nadie va a mover un dedo por diversificar itinerarios o plantear otro tipo de alternativas más individualistas fuera de esta pirámide boca abajo. Luego algún iluso, reflejado como decía en el párrafo anterior, dirá que a él con su mochila no le lleva ningún guía de la mano. Peor aún, porque no dejas de visitar los mismos sitios, comer en los mismos restaurantes y dormir en los mismos hoteles solo que tú puedes llegar a creer, porque así se te ha inculcado, lo contrario; piénsalo un poco y quizás encuentres valor y honestidad viajera para salir de esas rutas precocinadas y, entonces sí, motivación básica de este párrafo, contribuir con tus gastos a que toda la gente pueda tener opciones de prosperar. Yo lo llamo turismo de convicción social, pero creo que soy el único que tiene un nombre para ello porque debo ser de los pocos que lo practica. Y hago referencia a ello, relacionándolo directamente con esos supuestos “viajeros”, porque repito que ellos son quienes más se chulean y se vanaglorian de su concepción viajera frente a la de los de tour-operador cuando, en realidad, son ellos los que más ayudan al “status-quo” de cuatro listos (¿realmente piensan que guías de viaje y páginas web, las mismas que le marcan el camino, son independientes?... Es un descojono su estulticia).

Otro factor, genuinamente ibérico y cañí, con denominación de origen, es el de convencerse a uno mismo de que “la vida es demasiado corta para desperdiciarla volviendo a un país”, y éste sí que es clave hablando de viajeros españoles. Olé sus huevos, ¡qué raza! Y lo cojonudo es que estos turistas de mochila se llegan a convencer realmente de ello… ¡Hasta te lo quieren vender como el sumun del viaje en esencia! Pues lo lamento. Enormemente además. Pero se auto-engañan mintiendo como bellacos. Y además los menos, los que tienen dos dedos de frente, lo hacen a sabiendas. Ellos también dicen que van a los países a hacer la ruta clásica porque es la que hacen todos por interesante. Obvio. Y yo también. Pero la realidad, lo que se niegan a admitir, es que no tienen cojones para salirse de esas rutas trilladas o a regresar para descubrir nuevos horizontes bajo un mismo sol porque eso les va a obligar a convivir con la gente local. Y eso genera un pánico irracional que brilla en sus cristalinos. Tan patético como crudo, oiga. Ellos, viajeros intrépidos de flora que cuando les mencionas la fauna solo aciertan a balbucear que sacaron unas fotos maravillosas de una tribu en su último tour por África. Hasta ahí su contacto con la gente local. Y cuando uno les recuerda sus miserias, se ponen a gimotear derrumbados porque el peso de lo inculcado es brutal: es que ellos no saben inglés, porque qué van a comer si no hay McDonald`s, porque dónde van a dormir, porque cómo van a moverse… Todos por igual, los de tour-operador y los de mochila. Y de nuevo estos últimos peor porque creen que la comida tailandesa de Khao San o de cualquier garito dentro del foso en Chiang Mai es tailandesa. Ni lo es, ni lo vale, ni lo cuesta. Y donde duermen en la capital Thai, en el decrépito barrio innombrable del área de Rattanakosin, a ver si se enteran de una vez, es carísimo en relación calidad-precio y controlado por cuatro fulanos, además los mismos fulanos que controlan casi el cien por cien de agencias en Chiang Mai. Podéis creerme, es terrorífico haber recorrido sin rumbo centenas de miles de kilómetros, gracias a ello poder mirar a los ojos de tu interlocutor como lo haces con indios, chinos, guatemaltecos o lo que sea y encontrar tal miseria, insolidaridad, falta de honestidad y bochorno ajeno en tipos que se las dan de viajeros. Es realmente desolador, especialmente tras comprobar que, como tú, comparten pasaporte de letras España. La guinda llega cuando una guerra o un desastre natural causa miles de muertos en un destino determinado y el “viajero” de turno saca las fotos plastificadas, lamenta los de los fallecidos (por quedar bien) y rápidamente recuerda que menos mal que él estuvo allí antes del horror y que ¿verdad que era bonito?... No es necesario extenderme más, tras estos dos apuntes sencillos y verificables (hablad con esos tipos, vecinos o tocayos, para ver enseguida lo cierto de lo afirmado), ya que está claro que, cuando de aquí en adelante me refiera a viajeros, los de la rojigualda están exentos en su inmensa mayoría.

Entrando en materia, un primer país que destaca sobremanera dentro del espectro asiático es India. Siendo un subcontinente, de dimensiones brutales y con una infinita gama de sitios hermosos para visitar, choca que su cifra de visitantes anuales sea irrisoria comparándola a la de lugares como Malasia o España, aunque estos últimos pueden tener una cierta ventaja si partimos de la base de que las playas indias más conocidas tipo Goa (el turismo de sol mueve mucho) no pueden catalogarse de excepcionales. Más paradójico es que, fuera de Taj Mahal, Jaipur o Varanasi mucha gente indique que lo principal, lo que más atrae a priori, es la propia sociedad india. Quiero decir que un factor determinante en la primera visita a India es su sociedad y gentes, su religión y propia idiosincrasia. Hasta aquí todo se puede entender, todos los porqués de cifras y motivaciones hasta cierto punto. Sin embargo la tasa de regresos es ridícula, en un país enorme con millones de alicientes. ¿Por qué? Y entonces vuelves a hablar con gente que ya ha estado en el país del Ganges y lo que revelan, por mi experiencia y fuera de frías estadísticas, es definitorio. Es que les parece tan sucio y depresivo, tan carente de higiene, que directamente pasan de volver. ¿Acaso no lo sabían de antemano? La gran paradoja india es ésa: su sociedad, el mismo motivo que lleva a gran parte de viajeros a visitarlo en primera instancia, es el mismo que a estos les hace renunciar a una segunda visita. El caso indio es, con franqueza, uno de los parámetros básicos que llevan a medir cómo se define el viajero internacional. Y repito que esto es un análisis generalista, con las limitaciones y errores que ello conlleva, y que mirlos blancos hay, por fortuna, unos muchos cuantos.  

Tailandia es otro lugar que merece un apéndice aparte. Este país es, de todos los asiáticos, el que mayor tasa de retornos recibe. El porcentaje es brutal y abrumador con cerca del sesenta por ciento si no recuerdo mal. Claro, la comida, la calidez intrínseca a la gente, la comodidad e higiene… ¡Qué va!, hay una pequeña gran trampa. Volvemos al asunto de sol y playa. Y ahí Tailandia reina con soltura porque, sintomático, ya solo de visitantes primerizos al país leí en una ocasión que más del cincuenta por ciento se centra, exclusivamente, en playas (llámense Phuket, Krabi o Koh Samui) y Bangkok. Conclusión primera: Tailandia les gusta a todos, pero ninguno conoce Tailandia. Y les gusta tanto que, cómo no, repiten… repiten sol y playa con Bangkok -compras, por si no estaba claro-. Conclusión segunda: como regresan a Tailandia creen conocer un poco mejor a su sociedad (obvio), pero no entienden que su contacto con la gente Thai (de cultura ni hablo) es tan superfluo y viciado por el turismo que se descarta a sí mismo. Pero les sigue gustando tanto que, cómo no, vuelven a repetir. Conclusión tercera: se puede visitar mil veces Tailandia siguiendo este patrón y conocer tan en profundidad su sociedad como los del párrafo anterior que solo han visitado India por primera y última vez. Así de vana y pervertida es su concepción del país de las sonrisas. Conclusión última y demoledora: son tantos regresos y tal la cantidad de turistas que los llevan a cabo, que estos inconscientemente perpetúan hasta la saciedad, por recomendación a amigos, conocidos y agentes de viaje, los mismos cuatro lugares, los mismos cuatro hoteles o pensiones y los mismos cuatro platos clásicos. Todo ellos Thai, ¿verdad?… Tan cierto como que es un uno por ciento de la realidad Thai, solo un porcentaje ínfimo del país que, incluso, no es común con la totalidad porque estos lugares están orientados, en esencia y exclusiva, hacia ellos.

Malasia también da juego ya que, viajando por el sudeste asiático, uno es consciente de que los cerca de veinte millones de viajeros que recibe este país en su estadística son ficticios. Y lo son porque las estadísticas no discriminan al turismo interior (nacional) del exterior, aunque digan lo contrario (¿Taiwan seis millones?, por favor…), y es sabido que Malasia es un país rico, con una población en renta per cápita no muy alejada de la española y que, al igual que nosotros, muchas veces y por distintos motivos tiende a visitar su propio país antes de los de la periferia. Tiene playas preciosas y enclaves históricos que puntúan alto como Melaka o Georgetown, pero no tiene un run-run de esos de corre, ve y dile tan exacerbado como en el caso Thai.

Vietnam es otro caso que merece un estudio. Con una cifra muy similar a la de India (en torno a los seis millones de viajeros) y que, en mi opinión, es muy corta para el tremendo potencial del país, recibe una tasa de regresos que no llega al diez por ciento. Si se compara con Tailandia, no muy lejano y con quien puede competir en todo (incluso playas), la explicación se hace ardua. Es por la publicidad en gran medida, ni más ni menos. Todo el mundo habla mal de los vietnamitas, aunque no haya visitado el país. Y si lo ha visitado, también. La misma razón (absurda e incomprensible) por la que todo Cristo tiene tan buen concepto de Tailandia y su gente sin haberlo visitado. Y si lo ha visitado, también. Alguno dirá que estoy equivocado, que cuando hablo de retornos la gente ya sabe qué va a encontrar en Vietnam y sencillamente no les ha gustado. Es cierto. El problema es la idea preconcebida con que han ido muchos por primera vez (los vietnamitas te van a timar, son hoscos, desagradables) y, especialmente, la ruta maquiavélica idéntica que todos hacen y que, doy fe, está muy pervertida por buscavidas y timadores en ese país. Pero solo hay que visitar otras regiones (Danang o el delta del Mekong por Tra Vinh) para darse cuenta, ¡sorpresa!, de que Benidorm no es Albarracín. Y puedo dar fe de que ese porcentaje que regresa sin llegar al diez por ciento no lo hace una vez, sino muchas. Qué voy a decir yo. Vietnam, para un viajero constante al sudeste de Asia, es el paradigma perfecto de cómo una mala publicidad, un pésimo boca a boca mezclado con la ignorancia de la gente, puede machacar unas vacaciones y reventar un regreso. Y cuidado, que el hecho de que en Vietnam te van a timar aparece por doquier en multitud de guías de viaje. Una vez más el sistema impone su ley coartando y dirigiendo la “libertad” de viaje, adoctrinando de antemano el cerebro de todos los chorlitos que se guían de las recomendaciones de esos satélites llamados webs o guías de viaje (y ya ha quedado claro que en España son legión y, según este apartado, parece que fuera también abundan).

Por último -brevedad, coño, brevedad- está China. Más de cincuenta millones de viajeros, otros muchos que repiten… Es en el fondo un compendio de lo anterior. No se discrimina turismo interno del externo, y los ciudadanos chinos empiezan a mover mucha pasta y moverse en consonancia. Son ya más de mil trescientos millones, se muevan por dentro o por fuera sus estadísticas siempre van a estar supeditadas al factor multitudinario. Y seguimos con aspectos citados ya que muchos viajeros occidentales desearían viajar por el dragón asiático, pero sienten verdadero pánico de la barrera del idioma. Ahí puede haber un pequeño nexo con lo nacional, pero pequeño porque ellos no son españoles y por tanto no tiritan ante la idea de verse hablando otra lengua, sencillamente saben que el problema está en que nadie les va a entender, pese a que su inglés sea de academia. Y es cierto. Pero eso no implica que no se pueda viajar y, como decía en otra entrada, siempre será una excusa para la indulgencia a modo de motivación que desemboque en decidirse a aprender un poco de chino. Aprender y viajar, eso que a otras sociedades motiva y que en nuestra España de botijo y pandereta provoca rictus de sonrisa nerviosa, sardónica en defecto.

Y aún más por desenhebrar en Nepal, Sri Lanka o Indonesia, pero me había prometido ser conciso, y además la galbana que provoca el malva atardecer sobre el Mekong a su paso por Pak Chom invita o a hundirse, gustosamente, en una dulce siesta, o a desperezarme y unirme al partido de fútbol que juegan unos chavales a apenas una veintena de metros de mí, en un campo de hierba marchita y porterías desniveladas con redes plagadas de boquetes.

P.S. Se acaba de publicar el último informe PISA en el que vuelve a constatarse que España sigue a la cola en nivel educativo (¿había escrito ya que los periódicos siempre dicen los mismo?). Viajar siempre va ligado a educación, siempre. He escrito viajar, ojo. Podéis preguntar qué implica y qué connotaciones laborales de futuro lleva implícito el año sábatico (gap year o year off) en otras culturas occidentales, donde se anima en escuelas y familias a ello, y alucinaréis en colores con lo valorado que está ese concepto. Sin embargo en nuestro país, como digo, la realidad es que hay mucha gente interesada en formar ignorantes, fotógrafos de media hora llevados de la manita física o tácticamente, que alimenten los bolsillos de un sistema ya establecido... sin mochila o con ella.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Retorno a las huellas del viejo Siam

Sumé a la ruta seis horas acurrucado en una camioneta de bancos corridos, recostado sobre un saco de sisal a reventar de granos de arroz. Un paisano había dejado caer a mi lado el fardo, apoyándose él sobre otro, y me encontré con un ideal colchón improvisado para tratar de recuperar un poco del sueño olvidado camino de Mae Sot. Busqué reconforto rápido en el vehículo porque Mae Sariang, a eso de las seis de la mañana y como sucede con el resto de norteñas ciudades tailandesas desvestidas de la alegría natural de sus habitantes en la alborada, es un sitio fantasmagórico, pulido por las sombras y el fresco, que invita a poco más que hacerse un nudo sobre la garganta con el krama azulado y hundir las manos en los bolsillos. En esos momentos ni siquiera los monjes buscan las ofrendas, roncando a pierna suelta los imaginaba. La carretera es infernal a nivel físico, repleta de curvas en un tobogán infinito que generan un rápido entumecimiento tras un asfalto ajado, eso donde éste se hallaba tapando al más común cenagal repleto de traqueteo en baches; y también lo es en sentido psíquico, viendo esporádicamente diluirse tras los laterales de la furgoneta los campamentos donde se hacinan refugiados birmanos que han encontrado a este lado de la frontera un Edén pacífico, bajo el abrigo de chozas con esqueleto de bambú y resecas hojas de teca por tejado. Al menos en esta latitud los militares no les tratan como carnaza, mano de obra forzosa y blanco de su genuina ira castrense, aquí abiertamente se les deja estar a su albedrío y convivir sin agobios una vez que notan que la política racial a este lado del Salween es indiferente para con ellos. Mas en el fondo la desazón inunda el alma al fondo de la renqueante camioneta, porque todos sabemos que a ellos donde les gustaría estar es en su hogar, en tierras de ese birmano estado Kayah del que nunca debieron haber salido como refugiados políticos ante el acoso Bamar para con las minorías étnicas, especialmente cruel con estas gentes, en su inmensidad Karenni o Karen Rojo. Todas las cabañas lucen apostadas sobre laderas escarbadas por el Salween, mítico y evocador río para los amantes del sudeste asiático que discurre amplificado y preñado de limo sin que nada perturbe en forma de ondas su cauce, trasladado en sensaciones visuales tal si fuera un selenita húmedo mar de la tranquilidad. De esta suerte, miméticos en imagen y frustración, se fueron perdiendo los campamentos, sus sonrisas y llantos acumulados, sus historias de raíz puramente humana, uno tras otro, uno tras otro… Desde Mae Sot (Mae Sod), y en comparación, fue un suspiro de apenas un trío de horas en cómodas furgonetas llegar al viejo Sukhothai, escala previa a Si Satchanalai.  

Supongo que no hay nada que genere tanta empatía para los que respiramos el viejo Siam por cada poro que regresar a esta primera capital Thai, hoy camposanto de engalanados vestigios ocres o estucados sobre un manto de césped impoluto. Siempre queda un recodo, un monumento desconocido por descubrir, así que modifiqué la idea de ruta previa para dar un tiempo, un trago largo, a Sukhothai.  

De recién madrugado taché del mapa los templos ya conocidos (por fortuna tuve que quitar casi todos del núcleo central) antes de echar a pedalear al alba, consciente de que la antigua capital real de Sukhothai se respira mejor a primera hora. El horizonte se dibujaba teñido de un precioso púrpura solar calcado al de los bulbos de loto, los pájaros trinaban de modo estridente y los monjes surgían salpicando el camino como puntos anaranjados que se paraban cada pocos metros para recoger la ofrenda y orar con los vecinos durante unos segundos en recogido murmullo. Todos huelen igual, a ese almizcle poderoso que lleva incienso de sándalo en la raíz. Al llegar a la entrada del recinto histórico la bruma se dispersa por todos los rincones permitiendo a estupas y estatuas de Buda surgir de la nada como islotes de un mar rizado en una panorámica sin par en todo el reino. Solo tú, la humedad que empieza a apretar llenando los brazos de brillos diamantinos, sudorosos, y hasta donde alcance la ilusión por recuperar otra página más de la memoria histórica a lomos de una montura de piñón fijo, frenos que chirriaban como plañideras de a millón, plato ondulado, ¿bielas? y una cadena oxidada, sin un gramo de grasa visto hace mil años excepto en sus eslabones.

Tras el paso por Wat Chetuphon ya llevaba un arco amplio evocando distintos periodos históricos, distintas dinastías, distintos estilos a través de moles como ese Wat Saphan Hin al que se accede a través de una calzada para gigantes, conjuntos enmarcados por las aguas de concéntricos fosos a modo de paspartús como en Wat Phra Pai Luang o la siempre ensoñadora, tríptica en esencia y críptica por su contenido, presencia de estupas impecables, revestidas de estuco o ladrillo como sucede en Wat Chedi Ngam o en Wat Chedi Si Hong respectivamente. Entonces supe que llegaba al tope, que tenía la barriga llena en sentido metafórico, que era hora de dejarlo por esta ocasión. Vencido por el abrumador calor, y con la tripa gimoteando un poco de lo suyo, me decidí a dar un último vistazo antes de romper el mapa, asimilando mentalmente esos reductos históricos aún confinados a lo etéreo, de nombre imposibles, que quedarían para otra ocasión. Sukhothai, una vez más, sellaba otro punto y seguido que invitaba, seguía invitando a más.

Esa noche fue la única de toda esta experiencia en que salí a tomar un trago en plan “Pepe El Tabernario” pero sin loro, cicatrices o pata de palo, sabiendo que mi presupuesto no daba para mojaduras en horizontal pero sí para cuatro tragos de mejunje alcohólico si el cuerpo me podía seguir garantizando la verticalidad después de los cinco que ya llevaba acumulados. Como un tiro en la sien: ni falta que hacía verticalidad alguna porque aquello duró un triste suspiro. Aterricé en un garito patético propio de tramo de nacional 120 sin luces ni fluorescentes, rodeado en segundos de un tío-tía y una señora que peinaba canas con un porte hacia mi figura tan altanero, tan fuera de contexto, que por momentos me imaginaba a mí mismo en la escena siendo el Tom Cruise de “Top Gun” trasladado por arte de magia al “Río Grande” de John Ford, del cielo a la estepa más árida en cuestión de compañía. Surrealista es poco, me quedo corto. Y triste que parezca, cariacontecido, el Adonis que debo llevar dentro decidió apurar de un par de sorbos la Leo y salir pitando del lugar, procurando no mancillar más su irrefutable honor y tan venerables recuerdos en locales apenas parecidos; deseando, eso sí, la mejor de las suertes a esa pintoresca concurrencia que empezaba a ver su local animado por unos thais, pasados tan de rosca como de tragos, que arreciaban haciendo trompos en sus rancheras Toyota.  


Llueve con fuerza cuando llego salgo para Si Satchanalai. Los últimos estertores del monzón húmedo se aplican con rabia y todo se ha transformado en una torrentera que anega hasta el último resquicio al que pueda llegar la vista. Millones de gotas golpean centenas de tejavanas metálicas que crepitan doloridas, se suman a decenas de riachuelos formados de la nada, marrones arrastrando hojarasca seca, tumultuosos gorjeando un único rumor conjunto que por momentos inunda los tímpanos. Al cesar, los picos de las escasas colinas en lontananza rasgan la malla sedosa de las nubes y se forman en las cumbres copos de algodón entre los que el celeste azul y el tímido amarillo solar pugnan por adueñarse, todo en un brutal contraste cromático con el verde montaraz. Más tarde, sin necesidad de computar el tiempo, el murmullo del agua se apaga, la bruma se hace tapiz de muselina, las gotas repican con calma sobre charcos que se evaporan con celeridad y los perros, en su inmensa mayoría rabicortos o zainos por pelaje y actitud, se vuelven a desperezar para hacerse amos y señores del lugar. Para ellos es hora de husmear qué ha acumulado la lluvia en montones de basura informe dispuesta en recodos, sumideros desbordados o pequeñas acequias; y para mí llega el momento de husmear explorando qué queda de los vestigios de un antiguo Si Satchanalai que, tras ocho años de demora, a duras penas puedo rememorar o redibujar un metro más allá, intuido a través de cada brizna de hierba, entre todo lo desordenado que se desborda en la frágil memoria de este mi sudeste asiático particular.

Fundida a partes iguales entre la maraña selvática y la historia, la ruinosa ciudad muestra estructuras de laterita carcomida aprisionadas o acordonadas entre raíces de ficus salvajes. Están dispersas, como dados lanzados al azar, sin orden ni concierto una vez que la historia o la mano del hombre borró las pisadas, las calzadas que las unían. La culpa ha de tenerla el sobrevalorado y nunca comprendido del todo monarca llamado Ramkhanghaeng, el mismo que la dejo marchitarse en el olvido porque creía, con razón, que Sukhothai imprimiría un mayor brillo como capital del primer reino Thai unificado. Y con ello todo un mundo parduzco de ramajes y piedras gastadas por el ácido torrencial diluido en la lluvia monzónica se fue transformando en un decorado fagocitado por una voraz naturaleza tropical. Así hasta nuestros días. Por eso tiene mucho de hechizo volver a desandar lo andado regresando a este viejo e incorrupto reducto de gentes e historia Thai.

La bicicleta que saqué en suerte de un puesto junto a la carretera no mejoraba en nada a la del día anterior, más bien lo contrario ya que era un ejercicio de equilibrio circense solo el poder mantenerme erguido dando pedaladas sobre un sillín que prometía reventarme la próstata. Debía parecer un funámbulo con pértiga sobre el alambre, solo que con la red más cercana y dura en forma de asfalto. Más o menos. Sin embargo los templos lo curan todo: la lluvia, la bici, el madrugón… Los penares se evaporan como el agua tras revisitar emblemas Thai como el templo rodeado de elefantes, una estupa de estilo cingalés rodeada de paquidermos de tamaño mayor al real, mutilados bien por el tiempo bien por los invasores birmanos. O el de las siete hileras de chedis, con una soberbia estupa central estucada con forma de loto y treinta y tres santuarios satélites, de estilos tan diversos como el cingalés o el birmano pagán, reflejando un compendio a escala de dedal de estilos arquitectónicos propios del sudeste asiático en los que se mezcla la laterita rasgada y el estuco añejo en tonos grises. Ambos son los dos más notables del complejo, ambos se remontan a tiempos del nombrado Ramkhanghaeng y ambos muestran trazas de un glorioso amanecer artístico tailandés que eclosionó en el soberbio Sukhothai. Pero es que aquí son todos preciosos en su decrepitud. Los templos sobre las colinas Suwankhiri o Phamon Phloeng, el brutal y ecléctico Ratanamahathat de marcado acento Jemer… es para pasarlo como un enano el poder invertir un buen puñado de horas en su contemplación y análisis histórico, imaginando qué vicisitudes tuvieron lugar entre sus muros carcomidos.

Después, de vuelta a un Sukhothai en que los habitantes parecen el doble de amables que antes gracias con seguridad a la subida emocional de Si Satchanalai, compruebo estupefacto que este país jamás dejará de encerrar sorpresas. Ni aún regresando un millón de veces se podrá acabar de dragar hasta en la última charca. Junto a la pensión donde duermo, en un batallado taller, otro pedazo de historia, un Seat 600 color limón, está siendo reparado. No doy crédito y menos aún cuando me arrimo a la parte trasera para comprobar que de corazón hace un vetusto motor Subaru metido con calzador. La dueña dice que no arranca, que problema de batería, pero me reconforto pensando que afortunadamente no he viajar hasta Loei embutido en ese cacharro. Afortunadamente. Y luego más afortunadamente porque cuando me piro puedo acertar a ver desde la ventanilla del bus renqueante y de tablones de madera por suelo rumbo a Philok, de los que a mí me gustan, como el cacharro español aparece desmontado, con un chasis vacío tal que la raspa de una sardina, y todo un millón de piezas diseminadas alrededor de un viejo perro mil padres, color canela, que no se ha meneado ni un milímetro de la sombra en que lo dejé, ajeno por completo al desaguisado. En la estación, justo antes de partir, las noticias fueron magníficas: ninguna de las tres chicas de la oficina de información sabía cómo llegar a Loei. Eso siempre implicaba que volvía al hogar, a rutas nada transitadas por los turistas. Simplemente me dijeron que fuera a Philok (lo supuesto) y me buscara allí la vida. Las acabé haciendo caso con una amplia sonrisa por bandera.  

martes, 26 de noviembre de 2013

Mae Hong Son en retrospectiva

Ya no recordaba nada de Mae Hong Son. Aunque, bien pensado, igual sí, quizá lo básico. El templo Jong Kham junto al llamado Jong Klang, ambos apostados sobre el lago, aquel otro sobre la montaña Kung Mu, alguna calle, el antro “Crossroads”; pero nada más. Me pierdo por los callejones y quiero creer saber dónde voy. Mas al cabo de unos minutos he de preguntar cómo llegar a tal o cual rincón porque más de ocho años suponen un grave desafío a cualquier memoria. Al menos sé que donde dormí en aquella ocasión, el Fern Resort, sigue casi donde lo dejé, a unos ocho kilómetros de la capital provincial en dirección a Mae Sariang. Y digo casi porque, sin embargo, yo hubiera jurado que dicho hotelito se hallaba en dirección norte, hacia Soppong y no hacia el meridional y ya perdido tras las curvas Mae Sariang desde donde acabo de llegar.

En todo caso siempre es un placer volver a rescatar del olvido vivencias añejas, encontrar una pensión potable por seis euros, rearmar, equilibrar las finanzas y sentir que la capital Kayah de Loikaw, a este paso meta mítica, descansa a apenas decenas de kilómetros tras una frontera hermética que, ojalá con el tiempo, pueda llegar a ser cruzada solo con un sencillo sello de pasaporte. En Tailandia todo sigue igual, los precios y la comodidad del día a día se vuelven imperecederos, al otro lado es donde ha arribado un ciclón que ha transformado todo lo tocado en nueva dimensión. Y cuanto más hablo con turistas recién regresados de aquellos páramos, más dudas me entran del futuro hasta llegar de hecho a pensar que aquella Myanmar que conocí ya no volverá a ser nunca jamás.

Paseo cerca del lago, con los templos de fondo en una postal perfecta del paraíso, y noto que tengo ganas, de súbito, de salir para otras latitudes. De repente me apetece regresar a Luang Prabang, o mejor a Angkor, a la jungla camboyana. Chequeo el reloj y todavía me sobran unos quince días de ruta junto a un presupuesto que al fin florece. Sopeso pros y contras: Luang Prabang pilla más cerca, es brutal de hermoso y luego ir bajando por Vang Vieng hacia Vientiane me dejará a un palmo de Nong Khai, mi destino final en una ruta cómoda e ideal; Angkor pelea con Bagan en el máximo escalón a nivel de belleza arquitectónica, pero es duro encajarlo con Nong Khai en un itinerario redondo porque, pese a que ya haya recuperado fuerzas, no olvido que la senda Jemer me obligaría a regresar a Bangkok de ida y vuelta. Dudo y pienso que, nuevamente, una moneda al aire podría ser lo que necesito. Y al cabo de un buen rato, cuando he acabado la cerveza y estoy a punto de sacar el metal que marque mi ruta, lo repienso y me convenzo de que por este año está bien de kilómetros en miles. Que con llegar a Nong Khai en suave recorrido a través de las llanuras centrales tailandesas vía Mae Sot y Si Satchanalai bastante tengo. Que India y Nepal, allá en el fondo a comienzos de 2014, me van a suponer otro esfuerzo mayúsculo y, entonces, mejor dejar todo como está viendo los ciclos de sol y luna desde una hamaca y no desde la ventanilla de un bus. Creo que este viaje he acostumbrado al cuerpo a gulusmear la comodidad demasiado pronto, demasiado pronto, y regresar a Mae Sariang como escala previa a Mae Sot suena una burrada de apetecible, lo más deseable de todo.