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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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viernes, 7 de diciembre de 2012

Borrador Chiang Rai

Lo que no mata el tiempo lo acaba haciendo la memoria. Es inevitable. Una foto en la pared que me miraba con ojos inertes. No quedaba más de ella en aquel bar aparte de esa instantánea en blanco y negro. Aún más polvo que el de antaño habían acumulado las botellas clásicas, incluida la del famoso tequila “El Matador”. Seguía sonando la misma música, y la misma tela corrida pero con más suciedad hacía, como entonces, de acceso al baño. Dos años no debían ser demasiado tiempo, pese a todo. Decenas de ojillos se fijaron en mí al traspasar el umbral, y el bisbiseo se hizo un lugar. En las chicas de los bares de Tailandia no habita el olvido, eso se aprende rápido. Maldije mi destino, porque estaba todo idéntico a cómo lo dejé, excepto lo único que podía echar de menos. Excepto ella, que se había evaporado. Pedí una cerveza y me senté en las mesas de fuera, solo. “Te conozco” me dijo en un murmullo la chica que me sirvió en la barra. “No lo creo” mentí. Incómodo por la pregunta me senté en las sillas de madera que seguían asomando fuera, crujían como un somier de muelles sueltos, y al rato se acercó su hermana, la de Jo, dueña del local.

-¿Por qué te sientas aquí solo?, ¿te molesta el volumen de la música?-. Dijo pasándome la mano por el pecho. Crucé mi mirada con la suya una décima de segundo, y ya sabía demasiado. Pero no de ella, sino de mí. El sentido del regreso una vez más me abría sus hojas como pétalos de flor en primavera, para que entendiera algo más de quién soy.
-Prefiero estar solo y pensar-. Respondí con la mirada fija en el vaso.

Y no hubo más. Absolutamente nada más. Porque en ese cruce de miradas supe que algo más también era distinto esa noche de 2012 en comparación con la de hacía dos años. Ella no era la única excepción en forma de ausencia, porque yo también lo era. No en cuerpo, pero sí en espíritu. Lo fácil hubiera sido preguntar por ella a su hermana, aguardar unos días agazapado en la misma pensión de los ancianos a que asomara y el asunto se me pusiera de cara, pero yo ya no era el mismo. Olvidé su rostro, solo una foto en la pared me recordaba cómo era Jo. Las cosas, a veces, suceden de un modo que uno ni tan siquiera puede llegar a imaginar.

Las chicas seguían meneándose por allí al cabo de unos minutos de ojos cerrados en los que rebuscaba en mi memoria su imagen y su olor. La hermana de Jo me miró con esa mirada turbadora, de tímido brillo en grandes iris azabache que irradian calor, esa que solo las mujeres de etnia Akha son capaces de conseguir. Seguramente no entendía que estuviera por allí y no le hubiera preguntado por Jo, y yo tampoco sabía la razón. Se me había agotado el tiempo en Chiang Rai nada más llegar. Breve como un suspiro. Soñaba con Chiang Saen, con Mae Sai, con regresar a Isan. Soñaba con el horizonte, como en 2010, pero ahora era más perro y más viejo. Jo, una preciosa chica Akha, una persona que me dio lo que más necesitaba en el momento que más lo necesitaba, se me había borrado de la memoria y el corazón. Para mi absoluta vergüenza humillé la mirada, me levanté y me fui a dormir. Apenas había bebido un sorbo de una cerveza que allí quedó como recuerdo de mi ausencia.


Pasé junto a la esbelta figura de la torre del reloj que, bellamente iluminada con focos que alternaban su intensidad y color, se me antojaba un juez acusador desde su atrio elevado. ¿Cómo había podido llegar hasta allí y olvidar su rostro, sin siquiera llegar a preguntar por ella? Pero ya no había lugar a la duda ni al regreso. A esa hora bruja de la una de la mañana, los vendedores del mercado matutino que se monta a diario cerca de mi pensión se afanaban en descargar sus mercancías aún frescas, no abrasadas por el sol del alba, y veían pasar un espectro de mirada gacha que, meditabundo y con las manos entrelazadas a la espalda, suspiraba y agradecía al cielo estrellado todo lo que el destino le regaló hacía tantos meses. Aunque hubiera dejado morir el rostro, las formas. Cerraba, ahora sí, una historia que para poder llegar a entender en su plenitud me había devuelto al idéntico escenario, al Chiang Rai nocturno resumido en un bar anónimo, para cruzar, una fugaz décima de segundo, la mirada con una chica Akha. Aunque ella no hubiera sido, como yo hubiera deseado, una chica Akha de nombre Jo.

De repente una mano me sujeta con suavidad. Es la hermana de Jo que debe haberme seguido. La miro sorprendido e, instintivamente, me surge una sonrisa. Acabo de recordar su rostro, el de Jo. No el de la foto de la pared, sino el real. Se enciende un fuego en mi corazón. Claro, claro. El ceñido vestido rojo, su pelo suave y sedoso envolviendo mi cuello. Nuestras salivas mezcladas y saboreadas. Su húmeda respiración en mi mejilla en aquel banco que se retorcía con cada muerdo. Su nariz que frotaba la mía. Esa habitación de teca cuarteada en la que me metió. Vuelvo a soñar, el futuro puede esperar. Se llame Chiang Saen, Mae Sai o Isan. A esa hora de la madrugada, ante la indiferencia de seres que apilaban sacos de frutas y hortalizas, el mundo se volvía a resumir en Jo y en mí.

Pero la hermana de Jo solloza en silencio. Sus mejillas se perlan de unas gotas que resbalan y caen en su camiseta de franjas blancas y negras. No entiendo nada. No sé qué está pasando.

-Jo hoy no estaba en el bar-. Dice mientras yo asiento confuso y preocupado. Toma un aire que parece costar a millón, baja la vista.
-Jo falleció hace cinco meses. En un accidente de tráfico, con la moto. Debes saberlo. La pulsera de plata que le regalaste la lució nuestra madre en el entierro. Te he recordado por ella, nunca nadie le hizo un regalo así. Tú fuiste amable con Jo, conocías la cultura Akha. Debías saberlo, aunque no hayas querido preguntar-. Sonó como un disparo. Y otra vez el péndulo de emociones que es este hermosísimo país volvía a regalarme cicuta. La mirada se me perdió, la lividez me corroía las entrañas. El resuello se me iba.

Su brazo se soltó del mío, se giró y ni tiempo tuve de articular palabra. El sudor me salía a borbotones, y se mezclaba con una tímida lágrima que rodaba por mi mejilla. Jo, una preciosa chica Akha, una chica que me dio todo a cambio de nada, era historia incluso para este perdido extraño que había dejado caer su recuerdo de chica de bar en el mar de los olvidos.

Se me fue la noche ante el ordenador, ante esto que lees. Sin saber qué escribir, qué contar, o cómo siquiera expresar un sentimiento del desgarrador sentimiento de culpa que me hacía sentirme podrido. Al llegar el alba, con la cortina descorrida, seco de llanto, me quedé dormido mientras peleaba por grabar a fuego aquella noche en que la conocí, jurándome que jamás la iba a olvidar. Jamás. Esa sería mi penitencia y mi pelea eterna… Porque lo que no mata el tiempo lo acaba haciendo la memoria. Es inevitable.


Cuando desperté no lo tenía claro. Fue un sueño amargo porque desperté empapado en sudor. Volvía a tener el recuerdo de Jo, la había recordado en el sueño. Su hermana me hizo recordarla. Y me fui a Chiang Saen con la falta de certeza de saber si ella seguía viva, o estaba muerta. En todo caso, y eso era real, yo no pregunté por ella. Eso me carcomía por dentro. Y no por el hecho en sí, sino por haber cambiado tanto que llegué a olvidar todo lo que en su día me dio. La pesadilla me recordó hasta dónde había degenerado mi recuerdo de tantas hermosas cosas en tierras de Siam.

Un viajero puede temer muchas cosas. Todas las que van implícitas en el desenvolverse en una sociedad y cultura distinta, problemas físicos que le corten el ritmo o hasta el robo de todas sus pertenencias. Pero lo que realmente mata al viajero, al que pretende entender el viaje como un paso más en el conocimiento universal, es la falta de memoria en el corazón. Eso no es una sociedad distinta, ni tampoco puede enfermedad o ser robado. Es lo único que le identifica al viajero con el concepto de viaje. Lo único. Cuando eso falla, puedes creerme si te digo que la más amarga melancolía, revestida de hiriente hiel, se apodera de ti y te hace trizas el ánimo. 

Cuando camino hacia la estación, abatido, Chiang Rai me parece un sitio menos luminoso que cuando llegué. Los perros parecen hoscos, la gente ausente, y las casas revocadas con mallas de porquería y pobreza. Es como un desguace en el que incluso las decenas de extranjeros con los que me topo incrementan esa imagen. Pasados de vueltas, de años, abandonados todos, después de muchos decenios de trabajo y existencia en occidente, se encuentran en este océano llamado Tailandia que guarda millares de corazones destrozados. Son ordeñados, y les da igual. Saben que para ellos ya no hay horizontes de esplendor, solo caer de la manera más digna posible. Solo caer en compañía. Ese Chiang Rai en tonos grises fue el que me despidió esta vez.

P.S. Ya de vuelta, con los vídeos atrasados como próxima meta antes de saltar a Brasil. Esto no deja de girar, soñando con las salidas de 2013 que serán intensas, soñando con rematar el segundo libro... 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hasta la pena llega alli. Yo pense que alli estaba tu felicidad pero en realidad todo comienza y acaba en nuestro interior. Lo siento camarada.
Desde la herriko de hernani. Un abrazo.