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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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jueves, 22 de noviembre de 2012

Una noche cualquiera

Vamos a ver cómo lo resumo porque el tema es casi de ciencia ficción. Y lo cierto es que me jode contarlo porque uno, por lo que sea, siempre pretende dar una idea de este país como algo hermoso, puro, ordenado... La verdad es que hasta las diez de la noche suele ser así, pero luego todo se transforma. Y digo que a ver cómo lo resumo porque lo acontecido, parezca más o menos increíble, es solo la pura realidad.  

Me piré pasada esa hora a buscar un poco de alegría. Al día siguiente me embarcaba en un bus dirección Chiang Khan y el cuerpo, con el trabajo de escritura más que avanzado, me pedía guerra. Tomé un trago en un bar de música country, pedí arroz frito con pollo en un puesto callejero y me arrellané en un banco dentro de otro garito, con una cerveza mientras devoraba la comida, pensando que aquello estaba mustio y que, quizás, pronto me iría a calentar las sábanas. Iluso de mí.  

Cuando salgo, aún sin ser medianoche y con un poco más de alcohol en sangre del debido, recuerdo a la pesada de un garito de masajes que conocí la noche anterior y que me acababa de dar la chapa mientras cenaba con el típico: “¿estás bien?”, “¿por qué no te vuelves a pasar luego por mi salón de masaje?, y todo lo que sigue. “Pesadez de mujer, coño. Me piro al karaoke” pienso con ganas de salsa. Pero el karaoke, adjunto al bar de música country, no es karaoke. Son una especie de salitas donde la gente, el grupo de amigos, se junta para dar un poco la nota y berrear micrófono en mano. Desde luego mi imagen de karaoke, lo vivido por Isan como bar amplio con pantallas varias, queda a un millón de años luz de esto.  

Pero lo repienso. Me pueden la ganas de mambo y giro la ruleta de la fortuna en forma de moneda. Decido quedarme. Alquilo una hora, que luego son casi dos, de una salita a la que viene una chica con aspecto de modosa y con la que canto unos temitas. Bien calentito como estaba me quiero ir con ella, aunque ella no. ¿Cuánto dices? “No es cuánto, es que no” me corta en seco. Así que me largo alicaído de camino a la pensión, con el orgullo herido y pensando que, en el fondo, tampoco me molaba tanto la chavala. “Que vaya a tener que volver a donde la del masaje a buscar un poco de calor. Tiene cojones la cosa” pienso. Borracho como una cuba la respuesta era obvia: a morir. Pero cuando llego el garito está cerrado. Chequeo el reloj. Dos de la mañana. Y todo el vecindario donde aparentemente se agolpan este tipo de locales igual. Pienso y pienso. Me quedo sin opciones.  

De repente, como surgida de entre las sombras, pasa por delante mío una patrulla de la policía cabalgando un par de motos. “A ver si voy a estar de suerte” pienso siguiéndoles con la mirada. Se apean a un centenar de metros, llaman con suavidad a una puerta bajo un rótulo de masaje y se borran en su interior. “Creo que ya tengo donde echar la espuela”. Al llegar giro la puerta con suavidad y muestro una sonrisa de picardía. “¿Hay cerveza?” digo. En condiciones normales me hubieran mandado por ahí, pero está la poli, yo soy un extranjero a quien complacer y, lo peor, ese garito al igual que el resto, debía haber cerrado a las dos. Ellos lo saben y yo, para mí fortuna, también. Están pillados. “Adelante” dicen dos chicas, “¿Te gusta la cerveza Leo?” suelta una de ellas a continuación. Las miro con una cara de idiota feliz que responde sin palabras. ¿Tú qué crees?  

Los polis se están metiendo una botella de whisky que debe rondar el par de miles, unos cincuenta euros. Las tías les atienden con cara de “hemos hecho ruina” mientras sonríen disimuladamente. Los policías no la van a pagar, ni eso ni la comida que están jalando. Si las chicas protestan, multa al canto. Corrupción al poder. Los polis podían haber parado en cualquier otro garito, llamar a la puerta y actuar de similar manera. Esa día las chicas de este salón tuvieron mala suerte, tan mala como buena la mía. Y allí andaba yo apurando mis tragos escuchando su conversación. Pero a uno de los polis, ver para creer, le he debido de caer en gracia. Y el tipo es de la otra acera. No deja de preguntarme tonterías y hacerme gestos de que nos piremos. Serio y tieso como un chopo no doy crédito. “Esto no está pasando. Me piro echando leches de aquí”. Media botella de cerveza de un trago, me despido cortésmente y el poli, que mientras yo remataba la birra andaba apuntando algo sobre un papel, me lo larga al salir. Que si tengo algún problema, le llame al número apuntado, dice. “Puta que os parió” pienso mientras lo recojo, esbozando una sonrisa igual de forzada que la de las chicas del masaje a las que les estaban reventando el whisky y la comida. Total, que más cocido de lo debido llego a mi hotel después de deshacerme del papel del poli nada más doblar una esquina. “Lo bien que me vendría un masajito ahora” me viene a la mente, engolfado como estaba. Le comento al de recepción que me llame a una titi. No hay problema, en cinco minutos está aquí. Pero una guapa ¿eh? Él ya sabe el número de mi habitación. Adoro Tailandia. Me subo más contento que otro poco. Al fin un poco de cordura.  

A los cinco minutos llaman a la puerta, y yo salgo en calzoncillos a abrir. Pero el que surge es el de recepción, con una cara de pena del copón. Que no es posible, que no hay ninguna disponible, que a todas las que ha llamado o curran o se han ido a dormir, que éste es un pueblo muy pequeño. “¿Estoy soñando?”. Le digo amablemente que no pasa nada, que me iré a dormir. No hay problema. Pero encabronado me visto y bajo a recepción, a fumar. Y entonces, en ese mismo instante en que prendo el cigarrillo, aparece una tía guapísima en una moto que conduce… la pesada del local de masaje que me había dado la cena. No doy crédito, creo que sigo soñando. Me pregunta si estoy solo. Le digo en perfecto castellano que a ver qué cojones se piensa, que a ver si cree que estando yo con una tía en la habitación iba a estar aquí pasando la noche al fresco. Pero ella no entiende, claro, así que me relajo y en tailandés la pregunto que a dónde va con esa chica. Es para un cliente, dice. Pero me da apuro preguntarla a ver si no queda por ahí alguna otra para este pobre viajero al que hoy todo le sale en cruz. Ayer no le hice ni caso, hoy en la cena menos, ¿y ahora le voy a pedir que me saque las castañas del fuego? Imposible. Un poco de dignidad, por favor. Así que cuando se piran, la guapa para la habitación y la fea en la moto, le engancho al de recepción y le pongo las pilas preguntándole cómo demonios acababa de venir una tía a su hotel si no había ninguna disponible. Él se escuda diciendo que no conoce a ninguna de las de la moto, que igual era una cita concertada previamente y que, si realmente me apetece una tía para un masaje, él se enrolla y me lleva con la moto a ver si hay algo abierto aún.  

Y entonces ya sí, ya salió cara. El chico me llevó a un tugurio en una calleja oscura de donde, con la persiana medio bajada, salió una chica narcotizada que accedió a hora y media de masaje por diez euros. El chaval me dice que lo normal son unos siete al cambio, pero me da igual. Hubiera pagado esos diez euros, pero bien a gusto además, solo por vivir todo lo acontecido esa intensa noche. Además la chica, aún con legañas, tenía cara de simpática y un precioso pelo negro recogido en moño. Ni que decir tiene que cuando desperté, con una resaca de dimensiones bíblicas, había una chica de pelo antracita revuelto a mi lado, había perdido el bus que tenía pensado coger a la localidad de Philok, y tenía que volver a idear una estrategia que pasaría por Phrae antes de dar con mis huesos descansando en Loei, al fin en Isan, tras todo un día entre buses y estaciones.  

De día las horas pasan volando en el viejo Siam, de noche… 

4 comentarios:

Anónimo dijo...

jajaja!!Muy bueno el relato.

Ta

Anónimo dijo...

De noche todos los gatos son pardos y con cuatro "patxaranes" entre pecho y espalda todas leidis son Miss Tailandia...

Way to go boy!!

Ta

Anónimo dijo...

hi gay! Oh perdon guy en q estaria yo pensando ;-)

ya veo q te lo estas pasando bien asi q q corra la cerveza. Cuidate. Me ha molado mucho el relato de del artesano y el perro, muy bueno.
Un abrazo de esos q no te molan aun.
Take care
R

Anónimo dijo...

Venga tio. Reconocelo te va mas el poli malo que la tia fea ke te has tirado. En fin viva el sexo libre y la libertad del masaje. Por cierto te lo hizo o fue directo al grano.
Pd: tenia una piel. Desde la herriko de hernani. Ondo izan.