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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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martes, 6 de noviembre de 2012

Sucedido en Kamphaeng Phet






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Luego estaban las gentes, porque las gentes de Kamphaeng Phet, al igual que las de Phetchaburi, al igual que las de Isan, son un puro canto poético a la amabilidad. Entre ellos, los días pasados en Bangkok asemejaban una pesadilla insondable de seres grises y timadores feroces con alma de hormigón. Todo el mundo se desvivía por ayudarte, en un eco potente de su raíz Thai. Si quería una cerveza, era gratis, si había dejado la bicicleta y quería visitar un templo, el transporte era gratis. Me llevaban los demonios entre ellos. Quería pagar, sacaba el dinero, les explicaba que en mi país todo cuesta dinero, pero ellos no escuchaban, lo hacían por pura amabilidad.

Recuerdo que una mañana, saliendo del bosque de Aranyik, de visitar los preciosos templos en los que destaca uno rodeado de elefantes y otro con un Buda erguido, estucado y de proporciones perfecta, me arrimé a un bar que estaba de reformas. No había más que una joven pareja que lo regentaba y a los que pedí cerveza. Solo había agua. Gratis. Tomaba un trago de agua helada, a la sombra, observando volutas de un cigarrillo que se difuminaban con los rayos del sol en cuanto salían de debajo del porche, mientras pensaba la lástima que me producía en el alma el hecho de que el gobierno Thai no haya hecho un esfuerzo mayor por promocionar estos hermosísimos templos, al igual que ha hecho con Sukhothai. El tipo, de repente, me acercó una lata de cerveza Singha sacada de Dios sabe dónde, gratis, preguntándome a dónde iba. Respondí que a un hotel llamado ni recuerdo, y que iría andando porque no tenía transporte. Dijo que eso estaba muy lejos, que él me llevaba. Gratis. Alucinaba con la cerveza, con el trato, con que este joven ya era el número no sé cuántos que me iba a llevar por el morro. Saqué un billete de cincuenta baht. Sentía que era todo demasiado y que, para mí, apenas era poco más de un euro. El tipo que no, que era gratis. Salió la mujer, que fregaba al fondo del local, secándose las manos sobre un delantal ribeteado de flores, diciendo que no, que era gratis. Dejé caer el billete sobre una repisa en la que me había recostado y el tipo, sencillamente, volvió a su asiento y su mujer a sus labores. No dijo nada, solo me miro largamente desde el fondo. Yo ya sabía que no me iba a llevar, que había cometido una ofensa. Se esfumaron la cordialidad y la magia. Apuré la birra de un trago largo, me levanté, le saludé de un modo efusivo ante el que el tipo permaneció indiferente, y me sumé a saltar por entre las sombras que generaban en el asfalto las gigantes hojas de pobladas tecas que lucían en ambas cunetas. Lección aprendida: si es gratis, es gratis. Caminé y caminé, sudé y sudé. Recordaba la porquería de Bangkok, tan vacía de algo que aquí se desbordaba, tan vacía de conceptos inherentes a la gente humilde. Incluso allí también un taxista me llevo gratis, como excepción que confirmaba la regla a la oscura gente de allí. Porque lo hizo ya que no era capitalino. Era de Roi Et, de mi añorada Isan, e iba a un servicio, a recoger a una chica para llevarla a Chonburi. Era una carrera larga, de 600-800 baht. Iba a hacer el día con ella, y mi pensión estaba de camino. ¿Por qué habría de cobrarme? me repetía constantemente. Tan lejos de nosotros, tan cerca del corazón. Lo de Kamphaeng Phet me pasó por necio, por no saber aceptar que ésta es otra cultura, que rigen otras normas, aunque uno se sienta incapaz de comprender tanto derroche de humanidad y solidaridad. Por no entender que, en su fe, esto es un círculo de giro constante, que hoy él lo hace por ti, mañana tú lo harás por él. Un samsara, un ciclo de reencarnaciones constante en el que todos pasamos por todo, y solo la solidaridad, el amor al prójimo y a lo que te rodea, puede ayudarte y salvarte. ¿Cómo demonios podría desear irme de Kamphaeng Phet?  

Las noches en la localidad eran también de puro placer. Pegando a mi hotel, de estilo chino y tan sobrio como sombrío, como es costumbre en este tipo de hospedajes, había un cruce en forme de T que se transformada a las horas brujas. Por allí nos meneábamos, tomando tragos, esa breve secuencia de un extranjero juntado a jóvenes Thai en busca de algo de alcohol, un poco de comida, y un mucho de diversión. El garito que yo frecuentaba ponía música en directo, pero los músicos siempre eran los mismos. Una chica de voz sedosa y dulce, lo mejor, y dos chicos que aporreaban un par de guitarras acústicas pensando que debían ser la reencarnación de Jimi Hendrix, lo peor. En todo caso, cuando empezaban a sonar los acordes de cualquier tema de Da Endorphine, un grupo que a mí ya me gusta, la chica se desataba con un torrente de voz y un movimiento espasmódico que hacia entrar en trance a la concurrencia. Empáticos y vibrantes, aunque sonara algo alejado del grupo Nirvana. Allí todos daban gritos y palmeaban al ritmo del sonido, extasiados. Ella, junto a ellos, se desgarraba las cuerdas vocales en cada estrofa. Y no lo hacía por dinero, lo hacía por pasión, eso era algo que ya me había quedado claro. Sin duda otra estampa entrañable, de esas que pueblan la parte de piel del país en la que todo es lo que debe ser, y no lo que parece como ocurre en Bangkok. Yo respiraba feliz, recordando cómo, apenas unos días atrás, suspiraba y soñaba en Mochit, la estación norte de Bangkok, con llegar a un lugar de los que salen con nombre ilegible en el mapa. Ya lo había conseguido, qué duda cabía.  

La última mañana, al pirarme a la estación para enganchar el bus a Sukhothai, pleno de felicidad, solo me incomodaba la falta de certeza de cuánto tiempo pasaría antes de poder regresar a convivir y aprender con las gentes de Kamphaeng Phet. Cuando al viajero lo moldea la ruta, cuando atraviesa el diapasón de emociones que se suman día a día, kilómetro a kilómetro, rostro a rostro, y que lo van a transformar en lo que ni se imagina llegar ser, solo se es consciente de que ya no importa el qué, solo importa el quién y el cómo. Es entonces cuando el regreso adquiere su plena significancia diluyendo Bangkok, y floreciendo perennemente Kamphaeng Phet.  

P.S. Paso "express" por Sukhothai. Visita y vídeo de rigor, capítulo redactado a altas horas de la madrugada, y hoy para Mae Sot, un pueblo multiracial en el que busco unas piedras de esas que tanto le gustan a la vieja.¡¡¡Cómo adoro Sukhothai!!! Mucha visita, mucha escritura, poca cerveza... algo debo estar haciendo mal porque creo que está todo descompensado. Hummmmmm. El borrador de capítulo de Phetburi, pese a ser muy interesante, igual que el de Sukhothai, ya no va a entrar, porque la próxima entrada será de este Mae Sot que tan bien me ha acogido. Habrá tiempo de moler, rehacer y ampliar lo escrito. Creo que, unido con la parte de Myanmar de dentro de unos meses, saldrá un libro interesante. Porque eso es lo que se pretende, ¿verdad? ;-) Aún así añoro Isan y sueño con volar pronto para allí. Tailandia, en su vertiente Sukhothai-Mae Sot, está saturada de extranjeros.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola
Que panolis eres, si es gratis es gratis,esa es la palabra preferida de la vieja.
De lo que hablamos el otro dia por telefono sobre la tablet olvidalo, que me pillare una aqui, asi tienes mas tiempo para tomar birras y seguir escribiendo
Saludos

Anónimo dijo...

Pues clarooo!

Porque le dejaste el billete de 50 baht si te digeron que era gratis?

Fue un desprecio

Ya aprenderas

Ta

Anónimo dijo...

hi guy!
don´t worry por el tema del billete. todo tiene siempre un porqué y seguro q de aqui sacas algo bueno, pero es dificil evitar la programación que tenemos metida a fuego por haber nacido en occidente. es bonito ver como el viaje deja sus huellas en tí al igual que tú dejas sus huellas en él.
un abrazo de esos que no te molan