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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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domingo, 11 de noviembre de 2012

Inicio del borrador de Lampang... Inolvidable Lampang

El agujero de bala, aunque parezca imposible, aún sigue allí. Es ese círculo oscuro y estriado que se aprecia en una varilla de la reja metálica. La que rodea la estupa, la de zinc que aparece cubierta de óxido hacia la parte izquierda, nada más entrar. Allí fue a parar el disparo mortal…

El que disparó se llamaba Nan Tip Chang, y era un renegado Thai. Un forajido que ansiaba la expulsión de los birmanos de su comarca. Allí todo seguía las reglas marcadas por los invasores. Y él, y los cerca de trescientos que le secundaban, ya no daban más de sí. Eran el emblema, la marca de identidad de una población que hacía años añoraba una independencia que hasta el momento no se percibía. Su opción única era levantarse en armas, alzar una bandera libertaria que, en todo caso, tampoco estaba claro hacia dónde iba encaminada una vez expulsado el poder birmano. Y lo tenía donde quería. Solo necesitaba un empujón más. Ya tenía al comandante birmano donde quería. Superado en número de efectivos, el impulso de sus trescientos valientes ya había dado su fruto. El birmano y su breve guarnición, iban a caer, pese a refugiarse en el más sagrado templo, pese a atrincherarse en el templo Lampang Luang. Iban a caer para dar un nuevo sentido a la identidad Thai en el reino Lanna. Sabía que era su hora, que su gente le acompañaba, y que el alzamiento era semilla segura de triunfo y prosperidad para sus gentes, una vez liberados del yugo birmano. Una vez cayeran el comandante birmano y sus tropas, los detonantes de la insurrección que el presumía entre sus gentes, el impulso y la lucha masiva de estos por cada centímetro cuadrado del reino devolvería a Lanna su ancestral libertad.

El que recibió el balazo, el comandante birmano, se llamaba Tao Maha Yote. Él jamás concibió una insurrección de ese calibre. Jamás pensó que pudiera verse sitiado por una serie de subordinados Thais que, no lo dudaba, eran inferiores en alma y cuerpo a los osados Bamar a los que él representaba. Pero Lampang estaba tan incomunicada. Sin refuerzos, sin ayuda del grueso de las tropas Birmanas apostadas en luchas con la gente Shan hacia el lejano norte. No tuvo alternativa. Pelearon como auténticos defensores del legado Bamar, como reales defensores de la gente a la que representaban. Pero no había solución, sabía que pronto él, y sus valerosos compañeros, iban a sucumbir para sumir a Lampang, al reino Lanna, en un indescifrable futuro. Oraban y oraban en silencio en el Wihan Luang, la capilla de preciosa teca, el edificio más antiguo del reino Lanna, de la actual Tailandia. Pero sus rezos no serían escuchados. El samsara, la reencarnación constante, tenía guardada otra vuelta de tuerca para todos ellos. Otro renacer daría con la energía de cada uno de ellos ensamblada en algo que ni podían imaginar.

-Es hora de atacar, señor. Las tropas están ansiosas-. El subordinado se dirigía a un Nan Tip Chang que no le miraba. Calculaba sus opciones de éxito. Observaba, como un gato a ratón moribundo, la estructura del templo. Entrar por vanguardia sería complejo, por retaguardia no tan difícil. Ellos no eran muchos. ¿Se decantarían por volcarse y defender el flanco oeste?, ¿lo harían por el este? En todo caso la victoria era segura, se trataba de perder los menos efectivos posibles. Sacaba brillo a sus balas con calma. ¿Y el viejo conducto de agua? Los birmanos no sabían de su existencia. Solo los monjes Thais que poblaban el templo y lo construyeron sabían de él.

-Tú fuiste monje aquí hace años. ¿Recuerdas aquel viejo conducto de agua que iba a nacer en los aposentos monásticos?-. Los ojos de Nan Tip Chang brillaban en su sed de victoria. El subordinado, de nombre Anan, lo recordaba y lo entendió enseguida. Una táctica brillante. La ilusión hizo refulgir sus ojos. Todos entrarían al recinto por allí. Seguro. El birmano no lo imaginaría y, además, no tendría tiempo de reacción. Este acceso estaría desprotegido. 

Nan Tip Chang cargó el arma, exhaló un suspiro y miró de frente a su compañero.

-Adelante. Por el conducto de agua-. Dijo mientras observaba un cielo inmaculado de mediodía en el que pronto los estertores de sangre, cálida y húmeda, se mezclarían a la fragancia de incienso que llevaba el templo amarrada, de modo inmemorial, a su madera de teca ennegrecida. Otra muesca de sangre en su centenaria historia.

La historia olvidó este apéndice. Nadie sabe con certeza cómo transcurrió. Se sabe quien ganó y queda, entre otros, un disparo que acabó, tal y como hoy en día refleja el acervo popular, con la vida del comandante invasor. También se cree saber que de los birmanos ni uno quedó con vida. Corría el año 1732, y la revolución que desembocaría con el enemigo birmano expulsado del reino Lanna acababa de encender su mecha.

Soñado en las arterias de Lampang, al abrigo de unas cervezas, una cálida tarde en que el sol moría en el horizonte. Noviembre de 2012.

Cuando se llega a Lampang, uno se sabe parte de la historia, de un reino de los de cuento llamado Lanna, de un reino acunado y peleado celosamente entre tailandeses y birmanos a lo largo de la historia. Las ciudades de Chiang Mai y Chiang Rai se llevaron la fama, pero fue Lampang quien cardó la lana en un juego de palabras tan sencillo como propicio por la casi homonimia con el nombre del reino: Lanna, la tierra del millón de campos de arroz en idioma Thai. Lampang se asoma a pocas rutas, siempre lo hace como ciudad de paso y nunca como escala, y se resume para muchos, con su templo Lampang Luang, como solo otro tachón en la lista de hermosos iconos budistas. Pero eso, como ya suponía e iba a comprobar, es una injusticia de tal calibre que hace de esta preciosa ciudad acaso la más infravalorada del viejo reino de Siam.

Todo aquí resuena a lo que fue y ya no es. Sus templos lo fueron de oro, zafiros y rubíes, ahora sollozan por una miga de estuco y una mano de pintura, sus casas de fina madera, ostentosas y cargadas de finos relieves, hoy se pudren en un visible peligro por derribo. Y es que todo lo que un día florece, al cabo de un tiempo palidece. Es ley de vida, el ciclo humano y material. El río Wang no es la inundación del negocio que rezuma Mae Sot y eso, guste más o menos, se nota.
...

P.S. Lampang, una larga entrada y un sueño de lugar. Ahora por Chiang Mai de recados, mañana vuelta a la normalidad tirando a Chiang Saen. Pero el cansancio empieza a hacer mella...

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