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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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lunes, 29 de octubre de 2012

Penang... otro esqueje


En cinco minutos el aire acondicionado del taxi, gélido, amenaza con amputarme la nariz mientras el tipo, hosco, conduce a todo trapo con una mano mientras con la otra juguetea acariciando una taqiyah que asoma en el salpicadero. Se trata del tocado blanco, como un gorro plano, que lucen muchos musulmanes, el negro, que en ocasiones se ve aquí, propio del sudeste asiático insular y un poco más alto, se llama generalmente songkok, aunque también peci o kopiah en distintas zonas de Indonesia. Intercambiamos unas frases sobre la función y significado del mismo y así casi se me olvida lo morado que me estoy empezando a poner. “Al fin y al cabo el palique me ayuda a seguir despierto, aunque sea castañeteando” me digo a mí mismo. Las calles lucen desiertas hasta llegar a la puerta del hostal y Georgetown, así, en su primera impresión, parece una concatenación de arterias y venas grises por las que no fluye sangre.

Al asomar el hocico por la puerta solo percibo unos potentes ronquidos que surgen de un lateral oscuro, justo al fondo de la barra de recepción. “Check-in 14:00” luce un cartel sobre la barra. “Joder, a ver cómo me lo monto para echar unas horas. Hasta las dos sin habitación” pienso resignado mientras ojeo los rincones que puedan hacerme de cama. Chequeo el reloj, las 5:30, y resoplo mi desdicha. Con los párpados que se me caen a plomo decido probar fortuna meneando suavemente la rodilla del chico que se incorpora asustado. Le explico la situación, que tengo una reserva para tres noches, que lamento llegar tan temprano, que a ver si tengo que esperar hasta las dos para tener la habitación, que añoro una duchita fresca. El tipo escucha con calma, me observa de arriba abajo, y me dice que va a comprobar la reserva. Sé lo que eso supone, que mi estrella de la fortuna sigue conmigo. Si fuera a dejarme sin habitación se hubiera remitido al cartel, y volviendo a recostarse hubiera dado media vuelta sin más. En cinco minutos un ligero vaho impregnaba el baño donde yo, bajo un potente chorro, me relamía con el mullido colchón que me esperaba fuera y con las horas de cama gratis que me acababa de ganar de modo inesperado.

Una mañana me acerqué a recepción a pedir un mapa para chequear los lugares de interés. A la derecha del hotel estaba el núcleo histórico, con Fort Cornwallis y su explanada frente al Índico bien remarcada, a la izquierda el templo birmano y el tailandés con su Buda recostado gigante. Miré el calendario que asomaba por detrás: Domingo. Iría a la izquierda. Los templos son unos de los sitios más apacibles y visitables en un día como ése. Pregunté al chico cómo llegar y cuánto había de distancia y éste fue paseando su dedo, sobre el mapa, por la calle Burma hasta topar con las estrellitas que señalaban los santuarios, uno frente a otro. “Hay cuatro kilómetros, media hora andando” dice con convicción. Miro al mapa y trato de calcular mentalmente lo recorrido ayer por la calle Argyll, mecánicamente lo comparo con el tramo que él me acaba de señalar con el índice… Ahí no habría más de dos kilómetros a lo sumo. Le miro de nuevo, vuelvo a mirar el mapa y, dándole las gracias (nanri) en lengua Tamil, lo vuelvo a plegar mientras él no deja de sonreír complacido mientras oscila la cabeza de ese modo que saben hacer los indios. Es un movimiento idéntico al del perrillo que se puso de moda y se veía antes, en la década de los ochenta, sobre el salpicadero o la bandeja trasera de los coches. Esos que movían la cabeza al vaivén de los baches. El chico era seguro de Tamil Nadu, del sur de India, con tez caoba, casi negra, y un musical acento sobre el que parecen danzar las palabras cuando hablan en inglés. Son fáciles de distinguir en cuanto conversas con ellos. Todos sabemos que los indios tienen un grave problema con las distancias, sencillamente no saben medirlas. Te dirán dos, cinco, siete… nunca aciertan. Cualquiera que haya viajado por el subcontinente indio y se haya parado a preguntar en estaciones de buses o tren lo tiene más que aprendido. Recuerdo una vez que, en el estado de Karnataka, quería subir a la zona de Aihole desde Hospet. Uno decía que 60 kilómetros (hora y media) y que el bus hacia Aihole estaba al llegar, otro decía que había 80 kilómetros (3 horas) y que el bus ya había partido, y el último decía, absolutamente convencido, que había 120 kilómetros, que había varios buses al día, y que las cinco horas no me las quitaba nadie. Y podría contar anécdotas similares en Delhi, Rajasthán, Kerala,… Sencillamente son así, no saben calcular distancias, dicen una distancia a voleo, por aproximación, y te regalan esa sonrisa nacarada que luce sobre su atezado rostro. Lo último se agradece, lo primero, una vez has convivido con ellos, llanamente lo dejas correr porque, al fin y al cabo, ¿qué más 60 o 120, dos o cinco horas, si no se tiene prisa por llegar? Por cierto, para que no haya lugar a dudas, finalmente fueron más de seis horas de Hospet a Badami, y apenas kilómetro y medio que recorrí en veinte minutos hasta los templos de Penang, que tampoco es que resultaran excepcionales para mi desdicha.







1 comentario:

Anónimo dijo...

hi guy
veo que la suerte sigue pegada a tus suelas y que conseguiste tu ducha y descansar un poco.

recuerda que estamos aqui, muy cerquita tuyo en este dia. no estas solo aunque te vayas al otro lado del mundo - a unos 200.000km como diria los indios-a 10 dias en avion;-) , a no pasar el jodido frio que hace aqui. hoy toca comida especial mas unas cervecitas que te lo paga el barbas jajajja. zorionak
un abrazo de eso mios