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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

miércoles, 31 de octubre de 2012

La magia del expreso 36

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Es de noche. Las voces se han apagado, las cortinillas que hacen de cerrojo sobre los camastros se han cerrado, y el traqueteo rítmico se ha acentuado pese a que los oídos ya se han acostumbrado a convivir con ello. Miro por la ventanilla y un paisaje disfrazado de sombras, sobre las escasas luces de los postes lejanos, se aventura a asegurar que no todo está muerto. Hay coches furtivos y viandantes en poblados de nombre imaginario. Son breves reductos de la Tailandia más rural, donde lo musulmán se mezcla con lo budista en difícil equilibrio. Son tierras de la provincia de Hat Yai. Se remonta a muchos años atrás la violencia que azota esta parte sur del país Thai, a tiempos del reino Srivijaya. Una sociedad musulmana en un país budista. El caldo perfecto para que una chispa prenda. ¿Cuántas veces he pasado por el mismo lugar pero con otros nombres y religiones? 
  
Salgo al vagón restaurante, a tomar una cerveza y escribir un rato en calma. Iluso que es uno. Allí hay un ambiente del infierno. El calor tropical es tórrido, hay tailandeses que bailan y tocan palmas con la música, toman tragos, se trompican y caen porque lo que no produce el alcohol lo hace el vaivén exagerado de un vagón que asemeja el sonajero de un bebé hiperactivo. Allí no hay lugar al silencio o la pausa. Incluso el camarero amenaza con besar el suelo un par de veces, por bebido o por agitado. Al rato renuncio, allí es imposible teclear. Apunto a la ge y sale la efe, alguien me acerca un vaso de líquido que desgarra la garganta, apunto a la ele y sale la eñe, otro fulano me larga una lata de cerveza Shingha. Chokdi Kap (“salud” en lengua Thai). Así todo el rato. Agarro el portátil, les doy las buenas noches en thai, soy respondido por un coro alegre, y me largo al camastro más que apetecible que me espera en el vagón diez. Llevo batería recargada para un par de horas, y líquido en cuerpo para un agradable sueño de larga duración, pero ni una sola línea escrita. Al llegar me recuesto, y es tal la felicidad que no tardo en quedarme dormido. Ni tiempo tengo de quitarme las zapatillas. ¿Qué será de mí el día que me sobren estos trenes y estas gentes?

Cuando despierto, el tren transita por verdes arrozales. El paisaje es radicalmente opuesto al de Malasia, y lo que allí eran colinas y palmeras, aquí son arrozales planos, inundados, en cuya superficie marrón se reflejan las nubes de un cielo encapotado. Se empieza a oír el brusco y constante crepitar de las primeras gotas de lluvia sobre el vagón y riachuelos de agua se forman sobre el ventanal. Todo fuera adquiere un aspecto grotesco y distorsionado, como un cuadro de Picaso. Los malayos que habitan en mi compartimento ya deben llevar horas levantados. Las mujeres lucen, bien arregladas, sus túnicas negras y algunos de los hombres practican sus abluciones de espaldas a mi caminar por el pasillo, orientados hacia el este, a La Meca. Los que no, no dudan en saludarme e invitarme a sus viandas. Lo cierto es que no tengo hambre pero como un poco de mango y de arroz porque sé lo ofensivo que supone para todo musulmán no aceptar su amabilidad. Sonríen encantados y bajo algunos de sus bigotes se muestran blancas filas de dientes. ¿Dónde vas?, ¿de dónde eres?, ¿dónde está tu mujer?... son todas preguntas que se repiten y a las que yo respondo como puedo. ¿Qué escribes?... entonces soy yo el interpelado, y al girarme descubro rasgos malayos, o chinos, o tailandeses. Y a todos les cuento lo mismo con la misma pasión, que narro mis viajes, que cuento mis sentimientos, que me ayudan a no olvidar qué es lo que me gusta. Acto seguido preguntan por si soy un famoso escritor, que les gustaría leer lo que escribo, que en un tren tampoco hay mucha que contar. Y yo niego suavemente con la cabeza mientras les aseguro, con convicción, que no soy escritor, que escribo para mi, que sí, que todo escrito aspira a ser leído, y más lo que pueda suceder en el expreso 36 a Bangkok, pero que a la mayoría de mis compatriotas no les importa qué me pase o qué sienta, que muchos no saben ni dónde pilla Butterworth o Bangkok y que, sencillamente, bastante tienen con encontrar trabajo hoy en día. Se piran cariacontecidos, extrañados de una sociedad que no comprenden, o se quedan y cambiamos de tema de conversación. Siempre hay un motivo para entablar conversación en un tren. Es algo que no cuesta dinero y tiene una vitalidad endiablada.

Nadie duda que el tren ha sido siempre el mejor contexto, la mayor invitación a la convivencia. Las historias que surgen sobre raíles, pregúnteselo a Theroux sin ir más lejos, siempre llevan un aura de autenticidad, de carácter genuino que es imposible de localizar en ningún otro lado. Los contactos humanos se estrechan, la amabilidad se desborda, y las conversaciones son infinitamente más interesantes. Unos dicen que van a visitar a su familia, otros a hacer negocios, otros que van a conocer Bangkok mientras te piden que les cuentes cómo es, al tiempo que esposo, mujer, e hijos se arraciman a tu lado para escuchar con una sonrisa demoledora. Como un payaso que ha de entretener a una caterva de niños, así me siento por momentos. Otros, budistas, se dirigen a una especie de meca transformada en país budista. Y todos, absolutamente todos, llevan impreso el estigma del viajero, la felicidad por la incertidumbre, la felicidad por lo desconocido que espera cuando se paren, definitivamente, las bielas del monstruo metálico. Entonces será tiempo de vivir pese a que algunos, de un modo acaso más romántico, lo hemos hecho en este intervalo ferroviario, rememorando todo lo que se nos quedó atrás por India, China, todo lo que nos queda por vivir, contar, y escuchar por estos u otros destinos, por estos u otros expresos de destino desconocido. ¿Cómo se puede soñar un viaje sin viajarlo en tren?

A la altura de Phetchaburi ha dejado de llover y dudo. Por la ventana se ven casitas de baja altura y gentes que ya han arrancado el día. Parece un pueblo más. No lo tenía pensado, ni mucho menos, solo sentí que igual era buena idea parar allí. Es la magia que da el viajar solo y sin reloj. Siempre será cuándo y cómo tú lo quieras. Es un destino que me agradaría conocer. Algo había leído sobre su significado histórico, y poder navegar por su esencia y alternar un rato con sus vecinos de repente se me antojaba la mejor idea. Agarro la mochila pero sigo dudando: Bangkok o Phetchaburi. Saco una moneda de 50 sen, medio ringgit. A eso y un par de billetes de un ringgit asciende todo mi capital. La moneda ya no tiene más utilidad que la de sellar mi destino y la lanzo al aire. El hibisco es el pueblo, la media luna es la capital, pienso mientras ésta gira en el aire. Bota sobre el suelo con un hueco sonido metálico y me agacho a ver qué será de mí. Sale hibisco, y me sonrío porque acabo de llegar a mi destino. En el fondo creo que era lo que más me apetecía. Agarro la maleta, salto, y me quedo observando unos minutos, desde el andén, el partir del tren. Emocionado y agradecido, lo veo perderse en el horizonte de ese modo en que solo se puede mirar a los trenes que insuflan vida o mujeres que regalan placer. El expreso 36 se pira a Bangkok con una moneda de 50 sen tirada en el suelo del vagón diez, abandonada allí porque ya marcó mi ruta. Si hubiera salido la media luna, Bangkok, yo aún seguiría dentro y la moneda, con toda certeza, hubiera regresado a mi bolsillo.
...

P.S. Se agradecen las felicitaciones. El día en el tren, por lo visto, dio para muchas cosas. Un feliz cumpleaños. La moneda me dejó en Phetchaburi, así que tiempo para visitar los alrededores. Debo andar con el duende de la escritura porque ésta sale sola. Es agradable sentarse a escribir, a contar historias como éstas, y tantas otras que reservo para no aburrir demasiado ;-)

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola
Tu sigue escribiendo que no nos aburres,que te lo pases bien por esas tierras, mientras nosotros seguiremos tirando por estas que son las unicas que conocemos
Saludos
Jesus

Anónimo dijo...

hi guy
me ha gustado este relato. el dia que te sobren los trenes y esas gentes no llegara nunca no te preocupes. nunca te cansaras ni te bañaras en el mismo agua del rio como dijo aquel. veo que la escritura sale sola y ademas me mola como sale.

take care. un abrazo de esos mios.

Anónimo dijo...

No se ve mucho pero es lo que hay

http://www.youtube.com/watch?v=PPekZ8bK9yI&feature=plcp

Sigue disfrutando