LIBROS, DOCUMENTALES, FACEBOOK...

"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

miércoles, 31 de octubre de 2012

La magia del expreso 36

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Es de noche. Las voces se han apagado, las cortinillas que hacen de cerrojo sobre los camastros se han cerrado, y el traqueteo rítmico se ha acentuado pese a que los oídos ya se han acostumbrado a convivir con ello. Miro por la ventanilla y un paisaje disfrazado de sombras, sobre las escasas luces de los postes lejanos, se aventura a asegurar que no todo está muerto. Hay coches furtivos y viandantes en poblados de nombre imaginario. Son breves reductos de la Tailandia más rural, donde lo musulmán se mezcla con lo budista en difícil equilibrio. Son tierras de la provincia de Hat Yai. Se remonta a muchos años atrás la violencia que azota esta parte sur del país Thai, a tiempos del reino Srivijaya. Una sociedad musulmana en un país budista. El caldo perfecto para que una chispa prenda. ¿Cuántas veces he pasado por el mismo lugar pero con otros nombres y religiones? 
  
Salgo al vagón restaurante, a tomar una cerveza y escribir un rato en calma. Iluso que es uno. Allí hay un ambiente del infierno. El calor tropical es tórrido, hay tailandeses que bailan y tocan palmas con la música, toman tragos, se trompican y caen porque lo que no produce el alcohol lo hace el vaivén exagerado de un vagón que asemeja el sonajero de un bebé hiperactivo. Allí no hay lugar al silencio o la pausa. Incluso el camarero amenaza con besar el suelo un par de veces, por bebido o por agitado. Al rato renuncio, allí es imposible teclear. Apunto a la ge y sale la efe, alguien me acerca un vaso de líquido que desgarra la garganta, apunto a la ele y sale la eñe, otro fulano me larga una lata de cerveza Shingha. Chokdi Kap (“salud” en lengua Thai). Así todo el rato. Agarro el portátil, les doy las buenas noches en thai, soy respondido por un coro alegre, y me largo al camastro más que apetecible que me espera en el vagón diez. Llevo batería recargada para un par de horas, y líquido en cuerpo para un agradable sueño de larga duración, pero ni una sola línea escrita. Al llegar me recuesto, y es tal la felicidad que no tardo en quedarme dormido. Ni tiempo tengo de quitarme las zapatillas. ¿Qué será de mí el día que me sobren estos trenes y estas gentes?

Cuando despierto, el tren transita por verdes arrozales. El paisaje es radicalmente opuesto al de Malasia, y lo que allí eran colinas y palmeras, aquí son arrozales planos, inundados, en cuya superficie marrón se reflejan las nubes de un cielo encapotado. Se empieza a oír el brusco y constante crepitar de las primeras gotas de lluvia sobre el vagón y riachuelos de agua se forman sobre el ventanal. Todo fuera adquiere un aspecto grotesco y distorsionado, como un cuadro de Picaso. Los malayos que habitan en mi compartimento ya deben llevar horas levantados. Las mujeres lucen, bien arregladas, sus túnicas negras y algunos de los hombres practican sus abluciones de espaldas a mi caminar por el pasillo, orientados hacia el este, a La Meca. Los que no, no dudan en saludarme e invitarme a sus viandas. Lo cierto es que no tengo hambre pero como un poco de mango y de arroz porque sé lo ofensivo que supone para todo musulmán no aceptar su amabilidad. Sonríen encantados y bajo algunos de sus bigotes se muestran blancas filas de dientes. ¿Dónde vas?, ¿de dónde eres?, ¿dónde está tu mujer?... son todas preguntas que se repiten y a las que yo respondo como puedo. ¿Qué escribes?... entonces soy yo el interpelado, y al girarme descubro rasgos malayos, o chinos, o tailandeses. Y a todos les cuento lo mismo con la misma pasión, que narro mis viajes, que cuento mis sentimientos, que me ayudan a no olvidar qué es lo que me gusta. Acto seguido preguntan por si soy un famoso escritor, que les gustaría leer lo que escribo, que en un tren tampoco hay mucha que contar. Y yo niego suavemente con la cabeza mientras les aseguro, con convicción, que no soy escritor, que escribo para mi, que sí, que todo escrito aspira a ser leído, y más lo que pueda suceder en el expreso 36 a Bangkok, pero que a la mayoría de mis compatriotas no les importa qué me pase o qué sienta, que muchos no saben ni dónde pilla Butterworth o Bangkok y que, sencillamente, bastante tienen con encontrar trabajo hoy en día. Se piran cariacontecidos, extrañados de una sociedad que no comprenden, o se quedan y cambiamos de tema de conversación. Siempre hay un motivo para entablar conversación en un tren. Es algo que no cuesta dinero y tiene una vitalidad endiablada.

Nadie duda que el tren ha sido siempre el mejor contexto, la mayor invitación a la convivencia. Las historias que surgen sobre raíles, pregúnteselo a Theroux sin ir más lejos, siempre llevan un aura de autenticidad, de carácter genuino que es imposible de localizar en ningún otro lado. Los contactos humanos se estrechan, la amabilidad se desborda, y las conversaciones son infinitamente más interesantes. Unos dicen que van a visitar a su familia, otros a hacer negocios, otros que van a conocer Bangkok mientras te piden que les cuentes cómo es, al tiempo que esposo, mujer, e hijos se arraciman a tu lado para escuchar con una sonrisa demoledora. Como un payaso que ha de entretener a una caterva de niños, así me siento por momentos. Otros, budistas, se dirigen a una especie de meca transformada en país budista. Y todos, absolutamente todos, llevan impreso el estigma del viajero, la felicidad por la incertidumbre, la felicidad por lo desconocido que espera cuando se paren, definitivamente, las bielas del monstruo metálico. Entonces será tiempo de vivir pese a que algunos, de un modo acaso más romántico, lo hemos hecho en este intervalo ferroviario, rememorando todo lo que se nos quedó atrás por India, China, todo lo que nos queda por vivir, contar, y escuchar por estos u otros destinos, por estos u otros expresos de destino desconocido. ¿Cómo se puede soñar un viaje sin viajarlo en tren?

A la altura de Phetchaburi ha dejado de llover y dudo. Por la ventana se ven casitas de baja altura y gentes que ya han arrancado el día. Parece un pueblo más. No lo tenía pensado, ni mucho menos, solo sentí que igual era buena idea parar allí. Es la magia que da el viajar solo y sin reloj. Siempre será cuándo y cómo tú lo quieras. Es un destino que me agradaría conocer. Algo había leído sobre su significado histórico, y poder navegar por su esencia y alternar un rato con sus vecinos de repente se me antojaba la mejor idea. Agarro la mochila pero sigo dudando: Bangkok o Phetchaburi. Saco una moneda de 50 sen, medio ringgit. A eso y un par de billetes de un ringgit asciende todo mi capital. La moneda ya no tiene más utilidad que la de sellar mi destino y la lanzo al aire. El hibisco es el pueblo, la media luna es la capital, pienso mientras ésta gira en el aire. Bota sobre el suelo con un hueco sonido metálico y me agacho a ver qué será de mí. Sale hibisco, y me sonrío porque acabo de llegar a mi destino. En el fondo creo que era lo que más me apetecía. Agarro la maleta, salto, y me quedo observando unos minutos, desde el andén, el partir del tren. Emocionado y agradecido, lo veo perderse en el horizonte de ese modo en que solo se puede mirar a los trenes que insuflan vida o mujeres que regalan placer. El expreso 36 se pira a Bangkok con una moneda de 50 sen tirada en el suelo del vagón diez, abandonada allí porque ya marcó mi ruta. Si hubiera salido la media luna, Bangkok, yo aún seguiría dentro y la moneda, con toda certeza, hubiera regresado a mi bolsillo.
...

P.S. Se agradecen las felicitaciones. El día en el tren, por lo visto, dio para muchas cosas. Un feliz cumpleaños. La moneda me dejó en Phetchaburi, así que tiempo para visitar los alrededores. Debo andar con el duende de la escritura porque ésta sale sola. Es agradable sentarse a escribir, a contar historias como éstas, y tantas otras que reservo para no aburrir demasiado ;-)

lunes, 29 de octubre de 2012

Penang... otro esqueje


En cinco minutos el aire acondicionado del taxi, gélido, amenaza con amputarme la nariz mientras el tipo, hosco, conduce a todo trapo con una mano mientras con la otra juguetea acariciando una taqiyah que asoma en el salpicadero. Se trata del tocado blanco, como un gorro plano, que lucen muchos musulmanes, el negro, que en ocasiones se ve aquí, propio del sudeste asiático insular y un poco más alto, se llama generalmente songkok, aunque también peci o kopiah en distintas zonas de Indonesia. Intercambiamos unas frases sobre la función y significado del mismo y así casi se me olvida lo morado que me estoy empezando a poner. “Al fin y al cabo el palique me ayuda a seguir despierto, aunque sea castañeteando” me digo a mí mismo. Las calles lucen desiertas hasta llegar a la puerta del hostal y Georgetown, así, en su primera impresión, parece una concatenación de arterias y venas grises por las que no fluye sangre.

Al asomar el hocico por la puerta solo percibo unos potentes ronquidos que surgen de un lateral oscuro, justo al fondo de la barra de recepción. “Check-in 14:00” luce un cartel sobre la barra. “Joder, a ver cómo me lo monto para echar unas horas. Hasta las dos sin habitación” pienso resignado mientras ojeo los rincones que puedan hacerme de cama. Chequeo el reloj, las 5:30, y resoplo mi desdicha. Con los párpados que se me caen a plomo decido probar fortuna meneando suavemente la rodilla del chico que se incorpora asustado. Le explico la situación, que tengo una reserva para tres noches, que lamento llegar tan temprano, que a ver si tengo que esperar hasta las dos para tener la habitación, que añoro una duchita fresca. El tipo escucha con calma, me observa de arriba abajo, y me dice que va a comprobar la reserva. Sé lo que eso supone, que mi estrella de la fortuna sigue conmigo. Si fuera a dejarme sin habitación se hubiera remitido al cartel, y volviendo a recostarse hubiera dado media vuelta sin más. En cinco minutos un ligero vaho impregnaba el baño donde yo, bajo un potente chorro, me relamía con el mullido colchón que me esperaba fuera y con las horas de cama gratis que me acababa de ganar de modo inesperado.

Una mañana me acerqué a recepción a pedir un mapa para chequear los lugares de interés. A la derecha del hotel estaba el núcleo histórico, con Fort Cornwallis y su explanada frente al Índico bien remarcada, a la izquierda el templo birmano y el tailandés con su Buda recostado gigante. Miré el calendario que asomaba por detrás: Domingo. Iría a la izquierda. Los templos son unos de los sitios más apacibles y visitables en un día como ése. Pregunté al chico cómo llegar y cuánto había de distancia y éste fue paseando su dedo, sobre el mapa, por la calle Burma hasta topar con las estrellitas que señalaban los santuarios, uno frente a otro. “Hay cuatro kilómetros, media hora andando” dice con convicción. Miro al mapa y trato de calcular mentalmente lo recorrido ayer por la calle Argyll, mecánicamente lo comparo con el tramo que él me acaba de señalar con el índice… Ahí no habría más de dos kilómetros a lo sumo. Le miro de nuevo, vuelvo a mirar el mapa y, dándole las gracias (nanri) en lengua Tamil, lo vuelvo a plegar mientras él no deja de sonreír complacido mientras oscila la cabeza de ese modo que saben hacer los indios. Es un movimiento idéntico al del perrillo que se puso de moda y se veía antes, en la década de los ochenta, sobre el salpicadero o la bandeja trasera de los coches. Esos que movían la cabeza al vaivén de los baches. El chico era seguro de Tamil Nadu, del sur de India, con tez caoba, casi negra, y un musical acento sobre el que parecen danzar las palabras cuando hablan en inglés. Son fáciles de distinguir en cuanto conversas con ellos. Todos sabemos que los indios tienen un grave problema con las distancias, sencillamente no saben medirlas. Te dirán dos, cinco, siete… nunca aciertan. Cualquiera que haya viajado por el subcontinente indio y se haya parado a preguntar en estaciones de buses o tren lo tiene más que aprendido. Recuerdo una vez que, en el estado de Karnataka, quería subir a la zona de Aihole desde Hospet. Uno decía que 60 kilómetros (hora y media) y que el bus hacia Aihole estaba al llegar, otro decía que había 80 kilómetros (3 horas) y que el bus ya había partido, y el último decía, absolutamente convencido, que había 120 kilómetros, que había varios buses al día, y que las cinco horas no me las quitaba nadie. Y podría contar anécdotas similares en Delhi, Rajasthán, Kerala,… Sencillamente son así, no saben calcular distancias, dicen una distancia a voleo, por aproximación, y te regalan esa sonrisa nacarada que luce sobre su atezado rostro. Lo último se agradece, lo primero, una vez has convivido con ellos, llanamente lo dejas correr porque, al fin y al cabo, ¿qué más 60 o 120, dos o cinco horas, si no se tiene prisa por llegar? Por cierto, para que no haya lugar a dudas, finalmente fueron más de seis horas de Hospet a Badami, y apenas kilómetro y medio que recorrí en veinte minutos hasta los templos de Penang, que tampoco es que resultaran excepcionales para mi desdicha.







domingo, 28 de octubre de 2012

W.I.P.

Pasan los días por Penang de un modo pausado. Recuperando fuerzas, hoy me dio por visitar los templos del lugar: el Thai, el Birmano... y uno llamado Koo Khonsi que es una preciosidad. Paso el tiempo escribiendo y tomando las cervezas que puedo en este país tan caro. Entre la derrota del euro y la evolución natural de estos dragones asiáticos, me toca ver como mi dinero se evapora al mismo ritmo que mi sed disminuye. Total, que con tiempo por delante, y tirado en la cama viendo un Everton-Liverpoool, ha empezado a resonar una musiquilla en mi cabeza de hace un  millón de años. Y para mañana un apartado para ver los vestigios coloniales britanicos, y vuelta a rehacer la maleta para el martes coger el expreso 36 de Butterworth a Bangkok.




P.S. Al de Oxford, el tipo del triciclo está roncando ya que, aunque no lo parezca porque todavía no existe la fotografía térmica, eran las doce y andábamos a cuarenta grados. Miedo me daba tomar cervezas para no deshidratarme, jejeje :-)

miércoles, 24 de octubre de 2012

Cosiendo el segundo libro... una puntada de KL

Te juro que es verdad, madre. El banco seguía allí, con su plástico azulado, su polvo milenario y sus cicatrices en forma de grietas. Si, madre, ese mismo banco que nos acogió aquella noche en la que tratamos de echar unas horas en su rebufo, acurrucados, a la espera de salir para el aeropuerto y volar a Surakarta. ¡Qué tiempos aquellos de Air Asia! Delaysia la llamaban, por sus constantes retrasos. Quizás no haya pasado tanto tiempo, aunque para nosotros hayan sido un millón de vicisitudes por otros lares. Imagino que era imposible no rememorarlo una vez en KL Sentral, el centro neurálgico de transportes en Kuala Lumpur. Te comenté que para unas horas no nos merecía la pena ir a una pensión, que ahorrábamos un pico y tú, como siempre, te encogiste de hombros, concediendo la jugada, y te arrellanaste a dormir. Más tarde, en el aeropuerto, aquello parecía un campamento de refugiados de esos que monta la ONU, ubicuos. Gentes indonesias, chinas, indias, malayas… todos tirados por cualquier esquina… ¿Recuerdas?

Luego llega el monorail, camino a Raja Chulan, y aquí tampoco ha cambiado nada. Tamiles, chinos, malayos, bangladesíes… toda una sucesión de ojillos oscuros pero brillantes se cruzan en la mirada de este fatigado viajero que solo aspira a una ducha, ropa limpia y un par de cervezas, independientemente del orden, siempre poseso de la humedad en sudor y esa sensación de perrillo abandonado de la que debemos hacer gala los viajeros veteranos del sudeste asiático.

Ya ves, madre, tan lejos y tan cerca. Ni siquiera el puesto de castañas en el centro de Chinatown, ése en el que te perdiste, había desaparecido. Ni los vendedores de relojes, ni los de bolsos, y creo que ni tan siquiera estos habían notado el paso del tiempo ya que daban la sensación de estar, aparte de desfasados, remetidos en un pozo de polvo negruzco ganado en el día a día, rehenes de la polución y el hollín. Como entonces, podía mirar hacia cualquier calleja, buscándote, que no te vería, pero en esta ocasión ya no estaba preocupado. Solo melancólico. Solo. En ocasiones, al comienzo de los viajes, uno ha de apocar con la ingobernable sensación de vacío que se adueña como un sortilegio maldito del alma del viajero solitario. Y ya ves, madre, primero rasca, luego enmudece, posteriormente genera melancolía, y al final, cuando menos lo esperas, ya se ha hecho imperceptible, vencida por la costumbre de la soledad.

Tras una cerveza “Tiger”, caliente como en todo barrio chino que se precie, meditabundo, contemplando la marejada en oleadas de turistas que van y vienen, soy consciente de que algo sí que ha cambiado. Porque ya no hay muchos de los nuestros. Se nos fueron los españoles, los griegos, los portugueses… todos ellos han sido sustituidos por hordas de chinos y rusos. Cientos, miles de ellos. Aportan un toque confuso a ojos del occidental, podrían ser de ellos, de esta sociedad, pero sus maneras les delatan porque andan temerosos, buscan rápido arropo en sus congéneres, pasean la vista rápida de puesto en puesto y, sobretodo, regatean sin mirar a los ojos. Tú y yo lo sabemos, pero ellos aún no. Jamás se debe regatear sin mirar a los ojos. Eso, en las sociedades del sudeste asiático, se valora por encima de todo. Mirar a los ojos y esbozar una sonrisa siempre te llevara a cerrar un trato, nunca una compra. Porque aquí, en estas latitudes, se trata de cerrar tratos y no de comprar, para eso ya tenemos al Carrefour… y muchos, tristemente, ni siquiera allí son capaces de mirar a los ojos de la cajera. Es todo tan extraño en soledad, madre.

Cuando llega el monzón y su furia, sabes de qué te hablo, madre,...

P.S. Es tiempo de escritura, pero también de visitas. Un día pasadito por el agua vespertina de un monzón que se resiste a morir. El museo nacional, el de artes islámicas o la mezquita nacional venían en mi ruta y desfilaron por mis ojos. Especialmente buenos los museos, hay mucho que desarrollar de la historia de este ecléctico país. Ya habrá tiempo, poco a poco. Por lo pronto mañana a Melaka y ya con el billete para subir de Butterworth a Bangkok el día 30, será un cumpleaños sobre raíles ;-) Y que conste que, como sabéís los que conocéis, yo me suelo olvidar de mi cumpleaños, pero esta vez no va a ser así, así que espero vuestros mensajes (y procurad que no se queden traspapelados en la oficina de correos como los que os mando yo :-)

jueves, 18 de octubre de 2012

Lo inesperado

Un decálogo de malas vibraciones, eso es lo que me dejó la última entrada escrita, pese al optimismo. Y, poco a poco, las noticias fueron saliendo: nueva visita de mi madre al hospital, imposibilidad de ir a Croacia (podría haber ido solo pero es un país que no me atrae), cancelación de billetes, de hoteles, cancelación de vacaciones en el trabajo para poder ganar un poco de tiempo y trazar un itinerario alternativo... en fin, un lío del demonio. Afortunadamente las aguas ya bajan por su cauce de nuevo con la familia más o menos bien, lo del curro solucionado e, inevitablemente, con el rebrote de la llama de una ilusión que se fija en el dicho de que cuando una puerta se cierra, otras se abren. Cambio de tercio, asumo que el estado Rakhine (antiguo Arakan) sigue cerrado en Myanmar por disturbios con la gente Rohingya lo que me obliga a suspender por unos meses su visita, y así recupero la idea original de Malasia-Tailandia para el lunes, vía Dubai, salir para Kuala Lumpur. Serán 40 días de escapada por Melaka y Penang en Malasia más una ruta  que pasará por Bangkok, Khamphaeng Phet, Mae Sot, Lampang... un bonito y atractivo itinerario, la verdad. Será tiempo de adelantar un poquito más el nuevo libro y de abandonarme un poco, en esa soledad que tanto he aprendido a valorar viajando solo, para poder olvidar el vaivén de emociones de los últimos días. Ni que decir tiene que para Abril de 2013 Croacia ha ganado todos los enteros. Por lo pronto regreso a "casa"...

viernes, 5 de octubre de 2012

Otro clásico de Isan

Uno jamás llega a imaginar el poder de evocación que tiene un verso, un párrafo, un estribillo... y, aunque lo pretenda, siempre está equivocado. Sin saber cómo se llama , sin saber el título del tema... pero produce descarga eléctrica en esta espera cada vez más breve. Porque pronto tendré tiempo de volver a escribir por Croacia, de imaginar un entretiempo a través de Noviembre y Diciembre que igual me lleva volando, o de llegar un tramo más allá en ese Enero sudamericano. Así, por lo largo de lo que ha sido la espera, por lo que aún queda por transitar, escuchar temas como éste reconforta... y me obliga a llevarme las manos a la cara, rostro hundido, tratando de razonar, azorado, si haré lo correcto, si ahogar un añorado deseo de sudeste asiático por un deber merece la pena... y todos sabemos la respuesta, aunque mi maleta el día 16 se tiña un poco de la hiel más amarga. Tengo acabados los vídeos de México-Cuba y Polonia-Rumanía, pero falta el audio, mal menor que me lleva a confiar que para mediados o finales de Noviembre estos vídeos se sumarán al que venga conmigo de tierras balcánicas. En todo caso, perdón por la demora y la falta de estímulos para inyectarle, de forma más constante, un poco de vida a este blog marchito... será que la segunda parte de "Río Madre" me tiene recuperando la fe, atareado las escasas veces que me da por escribir ;-)