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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

sábado, 14 de abril de 2012

De Torun, el tren y la ausencia

Es como un documental de La Dos. Mirar el paisaje circundante en este tren camino de Wroclaw asemeja a eso. Corzos majestuosos que emprenden el trote, con su bella estampa, pose altanera, huidizos del traqueteo de un caballo tan metálico como errático que les interrumpe mientras hozaban en busca de semillas por los mil y un campos sembrados de cereal en que se resume este país. Bandadas de pájaros, centenas, miles, generan círculos sobre un algo que no llego a descifrar. Y millones de pinares salpicados, arracimados como estelas funerarias de cementerio centenario, con acículas elevadas que solo lucen en tridentes decolorados, apuntando con querencia a sus hermanas ya derrotadas, agostadas y teñidas del pardo sustento terrestre, fundidas en él. Y así me he interrumpido, con una rápida ojeada por la ventana, en el estudio reflexivo en que estaba sumido, mi pasatiempo preferido en horas muertas de trenes de nacionalidades múltiples, fijada la vista en las manos, discretas u onerosas manos, de los componentes, cinco, de este vagón de fuga. Adoro mirar las manos, entender su fe, el oficio que las moldea de formas que fustigan mi imaginación. Invierto horas y horas en ello. Cuando todo suma muerte y quietud, sueño o duermevelas, siempre queda una mano que se agita, se mesa la barbilla, frota unas pestañas, tamborilea con levedad sobre una rodilla, tapa un bostezo furtivo, se cierra y se abre instintivamente como pretendiendo asir algo invisible para el viajero, convidado de piedra en esa cotidiana escena que, al unísono y de un tiempo a hogaño, también menea las suyas en dedos nervados que saltan sobre las poco lustrosas teclas de un ordenador portátil. Unas son estilizadas, dedos finos y enhebrados como molde de anillos púrpura, de movimientos suaves y calculados… contable, secretaria, pero acaso violinista, ¿por qué no? Las de otro de dígitos hoscos y nerviosos, engordados, agrietados por la heridas que ya no supuran, con uñas bañadas en tonos negruzcos… propias de un obrero, albañil o ferrallista, de un sector no primario pero con certeza si primitivo, elevadas al paroxismo infernal que parió muchas horas vitales de su dueño. Las del último eran las que más me intrigaban, propias de un funámbulo o un tahúr, de movimientos hipnóticos que seguían la verborrea con que quien las agitaba entretenía a su breve audiencia en ratos en vela. Con nudillos de seda, sin corresponder dedos estilizados, más bien abotonados por la herencia de un presunto tunante. Eran manos de trilero, esas rápidas que esconden más de lo que descubren. Eran manos limpias, sin deje de aullidos o miserias, solo pulidas, ensoñadoras. Ensoñar. Tal y como hacía yo siguiendo sus dibujos en el aire, tratando de adivinar puerilmente quién se escondía detrás. Tracatracatraca… Tracatracatraca… Silencio, luego un chirrido in crescendo con un vaivén de frenado final. Torun, por fin.

Pasaron las horas, los días, en un Torun que no deja indiferente a nadie… Cómo no sucumbir a su hermosura gótica hasta el tuétano, cómo no desear robar más páginas al calendario para abandonarse por sus huecos de inmensas bóvedas eclesiásticas, borracho de ese incienso bandeado que denuncia la misa continua, la católica fe poderosa que muestran sus gentes, cómo no pretender ahogarse por siempre acurrucado al calor de pubs subterráneos de delicioso olor a moho y cerveza, deliciosa, por apenas peniques, cómo no soñar con que este viaje se disparara para regar a Torun de más y más vivencias inolvidables… cómo no.

Después, vuelto al material inquebrantable del viajero, forjado en ruta, en un paso más allá, en tren huidizo. Tracatracatraca… Tracatracatraca… Torun es historia, pasada pero cercana, que palpita en la némesis de éste que seré yo cuando regrese en breve. Es entonces cuando vuelvo a mirar las manos de mis compañeros de vagón. Quebradas, magnéticas, furtivas, homicidas o lustrosas… Busco vanamente las del cocinero que preparaba unos “Pierogi” al horno que me robaron el alma. No las encontraré, puedo pulular por aquí o husmear más allá… ”todo es en vano” pienso derrotado. Solo puedo, solo debo regresar pronto a Torun para acabar de convencerme de que esas manos artesanas no son fáciles de encontrar en trenes pujados de viajeros a cualquier destino en la estepa infinita polaca. Solo debo regresar al gótico inmortal de Torun, aunque solo sea para acabar de entender su ausencia y, en el entretanto, seguir imaginando qué alma esconden las manos que se cruzarán conmigo en cualquier vagón de segunda.

1 comentario:

Anónimo dijo...

También a mí el tren me dejó en Torun tras una noche en duermevela por los campos, que no estepas, polacos. En mi caso, sin compañeros de viaje sobre los que hacer conjeturas, ni falta que hacían cuando tras los cristales del vagón se levanta perezosamente el amanecer pomerano. Así transcurren las horas, manteniendo obstinadamente los ojos abiertos. Pero el sueño y el cansancio huyen tan pronto uno baja del tren y cruza el Vístula por el puente Pilsudskriego. O quizás precisamente los ojos han sucumbido finalmente a la fatiga y lo que uno ve es un hermoso sueño de agujas imposibles y contornos relucientes a la luz de otro mundo, menos real pero precisamente por eso mucho más bello. Y justo entonces, cuando ya estoy casi convencido de que casi he cruzado ese umbral que siempre ando buscando cuando viajo, éste se cierra de un portazo ante mí. En la terraza de un café, luce un cartel que anuncia burlón el partido televisado la víspera: "Final de la Copa española: Athletic Club - FCBarcelona". Y vuelta a la cruda realidad... aunque por fortuna, por poco tiempo. En Torun tampoco tiene tanta importancia perder otra final...

Saludos y gracias por tus crónicas,

Elmenda