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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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martes, 27 de marzo de 2012

Timadores en Phnom Penh



Jejeje, yo también topé con ellos, y hasta me dieron pie a unos párrafos en "Río Madre"... Es parte del capítulo veinticinco, dedicado a la capital Khmer, Phnom Penh.


"Salí a tomar un trago para refrigerar mi quemazón interior y todo fue de mal en peor. Mira que desearía hablar bien de esta corruptela en que se ha convertido Phnom Penh en la zona de la ribera del Río Madre, pero ni por esas… Me acerqué a un hipermercado de estos de juguete que aparecen esparcidos por doquier por todo el territorio del sudeste asiático cual setas que brotaran en Abril y me saqué una cerveza. Fuera, dos mesas, en una un hombre y en la otra una mujer, ambos rondando el medio siglo de vida. Me senté junto al primero buscando un poco de reflexión interior. Ni para Dios. El tío se embolica en el deseo de platicar conmigo y, oh sorpresa, la mujer de la mesa contigua se une a nosotros. “Joder, que yo ya estoy mayor para trucos baratos. A ver de qué va éste”. Me dicen que son de Filipinas (“buen presagio” resumo irónico sabiendo la retahíla de trucos y timos que se cuecen por allí) y que, tin tin tin (onomatopeya de campanilla), su hija va estudiar a España en unos meses, que viven cerca y que podría acompañarles y dar algunos datos de mi país a su vástago. “No me lo puedo creer. Esto no está pasando”, giro la botella para comprobar que solo tiene un cinco por ciento de alcohol y no un cincuenta porque prefiero pensar que es todo una ilusión en éteres alcohólicos. Pero no, la botella descubre su verdad, cinco grados, y la triste realidad se impone como un corsé del que me he de liberar una vez más, como siempre en este puticlub gigante en que da la sensación de haberse convertido esta área de Phnom Penh. Por supuesto en este breve intervalo se acercan doce mil moteros, conductores de tuk-tuk, tullidos y demás fauna variada para incordiar un poco más. Me rehago rápido, le digo al fulano que tengo prisa, que he de hacer una llamada por internet, pero saco un papel y el boli y le escribo mi dirección de correo electrónico al que puede escribirme su hija y yo ya le contaré cosas de mi país. La dirección es irrefutable: idosatomarporculo@putostimadores.com. El tipo la ojea, extrañado, y yo me temo si no sabrá, por un casual, algo de español y habré de salir por patas, pero finalmente se la guarda, con una falsa mueca de sonrisa, en el bolsillo de la camisa. Me excuso y me levanto para partir no sin antes escuchar al sujeto suplicarme, ante su compinche femenina que luce triste su falta de pegada a la hora de intentar pescarme, que le pagara una cerveza porque él no tiene cambio. “¿En qué cojones se ha convertido esta ciudad?” pienso alicaído mientras busco una sombra que me de cobijo.

Y de este modo regresé al hotel, rumiando el sucedido esperpento, si no sería que es que había tenido mal día o que, sin más, me lo habían hecho tener. Probablemente a medias. Ya no importaba, Phnom Penh se me había fragmentado en mil pedazos y solo podía aspirar a conocer Kampot como un reducto final de realidad Khmer antes de cruzar a Vietnam.

Me pilla la última tarde absorto, cenando en un puesto callejero. Pienso, y de hecho llego a la convicción de que nosotros, turistas, estamos reventando áreas de las capitales del sudeste asiático cual si fuéramos una mala droga chutada en vena. Se han convertido en la moda de nuestras mentes enfermizas, en lo guay que queda decir a nuestros semejantes que pisamos sus calles. No entendemos su idiosincrasia, no entendemos su historia, ni su presente, su devenir o sus distintas peculiaridades. Llegamos y lo enfangamos todo con nuestros hábitos occidentales, con nuestro bolsillo a reventar parido, ni más ni menos, que de un capitalismo que ahoga a los que nos acogen. Nos negamos a navegar por el río de la vida asiática, a seguir sus curvas en forma de costumbres como hicieron antes centenares de generaciones de viajeros. Creemos que lo nuestro genera felicidad en todos los ámbitos: en transporte, en comida, en forma de vida,… nos felicitamos porque encontramos una pizza o un sitio con wi-fi como si eso fuera más necesario que el respirar o las risas compartidas que dan la vida. Y lucimos orgullosamente kramas lilas o parduzcos con flecos para sentirnos parte del espíritu Khmer. Y todo sin tener ni puta idea porque el krama original, el auténtico, el que llevan ellos, jamás ha llevado inútiles flecos ni ha solido lucir colores oscuros por la sencilla razón de que estos atraen el calor. Pero ésos, por lo visto, no quedan tan lucidos en nuestro cuello borreguil… y además, siendo claros, el polvo y suciedad se deben notar con mayor claridad. Lo llamamos bienestar, futuro, y no cuestionamos todo lo que pisamos y marchitamos en nuestro caminar. Autómatas del sistema, machacamos la cultura que nos acoge en la creencia de que sus seres entienden nuestro mensaje cuando en realidad solo anhelan nuestra cartera por pura necesidad vital de un sustento que nuestro estilo de vida les ha robado. Observo, desde muchos centenares de metros de la zona turística, un Mekong que se ha perpetuado en mi ruta, que se tiñe de malva ahora que se pone el sol. Un río al que pronto he de decir adiós. Un río que observa, con pausa y sabiduría ancestral, el quehacer de los pequeños hombrecillos que pueblan su vereda o buscan en su sangre un poco de sustento que él, pese a todo, sigue regalando generosamente. Y solo sé que le voy a echar mucho de menos, casi lo mismo que añoro los años en que este reducto llamado Phnom Penh era parcela acotada de forajidos con barra libre, con “pase pernocta” en sus fechorías nocturnas, cuando un cajero automático era una utopía y cuando la presencia de un conductor de tuk-tuk era una bendición y su espíritu solo aspiraba a sonreír y hacerte feliz en tu periplo por la ciudad generada alrededor de la colina de Penh y su imperecedero templo. Esa misma que ahora, años después, la inmensa mayoría de turistas ni conoce ni venera regalándole un loto como hice yo en mi último acto de comunión con la llorada ciudad, suplicando por su próspero futuro. Aunque sea, a mi pesar y sin posibilidad de opción, vendida al necesitado y mísero dólar arrancado de un ignorante bolsillo occidental.

Esa noche, visto lo visto, a tenor de mi depresión galopante, me escapé del cuartucho de la pensión y me hundí a morir en la noche de Phnom Penh…"

P.S. Y antes de que se me pase, un bello homenaje a Sevilla, gitana revestida de oro...

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