LIBROS, DOCUMENTALES, FACEBOOK...

"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

http://www.youtube.com/user/Botitas2006

Facebook y últimas noticias:

BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

viernes, 27 de enero de 2012

Hora del "Mendi"

Han pasado algo más cercano a los veinte años que a los quince. Despertaba de una noche de sudor a medias, compartido y sincero, paladeaba un café caliente, que humeaba de pasión como ésa ya enterrada entre sábanas líquidas, igual que la colilla recién apagada entre un breve mar de ceniza. Y allí, solo allí, empezó a sonar “causas y azares”. Silvio no se escapaba un trecho más, volvía para resumir, en verso que machacaba cualquier prosa que sucumbía en bocas mudas, lo hermoso de la vida: cariño fundido, alma iluminada. Acorde tras acorde, serían las causas o acaso el azar, ambos tejían un presente de felicidad. Un beso de pasión y un hasta luego en el finiquitado tiempo ha bar txingurri. Era un piso alto en Juan de Olazabal, tan lejano y de repente, tan cercano.

Ayer fue parecido, pero tres lustros y pico generan un matiz del que no se puede huir. El mismo beso, la misma vida para dos no tan jóvenes que antaño despachaban un futuro que no importaba y ahora, causas y azares, temerosos de ese mismo futuro cuya sed acongoja y hace nublar la vista. ¿Qué rumbo tomar?, ¿en qué estación apearse? Causas y azares, volvió el tema a una mente confundida… causas y azares que marcaran un futuro de empañada nostalgia, con primavera aquí, con primavera allá… causas y azares que suspiran por ese amor entre fraternal y conyugal que genere aliento… causas y azares que son un réquiem por ése, éste o aquel, que ha de morir… causas y azares que acaso atraparán al que juró nunca desertar… causas y azares que me susurran, maldiciendo, por qué demonios no te devoró el olvido… causas y azares de la misma pasión que trepa por las demolidas paredes que son lo que queda de mí en el prisma sentimental…

Entonces, con el último suspiro, creí saber que era cierto el hecho de que ciento y pico páginas después, desangradas por Indochina, estaba presto para volver a escribir párrafos… aunque Myanmar, hogar del fugitivo, se me quedara atragantado en una nebulosa ocre de desazón e incertidumbre en la que sueñe con no poder volverla a concebir… mañana será hora del “Mendi”, hogar en el que confesar y agitar historias del pronto jamás, del por siempre libre con el camarada y demás… del indómito Madrid:

http://www.youtube.com/watch?v=2vLqWbiLJCk

jueves, 26 de enero de 2012

Un poco de todo

Toca currar y, por paradójico que parezca, descansar. Primero he de tabular el libro, algo que entre este fin de semana y el próximo creo que tendré hecho (y seguramente le adjuntaré un glosario), después montar los videos de estos meses pasados tan movidos (tres de China, dos de lo que supuso la escritura de "Río Madre" y un último de India) cosa que me llevará varias semanas... muchas. Y así nos plantaremos casi en Abril, tiempo de Polonia. Porque para mi sorpresa se puede viajar ida y vuelta en vuelo directo a Varsovia por 78 euritos (y no es Low Cost, es con LOT, la compañía estatal polaca) así que aprovecharé para pasar cerca de 2 semanas por allí cogiendo aire mientras visito Torun, Cracovia y quién sabe qué más. Para acabar, subrayando de antemano que la obra ya está registrada y protegida por copyright (nunca se sabe en este universo llamado Internet), os dejo una copia completa de "Río Madre" que ha subido mi "representante y editor" ;-) a google docs... todo vuestro:
Una vez tabulado y en formato más literario lo subiré a Bubok desde donde, si os gusta lo leido y quereis aportar algo, ya comenté anteriormente que se podrá comprar por uno o dos euros, dinero que irá a parar a alguna obra benéfica en el sudeste asiático.

sábado, 21 de enero de 2012

Una deuda, otro esqueje de "Río Madre"

Me faltaba hablar de ella, probablemente uno de los episodios que más desgarran al repasarlo y, solo por ello, de los más emotivos... algo inolvidable, que jamás se caerá de la mochila ...

Thong

Llegué a Tbeng Meanchey (conocido como Preah Vihear por los Khmer por ser la capital de la provincia homónima) azorado por la idea de alcanzar Kompong Thom cuanto antes. Cuando uno llega a un sitio como éste lo normal es desperezarse del incómodo asiento, colmarse de un poco de aire limpio y, mirando en derredor, cuestionarse constantemente en qué clase de lío ha debido meterse, cómo demonios encontrar una salida a tamaño dislate. Principalmente porque a primera vista es estéril, un lugar incapaz de generar ninguna emoción o empatía. Pero eso es solo al comienzo. Lo mismo que en lugares como el birmano Mandalay, Dehang en China o el remoto Guntakal en Andra Pradesh, India. Pero si uno escucha con franqueza lo que resuena en su cerebro se emociona porque sabe que su historia, su viaje a partir de ese instante, se va a escribir con certeza en letras mayúsculas. Aunque, francamente, ¿qué podría retenerme allí? Tbeng Meanchey es una ciudad-pueblo puro de sudeste asiático, vital y al mismo tiempo gris, informe, sucio, polvoriento, con pátina de cloaca imborrable… Delicioso. Un lugar que recuerda permanentemente dónde estás cuando bajas la vista a los pies. Porque uno siempre sabe que está en Asia cuando se ve caminando por las carreteras en vez de por las fragmentadas aceras, o cuando sabe que ese puesto callejero de comida va a ser su sustento ahora, luego y, sin duda, también mañana y en lo sucesivo. Uno se sabe fuera de toda influencia conocida, no hay “¿tuk-tuk, sir?”, “buy one, sir” que martilleen los tímpanos ni siquiera alguno de los carteles ubicuos en idioma anglosajón.

Afortunadamente Tbeng Meanchey, como Sa Em o Anlong Veng, pilla a desmano de eso, para lo bueno y lo malo. Aquí puedo estar en casa, lejos de ese carácter transformado como por máquinas de infinitos pistones a paso acelerado que podía parecer un buen cacho de Laos en una ruta que, más o menos, se definía turística. Y cuando uno llega a casa generalmente desea sentirse cómodo y a gusto, con una cerveza en la mano. Eso justo buscaba yo cuando aterricé en aquel tugurio disfrazado de única posibilidad local para ahogar el gaznate con una Angkor cuyo sabor, pese a todo y con seguridad, ya debía tener olvidado, disuelto entre el polvo tragado a lo largo de decenas de kilómetros.

Era, una vez más, un lugar que no pasaría de recio y rancio a partes iguales. “Acogedor, sin duda”. Una sucesión de sillas y mesas de madera corriente aparecían desordenadas y muchas de las segundas sostenían burdamente un hule de plástico que, de lo desgastado, asemejaba un aceitoso papel de estraza ajado. En el resto de mesas que no lo llevaban, sencillamente el tiempo había hecho su trabajo. No era difícil imaginar el suelo, ahora hundido, que debió brillar lustroso bajo una fina capa de linóleo en su día. Tomé asiento con mi trago dejándome caer sin disimulo sobre una silla y apoyé la mochila a mi vista, saqué mi cuaderno y garabatee. Pronto hube de parar.

-¿Vienes de Rattanakiri?-. Una voz femenina se acercó a mi espalda y, al girarme, unos preciosos ojos de color miel me chequeaban entre curiosos y cautelosos. Más que una camarera parecía una joven de vida fácil, aunque eso en esta parte del mundo y en estos locales es en ocasiones una línea difícil de definir.
-No. En realidad no vengo, más bien voy. Estoy de paso camino a Kompong Thom-.
-Ya, luego a Siem Reap ¿verdad?-. Pese a que me había vuelto a refugiar en mis apuntes la chica no cedía. Parecía demasiado interesada así que, aceptando el envite, cerré el libro y la invité a sentarse. Cautelosa pero receptiva, muy Khmer, se acomodó delante de mí. Preciosa. Ni me había fijado con anterioridad. El corto pelo acentuaba sus finos pómulos y su barbilla mientras que un mechón de pelo azabache caía sobre su frente dándole un toque de distinción, algo sofisticado, sacado de contexto.

Fuera empezaba llover, con fuerza, con el genio del monzón que descargaba sus últimos estertores sobre un río, el Stung (río en idioma jemer) Sen, un afluente de ese Mekong que se había convertido en mi sombra. Fácil imaginar la fuerza del Río Madre unos kilómetros más allá, poderoso, invencible, embravecido por las circunstancias. A ratos dulce y conciliador, a ratos despiadado y feroz. Un trecho más acá la escena era más íntima, bañada solo por la suave luz de una bombilla que variaba su intensidad. Y mi cuerpo agitanado, fundido en la ruta, que buscaba su momento de gloria, su renglón en un escrito que parecía por momentos difuminarse. Thong, la chica, asomaba un futuro goloso de raíz tan incierta y efímera como deseable. Un baño en sudor humano que prendiera prejuicios y batallas endiosadas en mi conciencia.

Tbeng Meanchey se asemejaba a un universo reducido a esa tasca, a Thong y a mí, buscando nuestro tiempo, sin prejuicios, ajenos a rutas. Las horas pasan hablando de Camboya, de la gente Khmer, chute de adrenalina de una sociedad que me ha de acoger, una vez más, después de 3 años desde mi última visita. Entra una persona amputada, apoyada sobre 2 muletas metálicas, que siempre dan fe de la historia trágica que acongoja al recién llegado. De minas, de muerte, de odio y sinsentido. Thong esconde la mirada mientras yo, atento pero ajeno, dejo pasar un tiempo.

-¿Le conoces?-. Pregunto interesado.
-Es mi padre-. Sentencia.
-¿Qué ocurrió?-.
-Eso tú ya lo sabes. Tú no debes venir de lejos, conoces nuestra cultura, nuestra sociedad. Nuestro destino… Una mina, camino del arrozal de la familia-. Trata de captar el aire que se le escapa, la vida y la ilusión, en una profunda bocanada que alarga su cuerpo y su difuminada sombra un poco más alto que su desesperanza.

Y mi mente rumia un pasado, otro pasado, otra vuelta de tuerca para unas sociedades yanquis o soviéticas que siempre sentenciaron antes de juzgar, abocando todo a la masacre y el repudio. Es algo visible y diario, un tullido, un alma cercenada, si el futuro es ocre aquí, una vez se pasa por un recuerdo del pasado atroz, ya se torna negro e infinito. Inabarcable. Vestigios de una guerra sufrida y odiada por quién sabe cuánto tiempo.

-¿Y ahora?-. Susurro frotando la fresca cerveza por mi frente.
-Ahora… Ahora tú-.

El viejo desaparece tras una especie de pérgola que quizás lleve a la cocina. Sin una mirada, un gesto a su sangre. Nada. Sigo sumergido en éteres alcohólicos, visionando la tragedia que se suma a mi fatiga. Aparece Pa, Jo en Chiang Rai, Brit en Chiang Mai… seres condenados por algo que quizás solo su Dios, nuestro Dios puede entender. Culturas asiáticas labradas en campos yermos con rejas de capitalismo, recias e insensibles, que nos dan un respiro momentáneo en un occidente condenado a la misma miseria. Seres fagocitados por el sistema. Y por debajo, entre surcos, siempre aparece la conciencia, poderoso adalid de nuestra existencia, bañada por un amor fraternal que aquí, irreductible, se nutre de valores que ya son solo un sueño olvidado para nosotros. Porque hay que tener coraje, lealtad, para prostituirse en nombre de una familia, por una miseria que no compra ni una cajetilla de tabaco en nuestro origen. Eso debe ser tesón, fuerza y, sobretodo, amor a un entorno ahogado por nuestro sinsentido y ansia consumista devoradora de paraísos que se desvanecen en la hoguera de la ilusión de otros pueblos. Acaso un mundo mejor sea posible. Sin prostituciones, sin vanidades, con conceptos tan poderosos como el disparo a bocajarro de una joven de belleza indescriptible para quien tú, triste turista, solo representas su comida de mañana. Me levanto y procuro buscar un respiro. Ajeno a ella, olvidada a mi espalda. “¿Qué coño pensaba?”, miro mis desnudas manos… “¿Qué coño me pensaba yo?”.

Me siento, enciendo un pitillo y una voluta de cremoso humo ejerce de frontera que, veo con claridad, nunca debo traspasar, seguramente ni podría. Siendo solo un funcionario afortunado que arrastra su presencia para comer de otras tragedias conocidas, estudiadas con pasión… Imposible de cambiar.

Azorado, me pegunta con su sonrisa permanente si deseo otra cerveza. Prosigue ante mis labios sellados, mi mirada fugitiva.

-Piensas demasiado-. Deja caer con desidia mientras se aleja a la barra.
-La historia de mi vida, cariño-.
-No deberías. Aquí somos felices… y tu escala de valores debería haber fallecido en tu primer viaje por aquí. Solo luchamos por un futuro, otra vida, mejor. Es nuestra cultura, nuestra fe. Algo debimos hacer mal en anteriores vidas-. Sonríe hechicera. –Y ahora purgamos nuestros errores… Sólo eso. No deberías atormentarte por eso-.

Y ya la he perdido. Temeroso, me rehago y reencuentro mi norte, la dirección que sigue marcando la brújula de mi interior. Recuerdo a Sommens, una joya que perdí en tierras perdidas de China el año anterior. Vuelo a aquella tarde por las calles de Zhenyuan, desamparado, barrido por poderes que no lograba definir en mi corazón ni en mi sinrazón…

“Me encontré en un puesto de comida rápida en Zhenyuan. Sommens (sabe Dios cómo se escribe) se fue a tirar unas fotos con unos niños al río. Tampoco tengo muy claro cómo acabé aquí con ella, supongo que ha sido el destino, el mismo que nos menea en una coctelera como quien prepara un potente combinado, sin tiempo para cicatrices, hundidos en emociones…

Pasamos unos días maravillosos en Xijiang, absolutamente increíbles, el último día, a la noche, al regreso de ver un festival Miao en uno de eso pueblos de la zona al que me llevó, ella regresaba a Kaili al día siguiente para tirar hacia Zhaoxing y yo, yo, para variar, dudaba de mi próximo destino:

-¿Conoces Langde?-. Le pregunto mientras busco en el portátil un poco de luz sobre el lugar a sabiendas de que mi tren a Kunming no partía hasta tres días después y tenía que hacer tiempo.
-No me han hablado bien de él-. Me mira curiosa desde la puerta de la cocina.
-Entonces quizás tiro hacia Shiqiao, parece que no está mal-.

Me sigue mirando, se acerca, sonríe…

-Si quieres puedes venir conmigo a Zhenyuan, está cerca de Kaili-. Me dice.
-¿Pero no vas a Zhaoxing mañana?-.
-No importa, tengo más días de vacaciones… Ven conmigo a Zhenyuan si quieres-.
-OK, yo voy a Zhenyuan si tú vienes conmigo a Lijiang-. Sabía que ella tenía idea de ir a Lijiang y a mi es una zona que me encantó hace 2 años, meditaba volver desde que aterricé en Shanghai.
Se ríe y yo me rasco la cabeza, un “maybe” condescendiente sale de sus labios. Zhenyuan. “¿Y eso donde coño está?” me pregunto mientras sigo navegando y en el fondo sonrío como un idiota. La noche me mece en su compañía, su pelo sedoso se enreda en mis entrañas, vemos videos que saqué de Zhaoxing, me quemo y me hielo por momentos, me despido aterido de frío y ella con cara de póker… Pues de nuevo llegamos a unos de esos sitios de letras de oro en la historia de este país que las guía de viaje ni conocen, un sitio de pura magia al ponerse el sol, un decorado de una película de Zhang Yimou con cientos de linternas rojas que se reflejan sobre el río y gabletes chispeantes a la luz de los focos, un sitio enclavado en parajes cársticos sacados de un bonito sueño. Y la historia se repite, pasamos un día increíble de risas, fotos y preciosos recuerdos, cenamos dumplings, una funcionaria me felicita por la hermosura de mi chica mientras ambos nos sonrojamos, le digo que es mi guía y profesora de chino y ambos nos partimos de risa… Al llegar la noche me comenta al oído que desde el balcón superior del hotel se ven mejor las luces sobre el agua, ahora solos… Las dudas, las emociones se mezclan, ella me habla a un palmo sobre una balaustrada del hotel, con el reflejo de la luces rojas sobre el rostro, medio sumidos en la penumbra, susurra, el corazón cabalga, su habitación queda a un metro, la noche se cierne en mi mente, el placer y la pasión aceleran mi pulso y dilatan mis venas, me veo nadando húmedo sobre sábanas mojadas… Y dudo, dudo mucho…

-Piensas demasiado-. Me susurra al oído, humillo la mirada, no quiero ver su precioso rostro que me desarma al sonreír, me deja sin habla, me hundo en un infierno de pensamientos… “Esto se me va a ir de las manos”… el corazón sediento, el pulso acelerado no me ayuda a pensar, pasamos un día maravilloso, 4 días increíbles… Estaba claro cómo iba a terminar el asunto. Me resisto, pienso en la ruta, me doy tiempo, busco una alternativa, necesito ganar tiempo… Ya no me parece tan hermosa, añoro ese futuro que desconozco en tierras del sur de Yunnan, en el fondo hay gestos suyos que no me atraen, pero quiero comerme sus labios, sentirme de regadío, mi billete de tren para Kunming se torna ocre, tiembla, palpita, viene y va, casi lo veo rasgado al fondo de una papelera. Pienso. Pienso.

-Eso ya me lo han dicho muchas veces, siempre pienso demasiado-. Me levanto, se sorprende, le deseo buenas noches, esta vez ella agacha la cabeza y humilla la mirada, se perdió mi estrella, reventé la partida, se cerró mi cielo y yo, yo a duras penas meto la llave en la cerradura, abro la habitación y me hundo entre las sábanas. El gato no entró en la talega esta vez.

Hoy vuelve la batalla, quizás volveré a dudar esta noche, volveré a dudar, pero el cerebro y el corazón me dicen que algo ya se ha quemado, su rostro esta mañana lo gritaba a los cuatro vientos, pasó mi tiempo con ella, perdí su tren, ya solo puedo sentirme como un bobo y, hundido, confiar en lo que hice por dejar de hacer, pasó varias noches esperándome, muchas horas a la luz de la luna, muchas horas de charla confidente, momentos de hacer pasta de arroz sobre una cubeta poco lustrosa, de embadurnarnos la cara con yema de huevo cocido, muchos tragos de licor con la gente Miao que decía que era buen bebedor tras apurar trago a trago, plomo a plomo vasos que se tornaban botellas mientras ella sonreía orgullosa al traducirme sus palabras… y el día X dudé. “Don´t play joke with me” dice… Y solo veo la realidad, la futura soledad, convencido de la jugada ganadora para mi corazón de cristal. Ganó el cerebro, paré el reloj, me ceñiré la destrozada maleta otra vez, me reinventaré, me subiré mañana a ese tren con ese ticket que hoy vuelve a resplandecer y así como estalló Lijiang en su compañía volverán a estallar en mi mente las palabras de aquel anciano indio que me leyó el futuro en la palma de la mano y me señalaba con manos temblorosas mientras su mantra se centraba en la sensibilidad de mi alma. Volveré a maldecir las palabras del gurú y a pensar que quizás sea cierto… Maybe… en ocasiones pienso demasiado. Y ella ya no me da más cartuchos… Sola, en su habitación, “estoy cansada, quiero estar sola” me dice sentada desde su cama hoy a media tarde, cerré la puerta, un respiro para el corazón, un dolor infinito.

Ahora, en noche cerrada, las huellas de mi esencia se quiebran y solo alumbran mis penurias las estrellas de Zhenyuan, un viejo que hace calceta en un puesto callejero destartalado y una cálida cerveza helada “Snow” de 3 kuais… Me hago colega del abuelo y su mujer, me da tabaco, le doy coba, le doy tabaco, me da coba… Vuelta a la rutina, la ruta se hizo más complicada de lo pensado. Otra vuelta de turca que asfixia un poco más a este espíritu marginal pleno de vergüenza, loco por resucitar. Vuelvo a ser yo pero sonrío y me muero, juro por Dios que me volvía loco, perdí como un idiota lo más bello que me regalaron este inmenso país y sus gentes, Yunnan me hace guiñar un ojo al destino que tanto me araña el corazón, tiemblo solo de pensar en el adiós a la chica de Guizhou, el echar de menos su compañía, ya no quiero ni despedidas grises… Me regenero a cada instante, pienso en Yunnan, Isan cada vez más cerca… Mi mochila y yo… La voy a echar de menos… Mucho… Solo raspaduras para un corazón a flor de piel.

Pronto llegaré a Yunnan, magullado en cuerpo y alma, bajaré a la tierra, un cacho de mi vida quedó en Guizhou, desangrado, en una chica de rostro precioso, en una gente Miao que me trató como a un hijo, en las calles desiertas, noctámbulas, de Zhaoxing. Si tuviera que definir este vaivén que me lleva cual tornado furioso solo podría llamarlo intensidad, aún más de lo esperado, me costó cogerle las vueltas, injertado en la zona de Shanghai, entre multitudes que me hacían dudar de qué palo iba. Llegó Hunan, me subí a ese tren que me arrastro hasta la raíz, todo se descontroló, volaba en Guizhou sobre rutas pedregosas, volaba… Me arrastró una bella flor, libaba aquí y allá… Me veo cabalgando en tren nocturno hacia Yunnan, la misma tierra que hará de gasa para taponar mis heridas, matará la sed de mi garganta y será sol que alumbrará y cegará mi demacrado rostro, mis hundidos, teñidos de rojo por momentos al recordar su presencia, ojos.”

Pasamos horas hablando de la vida, la muerte, la pasión, la inquebrantable fragilidad del la vida. Hasta que llegó la hora de marchar, yo debía buscar un lugar para dormir y ella… Ella, quién sabe, probablemente seguir arrastrando su fardo de futuro reventado por una mina que lisió el sustento de su familia.

-¿Ya te vas?-.
-Creo que sí, debo buscar una pensión y cenar algo-. Me mira con picardía y caigo como un tonto. -¿Conoces algún lugar para comer algo?... Te invito-.
-Deja aquí la maleta… puedes dormir aquí al lado si quieres, en mi casa. Te llevaré a un lugar que es el mejor restaurante del pueblo-.
-Eso en Tbeng Meanchey debe ser algo espectacular-. Se ríe con una amplitud que desprende un hechizo de proporciones bíblicas en forma de perfecta y clara dentadura que brilla aún más sobre su rostro parduzco. –Gracias, pero debería buscar aún así un lugar para dormir-.
-No te preocupes, en serio, ven-. Asomamos a la puerta de la taberna y señala a un edificio contiguo. -Hay allí arriba un pequeño cuarto. Son solo 10$-.
-¿Estas de broma?, ¿10$?-. Empiezo a hacer aspavientos divertido.
- OK, te lo dejo en 7$. ¿Te vale?-.
-Puede ser-.

Me guía por la calle hasta una puerta batiente que da a una escalera que promete romperse a cada escalón. Y se abre ante mí un cubículo de apenas unas esteras que recorren suelo paredes y techos y que dibujan, en un pequeño hueco a media altura, algo similar a un ventanuco con marco de bambú. Una colchoneta de apenas dos por uno luce desnuda apoyada en una pared. “Coño, no es el Hilton, pero tiene un pase”.

-De baño ni hablamos ¿verdad?-.
-Lo tienes bajando por la escalera, a la derecha-. Indica con la naturalidad y felicidad de quien sabe que se ha ganado algún dólar extra esa noche.

“O sea, la puta calle… Estaba cantado”. Pero la joven se lo ha currado, aguantó mi mecha, trató de vender su mercancía con honestidad y he aprendido un cacho largo de su vida. Me quedo. Aparco la maleta y salimos, con dos diminutos ponchos impermeables, a chapotear por los charcos de Tbeng Meanchey cuando la oscuridad da paso a pequeñas antorchas que pretenden hacer de fanales aunque eso no deje de ser una ensoñación.

El mejor restaurante del pueblo supuso un encontronazo, tan anhelado como soñado, con la comida en un puesto callejero, con 4 mesas y sillas de plástico que apenas levantaban treinta centímetros en un recodo al calor de un farol que debía estar atrayendo a todos los mosquitos del país. Juraría que era imposible imaginar más.

Mi mente empieza a vagar por las primeras veces que descubrí Asia, por una noche cerrada en la esquina del hotel Thamada de Yangon, donde hacía parada y fonda con mi madre para cenar unos deliciosos “rotis” de banana antes de, ya en soledad, hundirme en una contigua “beer station” mientras las ratas corrían aceleradas por ambos lados de mi banqueta. Degustaba la quietud de la sociedad Bamar, su incesante amabilidad, la emoción que abruma paseando por la pagoda Schwedagon… y caían cervezas “Myanmar” sin reloj ni normas, solo mi aguante, mis ideas y mi futuro deseo de recogerme al fresco del aire acondicionado de la habitación. Vuelo unos años más acá y me veo de nuevo, en el intenso ahora, con Thong que carraspea disimuladamente para devolverme a su lado.

Pollo con curry rojo. Delicioso, nutritivo y regado con chiles que aporten una permanentemente necesitada dosis de vitamina C. Algo inherente al viaje por estas lides. Saboreo el plato, charlamos, nos mojamos, reímos, miro constantemente su rostro… Vuelo por la historia de Thong y sus ascendentes. “¿Cómo demonios se puede ser tan feliz con nada?... ¿Cuánto me queda por aprender?” pienso… Pienso.

A la vuelta nos hundimos y salpicamos por los charcos como dos niños despreocupados y, por momentos, creo que ni en mi infancia fui tan dichoso. Las luces distantes y débiles casi se han fundido y el agua salpicada resbala por nuestro rostro. Perdemos el tiempo, quemamos el momento hasta que llegamos, empapados, a su casa. Me despido, le doy un beso en la mejilla. Satisfecho. Sonríe y agacha el rostro. Subo la trémula sucesión de escalones entre crujidos y me quito la ropa. “Joder, hasta los calzoncillos humedecidos”. Miro por la ventana y el reducto de ciudad está sumido en una gloriosa calma teñida de negro. Sin voces ni ruidos. La ciudad hiberna y es en esa hora cuando más feliz me siento, ajeno a un Laos que se difumina en la distancia, olvidadizo de un Kompong Thom que aparece muy, muy lejano. Prendo un pitillo, doy unas bocanadas profundas y lo apoyo en la repisa. Froto con el reverso del brazo para secar de la frente unas leves gotas de sudor, con la vista clavada en el hueco que hace de ventana y respiradero, humedecido hasta el tuétano. Tan feliz como confiado.

Y una mano, asiendo una toalla, frota suave mi espalda, con delicadeza y pausa. No quiero ni girarme. No quiero ni mirarla. Sus manos se refugian en mi torso desnudo y su cálida respiración vuelve a humedecer mi espalda por un fugaz instante. Pero estoy vendido y deseoso de un calor que no se nutre de la atmósfera que llena de humedad los poros. Me giro y Thong deja caer la toalla… su precioso cabello se pega a sus labios, su nariz, esconde sus vivaces ojos que lucen en un insondable abismo y no son sino la luz que ha de guiarme a mi ensenada esa noche. Su expiración forma volátiles gotas de vapor de agua en mis mejillas, mis párpados, mi nariz. Cierro los ojos y solo el sordo rumor del cercano río, amplificado en la quietud de la ciudad me acompaña en ese viaje íntimo. Me busca con los labios por la barbilla y ya sé que no soy nada, derretido, perdido…

El resto es historia. Una historia que rasga el alma solo con su recuerdo, su olor, su piel. Una noche encadenados a una diminuta esterilla, horas de sudor compartido, horas de jadeos y placer en común. En un momento dado la luz de la calle se apaga y nos hundimos, ciegos, en ese calor humano atemporal, intrínseco al ser vivo, que no conoce de razas ni desafíos mentales.

Con el alborear de la mañana siguiente el cerebro empieza a carburar. Me ducho bajo una manguera a duras penas amarrada en un rústico y oxidado soporte metálico y veo el agua perderse por un sumidero desembocado en un abierto albañal que muere junto a un cercano vivero de arroz. Un arco-iris de sensaciones que no llenan un corazón vacío, porque el corazón del nómada siempre late vacío. Camino sobre ascuas encendidas en mi cerebro, mi corazón, que no son sino una clara antítesis de mi transitar, mudo y apagado hacia la zona del bar donde me espera Thong cabizbaja, con un leve tic que procura disimular mesándose el cabello con suavidad. La amalgama de sensaciones me lleva en volandas por derroteros de dolor, angustia y pérdida. Pero el eterno caminar sabe que su raíz no se nutre de calores en cuerpo humano, sedentarios y anclados.

Salgo a la calle un segundo a respirar, y allí ya nada parece igual, un escenario maldito en el que los charcos se consumen al obsesivo calor tropical y las casas asemejan una colmena vacía de abejas, un trasfondo de un cadáver humano, sin vitalidad. Ya no queda nada de la magia que ahogaba risas y voces bajo el atronador repicar de la lluvia monzónica sobre tantas y tantas cubiertas metálicas que hacen de tejado en Tbeng Meanchey. Ahora la próxima estación de autobuses parece una liberación más que el sueño remoto que asemejaba hace unas horas.
-Te vas a Kompong Thom. ¿Volverás?-. Dice Thong como en un susurro ahogado.
-No tengo opción. Te lo dije ayer. Estoy de paso. Yo también busco en mi interior, yo también quiero conocer quién soy…-. Me interrumpe brevemente, con una letanía que ahoga mi conciencia.
-¿Volverás?-.

Me levanto y salgo a buscar un poco de paz en mi interior. Creo, derrotado, que jamás aprenderé a sacudirme el polvo de víspera. Ando desnudo de alma, cabizbajo y con el oído perdido en el suave arrullo del afluente que muere en el Río Madre. Abandono la calle principal y entro en un templo escondido, diminuto, cuyas “chofas”, formas estilizadas del mítico Garuda, repelen el fulgor dorado que invade toda la ciudad en esa primera hora. Otra jornada que el sol no da tregua. Solo un Buda sedente de apenas metro y medio me saluda a mi entrada. El negro lacado de las columnas ejerce una ilusión óptica que me obliga a dirigir la mirada al altar. De rodillas, confuso y confundido, retazos de la pasada noche, de otras mujeres, se mezclan con mis anhelos de inmensos arrozales inundados que reflejen las nubes, las palmeras, el búfalo de agua con su quedo caminar mientras arrastra una reja que un tenaz campesino no deja de clavar con la palma del pie y los niños juegan desnudos al pie de la carretera, ajenos a mí, enhebrados en su destino inmutable. Yo soy sólo un borrón en esa escena, una mancha. Más allá las montañas sueñan con extender su red hacia mí y atraparme en ese camino, a duras penas desbrozado, que se mezcla con el infinito paisaje, gentes, lugares que ya no estoy seguro si deseo conocer. La vulnerabilidad propia del viajero solitario se había transformado en un poderoso manantial del que brotaban dudas y razones de difícil encaje. Mi ruta se volvía áspera y quebradiza.

De la nada surgió un monje, joven y perfectamente rasurado, que me observaba en silencio desde detrás de un pedestal que yacía en un arrinconado supletorio. Se avino a sentarse a mi lado y, obviando todo contacto físico tal y como es su costumbre, habló desde la distancia mientras los pliegues de su amplia túnica azafrán caían pesadamente por sus costados dándole un aspecto de grotesco rostro que suplicaba socorro en un mar canela. No hubo ni un clásico “¿de dónde eres?” o “¿cómo te llamas?”. Disparó, en mediocre inglés, con la inocencia que daba su corta edad.

-¿Qué te ocurre?-. Dice. Le miré entre divertido y curioso, aunque solo fuera por el hecho de haberse convertido en una dársena de refugio pasajero para mis contradictorias tribulaciones.
-No estoy seguro de qué debo hacer. Si irme o no-.
-Olvídala. Sigue tu camino. Escucha tu corazón, si tu sentimiento es puro volverás-. Lo soltó con una naturalidad que si mi estado anímico no hubiera estado hundido hasta me hubiera hecho gracia. Prosiguió.
-No eres el primero, tampoco el último-.
-Me fallé a mí mismo. Fui débil y cometí un error-.
-El lamento no te va a ayudar. Venimos para equivocarnos, para aprender. Es tu destino, el mío-. Se levantó y apenas hizo un esbozo levantando la mano para despedirse.

Abandoné el lugar con una especie de nebulosa de paz que se había apoderado de mí. No tenía claro mi siguiente paso, pero en ese momento eso había dejado de ser importante. El joven novicio me observaba al pie de la estructura central del templo, hosco y serio. Ahora quizás no sé si me sirvió de algo su presencia. Si me animó o me hundió. Con franqueza, no lo sé y, con seguridad, ni deseo recordarlo. Pero solo ese detalle ya sirvió para saber que volvía a ser anónimo, solo un extraño que observa un cuadro, la vida pasar, ajeno, sin implicarse. El monje habrá olvidado ese instante, quién era, qué hacía yo allí. Y yo le olvidaré a él, es solo cuestión de tiempo. Volvía a ser anónimo, sin dejar huella. Pero antes de irme debía borrar otra huella duradera en mi abigarrado corazón, a apenas unos centenares de metros de ese monje, ese templo.

Regresé al bar. Nada había cambiado, solo el nómada apátrida que yo representaba. Para entonces Thong sabía que mi permanencia allí no era sino una batalla perdida.

-¿Volverás?-.
-Siempre regreso Thong. No me conoces, pero has de creer en mí. Mis pasos solo conocen el regreso. Lo hice una vez, dos, tres… y así habrá muchas más. Cuando crea que conozco a tu gente, tu cultura… A ti. Entonces igual despareceré, pero eso queda muy lejos ahora. Un año, quizás dos o tres… Pero volveré-.
-Ya había recogido tu habitación. Deberás coger tu maleta. El bus a Kompong Thom sale en unos minutos-.

Le doy un cálido beso en la mejilla y nos fundimos en un prolongado abrazo. Camino hacia la estación en el diminuto pueblo y me sigue una amalgama de fantasmas envueltos en emociones como un caleidoscopio que oscila tal que un péndulo que va de la alegría y convicción a la derrota y desesperanza. Fallé a mis principios, alguien me recordará, alguien sabrá que pasé por allí y dejé una huella que no cuadra con mi espíritu nómada independiente.

Parte el bus en una diminuta lengua de brea levantada por los costados, ruge con redondez el motor y parto en una metálica balsa de porvenir y grandeza. Una caterva de niños, ajenos a todo, felices y despreocupados, se dedica a volar un par de cometas a unos metros de mí hasta que se pierde su imagen en el horizonte. Regreso a Angkor con escala en Kompong Thom, a la gloria imperecedera del imperio. Pero algo me murió en Tbeng Meanchey, lo aprendí a sangre y fuego hace muchos años, una luz al final de tantos caminos, cierro los ojos y repito rítmicamente el verso de Miguel Hernández que arrastra el rebufo polvoriento que levanta el bus a su paso…

“Pero no moriremos. Fue tan cálidamente
consumada la vida como el sol, su mirada.
No es posible perdernos, somos plena simiente.
Y la muerte ha quedado, con los dos, fecundada.”

martes, 10 de enero de 2012

De Amritsar a Varanasi

Una gasa a la luz de la luna. Así parece el Ganges, otro Río Madre junto al añorado Mekong, mi sino en los últimos tiempos, cuando crece la luna llena y tiñe de purpura el lecho del río sobre el que se arremolinan ligeros bancos nebulosos, níveos. Todo, incluso este momento de melancolía, sumado en una ruta de claros y oscuros. Claros como este Varanasi, Khajuraho o el, hasta el momento punto culminante, templo dorado de Amritsar. Y oscuros. Demasiados. Desde una samosa embadurnada de veneno que dobló la glotonería de mi madre y nos obligó a hacer parada y fonda en Delhi por cuatro días renunciando a las cuevas de Ajanta y Ellora, pasando por la proverbial pesadez, desvergüenza y mentiras permanentes de los buscavidas indios propios de los sitios turísticos, mi fatiga acumulada y, por encima de todo, esa sensación de insalubridad y falta de higiene que caracteriza a estas gentes. Al menos seguimos respirando, aunque sea con la sensación de que éste, por muchas razones, está siendo el paso más gris de los tres que ya sumamos por tierras indias…