LIBROS, DOCUMENTALES, FACEBOOK...

"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

http://www.youtube.com/user/Botitas2006

Facebook y últimas noticias:

BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

martes, 18 de diciembre de 2012

Nuevo vídeo, nueva decepción y una sentida disculpa


Está subido a Youtube el nuevo vídeo y... bueno, es complejo de explicar. Igual no complejo, absurdo es la palabra que casa mejor. Esto que debería ser una buena noticia en realidad no lo es. Y no lo es porque Youtube ha decidido suprimir el audio del vídeo. No es que no esté, que va. El audio está, pero como hay música comercial de fondo, música con copyright y derechos (la música india o Thai que suele acompañar mis palabras) pues Youtube ha decidido que no se puede escuchar, que es ilegal.

Es inútil argumentar que no hay beneficio económico personal, que la música no puede ser copiada porque se solapa con mi voz, que lo único que pretenden los vídeos es garantizar futuros viajeros a los países de donde procede esa música, que son los músicos y su sociedad los que directa o indirectamente se nutren de estos vídeos... ¿para qué?. Este absurdo planeta llamado internet gira, como siempre ha girado, sin un ápice de criterio, alocado dando bandazos. Siempre hemos pagado justos por pecadores. Me borraron los documentales de Megaupload, me silencian en Youtube... y con eso es bastante.

Los vídeos, repito lo de siempre, están hechos como un recordatorio personal de viaje, mío y de mi familia. Su objetivo está cumplido de sobra. Pero ya no habrá alternativa de visión pública. Pido perdón y lamento enormemente que mucha gente que sé que los aprecia se tenga que quedar sin ellos por una decisión arbitraria y absurda. Esto, tristemente, funciona así. Yo ya no busco más servidores (¿qué garantía tengo de que esta idiotez voraz y omnipotente no vuelva a atacar mis imágenes allí donde estén?). Los vídeos siguen compartidos en Emule, lo que duren porque ya no confío en nada, y yo (creo que) seguiré subiendo vídeos a Youtube, aunque los silencien. Igual algún día entran en razón o deciden implantar un código inteligente de rastreo de material con copyright. Creo que es mi deber compartirlos, la deuda contraida con tantas y tantas personas en su búsqueda de una razón de ser en este mundo tan globalizado, tan áspero, tan ridículo... Lástima que desde Youtube no compartan un mínimo de inteligencia y sentido social a nivel global, escudándose en inflexibles leyes que uniformizan lo correcto y lo incorrecto para hacer que ganando casi nada se pierda un millón. No es la primera vez que lo digo en este blog: pretender poner puertas al campo (internet) no es solo inútil, es que además demuestra la nula inteligencia de quien lo pretende. Y siempre, siempre pagarán, pagaremos, justos por pecadores. Sí, hay música de fondo en el vídeo de Chihiro Onitsuka, de A.R. Rahman... pero me lleva, a mí, a ti, y a cualquiera cinco minutos descargarme la discografía completa de ambos. Hoy en este servidor, mañana en ése y pasado en aquel. ¿Pretender poner puertas al campo haciendo "tabula rasa" en Youtube?... Absurdo. De corazón, lo lamento por muchos, en realidad por todos.

Un último ejemplo, Au Harutai, una canción preciosa, completa, con copyright, que lleva muchas semanas en Youtube... por si alguien duda de lo irracional de todo esto... "Hai ru le kow chai young rak tur"... que sepas y entiendas que te quiero... Como un cuadro se pinta para ser admirado, un libro se escribe para ser leído y una canción se compone para ser escuchada. Pese a que algunos sigan intentando matar el arte, trucarlo en metálico, encasillarlo en debe y haber, silenciarlo, emborronarlo. No pasarán ;-) Ahí está lo poco y estéril que yo he podido crear: unos vídeos, unos textos, un libro... todo a disposición de quien lo quiera ver o leer. Sin pedir nada a cambio, en un blog que jamás verá banners de publicidad. Tal y como yo veo lo que crean los demás, como un modo de acompañar lo mío sin oscuros intereses comerciales. Hay otra manera de entender la vida y los viajes que a mí me llena... y el dinero o los favores, el capitalismo y sus malas artes, quedan muy lejos.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Intro Malasia... y un agradecimiento



Introducción del vídeo de Malasia para probar un nuevo programa de edición y el vídeo en alta definición (se ve mejor a 1080). Es una prueba, que nadie se asuste cuando al final se vea Costa Este en la foto de título, Malaca y Penang siguen estando en la costa oeste ;-) Olvidé en la última entrada darle las gracias a Any por pasarse por aquí de vez en cuando y, sobre todo, por volver a citar este blog en su última entrada. Gracias de corazón. En un país donde abochorna la cantidad de presuntos blogs de viaje que solo se alimentan de marketing, autopromoción zafia y venta de epítetos grandilocuentes al mejor postor, es una alegría que se acuerde de uno, y de este blog por extensión, una persona como tú. Con seguridad también tu blog (www.memoriasdelmundo.com), como éste, solo se puede definir de la manera más hermosa que existe, porque no es qué se describe, qué se siente, ni cuánto países o cuánto cuesta... es sencillamente una ventana abierta para conocer quién lo escribe y qué valores esconde su corazón de viajero. Eso es lo más importante y lo que es tan difícil de encontrar en este mar de desesperanza que es el mundo de blogs de viaje en castellano. No es qué, cómo o cuánto, es sencillamente quién. Así me lo hizo ver el viejo amigo Jose, desde su guarida de Bangkok, y quería compartir contigo su amable definición de este blog porque a mí me parece que es algo también aplicable al tuyo. Una vez más gracias por tus visitas y por la labor que haces de denuncia de tantísimas injusticias desde tu web.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Borrador Chiang Rai

Lo que no mata el tiempo lo acaba haciendo la memoria. Es inevitable. Una foto en la pared que me miraba con ojos inertes. No quedaba más de ella en aquel bar aparte de esa instantánea en blanco y negro. Aún más polvo que el de antaño habían acumulado las botellas clásicas, incluida la del famoso tequila “El Matador”. Seguía sonando la misma música, y la misma tela corrida pero con más suciedad hacía, como entonces, de acceso al baño. Dos años no debían ser demasiado tiempo, pese a todo. Decenas de ojillos se fijaron en mí al traspasar el umbral, y el bisbiseo se hizo un lugar. En las chicas de los bares de Tailandia no habita el olvido, eso se aprende rápido. Maldije mi destino, porque estaba todo idéntico a cómo lo dejé, excepto lo único que podía echar de menos. Excepto ella, que se había evaporado. Pedí una cerveza y me senté en las mesas de fuera, solo. “Te conozco” me dijo en un murmullo la chica que me sirvió en la barra. “No lo creo” mentí. Incómodo por la pregunta me senté en las sillas de madera que seguían asomando fuera, crujían como un somier de muelles sueltos, y al rato se acercó su hermana, la de Jo, dueña del local.

-¿Por qué te sientas aquí solo?, ¿te molesta el volumen de la música?-. Dijo pasándome la mano por el pecho. Crucé mi mirada con la suya una décima de segundo, y ya sabía demasiado. Pero no de ella, sino de mí. El sentido del regreso una vez más me abría sus hojas como pétalos de flor en primavera, para que entendiera algo más de quién soy.
-Prefiero estar solo y pensar-. Respondí con la mirada fija en el vaso.

Y no hubo más. Absolutamente nada más. Porque en ese cruce de miradas supe que algo más también era distinto esa noche de 2012 en comparación con la de hacía dos años. Ella no era la única excepción en forma de ausencia, porque yo también lo era. No en cuerpo, pero sí en espíritu. Lo fácil hubiera sido preguntar por ella a su hermana, aguardar unos días agazapado en la misma pensión de los ancianos a que asomara y el asunto se me pusiera de cara, pero yo ya no era el mismo. Olvidé su rostro, solo una foto en la pared me recordaba cómo era Jo. Las cosas, a veces, suceden de un modo que uno ni tan siquiera puede llegar a imaginar.

Las chicas seguían meneándose por allí al cabo de unos minutos de ojos cerrados en los que rebuscaba en mi memoria su imagen y su olor. La hermana de Jo me miró con esa mirada turbadora, de tímido brillo en grandes iris azabache que irradian calor, esa que solo las mujeres de etnia Akha son capaces de conseguir. Seguramente no entendía que estuviera por allí y no le hubiera preguntado por Jo, y yo tampoco sabía la razón. Se me había agotado el tiempo en Chiang Rai nada más llegar. Breve como un suspiro. Soñaba con Chiang Saen, con Mae Sai, con regresar a Isan. Soñaba con el horizonte, como en 2010, pero ahora era más perro y más viejo. Jo, una preciosa chica Akha, una persona que me dio lo que más necesitaba en el momento que más lo necesitaba, se me había borrado de la memoria y el corazón. Para mi absoluta vergüenza humillé la mirada, me levanté y me fui a dormir. Apenas había bebido un sorbo de una cerveza que allí quedó como recuerdo de mi ausencia.


Pasé junto a la esbelta figura de la torre del reloj que, bellamente iluminada con focos que alternaban su intensidad y color, se me antojaba un juez acusador desde su atrio elevado. ¿Cómo había podido llegar hasta allí y olvidar su rostro, sin siquiera llegar a preguntar por ella? Pero ya no había lugar a la duda ni al regreso. A esa hora bruja de la una de la mañana, los vendedores del mercado matutino que se monta a diario cerca de mi pensión se afanaban en descargar sus mercancías aún frescas, no abrasadas por el sol del alba, y veían pasar un espectro de mirada gacha que, meditabundo y con las manos entrelazadas a la espalda, suspiraba y agradecía al cielo estrellado todo lo que el destino le regaló hacía tantos meses. Aunque hubiera dejado morir el rostro, las formas. Cerraba, ahora sí, una historia que para poder llegar a entender en su plenitud me había devuelto al idéntico escenario, al Chiang Rai nocturno resumido en un bar anónimo, para cruzar, una fugaz décima de segundo, la mirada con una chica Akha. Aunque ella no hubiera sido, como yo hubiera deseado, una chica Akha de nombre Jo.

De repente una mano me sujeta con suavidad. Es la hermana de Jo que debe haberme seguido. La miro sorprendido e, instintivamente, me surge una sonrisa. Acabo de recordar su rostro, el de Jo. No el de la foto de la pared, sino el real. Se enciende un fuego en mi corazón. Claro, claro. El ceñido vestido rojo, su pelo suave y sedoso envolviendo mi cuello. Nuestras salivas mezcladas y saboreadas. Su húmeda respiración en mi mejilla en aquel banco que se retorcía con cada muerdo. Su nariz que frotaba la mía. Esa habitación de teca cuarteada en la que me metió. Vuelvo a soñar, el futuro puede esperar. Se llame Chiang Saen, Mae Sai o Isan. A esa hora de la madrugada, ante la indiferencia de seres que apilaban sacos de frutas y hortalizas, el mundo se volvía a resumir en Jo y en mí.

Pero la hermana de Jo solloza en silencio. Sus mejillas se perlan de unas gotas que resbalan y caen en su camiseta de franjas blancas y negras. No entiendo nada. No sé qué está pasando.

-Jo hoy no estaba en el bar-. Dice mientras yo asiento confuso y preocupado. Toma un aire que parece costar a millón, baja la vista.
-Jo falleció hace cinco meses. En un accidente de tráfico, con la moto. Debes saberlo. La pulsera de plata que le regalaste la lució nuestra madre en el entierro. Te he recordado por ella, nunca nadie le hizo un regalo así. Tú fuiste amable con Jo, conocías la cultura Akha. Debías saberlo, aunque no hayas querido preguntar-. Sonó como un disparo. Y otra vez el péndulo de emociones que es este hermosísimo país volvía a regalarme cicuta. La mirada se me perdió, la lividez me corroía las entrañas. El resuello se me iba.

Su brazo se soltó del mío, se giró y ni tiempo tuve de articular palabra. El sudor me salía a borbotones, y se mezclaba con una tímida lágrima que rodaba por mi mejilla. Jo, una preciosa chica Akha, una chica que me dio todo a cambio de nada, era historia incluso para este perdido extraño que había dejado caer su recuerdo de chica de bar en el mar de los olvidos.

Se me fue la noche ante el ordenador, ante esto que lees. Sin saber qué escribir, qué contar, o cómo siquiera expresar un sentimiento del desgarrador sentimiento de culpa que me hacía sentirme podrido. Al llegar el alba, con la cortina descorrida, seco de llanto, me quedé dormido mientras peleaba por grabar a fuego aquella noche en que la conocí, jurándome que jamás la iba a olvidar. Jamás. Esa sería mi penitencia y mi pelea eterna… Porque lo que no mata el tiempo lo acaba haciendo la memoria. Es inevitable.


Cuando desperté no lo tenía claro. Fue un sueño amargo porque desperté empapado en sudor. Volvía a tener el recuerdo de Jo, la había recordado en el sueño. Su hermana me hizo recordarla. Y me fui a Chiang Saen con la falta de certeza de saber si ella seguía viva, o estaba muerta. En todo caso, y eso era real, yo no pregunté por ella. Eso me carcomía por dentro. Y no por el hecho en sí, sino por haber cambiado tanto que llegué a olvidar todo lo que en su día me dio. La pesadilla me recordó hasta dónde había degenerado mi recuerdo de tantas hermosas cosas en tierras de Siam.

Un viajero puede temer muchas cosas. Todas las que van implícitas en el desenvolverse en una sociedad y cultura distinta, problemas físicos que le corten el ritmo o hasta el robo de todas sus pertenencias. Pero lo que realmente mata al viajero, al que pretende entender el viaje como un paso más en el conocimiento universal, es la falta de memoria en el corazón. Eso no es una sociedad distinta, ni tampoco puede enfermedad o ser robado. Es lo único que le identifica al viajero con el concepto de viaje. Lo único. Cuando eso falla, puedes creerme si te digo que la más amarga melancolía, revestida de hiriente hiel, se apodera de ti y te hace trizas el ánimo. 

Cuando camino hacia la estación, abatido, Chiang Rai me parece un sitio menos luminoso que cuando llegué. Los perros parecen hoscos, la gente ausente, y las casas revocadas con mallas de porquería y pobreza. Es como un desguace en el que incluso las decenas de extranjeros con los que me topo incrementan esa imagen. Pasados de vueltas, de años, abandonados todos, después de muchos decenios de trabajo y existencia en occidente, se encuentran en este océano llamado Tailandia que guarda millares de corazones destrozados. Son ordeñados, y les da igual. Saben que para ellos ya no hay horizontes de esplendor, solo caer de la manera más digna posible. Solo caer en compañía. Ese Chiang Rai en tonos grises fue el que me despidió esta vez.

P.S. Ya de vuelta, con los vídeos atrasados como próxima meta antes de saltar a Brasil. Esto no deja de girar, soñando con las salidas de 2013 que serán intensas, soñando con rematar el segundo libro... 

sábado, 24 de noviembre de 2012

Algún día, Phom

Phom ya no trabaja en el restaurante. Ahora lo hace en un bar de chicas porque dice que gana más. Unos tres euros al día parecen ser un rédito irresistible para alguien curtido en la yerma Isan. Y eso le ayuda a cuidar de su hijo, el que aún habita con sus abuelos maternos en la ciudad de Roi Et. La vida no le sonríe a Phom. Ningún extranjero se ha fijado en ella. Solo para pasar un rato, incluso una noche. Al día siguiente nunca más. Gana doce euros, o doscientos cincuenta si el extranjero es generoso. Pero son solo fuegos de artificio, pan para hoy porque pronto se diluyen repartidos entre sus familiares. Y en ocasiones no ha de hacer nada. Solo dormir acurrucada entre brazos velludos porque algún cliente echa de menos el calor de su esposa fallecida, aún enamorado de ella. “Estos son los que mejor pagan” afirma risueña. Mas Phom anhela un novio extranjero, uno jubilado que no dé guerra y sepa cuidar de ella y su familia, que le haga rememorar este trabajo en el bar como una pesadilla, una reminiscencia del pasado cruel. Uno con dinero. Uno como el que sigue teniendo su amiga Pa. Nuestra amiga Pa. Sonrío y trato de encender de nuevo sus ojillos traviesos. Algún día, Phom.

Phom se afana recogiendo vasos, vaciando ceniceros, sirviendo tragos. Me gusta verla trabajar. Me sonríe y se gira para atender a otro cliente. El tiempo ha debido borrar la melancolía. Le tengo cariño a Phom. Me recuerda lo que viví, lo que ya no volveré a sentir, lo que ya dejé de ser. Y me gusta su vitalidad. Pese a que el pasado nos regara de hiel, ella siempre supo acunar mi desdicha y hacerla compartida. Aún recuerdo las lágrimas de Phom. Son saladas y húmedas, pero distintas al sudor. Saben a desesperación, a engaño, a traición. Y ella seguro que todavía no ha olvidado a qué saben las mías, porque llevan impreso el mismo sabor, a sangre y fuego. La noche meses atrás, el alcohol meses atrás, nos llevó a un callejón de pura amargura por la imposibilidad de estar juntos. Un corazón roto, estallado en mil pedazos, nunca suma una ecuación perfecta. Es imposible. Para mí lo era, y sufría horrores haciéndoselo saber a ella. Ella ya me conocía antes incluso de verme. Pa le habló de mí, le contó lo que vivimos juntos aquí, en Vientiane, en Chiang Mai. Y Phom quería estar conmigo, revivir en su piel castaña lo que Pa vivió conmigo. Pero mi corazón, en Nong Khai, es hermético. Lo cerré y tiré la llave a lo más profundo del Río Madre Mekong. Él recoge mis llantos y alegrías, mi tesón o mi pasión, recoge mis lágrimas y las endulza en su océano fluvial, me señala el norte, y jamás me deja desfallecer bañándome de dignidad. Todo lo mío lo guarda, receloso, el Mekong en sus entrañas. Todo lo suyo es un regalo envenenado, como un disparo suicida en la sien. Nadie, ninguna mujer osa alcanzarlo, ni intentarlo tan siquiera. Solo Phom lo hizo, y fracasó generando un mar de llantos. Solo una chica de nombre Pa podría abrir lo que se esconde, lo que me robó el Río Madre. Y ella ya no habita aquí. ¿Volverá? Me mira condescendiente. ¿Quién sabe? Pero yo sueño que sí. Algún día, Phom.

El alma de Phom no entiende de matices. Una mirada suya es una estaca en lo más profundo de las entrañas. O acaso la más maravillosa invitación a sonreír. Sus ojos están desnudos de arrogancia. Son poderosos por nutridos en la humildad más salvaje, y saben evocar lo que hace palpitar con furia el corazón de quien desee bucear en ellos. Ella tuvo arrestos para buscarme, y yo los tuve, condenado como estaba, para morir en la orilla de esos, sus hermosos ojos avellanados, minas de ámbar. Phom, sus ojos me lo revelan, sigue sufriendo conmigo en mi transito pesaroso de ojos enrojecidos por no poder visitar a Pa. A ella también le gustaría visitar a Pa, pero no tiene dinero. Algún día, Phom.

Podría escribir tantos bellos momentos vividos con Phom que difícilmente sabría por dónde empezar. Hemos reído, hemos cantado, hemos soñado, hemos llorado. ¿Cómo podría olvidar las lágrimas o su tierna sonrisa? Anatema de viajero. Probablemente lo haré, probablemente sucumbiré. Probablemente un día llore por haber perdido sus rasgos. Igual a como me pasó con Jo. Algún día, Phom.

Cada noche, Phom busca su sueño de un novio extranjero con dinero apostada tras la barra de un bar. Cada noche. Cada mes. Así lleva varios años, tantos como han pasado desde que un joven tailandés, hundido en ron barato, la encintó para luego abandonarla. Seguro que incluso las Nagas, las serpientes míticas del Mekong que habitan en Nong Khai, conocen de Phom y de su inmenso corazón. Ellas, a buen seguro, sabrán regalarle lo que se merece. Algún día, Phom, algún día.

                                          Phom, una amiga de Nong Khai que compartió penares y llantos, todo por pura y veraz amistad. Noviembre de 2012.

P.S. Ahora en Khon Kaen, viendo los días morir. Uno, dos, ¡quién sabe!. Estos pasan tranquilos y animados para mi sorpresa por estar en una ciudad gigante y gris. Pasé un día por Nong Khai. Deberás perdonarme por no decirte nada, camarada Ta. De corazón. Ambos sabemos que de no haber ido solo y melancólico, a rebuscar en el baúl de la memoria, este texto no hubiera existido. Y es acaso el más sentido de todo el viaje... Tendremos tiempo para hurgar en las entrañas de Nong Khai en otro tipo de viaje en el que la escritura no guíe mi brújula. Eso prometido.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Una noche cualquiera

Vamos a ver cómo lo resumo porque el tema es casi de ciencia ficción. Y lo cierto es que me jode contarlo porque uno, por lo que sea, siempre pretende dar una idea de este país como algo hermoso, puro, ordenado... La verdad es que hasta las diez de la noche suele ser así, pero luego todo se transforma. Y digo que a ver cómo lo resumo porque lo acontecido, parezca más o menos increíble, es solo la pura realidad.  

Me piré pasada esa hora a buscar un poco de alegría. Al día siguiente me embarcaba en un bus dirección Chiang Khan y el cuerpo, con el trabajo de escritura más que avanzado, me pedía guerra. Tomé un trago en un bar de música country, pedí arroz frito con pollo en un puesto callejero y me arrellané en un banco dentro de otro garito, con una cerveza mientras devoraba la comida, pensando que aquello estaba mustio y que, quizás, pronto me iría a calentar las sábanas. Iluso de mí.  

Cuando salgo, aún sin ser medianoche y con un poco más de alcohol en sangre del debido, recuerdo a la pesada de un garito de masajes que conocí la noche anterior y que me acababa de dar la chapa mientras cenaba con el típico: “¿estás bien?”, “¿por qué no te vuelves a pasar luego por mi salón de masaje?, y todo lo que sigue. “Pesadez de mujer, coño. Me piro al karaoke” pienso con ganas de salsa. Pero el karaoke, adjunto al bar de música country, no es karaoke. Son una especie de salitas donde la gente, el grupo de amigos, se junta para dar un poco la nota y berrear micrófono en mano. Desde luego mi imagen de karaoke, lo vivido por Isan como bar amplio con pantallas varias, queda a un millón de años luz de esto.  

Pero lo repienso. Me pueden la ganas de mambo y giro la ruleta de la fortuna en forma de moneda. Decido quedarme. Alquilo una hora, que luego son casi dos, de una salita a la que viene una chica con aspecto de modosa y con la que canto unos temitas. Bien calentito como estaba me quiero ir con ella, aunque ella no. ¿Cuánto dices? “No es cuánto, es que no” me corta en seco. Así que me largo alicaído de camino a la pensión, con el orgullo herido y pensando que, en el fondo, tampoco me molaba tanto la chavala. “Que vaya a tener que volver a donde la del masaje a buscar un poco de calor. Tiene cojones la cosa” pienso. Borracho como una cuba la respuesta era obvia: a morir. Pero cuando llego el garito está cerrado. Chequeo el reloj. Dos de la mañana. Y todo el vecindario donde aparentemente se agolpan este tipo de locales igual. Pienso y pienso. Me quedo sin opciones.  

De repente, como surgida de entre las sombras, pasa por delante mío una patrulla de la policía cabalgando un par de motos. “A ver si voy a estar de suerte” pienso siguiéndoles con la mirada. Se apean a un centenar de metros, llaman con suavidad a una puerta bajo un rótulo de masaje y se borran en su interior. “Creo que ya tengo donde echar la espuela”. Al llegar giro la puerta con suavidad y muestro una sonrisa de picardía. “¿Hay cerveza?” digo. En condiciones normales me hubieran mandado por ahí, pero está la poli, yo soy un extranjero a quien complacer y, lo peor, ese garito al igual que el resto, debía haber cerrado a las dos. Ellos lo saben y yo, para mí fortuna, también. Están pillados. “Adelante” dicen dos chicas, “¿Te gusta la cerveza Leo?” suelta una de ellas a continuación. Las miro con una cara de idiota feliz que responde sin palabras. ¿Tú qué crees?  

Los polis se están metiendo una botella de whisky que debe rondar el par de miles, unos cincuenta euros. Las tías les atienden con cara de “hemos hecho ruina” mientras sonríen disimuladamente. Los policías no la van a pagar, ni eso ni la comida que están jalando. Si las chicas protestan, multa al canto. Corrupción al poder. Los polis podían haber parado en cualquier otro garito, llamar a la puerta y actuar de similar manera. Esa día las chicas de este salón tuvieron mala suerte, tan mala como buena la mía. Y allí andaba yo apurando mis tragos escuchando su conversación. Pero a uno de los polis, ver para creer, le he debido de caer en gracia. Y el tipo es de la otra acera. No deja de preguntarme tonterías y hacerme gestos de que nos piremos. Serio y tieso como un chopo no doy crédito. “Esto no está pasando. Me piro echando leches de aquí”. Media botella de cerveza de un trago, me despido cortésmente y el poli, que mientras yo remataba la birra andaba apuntando algo sobre un papel, me lo larga al salir. Que si tengo algún problema, le llame al número apuntado, dice. “Puta que os parió” pienso mientras lo recojo, esbozando una sonrisa igual de forzada que la de las chicas del masaje a las que les estaban reventando el whisky y la comida. Total, que más cocido de lo debido llego a mi hotel después de deshacerme del papel del poli nada más doblar una esquina. “Lo bien que me vendría un masajito ahora” me viene a la mente, engolfado como estaba. Le comento al de recepción que me llame a una titi. No hay problema, en cinco minutos está aquí. Pero una guapa ¿eh? Él ya sabe el número de mi habitación. Adoro Tailandia. Me subo más contento que otro poco. Al fin un poco de cordura.  

A los cinco minutos llaman a la puerta, y yo salgo en calzoncillos a abrir. Pero el que surge es el de recepción, con una cara de pena del copón. Que no es posible, que no hay ninguna disponible, que a todas las que ha llamado o curran o se han ido a dormir, que éste es un pueblo muy pequeño. “¿Estoy soñando?”. Le digo amablemente que no pasa nada, que me iré a dormir. No hay problema. Pero encabronado me visto y bajo a recepción, a fumar. Y entonces, en ese mismo instante en que prendo el cigarrillo, aparece una tía guapísima en una moto que conduce… la pesada del local de masaje que me había dado la cena. No doy crédito, creo que sigo soñando. Me pregunta si estoy solo. Le digo en perfecto castellano que a ver qué cojones se piensa, que a ver si cree que estando yo con una tía en la habitación iba a estar aquí pasando la noche al fresco. Pero ella no entiende, claro, así que me relajo y en tailandés la pregunto que a dónde va con esa chica. Es para un cliente, dice. Pero me da apuro preguntarla a ver si no queda por ahí alguna otra para este pobre viajero al que hoy todo le sale en cruz. Ayer no le hice ni caso, hoy en la cena menos, ¿y ahora le voy a pedir que me saque las castañas del fuego? Imposible. Un poco de dignidad, por favor. Así que cuando se piran, la guapa para la habitación y la fea en la moto, le engancho al de recepción y le pongo las pilas preguntándole cómo demonios acababa de venir una tía a su hotel si no había ninguna disponible. Él se escuda diciendo que no conoce a ninguna de las de la moto, que igual era una cita concertada previamente y que, si realmente me apetece una tía para un masaje, él se enrolla y me lleva con la moto a ver si hay algo abierto aún.  

Y entonces ya sí, ya salió cara. El chico me llevó a un tugurio en una calleja oscura de donde, con la persiana medio bajada, salió una chica narcotizada que accedió a hora y media de masaje por diez euros. El chaval me dice que lo normal son unos siete al cambio, pero me da igual. Hubiera pagado esos diez euros, pero bien a gusto además, solo por vivir todo lo acontecido esa intensa noche. Además la chica, aún con legañas, tenía cara de simpática y un precioso pelo negro recogido en moño. Ni que decir tiene que cuando desperté, con una resaca de dimensiones bíblicas, había una chica de pelo antracita revuelto a mi lado, había perdido el bus que tenía pensado coger a la localidad de Philok, y tenía que volver a idear una estrategia que pasaría por Phrae antes de dar con mis huesos descansando en Loei, al fin en Isan, tras todo un día entre buses y estaciones.  

De día las horas pasan volando en el viejo Siam, de noche… 

martes, 20 de noviembre de 2012

Tachileik en Myanmar, Phrae y Nan











Descansando ya por tierras de Isan, perdido en la ciudad de Loei. Sin reloj, sin espíritu... solo con ganas de acurrucarme a la vera del Río Madre Mekong y abandonarme unos días. No hay nada como no saber dónde amaneceré mañana...

domingo, 18 de noviembre de 2012

Intro Chiang Saen

Hay muchas leyendas sobre su origen, decenas de ellas. Porque el opio, y los efectos de su consumo, han supuesto tantos momentos de alegría y depresión como ningún otro elemento presente en el reino natural. Para todas las generaciones, para todos los imperios, en todos los continentes. En Tailandia conocí las dos versiones de la gente Akha, la versión india ya la llevaba grabada en la memoria desde hacía varios años…

“Hace muchísimos años, tantos que se perdió su origen, existía una preciosa joven Akha tan hermosa que todo varón que cruzaba su mirada con ella quedaba instantáneamente prendado. De todos los pretendientes que la ansiaban, solo siete llamaron su atención. Y el día indicado, como era preceptivo, los siete fueron a pedir su mano en matrimonio. Pero la chica no era capaz de decidir. Era tal su aflicción ante el dolor y envidia en que dejaría sumidos a los otros seis que decidió, tras meditarlo largamente, casarse con los siete. Eso sabía que la obligaría a mantener relaciones con todos y que, más temprano que tarde, acabaría debilitada, enferma y, con seguridad, muerta. Pero, en todo caso, estaba feliz con su sacrificio. Cuando pasaron los días y las semanas llegó un momento en que alcanzó su límite, y presta a fallecer en el lecho lúgubre pidió al dios, el mismo omnipotente que gobierna en el cielo y la tierra, que le concediera la posibilidad de reencarnarse en una preciosa flor. Antes de fallecer pidió a sus familiares, incluyendo sus siete esposos, que pusieran todo su amor en cuidar su tumba, pues de ella habría de brotar una flor enraizada directamente en su corazón sin pálpito. Les habló del agradable sabor de la savia de dicha flor, de su capacidad ensoñadora, de lo difícil que sería abstenerse de ella una vez probada, pero también, en su suspiro final, tuvo la fuerza suficiente para advertirles de que el ángel, pero también el diablo, habitaban en dicha savia.”

La segunda variante, más corta que la anterior, también de modo romántico hace hincapié en las bondades y perjuicios de la adormidera.

“Hace un tiempo inmemorial, habitaba en una pequeña aldea Akha una joven de aspecto tan delicado y precioso que era la envidia de todas sus vecinas. Pero sufría de un mal irreparable: su cuerpo desprendía un mal olor tan intenso que alejaba a cualquier pretendiente posible. De este modo, inevitable, la chica tuvo un fatal final avocada a la soledad, con su corazón fracturado por la desidia de los chicos que pretendía. Antes de fallecer pidió a sus vecinos un deseo final resumido en que cuidaran con mimo su tumba, a lo que ellos accedieron con cariño. Así, en su preciosa tumba y al cabo de unos meses, surgió una preciosa flor que todos admiraban. Y cuando alguien probaba la savia caía rendido y enganchado a su delicado sabor, sin poder abstenerse del placer que otorgaba su efecto en el cuerpo y la mente, mas con el tiempo también aprendía del terrible sufrimiento que también otorgaba”

La versión india, una preciosa leyenda, nos habla acerca del origen de la adormidera para relacionarlo con los múltiples efectos nocivos que encierra su consumo en adictos crónicos.

“Hace muchísimo tiempo, en la ribera del río Ganges, vivía dichosamente un santón iluminado que dedicaba su tiempo a la más pura meditación. Vivía modestamente en una choza de paja que le ofrecía cobijo cuando el agua de lluvia arreciaba, y que compartía con un ratón que había decidido a su vez aprender algo de la recta actitud del santón. Pero como el ratón sentía un miedo atroz de los gatos que le perturbaban en su meditación, pidió al santón, pleno de poderes, que le convirtiera a su vez en gato y así podría dedicarse, en cuerpo y alma y sin perturbaciones, a imitar la conducta del santón. Mas el ratón, una vez convertido en gato, desconocía la existencia de los perros, y estos comenzaron a importunarle. El pobre gato maullaba, herido en su orgullo, en presencia del santón mientras le suplicaba que, ésta vez, le convirtiera en perro. El santón, generoso en su capacidad de poder, accedió una vez más. Sin embargo, los problemas continuaron para ese perro que a duras penas podía emular el ejemplo de su protector ya que era presa del incordio de los muchos monos que habitaban en las cercanías. Le irritaban, le robaban la comida, impedían su descanso y meditación con sus chillidos estridentes… el pobre perro ya estaba desesperado, y volvió a reclamar al iluminado. Por una cosa u otra, siempre había algún animal que impidiera su paz. Así fue pasando, merced al inagotable poder de su iluminado protector, por mono, jabalí, elefante y, finalmente, por una preciosa doncella. Esta preciosa mujer, de nombre Postomoni, se casó con un rey, aunque tampoco esta vez fue duradera su alegría puesto que, poco después, cayó enferma y acabó falleciendo. El atribulado rey, presa del dolor, acabó arrodillado a los pies del santón, en busca de un poco de consuelo. Lloraba y lloraba, lamentando su desdicha. Éste, en su infinita gracia y benevolencia, le prometió que haría inmortal a su mujer para liberarle de aflicción y desazón, y convirtió el grisáceo cuerpo inerte de la joven en una planta llamada posto o, como es comúnmente conocida, amapola. El santón hizo levantarse al rey y le dijo:

-Una pequeña parte de esta planta, su bulbo, producirá algo llamado opio. El ser humano lo consumirá avariciosamente, sin límite. Incluso más allá de sus deseos naturales. Pero lo que no saben es que, quien participe de su consumo, adquirirá una característica única de cada uno de los animales en los que Postomoni fue previamente transformada. Te lo explico en otras palabras y con sencillez, para que lo entiendas, el consumo intenso de ese producto, herencia de tu esposa, les convertirá en seres tan traviesos como un ratón, tan deseosos de leche como un gato, tan indomables como un perro, tan sucios como un mono, tan salvajes como un jabalí, tan fuertes como un elefante y, por supuesto, tan ardientes como una reina-.”

Tres leyendas, muchos más conocimientos, e infinitos recuerdos y sentimientos seis años después. Museo del Opio de Sop Ruak, en el llamado Triángulo de Oro. Noviembre de 2012.

P.S. Tras varios días por el interesante Mae Sai, el sorprendente Phrae, y el excepcional Nan, me llega la hora de tirar para casa, de descansar unos días por Isan (aún no sé por dónde) antes de volar a España. Tenía pensado tirar para Mae Hong Son y Mae Sariang pero no me da la energía. Han sido varios capítulos, muchas páginas y decenas de horas invertidas en lo que será la continuación y remate de Río Madre. En Mae Sai, Phrae y Nan tengo ideas claras de qué contar, pero eso será en el futuro porque ahora lo que me pide el cuerpo es descansar después de este último mes tan intenso. Lo de ayer aquí en Nan fue de sobresaliente. Acudí a una ceremonía de agradecimiento a monjes con bailes y un remate final de ensueño en forma de cielo moteado de preciosas linternas iluminadas, llamadas Khom Loy y que son típicas de la festividad de Loy Krathong que ya se avecina. Tiempo de descanso, con Myanmar en el deseo próximo una vez de regreso de la aventura sudamericana en Enero.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Intro del capítulo de Chiang Mai y fotos varias







Pic, pic, pic. Tao trabaja el peltre, lleva años haciéndolo y no concibe otra ocupación posible. Cree que sus manos solo sirven para eso. Con la siniestra agarra un punzón, y con la diestra sujeta el martillo con el que golpea la pieza, una plancha de una aleación en la que destaca el estaño, para darle cualquier forma que surja de su imaginación. El perro, un gigante mastín castaño, forrado de pelo, de ojos y mofletes caídos, resopla en un clima que para él debe ser mortal, mientras se acerca trastabillando sobre las losetas y se hace un ovillo a los pies de Tao. Suspira profundamente y emite un gruñido forjado en el malestar de la calidez del clima. El gato, de nombre impronunciable, observa la escena acurrucado en la parte sombría del taller mientras bosteza y se ladea, para así cubrir del fresco del suelo la mayor parte de su cuerpo. Tao sigue golpeando mientras charlamos. Pic, Pic, Pic. Se para, lo mira y lo remira, lo gira un poco, busca otro hueco virgen, y vuelve el repicar sobre el frío estaño acomodado sobre una pasta. Pic, pic, pic. Solo una gota se escurre por la piel olivácea de su frente. La luz tenue se filtra por la puerta hasta la altura de los pies. Y molesta, no en vano ha salido un día de Noviembre extrañamente tórrido en Chiang Mai, en la Rosa del Norte como también es conocida.

Tao maneja las herramientas con precisión y aún mayor decisión en cada golpe que descarga. Hablamos de su futuro, de las generaciones de su familia que van a morir con él porque no tiene descendencia. No le importa. En este Chiang Mai del siglo XXI la herencia artesana florece casi en cada hogar. Otros le sustituirán, le mejorarán y oraran al Buda por él una vez sus restos se consuman en la pira de cierre al ciclo carnal. El peltre, su futuro, está asegurado. Alza la mirada, fija sus ojos en mí, se seca el sudor con un paño de algodón mientras azuza al perro que le humedece las piernas con su respiración, y vuelve al martilleo. Pic, Pic, pic.

Tao me dice que ese trabajo que realiza es un encargo especial para un cliente norteamericano. Entró en su tienda, la de la calle Walai que queda un poco más hacia noroeste, y quedo prendado de los diseños. Pidió hablar con el artesano y, una vez frente a él, dibujo sobre un papel un rectángulo de ciertas medidas y puso un fajo de billetes de mil sobre el mostrador. El diseño le daba igual, lo que surgiera de la mente del artesano estaría bien. Y no era la primera vez que le sucedía. Pero para él eso es un orgullo y una obligación al mismo tiempo. Haría algo especial, un diseño que rondaba su cabeza hacía meses y que había tenido que posponer por falta de tiempo. Le llevaría cerca de un mes. Pero el yanqui quedaría satisfecho, seguro. Y él tendría sustento para su mujer durante una temporada, además de poder ahorrar un buen pico para cuando sus manos y su vista no den más de sí.

Tao, cuando su mujer asoma por la puerta, ni levanta la vista de la plancha ondulada. Ni ella se molesta en interrumpirle, esa es la costumbre. Tampoco ella inquiere acerca del diseño. Tao dice que su trabajo y su vida familiar nunca están en contacto. Él tiene día para uno y noche para la otra. Ríe a mandíbula batiente después de su afirmación. Dice que le gustaría viajar a España, que tiene que ser bonito, y me pregunta por Barcelona. Es hermosa, respondo. Debe serla, murmura de un modo imperceptible antes de volver a girar la plancha. Pic, pic, pic. Tailandia sube, y China, y India, pero ¿y España? Ya no vienen españoles por su tienda, ni italianos ni griegos. Intento explicarle algo de la situación económica, de los bancos, los gobiernos, que a mí como funcionario me han quitado una paga… pero él me mira condescendiente, pone cara de no entender, y vuelve a lo suyo. Pic, pic, pic. Bien pensado, ni yo llego a entenderlo mínimamente. ¿Para qué perder el tiempo intentando explicar lo absurdo de la macroeconomía a alguien que, igual que un agricultor, sabe buscarse su sustento sin depender de nadie, solo con lo que generan sus manos encalladas?

Tao, cuando termina de trabajar, resopla y mira el reloj. Hoy ya es suficiente. Me agradece la visita y yo, ensoñador, le agradezco su paciencia y me piro con la certeza de haber aprendido mucho de sus palabras y de, solo por ello, ya haber justificado mi visita a esta ciudad. El gato se despereza ante la presencia del dueño, el perro ladra y agita la cola. “Es hora de dar de comer a los animales” son sus últimas palabras antes de apagar la luz y perderse por una puerta que, al cerrarse, me ha dejado en la penumbra porque ya se ha puesto el sol.

Chiang Mai, en sus gentes, encierra un tesoro de dimensiones no adivinadas al trucar dinero por madera, plata o peltre en cualquiera de sus mercados. Y lo hace no solo dando cobijo a artesanos impresionantes, sino a personas excepcionales y amables como muy pocas. Son gentes, traducido del idioma Thai, de buen corazón. Ahora sé que pasarán meses, seguramente años, antes de volver a escuchar esa cadencia de golpeo en mis oídos, antes de volver a visitar a Tao. Pic, pic, pic.

Breve resumen de unas horas con Tao, trabajador de peltre, en su taller de Chiang Mai. Noviembre de 2012

domingo, 11 de noviembre de 2012

Inicio del borrador de Lampang... Inolvidable Lampang

El agujero de bala, aunque parezca imposible, aún sigue allí. Es ese círculo oscuro y estriado que se aprecia en una varilla de la reja metálica. La que rodea la estupa, la de zinc que aparece cubierta de óxido hacia la parte izquierda, nada más entrar. Allí fue a parar el disparo mortal…

El que disparó se llamaba Nan Tip Chang, y era un renegado Thai. Un forajido que ansiaba la expulsión de los birmanos de su comarca. Allí todo seguía las reglas marcadas por los invasores. Y él, y los cerca de trescientos que le secundaban, ya no daban más de sí. Eran el emblema, la marca de identidad de una población que hacía años añoraba una independencia que hasta el momento no se percibía. Su opción única era levantarse en armas, alzar una bandera libertaria que, en todo caso, tampoco estaba claro hacia dónde iba encaminada una vez expulsado el poder birmano. Y lo tenía donde quería. Solo necesitaba un empujón más. Ya tenía al comandante birmano donde quería. Superado en número de efectivos, el impulso de sus trescientos valientes ya había dado su fruto. El birmano y su breve guarnición, iban a caer, pese a refugiarse en el más sagrado templo, pese a atrincherarse en el templo Lampang Luang. Iban a caer para dar un nuevo sentido a la identidad Thai en el reino Lanna. Sabía que era su hora, que su gente le acompañaba, y que el alzamiento era semilla segura de triunfo y prosperidad para sus gentes, una vez liberados del yugo birmano. Una vez cayeran el comandante birmano y sus tropas, los detonantes de la insurrección que el presumía entre sus gentes, el impulso y la lucha masiva de estos por cada centímetro cuadrado del reino devolvería a Lanna su ancestral libertad.

El que recibió el balazo, el comandante birmano, se llamaba Tao Maha Yote. Él jamás concibió una insurrección de ese calibre. Jamás pensó que pudiera verse sitiado por una serie de subordinados Thais que, no lo dudaba, eran inferiores en alma y cuerpo a los osados Bamar a los que él representaba. Pero Lampang estaba tan incomunicada. Sin refuerzos, sin ayuda del grueso de las tropas Birmanas apostadas en luchas con la gente Shan hacia el lejano norte. No tuvo alternativa. Pelearon como auténticos defensores del legado Bamar, como reales defensores de la gente a la que representaban. Pero no había solución, sabía que pronto él, y sus valerosos compañeros, iban a sucumbir para sumir a Lampang, al reino Lanna, en un indescifrable futuro. Oraban y oraban en silencio en el Wihan Luang, la capilla de preciosa teca, el edificio más antiguo del reino Lanna, de la actual Tailandia. Pero sus rezos no serían escuchados. El samsara, la reencarnación constante, tenía guardada otra vuelta de tuerca para todos ellos. Otro renacer daría con la energía de cada uno de ellos ensamblada en algo que ni podían imaginar.

-Es hora de atacar, señor. Las tropas están ansiosas-. El subordinado se dirigía a un Nan Tip Chang que no le miraba. Calculaba sus opciones de éxito. Observaba, como un gato a ratón moribundo, la estructura del templo. Entrar por vanguardia sería complejo, por retaguardia no tan difícil. Ellos no eran muchos. ¿Se decantarían por volcarse y defender el flanco oeste?, ¿lo harían por el este? En todo caso la victoria era segura, se trataba de perder los menos efectivos posibles. Sacaba brillo a sus balas con calma. ¿Y el viejo conducto de agua? Los birmanos no sabían de su existencia. Solo los monjes Thais que poblaban el templo y lo construyeron sabían de él.

-Tú fuiste monje aquí hace años. ¿Recuerdas aquel viejo conducto de agua que iba a nacer en los aposentos monásticos?-. Los ojos de Nan Tip Chang brillaban en su sed de victoria. El subordinado, de nombre Anan, lo recordaba y lo entendió enseguida. Una táctica brillante. La ilusión hizo refulgir sus ojos. Todos entrarían al recinto por allí. Seguro. El birmano no lo imaginaría y, además, no tendría tiempo de reacción. Este acceso estaría desprotegido. 

Nan Tip Chang cargó el arma, exhaló un suspiro y miró de frente a su compañero.

-Adelante. Por el conducto de agua-. Dijo mientras observaba un cielo inmaculado de mediodía en el que pronto los estertores de sangre, cálida y húmeda, se mezclarían a la fragancia de incienso que llevaba el templo amarrada, de modo inmemorial, a su madera de teca ennegrecida. Otra muesca de sangre en su centenaria historia.

La historia olvidó este apéndice. Nadie sabe con certeza cómo transcurrió. Se sabe quien ganó y queda, entre otros, un disparo que acabó, tal y como hoy en día refleja el acervo popular, con la vida del comandante invasor. También se cree saber que de los birmanos ni uno quedó con vida. Corría el año 1732, y la revolución que desembocaría con el enemigo birmano expulsado del reino Lanna acababa de encender su mecha.

Soñado en las arterias de Lampang, al abrigo de unas cervezas, una cálida tarde en que el sol moría en el horizonte. Noviembre de 2012.

Cuando se llega a Lampang, uno se sabe parte de la historia, de un reino de los de cuento llamado Lanna, de un reino acunado y peleado celosamente entre tailandeses y birmanos a lo largo de la historia. Las ciudades de Chiang Mai y Chiang Rai se llevaron la fama, pero fue Lampang quien cardó la lana en un juego de palabras tan sencillo como propicio por la casi homonimia con el nombre del reino: Lanna, la tierra del millón de campos de arroz en idioma Thai. Lampang se asoma a pocas rutas, siempre lo hace como ciudad de paso y nunca como escala, y se resume para muchos, con su templo Lampang Luang, como solo otro tachón en la lista de hermosos iconos budistas. Pero eso, como ya suponía e iba a comprobar, es una injusticia de tal calibre que hace de esta preciosa ciudad acaso la más infravalorada del viejo reino de Siam.

Todo aquí resuena a lo que fue y ya no es. Sus templos lo fueron de oro, zafiros y rubíes, ahora sollozan por una miga de estuco y una mano de pintura, sus casas de fina madera, ostentosas y cargadas de finos relieves, hoy se pudren en un visible peligro por derribo. Y es que todo lo que un día florece, al cabo de un tiempo palidece. Es ley de vida, el ciclo humano y material. El río Wang no es la inundación del negocio que rezuma Mae Sot y eso, guste más o menos, se nota.
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P.S. Lampang, una larga entrada y un sueño de lugar. Ahora por Chiang Mai de recados, mañana vuelta a la normalidad tirando a Chiang Saen. Pero el cansancio empieza a hacer mella...

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Intro del borrador de Mae Sot para ponerme al día




Fue aquella vez por la provincia de Sisaket, justo antes de saltar a Anlong Veng, en Camboya. Estoy casi seguro de que fue allí. El tipo, un anciano tailandés que hablaba un poquito de inglés por azares de vaya usted a saber qué destino, lo soltó sin más en lengua Thai, y luego la traducción que, en su chabacano inglés, sonaba así como que cuando hay agua, uno se apresura a recogerla. Más tarde, como tantas otras cosas, lo olvidé, tanto la frase original como su significado. Intentaba recordarlo en ocasiones, pero el tailandés es tan confuso y escurridizo que se me hacía imposible. Sin embargo ese día volvió a mi memoria. Almorzaba tranquilamente al día siguiente de llegar a Mae Sot, tratando de recuperarme un poco de la falta de sueño, de los adelantamientos suicidas y del tobogán constante de sube y baja, gira y gira, que es la carretera hasta aquí a partir de la localidad de Tak, cuando se me hizo la luz. “Nam Khuen Hai Reep Tak”, exacto, eso era. Pregunté a un tipo, dueño del local, aparentemente acostumbrado a lidiar y charlar con turistas, por su significado. Rió sorprendido y me dijo que significaba que cuando el agua está alta, hay que apresurarse a recogerla, que es un viejo proverbio suyo, o sea Thai, y que jamás se lo oyó decir a un extranjero. Dijo que lo del agua tenía que ver, como suponía, con eso del arroz y su necesidad de agua abundante para crecer. Algo así como el dicho español de que, cuando vienen bien dadas, hay que aprovechar. Curiosamente lo recordé allí. Le miraba al tipo sorprendido por su explicación y, sobre todo, sorprendido conmigo mismo porque había de ser en Mae Sot, justamente en Mae Sot, donde lo recordé. Y es que, por encima de todo, estaba perplejo porque, después de unas horas allí, no podía concebir un lugar al que dicho refrán le casara mejor.

Y es que Mae Sot es una localidad de frontera con Myanmar donde el agua fluye sin cesar. Agua en forma de refugiados, principalmente de etnia Karen, de miembros de organizaciones no gubernamentales que tienen en esta gente Karen su razón de existencia, de chinos y tamiles que trapichean gemas birmanas, teca birmana o lo que se tercie, sea o no birmano, de turistas y expatriados que acuden a la llamada de tanta mezcla racial o para renovar su visado, y de unos pocos tailandeses que, también al igual que el resto, se apresuran a recoger su agua en forma de negocios de diversa índole, mayoritariamente textiles. Mae Sot, no en vano, está inundado. La ciudad luce un aura de prosperidad que le obliga a uno a rascarse el cogote y preguntarse dónde coño ha ido a parar, y también cómo ha podido salir del país sin haber pasado por ningún puesto fronterizo. Como una ciudad malaya, de esas tan multirraciales, pero puesta en Tailandia por arte de magia. Los templos son principalmente birmanos, cosa que se agradece por afinidad emocional, pero también hay chinos, hindúes y mezquitas. Es más, juraría que si me da por husmear, acabaría por encontrar una sinagoga en alguna calleja escondida. Y todos lucen hermosos porque, como digo, el agua fluye, y ésta constantemente aparece tan alta que los templos también pillan su cacho de simiente arrocera en forma de adornos y donaciones. Caminando, pensando en el refrán, tengo muy clarito que Mae Sot es una inundación que ni el famoso Diluvio Universal.

Estaba allí por negocios y logística, para tramitar un nuevo visado. El actual me caducaba en poco tiempo, y necesitaba un margen de días para pasar por Lampang o Chiang Saen antes de repetir la operación en la frontera de Mae Sai. Salir y volver a entrar tras pasar unas horas en Myanmar, en la colindante Myawaddy en este caso, sonaba francamente apetecible. Y Mae Sot, por todo lo comentado, debía darme un poco de espectáculo multicultural. La suma era perfecta para abandonarme dos o tres días entre sus tripas.

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martes, 6 de noviembre de 2012

Sucedido en Kamphaeng Phet






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Luego estaban las gentes, porque las gentes de Kamphaeng Phet, al igual que las de Phetchaburi, al igual que las de Isan, son un puro canto poético a la amabilidad. Entre ellos, los días pasados en Bangkok asemejaban una pesadilla insondable de seres grises y timadores feroces con alma de hormigón. Todo el mundo se desvivía por ayudarte, en un eco potente de su raíz Thai. Si quería una cerveza, era gratis, si había dejado la bicicleta y quería visitar un templo, el transporte era gratis. Me llevaban los demonios entre ellos. Quería pagar, sacaba el dinero, les explicaba que en mi país todo cuesta dinero, pero ellos no escuchaban, lo hacían por pura amabilidad.

Recuerdo que una mañana, saliendo del bosque de Aranyik, de visitar los preciosos templos en los que destaca uno rodeado de elefantes y otro con un Buda erguido, estucado y de proporciones perfecta, me arrimé a un bar que estaba de reformas. No había más que una joven pareja que lo regentaba y a los que pedí cerveza. Solo había agua. Gratis. Tomaba un trago de agua helada, a la sombra, observando volutas de un cigarrillo que se difuminaban con los rayos del sol en cuanto salían de debajo del porche, mientras pensaba la lástima que me producía en el alma el hecho de que el gobierno Thai no haya hecho un esfuerzo mayor por promocionar estos hermosísimos templos, al igual que ha hecho con Sukhothai. El tipo, de repente, me acercó una lata de cerveza Singha sacada de Dios sabe dónde, gratis, preguntándome a dónde iba. Respondí que a un hotel llamado ni recuerdo, y que iría andando porque no tenía transporte. Dijo que eso estaba muy lejos, que él me llevaba. Gratis. Alucinaba con la cerveza, con el trato, con que este joven ya era el número no sé cuántos que me iba a llevar por el morro. Saqué un billete de cincuenta baht. Sentía que era todo demasiado y que, para mí, apenas era poco más de un euro. El tipo que no, que era gratis. Salió la mujer, que fregaba al fondo del local, secándose las manos sobre un delantal ribeteado de flores, diciendo que no, que era gratis. Dejé caer el billete sobre una repisa en la que me había recostado y el tipo, sencillamente, volvió a su asiento y su mujer a sus labores. No dijo nada, solo me miro largamente desde el fondo. Yo ya sabía que no me iba a llevar, que había cometido una ofensa. Se esfumaron la cordialidad y la magia. Apuré la birra de un trago largo, me levanté, le saludé de un modo efusivo ante el que el tipo permaneció indiferente, y me sumé a saltar por entre las sombras que generaban en el asfalto las gigantes hojas de pobladas tecas que lucían en ambas cunetas. Lección aprendida: si es gratis, es gratis. Caminé y caminé, sudé y sudé. Recordaba la porquería de Bangkok, tan vacía de algo que aquí se desbordaba, tan vacía de conceptos inherentes a la gente humilde. Incluso allí también un taxista me llevo gratis, como excepción que confirmaba la regla a la oscura gente de allí. Porque lo hizo ya que no era capitalino. Era de Roi Et, de mi añorada Isan, e iba a un servicio, a recoger a una chica para llevarla a Chonburi. Era una carrera larga, de 600-800 baht. Iba a hacer el día con ella, y mi pensión estaba de camino. ¿Por qué habría de cobrarme? me repetía constantemente. Tan lejos de nosotros, tan cerca del corazón. Lo de Kamphaeng Phet me pasó por necio, por no saber aceptar que ésta es otra cultura, que rigen otras normas, aunque uno se sienta incapaz de comprender tanto derroche de humanidad y solidaridad. Por no entender que, en su fe, esto es un círculo de giro constante, que hoy él lo hace por ti, mañana tú lo harás por él. Un samsara, un ciclo de reencarnaciones constante en el que todos pasamos por todo, y solo la solidaridad, el amor al prójimo y a lo que te rodea, puede ayudarte y salvarte. ¿Cómo demonios podría desear irme de Kamphaeng Phet?  

Las noches en la localidad eran también de puro placer. Pegando a mi hotel, de estilo chino y tan sobrio como sombrío, como es costumbre en este tipo de hospedajes, había un cruce en forme de T que se transformada a las horas brujas. Por allí nos meneábamos, tomando tragos, esa breve secuencia de un extranjero juntado a jóvenes Thai en busca de algo de alcohol, un poco de comida, y un mucho de diversión. El garito que yo frecuentaba ponía música en directo, pero los músicos siempre eran los mismos. Una chica de voz sedosa y dulce, lo mejor, y dos chicos que aporreaban un par de guitarras acústicas pensando que debían ser la reencarnación de Jimi Hendrix, lo peor. En todo caso, cuando empezaban a sonar los acordes de cualquier tema de Da Endorphine, un grupo que a mí ya me gusta, la chica se desataba con un torrente de voz y un movimiento espasmódico que hacia entrar en trance a la concurrencia. Empáticos y vibrantes, aunque sonara algo alejado del grupo Nirvana. Allí todos daban gritos y palmeaban al ritmo del sonido, extasiados. Ella, junto a ellos, se desgarraba las cuerdas vocales en cada estrofa. Y no lo hacía por dinero, lo hacía por pasión, eso era algo que ya me había quedado claro. Sin duda otra estampa entrañable, de esas que pueblan la parte de piel del país en la que todo es lo que debe ser, y no lo que parece como ocurre en Bangkok. Yo respiraba feliz, recordando cómo, apenas unos días atrás, suspiraba y soñaba en Mochit, la estación norte de Bangkok, con llegar a un lugar de los que salen con nombre ilegible en el mapa. Ya lo había conseguido, qué duda cabía.  

La última mañana, al pirarme a la estación para enganchar el bus a Sukhothai, pleno de felicidad, solo me incomodaba la falta de certeza de cuánto tiempo pasaría antes de poder regresar a convivir y aprender con las gentes de Kamphaeng Phet. Cuando al viajero lo moldea la ruta, cuando atraviesa el diapasón de emociones que se suman día a día, kilómetro a kilómetro, rostro a rostro, y que lo van a transformar en lo que ni se imagina llegar ser, solo se es consciente de que ya no importa el qué, solo importa el quién y el cómo. Es entonces cuando el regreso adquiere su plena significancia diluyendo Bangkok, y floreciendo perennemente Kamphaeng Phet.  

P.S. Paso "express" por Sukhothai. Visita y vídeo de rigor, capítulo redactado a altas horas de la madrugada, y hoy para Mae Sot, un pueblo multiracial en el que busco unas piedras de esas que tanto le gustan a la vieja.¡¡¡Cómo adoro Sukhothai!!! Mucha visita, mucha escritura, poca cerveza... algo debo estar haciendo mal porque creo que está todo descompensado. Hummmmmm. El borrador de capítulo de Phetburi, pese a ser muy interesante, igual que el de Sukhothai, ya no va a entrar, porque la próxima entrada será de este Mae Sot que tan bien me ha acogido. Habrá tiempo de moler, rehacer y ampliar lo escrito. Creo que, unido con la parte de Myanmar de dentro de unos meses, saldrá un libro interesante. Porque eso es lo que se pretende, ¿verdad? ;-) Aún así añoro Isan y sueño con volar pronto para allí. Tailandia, en su vertiente Sukhothai-Mae Sot, está saturada de extranjeros.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Phetburi en imágenes

Pasé un par de días en Bangkok, de relax, arreglando la videocámara (infinitmente más barato aquí que en España) y cocido como cada visita al colega José. Dos noches y dos terribles resacas. Incluso hoy me han echado del hotel porque he aterrizado a las seis de la mañana y a las doce, hora del check-out, seguía durmiendo la mona hasta que, elegantemente, han llamado a la puerta y me han dicho que o pago otra noche, o he de pirarme. "¿Un día más en Bangkok?... ni de coña" he pensado instintivamente. En una hora estaba en la estación norte, con billete a un Kamphaeng Phet al que he llegado hace un par de horas, ya de noche cerrada. Os dejo unas imágenes de Phetburi, una localidad horrorosa con templos rupestres y convencionales excepcionales. Ganas renovadas de teclear tras el descanso de la capital.  

miércoles, 31 de octubre de 2012

La magia del expreso 36

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Es de noche. Las voces se han apagado, las cortinillas que hacen de cerrojo sobre los camastros se han cerrado, y el traqueteo rítmico se ha acentuado pese a que los oídos ya se han acostumbrado a convivir con ello. Miro por la ventanilla y un paisaje disfrazado de sombras, sobre las escasas luces de los postes lejanos, se aventura a asegurar que no todo está muerto. Hay coches furtivos y viandantes en poblados de nombre imaginario. Son breves reductos de la Tailandia más rural, donde lo musulmán se mezcla con lo budista en difícil equilibrio. Son tierras de la provincia de Hat Yai. Se remonta a muchos años atrás la violencia que azota esta parte sur del país Thai, a tiempos del reino Srivijaya. Una sociedad musulmana en un país budista. El caldo perfecto para que una chispa prenda. ¿Cuántas veces he pasado por el mismo lugar pero con otros nombres y religiones? 
  
Salgo al vagón restaurante, a tomar una cerveza y escribir un rato en calma. Iluso que es uno. Allí hay un ambiente del infierno. El calor tropical es tórrido, hay tailandeses que bailan y tocan palmas con la música, toman tragos, se trompican y caen porque lo que no produce el alcohol lo hace el vaivén exagerado de un vagón que asemeja el sonajero de un bebé hiperactivo. Allí no hay lugar al silencio o la pausa. Incluso el camarero amenaza con besar el suelo un par de veces, por bebido o por agitado. Al rato renuncio, allí es imposible teclear. Apunto a la ge y sale la efe, alguien me acerca un vaso de líquido que desgarra la garganta, apunto a la ele y sale la eñe, otro fulano me larga una lata de cerveza Shingha. Chokdi Kap (“salud” en lengua Thai). Así todo el rato. Agarro el portátil, les doy las buenas noches en thai, soy respondido por un coro alegre, y me largo al camastro más que apetecible que me espera en el vagón diez. Llevo batería recargada para un par de horas, y líquido en cuerpo para un agradable sueño de larga duración, pero ni una sola línea escrita. Al llegar me recuesto, y es tal la felicidad que no tardo en quedarme dormido. Ni tiempo tengo de quitarme las zapatillas. ¿Qué será de mí el día que me sobren estos trenes y estas gentes?

Cuando despierto, el tren transita por verdes arrozales. El paisaje es radicalmente opuesto al de Malasia, y lo que allí eran colinas y palmeras, aquí son arrozales planos, inundados, en cuya superficie marrón se reflejan las nubes de un cielo encapotado. Se empieza a oír el brusco y constante crepitar de las primeras gotas de lluvia sobre el vagón y riachuelos de agua se forman sobre el ventanal. Todo fuera adquiere un aspecto grotesco y distorsionado, como un cuadro de Picaso. Los malayos que habitan en mi compartimento ya deben llevar horas levantados. Las mujeres lucen, bien arregladas, sus túnicas negras y algunos de los hombres practican sus abluciones de espaldas a mi caminar por el pasillo, orientados hacia el este, a La Meca. Los que no, no dudan en saludarme e invitarme a sus viandas. Lo cierto es que no tengo hambre pero como un poco de mango y de arroz porque sé lo ofensivo que supone para todo musulmán no aceptar su amabilidad. Sonríen encantados y bajo algunos de sus bigotes se muestran blancas filas de dientes. ¿Dónde vas?, ¿de dónde eres?, ¿dónde está tu mujer?... son todas preguntas que se repiten y a las que yo respondo como puedo. ¿Qué escribes?... entonces soy yo el interpelado, y al girarme descubro rasgos malayos, o chinos, o tailandeses. Y a todos les cuento lo mismo con la misma pasión, que narro mis viajes, que cuento mis sentimientos, que me ayudan a no olvidar qué es lo que me gusta. Acto seguido preguntan por si soy un famoso escritor, que les gustaría leer lo que escribo, que en un tren tampoco hay mucha que contar. Y yo niego suavemente con la cabeza mientras les aseguro, con convicción, que no soy escritor, que escribo para mi, que sí, que todo escrito aspira a ser leído, y más lo que pueda suceder en el expreso 36 a Bangkok, pero que a la mayoría de mis compatriotas no les importa qué me pase o qué sienta, que muchos no saben ni dónde pilla Butterworth o Bangkok y que, sencillamente, bastante tienen con encontrar trabajo hoy en día. Se piran cariacontecidos, extrañados de una sociedad que no comprenden, o se quedan y cambiamos de tema de conversación. Siempre hay un motivo para entablar conversación en un tren. Es algo que no cuesta dinero y tiene una vitalidad endiablada.

Nadie duda que el tren ha sido siempre el mejor contexto, la mayor invitación a la convivencia. Las historias que surgen sobre raíles, pregúnteselo a Theroux sin ir más lejos, siempre llevan un aura de autenticidad, de carácter genuino que es imposible de localizar en ningún otro lado. Los contactos humanos se estrechan, la amabilidad se desborda, y las conversaciones son infinitamente más interesantes. Unos dicen que van a visitar a su familia, otros a hacer negocios, otros que van a conocer Bangkok mientras te piden que les cuentes cómo es, al tiempo que esposo, mujer, e hijos se arraciman a tu lado para escuchar con una sonrisa demoledora. Como un payaso que ha de entretener a una caterva de niños, así me siento por momentos. Otros, budistas, se dirigen a una especie de meca transformada en país budista. Y todos, absolutamente todos, llevan impreso el estigma del viajero, la felicidad por la incertidumbre, la felicidad por lo desconocido que espera cuando se paren, definitivamente, las bielas del monstruo metálico. Entonces será tiempo de vivir pese a que algunos, de un modo acaso más romántico, lo hemos hecho en este intervalo ferroviario, rememorando todo lo que se nos quedó atrás por India, China, todo lo que nos queda por vivir, contar, y escuchar por estos u otros destinos, por estos u otros expresos de destino desconocido. ¿Cómo se puede soñar un viaje sin viajarlo en tren?

A la altura de Phetchaburi ha dejado de llover y dudo. Por la ventana se ven casitas de baja altura y gentes que ya han arrancado el día. Parece un pueblo más. No lo tenía pensado, ni mucho menos, solo sentí que igual era buena idea parar allí. Es la magia que da el viajar solo y sin reloj. Siempre será cuándo y cómo tú lo quieras. Es un destino que me agradaría conocer. Algo había leído sobre su significado histórico, y poder navegar por su esencia y alternar un rato con sus vecinos de repente se me antojaba la mejor idea. Agarro la mochila pero sigo dudando: Bangkok o Phetchaburi. Saco una moneda de 50 sen, medio ringgit. A eso y un par de billetes de un ringgit asciende todo mi capital. La moneda ya no tiene más utilidad que la de sellar mi destino y la lanzo al aire. El hibisco es el pueblo, la media luna es la capital, pienso mientras ésta gira en el aire. Bota sobre el suelo con un hueco sonido metálico y me agacho a ver qué será de mí. Sale hibisco, y me sonrío porque acabo de llegar a mi destino. En el fondo creo que era lo que más me apetecía. Agarro la maleta, salto, y me quedo observando unos minutos, desde el andén, el partir del tren. Emocionado y agradecido, lo veo perderse en el horizonte de ese modo en que solo se puede mirar a los trenes que insuflan vida o mujeres que regalan placer. El expreso 36 se pira a Bangkok con una moneda de 50 sen tirada en el suelo del vagón diez, abandonada allí porque ya marcó mi ruta. Si hubiera salido la media luna, Bangkok, yo aún seguiría dentro y la moneda, con toda certeza, hubiera regresado a mi bolsillo.
...

P.S. Se agradecen las felicitaciones. El día en el tren, por lo visto, dio para muchas cosas. Un feliz cumpleaños. La moneda me dejó en Phetchaburi, así que tiempo para visitar los alrededores. Debo andar con el duende de la escritura porque ésta sale sola. Es agradable sentarse a escribir, a contar historias como éstas, y tantas otras que reservo para no aburrir demasiado ;-)

lunes, 29 de octubre de 2012

Penang... otro esqueje


En cinco minutos el aire acondicionado del taxi, gélido, amenaza con amputarme la nariz mientras el tipo, hosco, conduce a todo trapo con una mano mientras con la otra juguetea acariciando una taqiyah que asoma en el salpicadero. Se trata del tocado blanco, como un gorro plano, que lucen muchos musulmanes, el negro, que en ocasiones se ve aquí, propio del sudeste asiático insular y un poco más alto, se llama generalmente songkok, aunque también peci o kopiah en distintas zonas de Indonesia. Intercambiamos unas frases sobre la función y significado del mismo y así casi se me olvida lo morado que me estoy empezando a poner. “Al fin y al cabo el palique me ayuda a seguir despierto, aunque sea castañeteando” me digo a mí mismo. Las calles lucen desiertas hasta llegar a la puerta del hostal y Georgetown, así, en su primera impresión, parece una concatenación de arterias y venas grises por las que no fluye sangre.

Al asomar el hocico por la puerta solo percibo unos potentes ronquidos que surgen de un lateral oscuro, justo al fondo de la barra de recepción. “Check-in 14:00” luce un cartel sobre la barra. “Joder, a ver cómo me lo monto para echar unas horas. Hasta las dos sin habitación” pienso resignado mientras ojeo los rincones que puedan hacerme de cama. Chequeo el reloj, las 5:30, y resoplo mi desdicha. Con los párpados que se me caen a plomo decido probar fortuna meneando suavemente la rodilla del chico que se incorpora asustado. Le explico la situación, que tengo una reserva para tres noches, que lamento llegar tan temprano, que a ver si tengo que esperar hasta las dos para tener la habitación, que añoro una duchita fresca. El tipo escucha con calma, me observa de arriba abajo, y me dice que va a comprobar la reserva. Sé lo que eso supone, que mi estrella de la fortuna sigue conmigo. Si fuera a dejarme sin habitación se hubiera remitido al cartel, y volviendo a recostarse hubiera dado media vuelta sin más. En cinco minutos un ligero vaho impregnaba el baño donde yo, bajo un potente chorro, me relamía con el mullido colchón que me esperaba fuera y con las horas de cama gratis que me acababa de ganar de modo inesperado.

Una mañana me acerqué a recepción a pedir un mapa para chequear los lugares de interés. A la derecha del hotel estaba el núcleo histórico, con Fort Cornwallis y su explanada frente al Índico bien remarcada, a la izquierda el templo birmano y el tailandés con su Buda recostado gigante. Miré el calendario que asomaba por detrás: Domingo. Iría a la izquierda. Los templos son unos de los sitios más apacibles y visitables en un día como ése. Pregunté al chico cómo llegar y cuánto había de distancia y éste fue paseando su dedo, sobre el mapa, por la calle Burma hasta topar con las estrellitas que señalaban los santuarios, uno frente a otro. “Hay cuatro kilómetros, media hora andando” dice con convicción. Miro al mapa y trato de calcular mentalmente lo recorrido ayer por la calle Argyll, mecánicamente lo comparo con el tramo que él me acaba de señalar con el índice… Ahí no habría más de dos kilómetros a lo sumo. Le miro de nuevo, vuelvo a mirar el mapa y, dándole las gracias (nanri) en lengua Tamil, lo vuelvo a plegar mientras él no deja de sonreír complacido mientras oscila la cabeza de ese modo que saben hacer los indios. Es un movimiento idéntico al del perrillo que se puso de moda y se veía antes, en la década de los ochenta, sobre el salpicadero o la bandeja trasera de los coches. Esos que movían la cabeza al vaivén de los baches. El chico era seguro de Tamil Nadu, del sur de India, con tez caoba, casi negra, y un musical acento sobre el que parecen danzar las palabras cuando hablan en inglés. Son fáciles de distinguir en cuanto conversas con ellos. Todos sabemos que los indios tienen un grave problema con las distancias, sencillamente no saben medirlas. Te dirán dos, cinco, siete… nunca aciertan. Cualquiera que haya viajado por el subcontinente indio y se haya parado a preguntar en estaciones de buses o tren lo tiene más que aprendido. Recuerdo una vez que, en el estado de Karnataka, quería subir a la zona de Aihole desde Hospet. Uno decía que 60 kilómetros (hora y media) y que el bus hacia Aihole estaba al llegar, otro decía que había 80 kilómetros (3 horas) y que el bus ya había partido, y el último decía, absolutamente convencido, que había 120 kilómetros, que había varios buses al día, y que las cinco horas no me las quitaba nadie. Y podría contar anécdotas similares en Delhi, Rajasthán, Kerala,… Sencillamente son así, no saben calcular distancias, dicen una distancia a voleo, por aproximación, y te regalan esa sonrisa nacarada que luce sobre su atezado rostro. Lo último se agradece, lo primero, una vez has convivido con ellos, llanamente lo dejas correr porque, al fin y al cabo, ¿qué más 60 o 120, dos o cinco horas, si no se tiene prisa por llegar? Por cierto, para que no haya lugar a dudas, finalmente fueron más de seis horas de Hospet a Badami, y apenas kilómetro y medio que recorrí en veinte minutos hasta los templos de Penang, que tampoco es que resultaran excepcionales para mi desdicha.







domingo, 28 de octubre de 2012

W.I.P.

Pasan los días por Penang de un modo pausado. Recuperando fuerzas, hoy me dio por visitar los templos del lugar: el Thai, el Birmano... y uno llamado Koo Khonsi que es una preciosidad. Paso el tiempo escribiendo y tomando las cervezas que puedo en este país tan caro. Entre la derrota del euro y la evolución natural de estos dragones asiáticos, me toca ver como mi dinero se evapora al mismo ritmo que mi sed disminuye. Total, que con tiempo por delante, y tirado en la cama viendo un Everton-Liverpoool, ha empezado a resonar una musiquilla en mi cabeza de hace un  millón de años. Y para mañana un apartado para ver los vestigios coloniales britanicos, y vuelta a rehacer la maleta para el martes coger el expreso 36 de Butterworth a Bangkok.




P.S. Al de Oxford, el tipo del triciclo está roncando ya que, aunque no lo parezca porque todavía no existe la fotografía térmica, eran las doce y andábamos a cuarenta grados. Miedo me daba tomar cervezas para no deshidratarme, jejeje :-)