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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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martes, 29 de noviembre de 2011

Phom

Nunca he dedicado una entrada a nadie, principalmente porque siempre lo he considerado absurdamente presuntuoso y así, cuando la posibilidad de hacerlo cruzaba por mi mente, ésta siempre era desechaba de modo raudo. Pero esta vez voy a hacer una excepción. Quiero dedicar esta entrada a Hannah, una chica alemana que me enamoró por su infinita pasión por entender los entresijos de la sociedad Thai, por escucharme con pasión, por hacerme pasar algún mal rato con preguntas poco decorosas y, en definitiva, por ser tan increíble como es. Y por supuesto a Maitane, que sabía que estaba por acercarse a este rincón porque había soñado mucho, demasiado con ella las últimas noches. Sabes, cariño, que entre tú y yo hay algo místico que nos enlaza aunque jamás lo lleguemos a entender. Por su pasión y la de tantos otros semejantes que se dejan el pellejo para conseguir que esos personajillos, niños desamparados, puedan tener un futuro versicolor tan luminoso como la esperanza que jamás debieron perder. Para ellas dos un pedazo de mi corazón anclado de por vida a Kampot…

Kampot es un reducto de esos que te trasladan a otro lugar, a una escena en la que apareces tú adormecido, plegado al sopor de la profunda fragancia a romero, espliego y tomillo rastrojero mientras te dejas caer al abrigo de una siesta a la sombra de una centenaria encina, mecido por el ábrego. Hablo de campos de Castilla bien metidos en temporada estival. Pero Kampot me trasladaba sospechosamente allí pese a ser todo lo contrario, esto es un vergel en zona fluvial en contraposición al campo yermo y estéril castellano, la vegetación es frondosa de helechos, palmeras, árboles diversos en contraposición al panorama ligeramente tachonado de encinas, sabinas, chopos desmochados y robles que se abre a la vista en la vieja Castilla. Pero en el fondo, para mí y por extraño que parezca, resultaba la misma sucesión de sensaciones trasladadas en el espacio. Tenía que ser cosa del aroma de las flores de rododendro, las heliconias o los banianos, o quizás la fragancia desprendida de las duabangas que en esta zona crecen con profusión a la orilla del río o, con mayor seguridad, cosa del embriagador tufo del durián cuya recolección aquí es toda una leyenda (incluso más que la pimienta). Tan poco lo tengo muy claro. Quizás fuera sencillamente un atisbo, como un esqueje, de melancolía pasajera. El caso es que me veía, zalamero, trasladado a Castilla estando a una decena de miles de kilómetros de la misma. ¿Cómo podría sentirme a disgusto en Kampot?

Tan regenta una estrafalaria pensión a orillas de un canal en la periferia de Kampot. Le conocí por descuido, me limitaba a acariciar a contrapelo a un perro lustroso, sentado junto a mi mochila, mirando al cielo y valorando la posibilidad de, como dicen los ancianos, estar el tiempo de dimudo, con un calor sofocante que avecinaba una fuerte tromba de agua. Fue entonces cuando agaché la mirada y topé con un recio cartel que, en lontananza, mostraba una flecha y el nombre de una pensión. Estaba escrito a rotulador, descolorido y ajado por los rigores del tiempo. “Tiene que ser allí” me digo con convicción. No tenía ni idea de hacia dónde me dirigía, era solo una premonición de entre tantas otras de las muchas que habían deparado mi bagaje viajero y emocional a lo largo de los últimos años. Tan es solo un vestigio de lo que fue, y tres cuartos de lo mismo si hablamos de su mujer. Es un anciano que camina encorvado apoyado en una ligera vara de bambú que a duras penas le sostiene de pie. Los presuntos nietos (o biznietos, en estas culturas asiáticas tan promiscuas como precoces nunca se llega a saber a ciencia cierta) le rodeaban y bailaban ansiosos mientras él les arreglaba una aparatosa cometa. Ni siquiera alzó la vista al acercarme. Y yo, por mi parte, apenas reparaba en la atención que había suscitado mi presencia entre la chiquillada.

-Busco un lugar para dormir-. Dije con un ademán de fatiga, sentida además.

El viejo ni levantó la mirada de su quehacer, daba la sensación de ser el típico que resuelve cualquier interrogación con ligeros movimientos de hombros o cejas y, caso sumo, en base a monosílabos. De este modo, hizo un gesto con la cabeza señalando hacia una anciana enclenque que se cobijaba sentada en una tosca mecedora, envuelta en una krama deshilachada de cuadros blancos y rojos descoloridos en gran parte. Se levantó ante mi presencia, los surcos de su rostro se plegaron en formas imposibles cuando abrió sus extrañamente claros ojos ante mi presencia y me acercó una llave que presumí de una choza contigua. Era absolutamente imposible abandonar el lugar con semejantes augurios. Kampot empieza a ser un recoveco enclavado firmemente en la ruta de turistas occidentales, ese recorrido aséptico llamado “banana pancake trail” y, así, encontrar un lugar olvidado que transmita las sensaciones que irradiaban los abuelos y el cúmulo de niños se antojaba un regalo imposible de rechazar.

No tardó en hacerse amigo mío un chiquillo, tan enano como avispado, llamado Phom. Era un diablillo de esos que son capaces de robarte el alma a poco que esbozara una sonrisa pícara y acogedora mientras ladeaba al compás la cabeza de modo inocente. Me esperaba todas las mañanas a la puerta de mi habitación y, si me daba por madrugar mucho, incluso lo pillaba dormitando en la esterilla de la pensión con el perro de los viejos, de pelaje ceniza, enroscado como un ovillo a sus pies. Luego, devuelto a la vida, iba corriendo como un loco, voceaba, precediéndome por cualquier calle del pueblo. Tiraba de mi pantalón cada vez que creía que equivocaba mi camino y yo, en agradecimiento, solía regalarle unos puñados de caramelos que él recogía colocando sus diminutas manos en una especie de almuerza. Le enseñaba unas palabras básicas en inglés y nos hacíamos compañía mutua a la hora de las comidas. Poco a poco también el abuelo comenzó a ganar confianza y, ante mi interés en sus quehaceres, aunque él no supiera ni una palabra de inglés, pretendía hacerme entender sus trabajos con una poderosa voz en Khmer ante la que yo, para su profunda carcajada, me encogía de hombros. Bien moldeando el bambú, bien esparciendo a secar un serillo de arroz, bien repujando una especie de aperos campesinos que colocaba como souvenirs o acaso oreando la carne que aportaría proteínas a su comida de días venideros, siempre tenía una palabra, que sonaba a enseñanza, para este desubicado occidental que callaba y asentía. No había ningún otro huésped en el local, pero la presencia extranjera en motos alquiladas que recorrían veloces las calles salpicadas de brea de la localidad era una constante. Solían reunirse todos ellos con el crepúsculo en un par de bares ribereños de donde salían voces y gritos ante los que paseaba mi fantasmagórica presencia camino del recogimiento del hostal mientras Phom, ya abatido a esas horas, me seguía arrastrando sus diminutos pies recogidos en unas chanclas destrozadas. Incluso hoy, tiempo después, sigo suspirando por la posibilidad de un torbellino de buena suerte que haya arrastrado al zagal a una posibilidad de futuro mejor que el que le adivinaba, apesadumbrado, durante los días que pasé con él.

-Hoy no vas a la escuela-. Le decía todas las mañanas al zagal bajo la visera palmeada de la choza mientras me desperezaba y quitaba las legañas con el reverso de la mano. Él sonreía dejando a la vista un diente partido por el que se colaban sus pocas palabras en un torpe inglés que parecían silbar por el efecto.
-Estoy de vacaciones-.
-Parece que tú siempre estás de vacaciones-. Y se pegaba a mi regazo mientras sus ideas de rutas para esa jornada se atropellaban en su boca ante sus ansias de acompañarme un día más. Observaba y observaba, tenía ojos para todo Phom. Todo le llamaba la atención, un pájaro, un pez que se escabullía, un gecko, un chucho abandonado al sopor de un templo cercano. Para todos tenía unos minutos de profunda mirada que luego jamás olvidaba. Era espabilado como un demonio.

Adoraba ver amanecer en la localidad de Kampot, el sol regaba todo el campo de visión con ese pálido y cambiante a cada segundo tono bermellón que parecía resbalar por cada palmo de terreno con un ansia contagiosa de vitalidad. Los colores de nenúfares, lotos, cocoteros sufrían una especie de catarsis que arrancaba del negro azabache en la penumbra a colores que transitaban del verde mate al esmeralda arrastrados por ese disco brillante que se erguía dominante por oriente. Unas ranas comenzaban a croar, las salamandras y lagartos correteaban por los rincones e incluso los varanos se sumergían en el cercano y transparente regato con un sordo chapoteo. Y ésa era toda la percepción sonora, mezclada en un poderoso sortilegio que te transportaba a unos minutos de meditación silenciosa. Me abotonaba los vaqueros y me ponía la húmeda camiseta mientras esperaba que mi improvisado guía, Phom, se desperezara y me alumbrara el camino por cualquier rincón desconocido. Amanecer en calma es siempre uno de los más apreciados obsequios para cualquier viajero, una parte importante, por emoción y tiempo de reflexión, de esa espiral de sentimientos que te volverán a obligar a hacer la maleta en un futuro que se siembra de sueños de similares emociones, semejantes albas en tierras lejanas y deseadas. Es plena libertad, el saberte parte de ese gran universo llamado Planeta Tierra sin anclajes o deberes propios de esa neurosis, trinomio trabajo-familia-casa, que gobierna nuestra existencia demasiado a diario. Por eso allí, en Kampot, también aprendí a amar, a continuar amando más bien, esa sensación de ingobernabilidad, de mente en blanco, de sopor elevado a la enésima potencia, como la que todo viajero codicia inspirar y resudar por sus poros. De mirar hacia dentro y rebuscar, y por encima de todo valorar, que gente como los ancianos, o Phom, o la recua de niños que me saludaban todas las mañanas suponen una meta tan real y palpable en su vitalidad y apoyo como los efímeros antiguos reinos que aspiraba a descubrir y conocer.

Unos días antes de mi paso a Vietnam llevé a Phom a visitar el océano, con su corta edad aún no conocía el mar y para mí, alguien nacido junto al mar cantábrico, es inconcebible tener como amigo a alguien que no ha sido revolcado por las olas del mar aunque sea solo una vez. Le planteé la idea al anciano de la pensión y se emocionó al borde del llanto con mi ocurrencia ya que le enternecía el cariño que había brotado por mi parte hacía el niño. Y una vez más me corrigió cuando hablaba de Phom como de su nieto. No lo era. Él solo lo recogió de la calle. Su mujer le regaló un cariño infinito al pequeño desde el primer instante y ya se quedó a vivir allí. Estaba abandonado, huérfano o desechado acaso por la imposibilidad de sus progenitores de alimentarlo… Como los otros, como tantísimos otros. Una vez más otro clásico concepto occidental, el entender un núcleo familiar como algo asociado a la consanguinidad, que saltaba por los aires y se diluía con la realidad. Pero, como digo, había más, ningún niño era familiar suyo. Todos los que pululaban por la pensión eran recogidos de la calle. La mujer adoraba tenerlos siempre por allí dando vueltas ya que ella no podía tener familia. En un murmullo me dio a entender el anciano que fue violada en la cruda época del Jemer Rojo. Repetidas veces. Y en el trance sufrió hemorragias uterinas que derivaron en infecciones, cicatrizadas y a duras penas salvadas pero que anularon su virtud de simiente. Y el abuelo solo podía consolarla en su desdicha acogiendo críos de la calle que ella cuidaba y criaba como si fueran suyos. El abuelo era feliz porque percibía la dicha de su mujer cuando ésta les remendaba a los enanos los trapos que llevaban como vestimenta, cuando les preparaba un poco de sopa o cuando se quedaba adormecida pasando rítmicamente la palma de su mano bañada en bálsamo de tigre por el pecho de algún pequeño, acodado en su regazo, y aquejado de un constipado estacional. A veces, para el viajero que observaba hundido en la penumbra estas escenas paridas desde el corazón, era como si la tierra deseara gritar de dolor y toda su potencia se concentrara en su espíritu. Un espectro que palidece y se contrae como un animal uncido, pero de compasión contagiada por la pareja de abuelos como yugo, en un hervir de sangre de Noviembre que solo musita “que se muera la soledad, que se muera…”.

Aquella mañana Phom chillaba como un poseso cuando me vio aparecer cabalgando la Honda automática. Quería conducirla y cuando, antes de marchar, le senté en mis rodillas y le enseñé a acelerar notaba como el vello de sus brazos se erizaba de la emoción. Inolvidable. Le coloqué un casco en el que se hundía burlescamente su cabecita y, con la vista plantada entre el horizonte y la irregular carretera, me ajuste el ajedrezado krama un poco por debajo de la altura de los ojos y nos plantamos en unos minutos en la localidad de Kep, al borde del mar. ¿Cómo definirlo? Poco después de las siete de la mañana el mar de China Meridional estaba pálido, quieto, reflejando los tonos dorados del sol que se levantaba en lontananza, perezoso, sobre su capa húmeda de un añil indescriptible. Solo la vespertina brisa suave que acariciaba nuestro rostro y levantaba tímidamente los plásticos transparentes que forraban los laterales de los escasos chiringuitos y las diminutas olas que venían a morir en una explosión de espuma sobre una recogida playa de gruesa arena gualda propia de la bajamar nos interrumpía la magia del momento. Y Phom quería tocarla, hundirse en ella, abrazar el mar. No era capaz de cerrar su diminuta boquita ante el asombro de lo desconocido, palpaba la arena, la amontonaba, la agitaba, la esparcía. Se arrimaba gateando al agua y chapoteaba feliz mientras trataba por momentos de esquivar las olas, por momentos de destruir la espumosa línea de rompiente. Y luego estas mismas olas le arrastraban hacia la orilla, trastabillado como un pelele cuando intentaba, con su corta edad, descubrir algo de lo más profundo. Ya podíamos ser amigos. Libres, él y yo. Solo libres y felices. Unos madrugadores pescadores observaban divertidos la escena del enano que descubría por primera vez la presencia de la arena, el mar, mientras cargaban sus redes y aperos para partir a la pesca del famoso cangrejo que ha hecho famosa a ésta, si no fuera por el crustáceo, seguramente olvidada parte del litoral. Mezquinamente pero sin remedio le hice prometerme que no iba a contar nada de lo sucedido esa mañana a los otros chicos. Duro porvenir del espíritu nómada. No quería, no podía permitirme el día de partir tener la sensación de haber roto la ilusión de otro cuadrilla de niños con los que no podría, por falta de tiempo, repetir la escapada a Kep que viví con Phom. Vendrá otro viajero cargado de ilusiones para regalar ilusiones a otro chiquillo. Ese es el fin de esto que ahora lees. Y yo, por supuesto es cuestión de tiempo, regresaré.

Los días se me escaparon de las manos con la misma volatilidad de la que hace gala el aliento, la vida propia. Raudos, desenfrenados y veloces. El último día el chico, Phom, estaba furioso, atorado, porque no quería que me fuera. Le regalé mis últimos caramelos, le compré unas chanclas y unas camisetas nuevas que me agencié la tarde anterior en el mercado del pueblo y solo pude vislumbrar, al girar la cabeza mientras caminaba hacia la estación, una breve lágrima que rodaba por su oscura mejilla mientas sorbía un moquillo y se relamía su desazón escondido pero asomado a un palmo por debajo de la cachaba del anciano. Les regalé a los ancianos un gran saco de arroz, de peso cercano a un celemín que dirían en Castilla, que fue humildemente recibido y, paralelamente, camino de la estación, hice una silenciosa y profunda ofrenda a Buda en un próximo templo por la salud y bienaventurada próxima reencarnación de la pareja de ancianos y la recua de niños desamparados que dejaba tras de mí. La vida del nómada volvía a cerrar otro capítulo en esta presunta obra sin fin.

Partí de la falta de rigor y holgazanería que había gobernado mi vida en Kampot. Relegué al olvido estos conceptos, ciertas personas, cubrí con un oscuro velo la pensión de Tan, la sombra añorada de Phom, los regueros repletos de vida, el amasijo de chozas trepanado en la selva, las vigilias húmedas de sudor y risas, el grisáceo tono uniforme, cual si fuera botritis, reforzado en la fachada de decrépitas reminiscencias coloniales. Otro “hasta pronto”. Más allá esperaba un mono de trabajo, un tiempo para el aprendizaje y la escritura. Más allá residía la vieja gloria de Funan.

1 comentario:

Anónimo dijo...

aupa david
si es que hay dias que te sales....
es muy bueno my friend
esto pal libro I hope...
Sabes la cara que le he puesto a Phom mientras leia... la del viejo, jeje
un abrazo
y recuerda que t quiero.......