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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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miércoles, 16 de noviembre de 2011

Parte del capítulo de Mukdahan y Savannakhet

Villas señoriales arracimadas aquí y desbalagadas allá, jalonadas de buganvillas de colores que se confunden entre el malva y el lila, al rebufo de plumerías de flores tan blancas tal que hubieran sido bañadas en lejía pura. Algo, este sitio, como para resucitar, algo que estalla en el irrefrenable deseo de trotar por nuevos horizontes, nuevos futuros, de calles perpendiculares que invitan a descubrir, a asomar el hocico un trecho más allá sin debilidad ni desfallecimiento anímico posible. Eso es Savannakhet. Caminar así, con los ojos como platos, calle tras calle. Una delicia de tonos pastel. Lo primero es pensar que quizás ha sido un recuerdo guardado celosamente por esta sociedad. Un vestigio de algo que murió pero cuya gloria nunca ha de desaparecer. Algo tan cercano, algo de estilo europeo, francés. Y su gloria asombra por inédita, por encantamiento como refresco, chapuzón helado, a un cuerpo y un alma adormecidos.

Acaso en Laos llueve sobre mojado en lo que se refiere a arquitectura colonial, pero Savannakhet es punto y aparte. Es capaz de degollar cualquier bella fachada o cornisa afrancesada anterior que cruzó por mis ojos con una suficiencia que desarma. Ni Luang Prabang, ni Vientiane o Hanoi, ni las localidades ribereñas del Mekong, ni Phnom Penh… Nada. Esto es un punto más allá, una sexta marcha, un crisol madurado y de acabado perfecto. Hasta la alargada sombra del viajero parece conjugarse con su figura para no romper ningún encuadre a ojos vista, regalando a la vista un plano panorámico irreprochable.

Fue cruzando el Mekong desde Mukdahan cuando conocí a Harry. Era un eterno viajero, otro apátrida ajeno a metas, taimado y desaliñado, que escondía con su buen porte su ya dilatada experiencia vital. Daba clases de inglés en una escuela de Savannakhet y no le iba mal, según él mismo reconocía.

-No me quejo, no gano como para ganarme un retiro dorado, pero aquí todo fluye despacio, la vida es barata y la ilusión que brilla en los ojos de mis alumnos es capaz de borrar cualquier asomo de melancolía de mi tierra, de Swindon-. Se colocaba la mano sobre la frente a modo de visera para refugiarse del sol que ya amenazaba con devorar el espíritu de quienes osaran desafiarle plantándole cara. Porque, aun siendo veterano, aún no había aprendido a elegir el lugar del bote donde cubre la sombra. “Siempre hay un perro más viejo. Ya aprenderá.” pienso divertido, “al igual que lo hicimos nosotros, los veteranos del sudeste asiático, siempre observando dónde se colocan los perros o los ancianos para acomodarnos en su vereda. Ellos siempre saben dónde está el lugar más fresco. Ningún entorno les es ajeno a diferencia del viajero”. Le hablé de mis circunstancias, de mi necesidad de navegar errante por Indochina una vez más, al mismo tiempo que garabateaba notas en un cuaderno reconfortado por el leve vaivén del barco, algo mucho más plácido para la escritura que el balaceo constante de los autobuses.

-Hablas un inglés correcto y además tienes nociones de Lao-. Se secaba las sudorosas palmas sobre la camiseta deshilachada una vez que el sol dio un respiro. –Si tienes tiempo, ¿por qué no te quedas a dar clases? La gente de esta zona realmente lo necesita-. Sonaba francamente interesante. Le dije que no era la primera vez que me lo proponían, antes me pasó en Siem Reap y en un pueblo de Isan. Pero esa vez era distinto, viajaba con calma, solo, la mochila parecía supurar, agotada, heridas del diario trajín y además siempre había suspirado por poder ejercer una profesión para la que había invertido varios años en la universidad… me apetecía devolver a esta gente un poco de lo mucho que había recibido. Suspiré e hice un gesto ladeando la cabeza que significaba duda. Harry, que no perdía ripio, lo captó al instante y, perseverante como digo, no dudó en perseguir su meta.
-Me han pedido varias veces que les enseñé a los novicios de un templo local, pero nunca saco tiempo. Tú podrías pasar unos días con ellos y enseñarles unas nociones básicas-.

Al día siguiente, a eso de las ocho, me veía rodeado de un enjambre de niños, engastados en túnicas azafrán, vociferantes y nerviosos ante la novedad que yo suponía. Harry me había proporcionado la tarde anterior un fardo de cuadernos y unos bolígrafos. El abad, que me dio la bienvenida en su discreto inglés, no dejaba de regalarme wais (saludo respetuoso típico que consiste en juntar las palmas de las manos a la altura de la barbilla) y auspiciarme buenos deseos por mi afán de integrarme unos días en su comunidad. Habían ordenado, barrido y fregado una de sus estancias con unos taburetes de madera tropical, hinchada por la humedad, y toda la decoración se resumía en un descolorido mapamundi que lucía torcido en una pared lateral. Repartí los cuadernos y unos bolígrafos entre los ligeramente temerosos alumnos y pasé unas horas, unos días maravillosos mientras desgranaba conceptos básicos de la lengua de Shakespeare mezclados con mi escaso Thai-Lao. En realidad no tengo muy claro si enseñé o fui yo el que acabó aprendiendo conceptos de la lengua vernácula Lao. Sea como fuere solo puedo resumir esos días con la palabra felicidad, aunque esto solo sea un eufemismo de los madrugones, el calor acumulado que llegaba a emborronar la vista, el hedor del incienso que se colaba del cercano sim, el sordo y melódico cántico de rezos que hacía de banda sonora por momentos… Y la ilusión, esa de la que hablaba Harry, el abrumador silencio que me hipnotizaba mientras con la tiza sumaba letras en frases sobre una pizarra áspera como el esparto. La pasión de unos jóvenes, generación de futuro ambiguo, que peleaban por no ser menos que el resto de humanos. El inolvidable océano de ojos brillantes que seguían cada uno de mis pasos, cada movimiento de mi diestra en el desgastado encerado, cada susurro que salía de mis labios con la misma disciplina espartana que da el tesón y el respeto, esos valores que ya se pudrieron en occidente.

Cada día se me acercaba un joven, de apenas una docena de años, rasurado como sus compañeros, pero apasionado y trabajador como ninguno y por ello con un conocimiento superior. Se llamaba Ang y yo le tenía por uno de los alumnos más brillantes del grupo.

-Cuando yo viejo, yo viajar como tú. Yo conocer mundo. Yo dinero para familia. Yo viajar como tú-. Decía señalando el mapa que a duras penas se sostenía en la pared. Y así repetía decenas de veces. Yo doblaba mis rodillas y, a su altura, le miraba sus vivarachos ojos bañados en avellana, su sonrisa pícara, su fe inquebrantable de niño soñador. Y le juraba que sí, que trabajando duro lo conseguiría, que en este planeta todos somos iguales y tenemos las mismas oportunidades. Mas luego, escondido, refugiado entre cervezas Beerlao, se me humedecían los ojos y un temblor se apoderaba de mí por el peso de la responsabilidad, por haber mentido, porque ni yo tenía fe en que este miserable mundo pudiera recompensar su dedicación y esfuerzo. Le vendía mentiras al ser más inocente sobre la faz de la tierra: un niño. Condenado a ser pobre como yo condenado a padecer mi desdicha por implicarme en su ilusión. Pero como el oasis en el desierto, al menos un pequeño pozo de alegría surgía de mi interior sabedor de que estaba poniendo un cimiento de fe y compromiso conmigo mismo para subsanar este anatema de raza humana. O acaso solo era un antídoto que me permitiera seguir soñando entre tanta desazón y miseria que me aturullaba a diario. Acaso.

Los cuadernos se fueron gastando, emborronados, la tinta se fue secando. Me llegó la hora de partir, compré un fardo de cuadernos nuevos, impecables, un buen puñado de bolígrafos. Repuse lo que mi ilusión había diezmado. Se los entregué al abad que supo de inmediato que mi lección había finalizado. Lo arrinconó todo en el vértice de una estancia y lo cubrió con una gasa de fino lino grisáceo. Otro llegará y tomará mi relevo, otro sumará nuevo impulso en la educación de estos jóvenes de recursos ciegos. Otro ser volverá a tomar la senda de la cooperación desinteresada, la que hace crecer y creer en uno mismo y en la capacidad de generar un pedazo de igualdad y solidaridad en este mundo desalmado.

Aprendí a nombrar los árboles en Lao, los platos típicos, las calles, a asumir la desdicha de los perros abandonados que se postraban por los rincones sombríos del lugar, las lecciones de Buda y los rezos y humildes gestos conmovedores que suponen las ofrendas y deprecaciones de a diario para recolectar méritos ante su Dios… a comprender el fluir del regalo más maravilloso de todos: la vida. Me diluí en Savannakhet de forma y en un pequeño y olvidado templo de fondo. Me planteé arrinconar mi vida, encasillarme en ese rincón olvidado por una temporada. Seguir con la docencia, seguir aprendiendo, conocer a una chica, entender las labores del campo, la siembra de arroz, formar un algo que no resonara a nómada. Esa es la condena de todo viajero, pasar por ese punto es el precio a pagar cuando viajas intensivamente, cuando tienes la suerte de disponer de todo a cambio de nada. Pero yo no formaba parte de Laos, era una sombra veloz a lo largo y ancho de sus campos fértiles, un espectro, un anónimo ser del averno que devoraba todo a su paso, un ente de aprendizaje anclado, para bien o para mal, a una decena de miles de kilómetros hacia el oeste. Admiraba a Harry por su labor, por su trabajo apasionado y, finalmente, cuando volvía a rehacer mi hatillo, cuando creí entendida la lección y me sentía presto a partir, supe que sobretodo le admiraba porque yo jamás lograría ser como él.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

aupa david
me doy por satisfecho de haber estado unos dias sin saber de ti por aqui. me ha emocionada el relato, hermano profesor. estoy completamente seguro de que esa niña disfrutara de viajes inolvidables y no no la has mentido, ya que ÝA ESTÄ VIAJANDO cuando se imagina como van a ser esos viajes.
por otro lado, seguro que harry empezo así, enseñando unos dias aqui y otros alli, antes de establecerse en Savannakhet; no veo diferencia entre tu y él, tu ya eres como él, has decidido usar parte de tu viaje en algo para los demás, que es mas de lo que muchos de aqui podemos decir.valora lo que has hecho y no lo compares con lo que hacen los demás
ya has comenzado ese camino y quién sabe.....

sigue tu camino mochila-man y recuerda que te quiero.
PD: thank you por el ragalo, ya no me mojaré cuando vaya en bici.
un abrazo hobbit

Anónimo dijo...

Eres un tío grande y además tipo ong, y encima te gusta y Lo disfrutas, vaya suerte. Y encima la anónima te quiere y le regalas cosas. Y a mi ke jodio willi fog. en fin camarada carpe diem.

Anónimo dijo...

Hola
David piensatelo te puedes quedar una temporadita y mientras ocupo yo tu plaza en el curro tipo comision de servicios, que yo en un par de dias me veo preparado para desempeñar tu trabajo, bueno pasatelo bien y suerte por esos mundos
Saludos