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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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sábado, 5 de noviembre de 2011

Escribiendo en Luang Prabang

Y como la vida sigue, sentimientos desguazados al margen, en Luang Prabang he recuperado la necesidad de seguir trabajando, la ilusión por dar forma a algo que me prometí a mi mismo completar en este viaje. Un capítulo de historia y leyenda, exclusiva mundial para que conozcáis un poco más de este rincón del planeta, que no va a ser todo arrastrar mis penas verso tras verso, que en este hermoso viaje que es la vida tiene que haber un pedazo de tiempo para cada cosa...

8. Unos pedazos de historia y de leyenda

Otro día me centré en el conocido museo real, hogar de la mítica figura que da nombre a la ciudad, el Buda Phra Bang, paseaba por sus jardines y admiraba el hermoso hogar futuro que han construido para la venerada estatua, el casi acabado Haw Phra Bang, un sim, pastiche de color y decoración que, siguiendo la tradición laboral Lao, tampoco es que haya avanzado mucho su construcción desde la última vez que pasé por aquí hace 3 años. “Bo pen nyang” resumo mientras avanzo perezoso al complejo residencial principal de la, hasta 1975, familia real Lao y que desde entonces, con el triunfo del comunismo y la abolición monárquica, quedó convertido en museo. Mentalmente, una vez me postro ante la radiante estatua, no dejo de relacionar las semejanzas y vicisitudes de ésta hermosa figura con el Buda Esmeralda de Bangkok. 2 pueblos hermanos, Lao y Thai, 2 figuras, paladines de soberanía y unidad nacional, de historia abigarrada y longeva.

Se cuenta en todo el país que hace mucho, mucho tiempo existía un reverenciado y santo monje, Chunlanaga, quien estaba en posesión de mágicos poderes. Deseando convertir su fe, el Budismo, en una religión duradera por milenios en el actual Laos viajó hasta la antigua Ceilán (hoy día Sri Lanka, considerada una de las cunas del Budismo Hinayana o Theravada) para persuadir a la gente de su idea de crear una imagen de Buda en una ceremonia que sería auspiciada por el Rey de Ceilán, el Dios Indra y su cohorte celestial y multitud de Brahmanes y ascetas.

Una vez su deseo se convirtió en realidad, Chunlanaga comenzó la recolección que en forma de donación entregaban los devotos. Plata, oro, cobre y latón así como otros elementos propios de la ceremonia tales como flores, velas e incienso fueron reunidos por el afán de dicho monje. Una vez llegó la hora de la ceremonia los responsables de la ceremonia depositaron todos los materiales metálicos en una vasija para fundirlos y trabajarlos de modo que se consiguió la actual estatua del Phra Bang (Phra significa imagen sagrada de Buda, es un término común en Lao y Thai, mientras que Bang significa delgado o pequeño). La celebración por la creación de la figura duró siete días y, finalmente, en la siguiente noche de luna llena se produjo el conocido como “Budaphisek” o ceremonia religiosa en la que se bendice la figura de Buda por parte de los monjes más ancianos y venerados.

Se cree que esta ceremonia de consagración dotó a la imagen de unos poderes sobrenaturales e incluso se cuenta que todos los seres vivos y espíritus se postraron en señal de respeto hacia la poderosa estatua. Chunlanaga, que había llevado con él en su periplo cinco piedras preciosas que procedían del santuario donde se guardaban celosamente las cenizas del Buda, se proponía engastarlas en el cuerpo de la figura pero, mientras los monjes, él incluido, rezaban y bendecían, la primera piedra salió volando de su zurrón y fue a hundirse en la frente del Buda. Lo mismo sucedió con las cuatro restantes, una fue a parar a la barbilla, otras dos una a cada mano y la última se engastó milagrosamente en el pecho de la imagen. Así concluyó la bendición de la imagen que ahora se mostraba ante mí y cuya leyenda y magia es una prueba de unión y soberanía para el pueblo Lao.

Independientemente de este relato los hechos históricos aseguran que es más probable que el origen de la imagen no sea Ceilán sino un lugar más cercano como Camboya ya que la efigie de apenas 83 centímetros muestra rasgos propios de la corriente artística de esa zona. Es además reseñable la casi segura certeza de que la imagen fue un regalo del monarca Khmer a Fa-Ngum en los albores del reino Lang Xang (año 1359), con lo que pretendía dar legitimidad y un nexo religioso común en forma de imagen sagrada a todos los súbditos de dicho reino. Exactamente igual a la imagen del Buda Esmeralda en Tailandia la cual se cree que ejerce de estandarte y talismán salvaguardando la soberanía del antiguo reino de Siam.

El Buda Esmeralda (Phra Kaew Morakot) es una imagen de 43 centímetros, de estilo Chiang Saen, cuyo origen se remonta a la noche de los tiempos en el acervo popular. Muchos conocen la peculiaridad de que en realidad no es de esmeralda sino de jade pero lo que no muchos desconocen es que su origen se remonta al año 43 antes de Cristo, cuando fue encargada por el monarca Nagasena en la actual Patna (India). Hay un sobrenombre que recibe dicha figura, con buen criterio, que es el de Buda viajero ya que pasó por Sri Lanka y Camboya antes de ser capturado por los Thais en la toma de Angkor en 1432 quienes lo llevaron a su, por aquel entonces capital, Ayutthaya. Vicisitudes, guerras y circunstancias posteriores dieron con el paso de la imagen por Kamphaeng Phet, Vientiane y finalmente Chiang Rai donde fue envuelta y escondida en estuco por el gobernante local. Y sobrenombre este de viajero que, curiosamente, también podría ser aplicado a la figura del Buda Phra Bang ya que si los Lao capturaron el Buda Esmeralda también los Thai invadieron la actual Laos y trajeron como recompensa a Siam la figura del Phra Bang en dos ocasiones aunque posteriormente fue devuelto a la ciudadanía Lao. Las peripecias del Buda Esmeralda no acaban aquí ya que se cree que un rayo destruyó la pagoda donde se hallaba escondida la imagen y en el derrumbe la capa de estuco se partió dejando la figura a la vista (algo similar a la historia del Buda Dorado de Wat Traimit en Bangkok). La imagen entonces pasó por Chiang Mai, Lampang, Luang Prabang,… hasta su actual ubicación en el Wat Phra Kaew de Bangkok.

La potente implicación de ambas imágenes en la psique e identidad colectiva de ambos subgrupos Tai da muestra de lo enraizado que está el aspecto religioso budista en el día a día de ambas sociedades. Son dos figuras de obligado conocimiento y respeto para todo aquel viajero que pretenda implicarse emocionalmente en mayor o menor con estas gentes. Y, si acaso en alguna ocasión compartís unas cervezas con viajeros impenitentes y habituales por estos lares y escucháis la expresión “Traveller Buda”, entonces ya sabréis a quién se está haciendo referencia.

Me levanté y abandoné la estancia para pasar a deambular sin mucho criterio por las salas del museo donde una ecléctica muestra de cachivaches diversos daba fe de las banalidades en forma de obsequios que habían regalado dirigentes de muchos países a los reyes Lao en su visita a estas tierras.

Aunque ya me hervía la sangre pidiendo quemar kilómetros hacia esa otra nueva frontera de nombre Phonsavan, aplaqué el empuje y decidí echar unos días más en Luang Prabang. Y, por supuesto respetando las palabras y deseo del abuelo de la pensión, una mañana subí (volví a subir como había hecho hacía 3 años) a Phusi, la cuasi montaña sagrada de la ciudad y desde cuya cumbre se divisa toda la confluencia de los ríos Kham y Mekong, la península generada por esta unión, la calle Sisavanvong que la atraviesa y hace de cuartel general de las hordas de turistas, los sims relucientes de Wat Xieng Thong allá y el nuevo que albergará la imagen del Phra Bang al pie de la montaña, también el histórico Wat Visoun, el pardo Mekong un poco más allá y toda la sucesión de montañas que se dibujaban sobre un intenso cielo azulado como fondo de la postal en ángulo de 360 grados. Allí, con la vista hundida en las montañas, trataba de localizar un hito que diera sentido a las palabras que resonaban en mi mente, palabras del anciano de la pensión que contaban la preciosa historia de Phu Phra y Phu Nang (el príncipe montaña y la princesa montaña), una leyenda propia de Luang Prabang y transmitida de padres a hijos para llegar a convertirse en uno de los símbolos de identidad de esta región. Al final, pese a estar tapadas, localizo y creo haber dado con la razón de la leyenda ya que, en la ribera derecha del Mekong, justo enfrente de Luang Prabang, pegando al pequeño poblado de Siangman, vislumbro las conocidas como montañas “príncipe” y “princesa” y que no son sino dos montañas que simulan formas humanas a su vez unidas por la espalda. Y mi mente empieza a rememorar su historia.

En un tiempo muy lejano vivía en la región un humilde leñador que vivía con su esposa y sus doce hijas a las que llegó un momento en que, debido a su extrema pobreza y su incapacidad para alimentarlas, se vio obligado a abandonar en el bosque. Éstas, desamparadas, vagaron unos días hasta que finalmente una mujer ogro las encontró y, piadosa, decidió criarlas junto a su propia hija llamada Kanghi.

Así transcurrieron los años, las jóvenes se hicieron adultas y, finalmente, llegó el día que tomaron la decisión de escaparse ya que su entorno era el de los humanos. Huyeron raudas y la mujer ogro corrió tras ellas para darles alcance y, justo cuando estaba a punto de ello, las mujeres alcanzaron y se escondieron en la sima conocida como “Rey de los toros” y en la que la mujer ogro no podía entrar por lo que ésta debió ceder en su empeño y regresar a su hogar. Las mujeres continuaron su jornada, anduvieron y anduvieron, hasta que finalmente llegaron a una ciudad en la que vivía un poderoso rey quien, nada más verlas, se enamoro de ellas y decidió casarse con todas.

Una vez que este hecho llegó a oídos de la mujer ogro, enfureció y llegó un momento en que solo deseaba venganza, por lo que se transformó a sí misma en una preciosa joven y fue a visitar al rey quien, al verla, decidió también casarse con ella y hacerla su reina. Para la transformación decidió dejar en su casa de origen su corazón, ya que así sería inmortal porque, como todo el mundo sabe, los ogros solo pueden fallecer si se atraviesa este vital músculo.

Trazó su plan y así, antes de que pasaran unos meses, la reina enfermó, no comía, adelgazo en extremo y su aspecto tornó a pálido por lo que ella misma solicitó al rey que consultara con un astrólogo para que determinara el motivo de su enfermedad y, una vez tuvo convencido al monarca y cuando ya se encontraba sola, volvió a convertirse en un astrólogo y huyo de palacio para esperar la llegada de los emisarios del rey que iban a ir a consultarle. Una vez éstos llegaron les explico que el motivo de la enfermedad de la reina no era otro que las doce concubinas por lo que, como sacrificio, el rey debía sacarles los ojos a las doce hermanas y llevárselos al astrólogo. De lo contrario, la reina moriría. El rey, enamorado sin remisión de su reina principal, accedió y, después de sacar los ojos a las hermanas, se los llevó al astrólogo quien, a su vez, se los envió a su hija Kanghi para que los cuidara.

En aquel momento, las doce hermanas estaban en estado y encerradas en una cueva sin comida por orden del rey. Sumidas en la desesperanza, llegó finalmente un momento en que debieron comerse a sus propios hijos a medida que daban a luz para no morir de inanición. Pero la hermana menor tuvo un poco más de fortuna ya que solo le fue arrancado un ojo y le resultaba imposible observar la carne humana antes de devorarla por lo que guardaba su ración y, tras nacer su hijo y esconderlo, después hacía entrega de esta despensa a sus hermanas diciéndoles que era carne de su propio hijo que había fallecido al nacer, Así, finalmente fue éste único vástago, el de la hija menor, el que sobrevivió.

Posteriormente un gallo salvaje se avino a vivir con ellos procurándoles arroz para subsistir y, cuando el hijo de la duodécima creció, su propia madre reveló el secreto a sus hermanas de que su hijo estaba todavía vivo y era quien les procuraba comida. Muchos días el chico abandonaba a su madre y tías e iba, con el gallo, a participar en varias peleas de gallos (la gente Lao es muy aficionada a este rito) en una cercana localidad en la que ganaba dinero que canjeaba por comida para regresar con la puesta de sol a compartir con sus familiares.

Un tiempo después el muchacho decidió participar en unos juegos que se celebraban en el palacio del rey en los cuales salió vencedor por lo que el rey le llamó a su presencia y cuando éste le pregunto por sus orígenes, el muchacho, humildemente, le relató cómo era hijo de la menor de doce hermanas. El rey, inmediatamente, comprendió que el joven era su hijo y le acomodó en su palacio dándole el nombre de Phuttasen, palacio desde el cual el chico conseguía escaparse todas las noches para llevar comida a su familia.

Cuando la mujer ogro supo en realidad quién era el joven, decidió matarlo, y para ello volvió a interpretar el papel de mujer enferma. Así, un día le dijo al rey, “la única medicina que puede curarme está en mi ciudad, lejos de aquí, en un lugar al que solo Phuttasen podría llegar para conseguirla”. Y el rey, decidido, ofreció un caballo mágico volador al joven y le envió a su misión no antes de que la propia mujer ogro le diera una carta mientras le susurraba al oído “lleva esta carta a Kanghi, mi hija, ella te dará todo lo que necesito”.

Phuttasen anudó la carta al cuello del caballo y partió deseoso a buscar su destino. Llevaba un tiempo recorriendo kilómetros cuando, por casualidad, llegó a la choza de un anciano asceta y se decidió a descansar. Profundamente dormidos tanto él como su caballo el asceta se acercó al animal y, observando la carta, decidió leerla. “Kanghi, hija mía, cuando este joven llegue a tus dominios, por favor, captúralo y dale muerte ya que es nuestro enemigo”.

El asceta entonces se apiadó del joven y resolvió reescribir la carta. “Este joven es el hijo del rey y debe convertirse en tu esposo. Por favor, dale la bienvenida y cuida de él”.

Finalmente el chico llegó al lugar donde habitaba Kanghi quien abrió la carta y le invadió una gran alegría ya que consideraba a Phuttasen extremadamente apuesto. Le paseó por sus dominios, indicándole las propiedades de cada objeto mágico que se cruzaba en su recorrido, como los limones sanadores, el corazón de la mujer ogro o el cajón en que guardaba los ojos de sus tías. Entonces Phuttasen, encantado y calculador, empezó a idear un plan de escape en el que poder llevar los ojos y limones sanadores a sus desventuradas tías.

Una vez desposados, vivieron felices y acaso el propio joven llegó a dudar de su tramado plan. Pero un día Phuttasen solicitó a su esposa que organizara un banquete para invitar y que disfrutaran todos los sirvientes. Él mismo se empeñó en servir un montón de copas que, con el paso de las horas, dieron con todos los sirvientes dormidos profundamente por un exceso de alcohol y cuando, llegado ese punto, Phuttasen vio la oportunidad, recogió los ojos, los limones mágicos, el corazón de la mujer ogro y otras cosas de interés y partió a lomos de su caballo volador. Cuando Kanghi y sus hombres despertaron y vieron que Phuttasen había desaparecido, decidieron organizar una búsqueda pero el joven había intuido ese factor por lo que fue abandonando elementos mágicos por diversos caminos para confundir a sus perseguidores e, incluso, derramó una poción mágica de la que brotó un frondoso e infranqueable bosque de bambú.

A duras penas, una Kanghi profundamente enamorada y sus hombres eran capaces de seguir a Phuttasen y, a poco de darle alcance, el chico dejó caer una pócima en un río que acababa de cruzar del que salieron altísimas y salvajes olas que hicieron imposible a Kanghi seguir sus pasos. Lloró desconsoladamente por él, suplicando, vanamente, que regresara. Pero Phuttasen ya nunca regresaría y, una vez Kanghi cedió en su empeño presa de la más profunda tristeza, decidió regresar con el corazón tan apenado por la pérdida de Phuttasen que, incapaz de comer y dormir, enfermó rápidamente. No tardó mucho en morir, pero antes de ese instante final, saco arrestos para dejarle escrito, como una premonición, a su amado:

“Muere por amor, tal y como yo lo he hecho”

Mientras tanto, Phuttasen había regresado al abrigo de sus tías y madre y, una vez colocados los ojos en sus cuencas y rociados con el zumo de los limones mágicos, todas recuperaron la vista en medio de una gran algarabía.

Poco después partió el joven hacia el palacio de su padre, el rey, al que llegó para sorpresa y tormento de la mujer ogro que había dado orden a su hija de matarle. ¿Cómo podía estar vivo Phuttasen?. Se enojó tanto que olvido mantener su apariencia de preciosa reina y se transformó en la mujer ogro que realmente era. Decidió atacar al muchacho, con la idea de asesinarle, pero éste fue más rápido y, al verla atacar, ensartó el corazón de la mujer ogro, que había traído del hogar de Kanghi, con su espada tras lo cual la mujer ogro cayó fulminada, muerta. Al cabo Phuttasen volvió a traer de vuelta a su madre y hermanas a palacio pero su felicidad no era completa y así se dirigió a casa de su amada Kanghi.

Para su infinito dolor, descubrió al llegar como su amada había fallecido, y de la profunda amargura que sintió se desvaneció allí mismo y falleció. Tal y como fue el último deseo de Kanghi, por si su amado regresaba un día, fueron enterrados juntos.

Pero los Dioses del cielo sabían que esto no es como debiera ser y Phuttasen debía pagar por el corazón roto que dejó tras de sí. Y, de este modo, todas las mujeres, sabedoras de la historia de Kanghi, jamás olvidarán que no se puede confiar en un hombre. Y por eso bajaron a la tierra y cambiaron la posición de Phuttasen en su tumba comunal para que su espalda recayera sobre la de su mujer en señal de penitencia, de respeto infinito… tal y como representan las montañas Phu Phra y Phru Nang visibles hoy en día y reverenciadas en esta bella historia que se reproduce de generación en generación.

Pasé unos hermosos y plácidos momentos observando estas cumbres, rememorando la añeja historia, imaginando los avatares de Kanghi y Phuttasen en su persecución, él de un sueño, ella de un amor. Y el tiempo se me fue volando. Quemaba mis últimas horas en la antigua capital con la ilusión de quien sabía que había forjado un vínculo inolvidable con una ciudad y sus tesoros arquitectónicos y humanos enmarcados en forma de mi casero y su sabiduría eterna. Fui bajando, casi arrastrando mis chanclas, por las escaleras de la montaña Phousi, soñando una nueva frontera, entristecido por los lloros y gemidos eternos de Kanghi y con la convicción de que todavía, tal y como aseguraba emocionado el abuelo mientras yo asentía con la dulce mirada de quien consuela a un niño, se pueden oír dichos sollozos y lamentos en la cima de Phousi en un día en que la ventisca los atraiga de su cercana morada montañosa. Si subes y los oyes, procura no olvidar su origen y su bella moraleja encerrada, contarla a los que te acompañan en tu peregrinar por Luang Prabang, y así las palabras del viejo tendrán un eco tan inmortal como su saber generacional.

1 comentario:

Anónimo dijo...

sabai diiiii david
... y el viaje sigue. menudo ladrillo, jejeje ya veo que vamos recopilando material para el libro. por aqui todo sigue okis.
oye tal vez podrias subir un par de fotos adjuntos al comentario para ir viendo de los sitios o palacios de los que vas comentando. y una fotito de la montaña que ahora me ha picado el interes y tengo que buscarla en el joooorge.
un abrazo hobbit