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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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martes, 29 de noviembre de 2011

Phom

Nunca he dedicado una entrada a nadie, principalmente porque siempre lo he considerado absurdamente presuntuoso y así, cuando la posibilidad de hacerlo cruzaba por mi mente, ésta siempre era desechaba de modo raudo. Pero esta vez voy a hacer una excepción. Quiero dedicar esta entrada a Hannah, una chica alemana que me enamoró por su infinita pasión por entender los entresijos de la sociedad Thai, por escucharme con pasión, por hacerme pasar algún mal rato con preguntas poco decorosas y, en definitiva, por ser tan increíble como es. Y por supuesto a Maitane, que sabía que estaba por acercarse a este rincón porque había soñado mucho, demasiado con ella las últimas noches. Sabes, cariño, que entre tú y yo hay algo místico que nos enlaza aunque jamás lo lleguemos a entender. Por su pasión y la de tantos otros semejantes que se dejan el pellejo para conseguir que esos personajillos, niños desamparados, puedan tener un futuro versicolor tan luminoso como la esperanza que jamás debieron perder. Para ellas dos un pedazo de mi corazón anclado de por vida a Kampot…

Kampot es un reducto de esos que te trasladan a otro lugar, a una escena en la que apareces tú adormecido, plegado al sopor de la profunda fragancia a romero, espliego y tomillo rastrojero mientras te dejas caer al abrigo de una siesta a la sombra de una centenaria encina, mecido por el ábrego. Hablo de campos de Castilla bien metidos en temporada estival. Pero Kampot me trasladaba sospechosamente allí pese a ser todo lo contrario, esto es un vergel en zona fluvial en contraposición al campo yermo y estéril castellano, la vegetación es frondosa de helechos, palmeras, árboles diversos en contraposición al panorama ligeramente tachonado de encinas, sabinas, chopos desmochados y robles que se abre a la vista en la vieja Castilla. Pero en el fondo, para mí y por extraño que parezca, resultaba la misma sucesión de sensaciones trasladadas en el espacio. Tenía que ser cosa del aroma de las flores de rododendro, las heliconias o los banianos, o quizás la fragancia desprendida de las duabangas que en esta zona crecen con profusión a la orilla del río o, con mayor seguridad, cosa del embriagador tufo del durián cuya recolección aquí es toda una leyenda (incluso más que la pimienta). Tan poco lo tengo muy claro. Quizás fuera sencillamente un atisbo, como un esqueje, de melancolía pasajera. El caso es que me veía, zalamero, trasladado a Castilla estando a una decena de miles de kilómetros de la misma. ¿Cómo podría sentirme a disgusto en Kampot?

Tan regenta una estrafalaria pensión a orillas de un canal en la periferia de Kampot. Le conocí por descuido, me limitaba a acariciar a contrapelo a un perro lustroso, sentado junto a mi mochila, mirando al cielo y valorando la posibilidad de, como dicen los ancianos, estar el tiempo de dimudo, con un calor sofocante que avecinaba una fuerte tromba de agua. Fue entonces cuando agaché la mirada y topé con un recio cartel que, en lontananza, mostraba una flecha y el nombre de una pensión. Estaba escrito a rotulador, descolorido y ajado por los rigores del tiempo. “Tiene que ser allí” me digo con convicción. No tenía ni idea de hacia dónde me dirigía, era solo una premonición de entre tantas otras de las muchas que habían deparado mi bagaje viajero y emocional a lo largo de los últimos años. Tan es solo un vestigio de lo que fue, y tres cuartos de lo mismo si hablamos de su mujer. Es un anciano que camina encorvado apoyado en una ligera vara de bambú que a duras penas le sostiene de pie. Los presuntos nietos (o biznietos, en estas culturas asiáticas tan promiscuas como precoces nunca se llega a saber a ciencia cierta) le rodeaban y bailaban ansiosos mientras él les arreglaba una aparatosa cometa. Ni siquiera alzó la vista al acercarme. Y yo, por mi parte, apenas reparaba en la atención que había suscitado mi presencia entre la chiquillada.

-Busco un lugar para dormir-. Dije con un ademán de fatiga, sentida además.

El viejo ni levantó la mirada de su quehacer, daba la sensación de ser el típico que resuelve cualquier interrogación con ligeros movimientos de hombros o cejas y, caso sumo, en base a monosílabos. De este modo, hizo un gesto con la cabeza señalando hacia una anciana enclenque que se cobijaba sentada en una tosca mecedora, envuelta en una krama deshilachada de cuadros blancos y rojos descoloridos en gran parte. Se levantó ante mi presencia, los surcos de su rostro se plegaron en formas imposibles cuando abrió sus extrañamente claros ojos ante mi presencia y me acercó una llave que presumí de una choza contigua. Era absolutamente imposible abandonar el lugar con semejantes augurios. Kampot empieza a ser un recoveco enclavado firmemente en la ruta de turistas occidentales, ese recorrido aséptico llamado “banana pancake trail” y, así, encontrar un lugar olvidado que transmita las sensaciones que irradiaban los abuelos y el cúmulo de niños se antojaba un regalo imposible de rechazar.

No tardó en hacerse amigo mío un chiquillo, tan enano como avispado, llamado Phom. Era un diablillo de esos que son capaces de robarte el alma a poco que esbozara una sonrisa pícara y acogedora mientras ladeaba al compás la cabeza de modo inocente. Me esperaba todas las mañanas a la puerta de mi habitación y, si me daba por madrugar mucho, incluso lo pillaba dormitando en la esterilla de la pensión con el perro de los viejos, de pelaje ceniza, enroscado como un ovillo a sus pies. Luego, devuelto a la vida, iba corriendo como un loco, voceaba, precediéndome por cualquier calle del pueblo. Tiraba de mi pantalón cada vez que creía que equivocaba mi camino y yo, en agradecimiento, solía regalarle unos puñados de caramelos que él recogía colocando sus diminutas manos en una especie de almuerza. Le enseñaba unas palabras básicas en inglés y nos hacíamos compañía mutua a la hora de las comidas. Poco a poco también el abuelo comenzó a ganar confianza y, ante mi interés en sus quehaceres, aunque él no supiera ni una palabra de inglés, pretendía hacerme entender sus trabajos con una poderosa voz en Khmer ante la que yo, para su profunda carcajada, me encogía de hombros. Bien moldeando el bambú, bien esparciendo a secar un serillo de arroz, bien repujando una especie de aperos campesinos que colocaba como souvenirs o acaso oreando la carne que aportaría proteínas a su comida de días venideros, siempre tenía una palabra, que sonaba a enseñanza, para este desubicado occidental que callaba y asentía. No había ningún otro huésped en el local, pero la presencia extranjera en motos alquiladas que recorrían veloces las calles salpicadas de brea de la localidad era una constante. Solían reunirse todos ellos con el crepúsculo en un par de bares ribereños de donde salían voces y gritos ante los que paseaba mi fantasmagórica presencia camino del recogimiento del hostal mientras Phom, ya abatido a esas horas, me seguía arrastrando sus diminutos pies recogidos en unas chanclas destrozadas. Incluso hoy, tiempo después, sigo suspirando por la posibilidad de un torbellino de buena suerte que haya arrastrado al zagal a una posibilidad de futuro mejor que el que le adivinaba, apesadumbrado, durante los días que pasé con él.

-Hoy no vas a la escuela-. Le decía todas las mañanas al zagal bajo la visera palmeada de la choza mientras me desperezaba y quitaba las legañas con el reverso de la mano. Él sonreía dejando a la vista un diente partido por el que se colaban sus pocas palabras en un torpe inglés que parecían silbar por el efecto.
-Estoy de vacaciones-.
-Parece que tú siempre estás de vacaciones-. Y se pegaba a mi regazo mientras sus ideas de rutas para esa jornada se atropellaban en su boca ante sus ansias de acompañarme un día más. Observaba y observaba, tenía ojos para todo Phom. Todo le llamaba la atención, un pájaro, un pez que se escabullía, un gecko, un chucho abandonado al sopor de un templo cercano. Para todos tenía unos minutos de profunda mirada que luego jamás olvidaba. Era espabilado como un demonio.

Adoraba ver amanecer en la localidad de Kampot, el sol regaba todo el campo de visión con ese pálido y cambiante a cada segundo tono bermellón que parecía resbalar por cada palmo de terreno con un ansia contagiosa de vitalidad. Los colores de nenúfares, lotos, cocoteros sufrían una especie de catarsis que arrancaba del negro azabache en la penumbra a colores que transitaban del verde mate al esmeralda arrastrados por ese disco brillante que se erguía dominante por oriente. Unas ranas comenzaban a croar, las salamandras y lagartos correteaban por los rincones e incluso los varanos se sumergían en el cercano y transparente regato con un sordo chapoteo. Y ésa era toda la percepción sonora, mezclada en un poderoso sortilegio que te transportaba a unos minutos de meditación silenciosa. Me abotonaba los vaqueros y me ponía la húmeda camiseta mientras esperaba que mi improvisado guía, Phom, se desperezara y me alumbrara el camino por cualquier rincón desconocido. Amanecer en calma es siempre uno de los más apreciados obsequios para cualquier viajero, una parte importante, por emoción y tiempo de reflexión, de esa espiral de sentimientos que te volverán a obligar a hacer la maleta en un futuro que se siembra de sueños de similares emociones, semejantes albas en tierras lejanas y deseadas. Es plena libertad, el saberte parte de ese gran universo llamado Planeta Tierra sin anclajes o deberes propios de esa neurosis, trinomio trabajo-familia-casa, que gobierna nuestra existencia demasiado a diario. Por eso allí, en Kampot, también aprendí a amar, a continuar amando más bien, esa sensación de ingobernabilidad, de mente en blanco, de sopor elevado a la enésima potencia, como la que todo viajero codicia inspirar y resudar por sus poros. De mirar hacia dentro y rebuscar, y por encima de todo valorar, que gente como los ancianos, o Phom, o la recua de niños que me saludaban todas las mañanas suponen una meta tan real y palpable en su vitalidad y apoyo como los efímeros antiguos reinos que aspiraba a descubrir y conocer.

Unos días antes de mi paso a Vietnam llevé a Phom a visitar el océano, con su corta edad aún no conocía el mar y para mí, alguien nacido junto al mar cantábrico, es inconcebible tener como amigo a alguien que no ha sido revolcado por las olas del mar aunque sea solo una vez. Le planteé la idea al anciano de la pensión y se emocionó al borde del llanto con mi ocurrencia ya que le enternecía el cariño que había brotado por mi parte hacía el niño. Y una vez más me corrigió cuando hablaba de Phom como de su nieto. No lo era. Él solo lo recogió de la calle. Su mujer le regaló un cariño infinito al pequeño desde el primer instante y ya se quedó a vivir allí. Estaba abandonado, huérfano o desechado acaso por la imposibilidad de sus progenitores de alimentarlo… Como los otros, como tantísimos otros. Una vez más otro clásico concepto occidental, el entender un núcleo familiar como algo asociado a la consanguinidad, que saltaba por los aires y se diluía con la realidad. Pero, como digo, había más, ningún niño era familiar suyo. Todos los que pululaban por la pensión eran recogidos de la calle. La mujer adoraba tenerlos siempre por allí dando vueltas ya que ella no podía tener familia. En un murmullo me dio a entender el anciano que fue violada en la cruda época del Jemer Rojo. Repetidas veces. Y en el trance sufrió hemorragias uterinas que derivaron en infecciones, cicatrizadas y a duras penas salvadas pero que anularon su virtud de simiente. Y el abuelo solo podía consolarla en su desdicha acogiendo críos de la calle que ella cuidaba y criaba como si fueran suyos. El abuelo era feliz porque percibía la dicha de su mujer cuando ésta les remendaba a los enanos los trapos que llevaban como vestimenta, cuando les preparaba un poco de sopa o cuando se quedaba adormecida pasando rítmicamente la palma de su mano bañada en bálsamo de tigre por el pecho de algún pequeño, acodado en su regazo, y aquejado de un constipado estacional. A veces, para el viajero que observaba hundido en la penumbra estas escenas paridas desde el corazón, era como si la tierra deseara gritar de dolor y toda su potencia se concentrara en su espíritu. Un espectro que palidece y se contrae como un animal uncido, pero de compasión contagiada por la pareja de abuelos como yugo, en un hervir de sangre de Noviembre que solo musita “que se muera la soledad, que se muera…”.

Aquella mañana Phom chillaba como un poseso cuando me vio aparecer cabalgando la Honda automática. Quería conducirla y cuando, antes de marchar, le senté en mis rodillas y le enseñé a acelerar notaba como el vello de sus brazos se erizaba de la emoción. Inolvidable. Le coloqué un casco en el que se hundía burlescamente su cabecita y, con la vista plantada entre el horizonte y la irregular carretera, me ajuste el ajedrezado krama un poco por debajo de la altura de los ojos y nos plantamos en unos minutos en la localidad de Kep, al borde del mar. ¿Cómo definirlo? Poco después de las siete de la mañana el mar de China Meridional estaba pálido, quieto, reflejando los tonos dorados del sol que se levantaba en lontananza, perezoso, sobre su capa húmeda de un añil indescriptible. Solo la vespertina brisa suave que acariciaba nuestro rostro y levantaba tímidamente los plásticos transparentes que forraban los laterales de los escasos chiringuitos y las diminutas olas que venían a morir en una explosión de espuma sobre una recogida playa de gruesa arena gualda propia de la bajamar nos interrumpía la magia del momento. Y Phom quería tocarla, hundirse en ella, abrazar el mar. No era capaz de cerrar su diminuta boquita ante el asombro de lo desconocido, palpaba la arena, la amontonaba, la agitaba, la esparcía. Se arrimaba gateando al agua y chapoteaba feliz mientras trataba por momentos de esquivar las olas, por momentos de destruir la espumosa línea de rompiente. Y luego estas mismas olas le arrastraban hacia la orilla, trastabillado como un pelele cuando intentaba, con su corta edad, descubrir algo de lo más profundo. Ya podíamos ser amigos. Libres, él y yo. Solo libres y felices. Unos madrugadores pescadores observaban divertidos la escena del enano que descubría por primera vez la presencia de la arena, el mar, mientras cargaban sus redes y aperos para partir a la pesca del famoso cangrejo que ha hecho famosa a ésta, si no fuera por el crustáceo, seguramente olvidada parte del litoral. Mezquinamente pero sin remedio le hice prometerme que no iba a contar nada de lo sucedido esa mañana a los otros chicos. Duro porvenir del espíritu nómada. No quería, no podía permitirme el día de partir tener la sensación de haber roto la ilusión de otro cuadrilla de niños con los que no podría, por falta de tiempo, repetir la escapada a Kep que viví con Phom. Vendrá otro viajero cargado de ilusiones para regalar ilusiones a otro chiquillo. Ese es el fin de esto que ahora lees. Y yo, por supuesto es cuestión de tiempo, regresaré.

Los días se me escaparon de las manos con la misma volatilidad de la que hace gala el aliento, la vida propia. Raudos, desenfrenados y veloces. El último día el chico, Phom, estaba furioso, atorado, porque no quería que me fuera. Le regalé mis últimos caramelos, le compré unas chanclas y unas camisetas nuevas que me agencié la tarde anterior en el mercado del pueblo y solo pude vislumbrar, al girar la cabeza mientras caminaba hacia la estación, una breve lágrima que rodaba por su oscura mejilla mientas sorbía un moquillo y se relamía su desazón escondido pero asomado a un palmo por debajo de la cachaba del anciano. Les regalé a los ancianos un gran saco de arroz, de peso cercano a un celemín que dirían en Castilla, que fue humildemente recibido y, paralelamente, camino de la estación, hice una silenciosa y profunda ofrenda a Buda en un próximo templo por la salud y bienaventurada próxima reencarnación de la pareja de ancianos y la recua de niños desamparados que dejaba tras de mí. La vida del nómada volvía a cerrar otro capítulo en esta presunta obra sin fin.

Partí de la falta de rigor y holgazanería que había gobernado mi vida en Kampot. Relegué al olvido estos conceptos, ciertas personas, cubrí con un oscuro velo la pensión de Tan, la sombra añorada de Phom, los regueros repletos de vida, el amasijo de chozas trepanado en la selva, las vigilias húmedas de sudor y risas, el grisáceo tono uniforme, cual si fuera botritis, reforzado en la fachada de decrépitas reminiscencias coloniales. Otro “hasta pronto”. Más allá esperaba un mono de trabajo, un tiempo para el aprendizaje y la escritura. Más allá residía la vieja gloria de Funan.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Una proposición indecente

Que no, que no os pongáis nerviosos, que lo de las mujeres no toca ahora. No seais "marujas" que ya os lo publicaré en otro rato. Esto va, cortito, sobre una divertida anécdota en Battambang.

Recordaba al momento de subir al bus que, el día anterior, paseando hacia el museo de la ciudad se me acercó otro joven motorista. En el fondo ellos y sus ideas estrambóticas fueron lo más destacado de Battambang sin duda. Igual es triste decirlo pero a eso se resume lo mejor de esta localidad según mi experiencia. Buscaba su negocio y por ello se pegó a mi sombra para proponerme la visita más insólita que alguien me ha ofrecido jamás: visitar al cura del pueblo, como lo lees. Caminaba por el malecón absorto en mis ideas, el tipo, pegado, con la primera engranada me preguntaba lo típico: ¿turismo?, ¿primera vez?, ¿nacionalidad?… y todo el latiguillo “made in turistada” típico que sigue. Preguntas a las que respondía por cortesía.

-Así que eres español, ¿y por qué no visitas al cura de Battambang?-. Me dice mientras acelera otro poco la Honda.
-¿Mande?-. Le digo en perfecto castellano que sale del alma. “Jodo, ésta sí que es buena, visitar al cura a solas. Esa sí es una proposición indecente… para que luego digan”. No doy crédito. Paro en seco bajo la sombra de un árbol que no conozco y le miro fijamente. -¿El cura de Battambang es español y tú llevas gente a verle?-. Pregunto seguido, no quiero perder comba de la noticia del día. -¿Llevas a muchos?-. Remacho.
-Si, van muchos turistas a verle, a la mayoría de los españoles con los que coincido les llevo a verle. Todo el mundo quiere conocer a un cura cristiano (literal, sin comentario… como si existieran curas budistas… lo que nos faltaba) en Battambang. Lo ven algo curioso-.
-¿Tú le conoces?-. El asunto me divierte. -¿Hay que pagar entrada o solo pasa el cesto (dije cesto porque a saber cómo se dice cepillo en inglés)?-. El joven se queda un rato obnubilado, repasando mentalmente mis palabras porque no acaba de entender, seguro, lo del cesto.
-Es gratis… creo-. Sentencia. Me descojono con el “creo”. –Monta y te llevo-. Pero yo, rápido de reflejos y de ironía, tenía la vista clavada en el museo. En realidad podía tenerla fija en cualquier otra cosa, desde un templo a la más absurda banalidad. Un cura de recital seguro de guía turístico no pasaba, desde luego, por mis planes. Y le remato.
-En realidad ese señor no viene en mi guía Lonely Planet así que…-. Carraspeo un poco para darme un plus del placer del momento. -… creo que no voy a ir. Si no viene en la guía seguro que no es interesante. Mejor me piro al museo. Mira, hablando de museo, casi me lo paso-. Y señalo al burdo cartel de blanco sobre azul apenas visible al otro lado de la calzada. El de la moto se pira cabizbajo, sin botín, y yo, esquivando coches, me pregunto hasta dónde coño llegarán los tentáculos de los fieles seguidores de las encíclicas papales que hasta en el sudeste asiático encuentran un bis a su negocio particular. Llego a la conclusión, siguiendo el hilo, de que me apostaría lo que fuera a que existe algún contubernio montado con los moteros-atrapa-turistas de Battambang para hacer de este señor y su parroquia algo “imprescindible” en la visita de turistas españoles al lugar. O eso o es que la “gracia” de Dios no conoce límites. Una vez dentro del museo me parto a mandíbula batiente (y sin haber tomado ni un trago) ante la sorpresa y risas contagiadas, miméticas, que surgen de la joven de taquilla.

jueves, 24 de noviembre de 2011

El imperio Chenla

Podría hablaros sobre una chica alemana llamada Hannah, o sobre otra llamada Thong aún más especial, pero no lo voy a hacer (sorry, todo a su tiempo... aunque sé que es lo que más os gusta leer, joios ;-). Eso, más íntimo, va a quedar para un libro que ya tiene, creo, muy buena pinta y que llevará por título (casi seguro) "Rio Madre, retorno a la ruta de leyendas e imperios". Por lo pronto os dejo unos apuntes del imperio Chenla. Mañana sigo ruta a Battambang, luego a rematar Camboya con Phnom Penh y Kampot para más tarde iniciar la senda vietnaminta. Vivo fatigado, a ras de suelo, con un presupuesto ya muy mordido pero que creo aguantará el tipo. Estas son mis impresiones del imperio precursor de Angkor, de Chenla y su decrépita capital Ishanapura (hoy conocida como Sambor Prei Kuk).

Tendría tiempo de analizar el también Khmer, pero actualmente en Vietnam, extinto reino de Funan en un par de semanas, pero antes llegaba tremendamente animado a Kompong Thom por una relativamente buena carretera y en apenas un puñado de horas desde Tbeng Meanchey. La fatiga acumulada empezaba a hacer mella en mi cuerpo y, tras la batalla habitual de un bus en harapos en el que no había lugar para recogerse al abrigaño del viento y el polvo que moteaba mi rostro y mis ropas, busqué una pensión en el pueblo donde descansar mientras trataba de darle salida al asunto clave: encontrar alguien que certificara mis conocimientos de esta legendaria ciudad que se escondía a apenas treinta kilómetros, llamada en origen Ishanapura (actualmente Sambor Prei Kuk), y pudiera hacerme de guía. Pero esa preocupación ligera, como comento, fue derrotada por el cansancio y pasaría a ser solucionada después de unas horas de sueño.

Ishanapura o Sambor como lo acortan los jemeres, el germen que parió la gloria de Angkor. Alquilo una moto con conductor, vuelvo a cruzar un Stung Sen que también riega estas costas y se alza como un evocador y permanente recuerdo de que estos campos también son propiedad del Río Madre y reviento kilómetros por carreteras ante las que se abre el paisaje soñado de campos fértiles entretejidos de brotes de arroz, salpicados por palmeras altaneras. Aquí la tierra ya está limpia de minas, es seguro trabajarla a diferencia de los aledaños del templo Preah Vihear, último reducto de ese Khmer Rojo que empeñó sus últimas esquirlas mortíferas enterrándolas por toda la zona, algo que aún sigue segando vidas y cobrando lisiados. El polvo muerde y pica al mezclarse con el sudor del cuello, lo trago por bocanadas, me irrita los ojos y ahoga mis pulmones al ritmo que centenares de baches mal sorteados me machacan los riñones. A escasos kilómetros, ya nada importa porque pronto daré un poco de luz en este escrito a la gente que parió el mayor prodigio que jamás haya construido el ser humano: la ciudad de Angkor. Tras llegar, me invade la sensación de desilusión, son apenas una decena de santuarios inconexos sobre la espesa vegetación de la jungla camboyana. Pero me da igual, estoy en la capital del precursor del Imperio Khmer, piso los restos de Ishanapura, la capital del desconocido imperio Chenla, y desde luego no estoy allí por la estética de vestigios arquitectónicos de mejor o peor factura sino que es la dilatada historia de sus primitivos moradores la que me ha arrastrado a su vera. Los escasos guías se arremolinan ante un par de buses con turistas que han hecho pie junto a mí y entiendo que ellos siempre son plato más apetitoso que un solitario y resudado turista con aspecto de andar bajo de fondos. Así que me lanzo a la espesura selvática donde luego, para mi sorpresa, una niña, una simple niña de 12 años, me va a aturullar de datos históricos envueltos en una pasión difícil de concebir en alguien con carnet de guía oficial oscilando sobre la pechera.

Chenla, el imperio de que hablo, sonaba a pura poesía en labios infantiles, sonaba a silencio sepulcral de un bosque que parecía querer reverenciar de ese modo, mudo, la legión magistral que impartía el ser más insospechado encarnado en una niña con la piel de un tizón, sonrisa calcárea, ropas ajadas y chancletas en pleno estado terminal de descomposición. Y yo escribía datos, me resumía de placer al albur de un cuaderno y un bolígrafo que ya suplicaba un recambio, esperaba ansioso cada nuevo dato, hipnotizado, mientras surcábamos veredas robadas a la jungla a golpe de machete. Aprendí de su boca lo que ya suponía, que Chenla, el imperio original, no era en realidad sino un poderoso vasallo del imperio Funan, asentado en el sur del actual Vietnam y que iba a descubrir en días. Que Funan fue uno de los primeros estados en constituirse en el sudeste de Asia. Que, que, que… tantísimos qué, los mismos que no hacían más que apuntalar muchos datos leídos en obras olvidadas que jamás encontrarán traducción al castellano.

Este imperio Chenla, por buscar un resumen y no aburrir… más que nada porque no pretendo darle razones al joven del hotel de Sisaket, fue con el tiempo comiendo terreno al imperio Funan hasta que se dio la circunstancia de que aquél llegó a fagocitar a éste. En aquella época, hablo de principios del siglo VII, Ishanapura ya era la capital de este poderoso imperio y era gobernada por un Rey conocido como Citrasena. Sin embargo, atendiendo a las inscripciones encontradas en la mayoría de templos, se deduce que el creador de éstos fue precisamente el hijo de aquel, de nombre Isanavarman I. Y fue tal el legado e importancia de sus obras que llegaron a dar nombre a un estilo de iconos artísticos conocidos actualmente como estilo Sambor en el que se distribuyen decenas de modelos de dinteles, santuarios confeccionados en ladrillo, motivos de decoración y un largo etcétera. Incluso la misma estructura de muchos de los templos, arracimados y enclaustrados por una muralla de decrépita y roída por tiempo y lluvia piedra laterita cual si fueran tacos de queso en la bocana de una ratonera, se cree que fue la base sobre la que se edificaron posteriormente decenas de estructuras en la absoluta maravilla que son en la actualidad los restos de la ciudad de Angkor. Todas, absolutamente todas las estructuras en Sambor, pese a que hoy el lugar asemeje a una sucesión de montoneras de parduzco ladrillo, desmoronadas o vacilantes, fueron preñadas y paridas en este mágico entorno sin otro influjo asiático que el originado en India. No solo eso, llegó a tal calibre su capacidad de liderazgo y su ansia de aglutinar tierras y estados vasallos que se considera a este estado Chenla y a ésta su capital, como el primer concepto de una Camboya unificada en los orígenes de la historia. Incluso centurias después, cuando Ishanapura no era más que un borrón subrayado en la historia, decenas de monarcas del imperio Khmer con base en Angkor siguieron considerando a ésta su capital histórica y, en consecuencia, adicionando nuevas estructuras religiosas al complejo. Luego la historia se eclipsa ya que, a finales del siglo VII, con la muerte del Rey Jayavarman I, la ciudad se sumerge en una época de absoluto desconocimiento para los arqueólogos de hoy en día. En función de los únicos datos que se poseen, a cargo de manuscritos de origen y texto chinos, se considera que el imperio se dividió en un Chenla de agua y un Chenla de tierra, aunque tampoco se tenga claro a qué hacían referencia expresamente ambas definiciones. Una vez más, toca engranar la memoria e imaginar cuándo, cómo y por qué.

Sin embargo la historia encuentra una nueva luz con la ascensión al trono de un tal Jayavarman II quien fundó, a principios del siglo IX y un poco más al norte, un nuevo modelo de organización social y política en torno a, seguramente lo habrás adivinado, la ciudad de Angkor (de hecho Angkor significa ciudad). Hay elementos decorativos en el conocido como Templo del León (Prasat Tao) que son muy similares a los mismos encontrados en los restos arqueológicos asociados a dicho monarca por lo que queda fuera de toda duda que todos ellos fueron coetáneos, trazados con seguridad por las mismas manos artesanas, y si viajas por la zona y observas con atención podrás observar como las estatuas de león en el homónimo templo de Ishanapura son prácticamente idénticas a las encontradas en Phnom Kulen, uno de los focos principales de construcción de dicho regente en el área de Angkor.

Haciendo hincapié en el nexo constante entre Chenla y Angkor se observa como muchos templos hacen referencia a gobernantes de Angkor, como Rajendravarman II o Suryavarman I, al igual que muchos de los ornamentos encontrados en estos mismos templos y más propios de un estilo Angkor tardío que de un estilo Sambor. Queda claro, por ello, que Ishanapura jamás dejó de poseer una marcada importancia en el universo Angkor y se cree a día de hoy que, con mucha probabilidad y en todo caso, ejerció como importante ciudad dentro del citado reino. Se considera, a modo de resumen final, que todo este grupo de santuarios es de vital importancia no solo para comprender el arte Khmer sino, por extensión, todo el arte del sudeste asiático que derivó de aquel y de su marcada huella hinduista que tejería un poso que perdura a día de hoy en centenares por no decir miles de restos arqueológicos de mayor o menor antigüedad.

La visita del recinto, por otra parte, se suele centrar en los 3 grupos principales y cercanos entre sí de santuarios pese a que estos, en número cercano a las tres centenas, se hallen dispersos por un área de veinticuatro kilómetros cuadrados. Y es aquí, en estos grupos centrales, donde se pueden hallar los mejores ejemplos de arquitectura Sambor como son los originales santuarios octogonales, el citado templo del león y, sobre todo, los restos de pasajes del Ramayana trabajados primorosamente sobre ladrillo aunque, iluso de mí que pensaba estarían bien conservados, una bomba de los yanquis caída aquí en el año 1972 ya se encargó de destruirlos en gran medida. Ahora solo quedan, rememorando su tragedia, apenas tres murales y cerca, ya tapado por la espesura, un gran boquete que generó el obús. Otro proyectil también dañó una puerta y dintel laterales del templo del león… y así, para variar, un suma y sigue que me trasladaba inexorablemente al recuerdo de las ruinas de My Son en Vietnam, o a la región de Phonsavan, o a cualquiera de los tantos sitios demacrados por un imperialismo voraz. Tantos que ya, aunque no lo desee, se me hunden en la memoria para desde allí atraparme ocasionalmente y sumirme en la más absoluta tristeza.

De vuelta, en noche cerrada, junto a duras penas unos dólares arrugados para pagar al motero ya somnoliento quien, ante mi apuro, me recomienda pasar por el cercano mercado a comprar algo de fruta, que es barata y mata el hambre. Doy media vuelta agradecido y avergonzado a partes iguales y pienso que, pese a todo, no es mala idea. Una vez al abrigo de la habitación, bajo un ruidoso ventilador (el presupuesto ya no alcanza al lujo del aire acondicionado) de cuatro revoluciones por minuto, agoto después de una ducha fría una cerveza que agencié de un supermercado cercano junto a unas medias piña y papaya y, cuidadosamente, aún con los riñones sollozando su escarnio, me hundo en el colchón con la mente divagando entre el pre recién visitado en Ishanapura y el post largamente estudiado, un post que ya huele e ilusiona a apenas un centenar y medio de kilómetros dirección norte, en Siem Reap, en los restos de Angkor. Y hasta creo, antes de cerrar los ojos, que puede esconderse allí otra chiquilla que me deslumbre en el conocimiento de un sitio que para mí es algo más que magnético, acaso la principal razón de tantos y tantos regresos.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Parte del capítulo de Mukdahan y Savannakhet

Villas señoriales arracimadas aquí y desbalagadas allá, jalonadas de buganvillas de colores que se confunden entre el malva y el lila, al rebufo de plumerías de flores tan blancas tal que hubieran sido bañadas en lejía pura. Algo, este sitio, como para resucitar, algo que estalla en el irrefrenable deseo de trotar por nuevos horizontes, nuevos futuros, de calles perpendiculares que invitan a descubrir, a asomar el hocico un trecho más allá sin debilidad ni desfallecimiento anímico posible. Eso es Savannakhet. Caminar así, con los ojos como platos, calle tras calle. Una delicia de tonos pastel. Lo primero es pensar que quizás ha sido un recuerdo guardado celosamente por esta sociedad. Un vestigio de algo que murió pero cuya gloria nunca ha de desaparecer. Algo tan cercano, algo de estilo europeo, francés. Y su gloria asombra por inédita, por encantamiento como refresco, chapuzón helado, a un cuerpo y un alma adormecidos.

Acaso en Laos llueve sobre mojado en lo que se refiere a arquitectura colonial, pero Savannakhet es punto y aparte. Es capaz de degollar cualquier bella fachada o cornisa afrancesada anterior que cruzó por mis ojos con una suficiencia que desarma. Ni Luang Prabang, ni Vientiane o Hanoi, ni las localidades ribereñas del Mekong, ni Phnom Penh… Nada. Esto es un punto más allá, una sexta marcha, un crisol madurado y de acabado perfecto. Hasta la alargada sombra del viajero parece conjugarse con su figura para no romper ningún encuadre a ojos vista, regalando a la vista un plano panorámico irreprochable.

Fue cruzando el Mekong desde Mukdahan cuando conocí a Harry. Era un eterno viajero, otro apátrida ajeno a metas, taimado y desaliñado, que escondía con su buen porte su ya dilatada experiencia vital. Daba clases de inglés en una escuela de Savannakhet y no le iba mal, según él mismo reconocía.

-No me quejo, no gano como para ganarme un retiro dorado, pero aquí todo fluye despacio, la vida es barata y la ilusión que brilla en los ojos de mis alumnos es capaz de borrar cualquier asomo de melancolía de mi tierra, de Swindon-. Se colocaba la mano sobre la frente a modo de visera para refugiarse del sol que ya amenazaba con devorar el espíritu de quienes osaran desafiarle plantándole cara. Porque, aun siendo veterano, aún no había aprendido a elegir el lugar del bote donde cubre la sombra. “Siempre hay un perro más viejo. Ya aprenderá.” pienso divertido, “al igual que lo hicimos nosotros, los veteranos del sudeste asiático, siempre observando dónde se colocan los perros o los ancianos para acomodarnos en su vereda. Ellos siempre saben dónde está el lugar más fresco. Ningún entorno les es ajeno a diferencia del viajero”. Le hablé de mis circunstancias, de mi necesidad de navegar errante por Indochina una vez más, al mismo tiempo que garabateaba notas en un cuaderno reconfortado por el leve vaivén del barco, algo mucho más plácido para la escritura que el balaceo constante de los autobuses.

-Hablas un inglés correcto y además tienes nociones de Lao-. Se secaba las sudorosas palmas sobre la camiseta deshilachada una vez que el sol dio un respiro. –Si tienes tiempo, ¿por qué no te quedas a dar clases? La gente de esta zona realmente lo necesita-. Sonaba francamente interesante. Le dije que no era la primera vez que me lo proponían, antes me pasó en Siem Reap y en un pueblo de Isan. Pero esa vez era distinto, viajaba con calma, solo, la mochila parecía supurar, agotada, heridas del diario trajín y además siempre había suspirado por poder ejercer una profesión para la que había invertido varios años en la universidad… me apetecía devolver a esta gente un poco de lo mucho que había recibido. Suspiré e hice un gesto ladeando la cabeza que significaba duda. Harry, que no perdía ripio, lo captó al instante y, perseverante como digo, no dudó en perseguir su meta.
-Me han pedido varias veces que les enseñé a los novicios de un templo local, pero nunca saco tiempo. Tú podrías pasar unos días con ellos y enseñarles unas nociones básicas-.

Al día siguiente, a eso de las ocho, me veía rodeado de un enjambre de niños, engastados en túnicas azafrán, vociferantes y nerviosos ante la novedad que yo suponía. Harry me había proporcionado la tarde anterior un fardo de cuadernos y unos bolígrafos. El abad, que me dio la bienvenida en su discreto inglés, no dejaba de regalarme wais (saludo respetuoso típico que consiste en juntar las palmas de las manos a la altura de la barbilla) y auspiciarme buenos deseos por mi afán de integrarme unos días en su comunidad. Habían ordenado, barrido y fregado una de sus estancias con unos taburetes de madera tropical, hinchada por la humedad, y toda la decoración se resumía en un descolorido mapamundi que lucía torcido en una pared lateral. Repartí los cuadernos y unos bolígrafos entre los ligeramente temerosos alumnos y pasé unas horas, unos días maravillosos mientras desgranaba conceptos básicos de la lengua de Shakespeare mezclados con mi escaso Thai-Lao. En realidad no tengo muy claro si enseñé o fui yo el que acabó aprendiendo conceptos de la lengua vernácula Lao. Sea como fuere solo puedo resumir esos días con la palabra felicidad, aunque esto solo sea un eufemismo de los madrugones, el calor acumulado que llegaba a emborronar la vista, el hedor del incienso que se colaba del cercano sim, el sordo y melódico cántico de rezos que hacía de banda sonora por momentos… Y la ilusión, esa de la que hablaba Harry, el abrumador silencio que me hipnotizaba mientras con la tiza sumaba letras en frases sobre una pizarra áspera como el esparto. La pasión de unos jóvenes, generación de futuro ambiguo, que peleaban por no ser menos que el resto de humanos. El inolvidable océano de ojos brillantes que seguían cada uno de mis pasos, cada movimiento de mi diestra en el desgastado encerado, cada susurro que salía de mis labios con la misma disciplina espartana que da el tesón y el respeto, esos valores que ya se pudrieron en occidente.

Cada día se me acercaba un joven, de apenas una docena de años, rasurado como sus compañeros, pero apasionado y trabajador como ninguno y por ello con un conocimiento superior. Se llamaba Ang y yo le tenía por uno de los alumnos más brillantes del grupo.

-Cuando yo viejo, yo viajar como tú. Yo conocer mundo. Yo dinero para familia. Yo viajar como tú-. Decía señalando el mapa que a duras penas se sostenía en la pared. Y así repetía decenas de veces. Yo doblaba mis rodillas y, a su altura, le miraba sus vivarachos ojos bañados en avellana, su sonrisa pícara, su fe inquebrantable de niño soñador. Y le juraba que sí, que trabajando duro lo conseguiría, que en este planeta todos somos iguales y tenemos las mismas oportunidades. Mas luego, escondido, refugiado entre cervezas Beerlao, se me humedecían los ojos y un temblor se apoderaba de mí por el peso de la responsabilidad, por haber mentido, porque ni yo tenía fe en que este miserable mundo pudiera recompensar su dedicación y esfuerzo. Le vendía mentiras al ser más inocente sobre la faz de la tierra: un niño. Condenado a ser pobre como yo condenado a padecer mi desdicha por implicarme en su ilusión. Pero como el oasis en el desierto, al menos un pequeño pozo de alegría surgía de mi interior sabedor de que estaba poniendo un cimiento de fe y compromiso conmigo mismo para subsanar este anatema de raza humana. O acaso solo era un antídoto que me permitiera seguir soñando entre tanta desazón y miseria que me aturullaba a diario. Acaso.

Los cuadernos se fueron gastando, emborronados, la tinta se fue secando. Me llegó la hora de partir, compré un fardo de cuadernos nuevos, impecables, un buen puñado de bolígrafos. Repuse lo que mi ilusión había diezmado. Se los entregué al abad que supo de inmediato que mi lección había finalizado. Lo arrinconó todo en el vértice de una estancia y lo cubrió con una gasa de fino lino grisáceo. Otro llegará y tomará mi relevo, otro sumará nuevo impulso en la educación de estos jóvenes de recursos ciegos. Otro ser volverá a tomar la senda de la cooperación desinteresada, la que hace crecer y creer en uno mismo y en la capacidad de generar un pedazo de igualdad y solidaridad en este mundo desalmado.

Aprendí a nombrar los árboles en Lao, los platos típicos, las calles, a asumir la desdicha de los perros abandonados que se postraban por los rincones sombríos del lugar, las lecciones de Buda y los rezos y humildes gestos conmovedores que suponen las ofrendas y deprecaciones de a diario para recolectar méritos ante su Dios… a comprender el fluir del regalo más maravilloso de todos: la vida. Me diluí en Savannakhet de forma y en un pequeño y olvidado templo de fondo. Me planteé arrinconar mi vida, encasillarme en ese rincón olvidado por una temporada. Seguir con la docencia, seguir aprendiendo, conocer a una chica, entender las labores del campo, la siembra de arroz, formar un algo que no resonara a nómada. Esa es la condena de todo viajero, pasar por ese punto es el precio a pagar cuando viajas intensivamente, cuando tienes la suerte de disponer de todo a cambio de nada. Pero yo no formaba parte de Laos, era una sombra veloz a lo largo y ancho de sus campos fértiles, un espectro, un anónimo ser del averno que devoraba todo a su paso, un ente de aprendizaje anclado, para bien o para mal, a una decena de miles de kilómetros hacia el oeste. Admiraba a Harry por su labor, por su trabajo apasionado y, finalmente, cuando volvía a rehacer mi hatillo, cuando creí entendida la lección y me sentía presto a partir, supe que sobretodo le admiraba porque yo jamás lograría ser como él.

martes, 8 de noviembre de 2011

Una de fotos

Y en una tarde aburrida y ocre, de lluvia torrencial, recogido al abrigo de una tejavana que repica y ensordece con sus gritos de gotas que estallan, me detengo un tramo en esta espiral de ruta. Pienso: deseos lejanos que son ordenes, por petición popular... más bien unipopular ;-). Y alguno pensará, tal y como lo hago yo, "¿Dónde demonios mira el Ina cuando saco las fotos?", jejeje. Un poco de todo: de la Gran Muralla, del templo del cielo, del Amdo tibetano, de Langmusi y Jiuzhaigou en Sichuan, de Lijiang y la soberbia garganta del salto del tigre en Yunnan, de Yangshuo en Guanxi y la última de Hong Kong y su skyline nocturno desde el barco que cruza de Nuevos Territorios a la propia isla de Hong Kong. Después unas de Laos (Luang Prabang y Vientiane). Por cierto, habito de nuevo en Nong Khai... por poco tiempo, la ruta me hierve... imaginación al poder, la realidad de una mujer está sentenciada párrafo a párrafo. No sé si quedara una especie de libro interesante, pero tendrá miga. Sin duda. ¿Hay apuestas? ;-)
























sábado, 5 de noviembre de 2011

Escribiendo en Luang Prabang

Y como la vida sigue, sentimientos desguazados al margen, en Luang Prabang he recuperado la necesidad de seguir trabajando, la ilusión por dar forma a algo que me prometí a mi mismo completar en este viaje. Un capítulo de historia y leyenda, exclusiva mundial para que conozcáis un poco más de este rincón del planeta, que no va a ser todo arrastrar mis penas verso tras verso, que en este hermoso viaje que es la vida tiene que haber un pedazo de tiempo para cada cosa...

8. Unos pedazos de historia y de leyenda

Otro día me centré en el conocido museo real, hogar de la mítica figura que da nombre a la ciudad, el Buda Phra Bang, paseaba por sus jardines y admiraba el hermoso hogar futuro que han construido para la venerada estatua, el casi acabado Haw Phra Bang, un sim, pastiche de color y decoración que, siguiendo la tradición laboral Lao, tampoco es que haya avanzado mucho su construcción desde la última vez que pasé por aquí hace 3 años. “Bo pen nyang” resumo mientras avanzo perezoso al complejo residencial principal de la, hasta 1975, familia real Lao y que desde entonces, con el triunfo del comunismo y la abolición monárquica, quedó convertido en museo. Mentalmente, una vez me postro ante la radiante estatua, no dejo de relacionar las semejanzas y vicisitudes de ésta hermosa figura con el Buda Esmeralda de Bangkok. 2 pueblos hermanos, Lao y Thai, 2 figuras, paladines de soberanía y unidad nacional, de historia abigarrada y longeva.

Se cuenta en todo el país que hace mucho, mucho tiempo existía un reverenciado y santo monje, Chunlanaga, quien estaba en posesión de mágicos poderes. Deseando convertir su fe, el Budismo, en una religión duradera por milenios en el actual Laos viajó hasta la antigua Ceilán (hoy día Sri Lanka, considerada una de las cunas del Budismo Hinayana o Theravada) para persuadir a la gente de su idea de crear una imagen de Buda en una ceremonia que sería auspiciada por el Rey de Ceilán, el Dios Indra y su cohorte celestial y multitud de Brahmanes y ascetas.

Una vez su deseo se convirtió en realidad, Chunlanaga comenzó la recolección que en forma de donación entregaban los devotos. Plata, oro, cobre y latón así como otros elementos propios de la ceremonia tales como flores, velas e incienso fueron reunidos por el afán de dicho monje. Una vez llegó la hora de la ceremonia los responsables de la ceremonia depositaron todos los materiales metálicos en una vasija para fundirlos y trabajarlos de modo que se consiguió la actual estatua del Phra Bang (Phra significa imagen sagrada de Buda, es un término común en Lao y Thai, mientras que Bang significa delgado o pequeño). La celebración por la creación de la figura duró siete días y, finalmente, en la siguiente noche de luna llena se produjo el conocido como “Budaphisek” o ceremonia religiosa en la que se bendice la figura de Buda por parte de los monjes más ancianos y venerados.

Se cree que esta ceremonia de consagración dotó a la imagen de unos poderes sobrenaturales e incluso se cuenta que todos los seres vivos y espíritus se postraron en señal de respeto hacia la poderosa estatua. Chunlanaga, que había llevado con él en su periplo cinco piedras preciosas que procedían del santuario donde se guardaban celosamente las cenizas del Buda, se proponía engastarlas en el cuerpo de la figura pero, mientras los monjes, él incluido, rezaban y bendecían, la primera piedra salió volando de su zurrón y fue a hundirse en la frente del Buda. Lo mismo sucedió con las cuatro restantes, una fue a parar a la barbilla, otras dos una a cada mano y la última se engastó milagrosamente en el pecho de la imagen. Así concluyó la bendición de la imagen que ahora se mostraba ante mí y cuya leyenda y magia es una prueba de unión y soberanía para el pueblo Lao.

Independientemente de este relato los hechos históricos aseguran que es más probable que el origen de la imagen no sea Ceilán sino un lugar más cercano como Camboya ya que la efigie de apenas 83 centímetros muestra rasgos propios de la corriente artística de esa zona. Es además reseñable la casi segura certeza de que la imagen fue un regalo del monarca Khmer a Fa-Ngum en los albores del reino Lang Xang (año 1359), con lo que pretendía dar legitimidad y un nexo religioso común en forma de imagen sagrada a todos los súbditos de dicho reino. Exactamente igual a la imagen del Buda Esmeralda en Tailandia la cual se cree que ejerce de estandarte y talismán salvaguardando la soberanía del antiguo reino de Siam.

El Buda Esmeralda (Phra Kaew Morakot) es una imagen de 43 centímetros, de estilo Chiang Saen, cuyo origen se remonta a la noche de los tiempos en el acervo popular. Muchos conocen la peculiaridad de que en realidad no es de esmeralda sino de jade pero lo que no muchos desconocen es que su origen se remonta al año 43 antes de Cristo, cuando fue encargada por el monarca Nagasena en la actual Patna (India). Hay un sobrenombre que recibe dicha figura, con buen criterio, que es el de Buda viajero ya que pasó por Sri Lanka y Camboya antes de ser capturado por los Thais en la toma de Angkor en 1432 quienes lo llevaron a su, por aquel entonces capital, Ayutthaya. Vicisitudes, guerras y circunstancias posteriores dieron con el paso de la imagen por Kamphaeng Phet, Vientiane y finalmente Chiang Rai donde fue envuelta y escondida en estuco por el gobernante local. Y sobrenombre este de viajero que, curiosamente, también podría ser aplicado a la figura del Buda Phra Bang ya que si los Lao capturaron el Buda Esmeralda también los Thai invadieron la actual Laos y trajeron como recompensa a Siam la figura del Phra Bang en dos ocasiones aunque posteriormente fue devuelto a la ciudadanía Lao. Las peripecias del Buda Esmeralda no acaban aquí ya que se cree que un rayo destruyó la pagoda donde se hallaba escondida la imagen y en el derrumbe la capa de estuco se partió dejando la figura a la vista (algo similar a la historia del Buda Dorado de Wat Traimit en Bangkok). La imagen entonces pasó por Chiang Mai, Lampang, Luang Prabang,… hasta su actual ubicación en el Wat Phra Kaew de Bangkok.

La potente implicación de ambas imágenes en la psique e identidad colectiva de ambos subgrupos Tai da muestra de lo enraizado que está el aspecto religioso budista en el día a día de ambas sociedades. Son dos figuras de obligado conocimiento y respeto para todo aquel viajero que pretenda implicarse emocionalmente en mayor o menor con estas gentes. Y, si acaso en alguna ocasión compartís unas cervezas con viajeros impenitentes y habituales por estos lares y escucháis la expresión “Traveller Buda”, entonces ya sabréis a quién se está haciendo referencia.

Me levanté y abandoné la estancia para pasar a deambular sin mucho criterio por las salas del museo donde una ecléctica muestra de cachivaches diversos daba fe de las banalidades en forma de obsequios que habían regalado dirigentes de muchos países a los reyes Lao en su visita a estas tierras.

Aunque ya me hervía la sangre pidiendo quemar kilómetros hacia esa otra nueva frontera de nombre Phonsavan, aplaqué el empuje y decidí echar unos días más en Luang Prabang. Y, por supuesto respetando las palabras y deseo del abuelo de la pensión, una mañana subí (volví a subir como había hecho hacía 3 años) a Phusi, la cuasi montaña sagrada de la ciudad y desde cuya cumbre se divisa toda la confluencia de los ríos Kham y Mekong, la península generada por esta unión, la calle Sisavanvong que la atraviesa y hace de cuartel general de las hordas de turistas, los sims relucientes de Wat Xieng Thong allá y el nuevo que albergará la imagen del Phra Bang al pie de la montaña, también el histórico Wat Visoun, el pardo Mekong un poco más allá y toda la sucesión de montañas que se dibujaban sobre un intenso cielo azulado como fondo de la postal en ángulo de 360 grados. Allí, con la vista hundida en las montañas, trataba de localizar un hito que diera sentido a las palabras que resonaban en mi mente, palabras del anciano de la pensión que contaban la preciosa historia de Phu Phra y Phu Nang (el príncipe montaña y la princesa montaña), una leyenda propia de Luang Prabang y transmitida de padres a hijos para llegar a convertirse en uno de los símbolos de identidad de esta región. Al final, pese a estar tapadas, localizo y creo haber dado con la razón de la leyenda ya que, en la ribera derecha del Mekong, justo enfrente de Luang Prabang, pegando al pequeño poblado de Siangman, vislumbro las conocidas como montañas “príncipe” y “princesa” y que no son sino dos montañas que simulan formas humanas a su vez unidas por la espalda. Y mi mente empieza a rememorar su historia.

En un tiempo muy lejano vivía en la región un humilde leñador que vivía con su esposa y sus doce hijas a las que llegó un momento en que, debido a su extrema pobreza y su incapacidad para alimentarlas, se vio obligado a abandonar en el bosque. Éstas, desamparadas, vagaron unos días hasta que finalmente una mujer ogro las encontró y, piadosa, decidió criarlas junto a su propia hija llamada Kanghi.

Así transcurrieron los años, las jóvenes se hicieron adultas y, finalmente, llegó el día que tomaron la decisión de escaparse ya que su entorno era el de los humanos. Huyeron raudas y la mujer ogro corrió tras ellas para darles alcance y, justo cuando estaba a punto de ello, las mujeres alcanzaron y se escondieron en la sima conocida como “Rey de los toros” y en la que la mujer ogro no podía entrar por lo que ésta debió ceder en su empeño y regresar a su hogar. Las mujeres continuaron su jornada, anduvieron y anduvieron, hasta que finalmente llegaron a una ciudad en la que vivía un poderoso rey quien, nada más verlas, se enamoro de ellas y decidió casarse con todas.

Una vez que este hecho llegó a oídos de la mujer ogro, enfureció y llegó un momento en que solo deseaba venganza, por lo que se transformó a sí misma en una preciosa joven y fue a visitar al rey quien, al verla, decidió también casarse con ella y hacerla su reina. Para la transformación decidió dejar en su casa de origen su corazón, ya que así sería inmortal porque, como todo el mundo sabe, los ogros solo pueden fallecer si se atraviesa este vital músculo.

Trazó su plan y así, antes de que pasaran unos meses, la reina enfermó, no comía, adelgazo en extremo y su aspecto tornó a pálido por lo que ella misma solicitó al rey que consultara con un astrólogo para que determinara el motivo de su enfermedad y, una vez tuvo convencido al monarca y cuando ya se encontraba sola, volvió a convertirse en un astrólogo y huyo de palacio para esperar la llegada de los emisarios del rey que iban a ir a consultarle. Una vez éstos llegaron les explico que el motivo de la enfermedad de la reina no era otro que las doce concubinas por lo que, como sacrificio, el rey debía sacarles los ojos a las doce hermanas y llevárselos al astrólogo. De lo contrario, la reina moriría. El rey, enamorado sin remisión de su reina principal, accedió y, después de sacar los ojos a las hermanas, se los llevó al astrólogo quien, a su vez, se los envió a su hija Kanghi para que los cuidara.

En aquel momento, las doce hermanas estaban en estado y encerradas en una cueva sin comida por orden del rey. Sumidas en la desesperanza, llegó finalmente un momento en que debieron comerse a sus propios hijos a medida que daban a luz para no morir de inanición. Pero la hermana menor tuvo un poco más de fortuna ya que solo le fue arrancado un ojo y le resultaba imposible observar la carne humana antes de devorarla por lo que guardaba su ración y, tras nacer su hijo y esconderlo, después hacía entrega de esta despensa a sus hermanas diciéndoles que era carne de su propio hijo que había fallecido al nacer, Así, finalmente fue éste único vástago, el de la hija menor, el que sobrevivió.

Posteriormente un gallo salvaje se avino a vivir con ellos procurándoles arroz para subsistir y, cuando el hijo de la duodécima creció, su propia madre reveló el secreto a sus hermanas de que su hijo estaba todavía vivo y era quien les procuraba comida. Muchos días el chico abandonaba a su madre y tías e iba, con el gallo, a participar en varias peleas de gallos (la gente Lao es muy aficionada a este rito) en una cercana localidad en la que ganaba dinero que canjeaba por comida para regresar con la puesta de sol a compartir con sus familiares.

Un tiempo después el muchacho decidió participar en unos juegos que se celebraban en el palacio del rey en los cuales salió vencedor por lo que el rey le llamó a su presencia y cuando éste le pregunto por sus orígenes, el muchacho, humildemente, le relató cómo era hijo de la menor de doce hermanas. El rey, inmediatamente, comprendió que el joven era su hijo y le acomodó en su palacio dándole el nombre de Phuttasen, palacio desde el cual el chico conseguía escaparse todas las noches para llevar comida a su familia.

Cuando la mujer ogro supo en realidad quién era el joven, decidió matarlo, y para ello volvió a interpretar el papel de mujer enferma. Así, un día le dijo al rey, “la única medicina que puede curarme está en mi ciudad, lejos de aquí, en un lugar al que solo Phuttasen podría llegar para conseguirla”. Y el rey, decidido, ofreció un caballo mágico volador al joven y le envió a su misión no antes de que la propia mujer ogro le diera una carta mientras le susurraba al oído “lleva esta carta a Kanghi, mi hija, ella te dará todo lo que necesito”.

Phuttasen anudó la carta al cuello del caballo y partió deseoso a buscar su destino. Llevaba un tiempo recorriendo kilómetros cuando, por casualidad, llegó a la choza de un anciano asceta y se decidió a descansar. Profundamente dormidos tanto él como su caballo el asceta se acercó al animal y, observando la carta, decidió leerla. “Kanghi, hija mía, cuando este joven llegue a tus dominios, por favor, captúralo y dale muerte ya que es nuestro enemigo”.

El asceta entonces se apiadó del joven y resolvió reescribir la carta. “Este joven es el hijo del rey y debe convertirse en tu esposo. Por favor, dale la bienvenida y cuida de él”.

Finalmente el chico llegó al lugar donde habitaba Kanghi quien abrió la carta y le invadió una gran alegría ya que consideraba a Phuttasen extremadamente apuesto. Le paseó por sus dominios, indicándole las propiedades de cada objeto mágico que se cruzaba en su recorrido, como los limones sanadores, el corazón de la mujer ogro o el cajón en que guardaba los ojos de sus tías. Entonces Phuttasen, encantado y calculador, empezó a idear un plan de escape en el que poder llevar los ojos y limones sanadores a sus desventuradas tías.

Una vez desposados, vivieron felices y acaso el propio joven llegó a dudar de su tramado plan. Pero un día Phuttasen solicitó a su esposa que organizara un banquete para invitar y que disfrutaran todos los sirvientes. Él mismo se empeñó en servir un montón de copas que, con el paso de las horas, dieron con todos los sirvientes dormidos profundamente por un exceso de alcohol y cuando, llegado ese punto, Phuttasen vio la oportunidad, recogió los ojos, los limones mágicos, el corazón de la mujer ogro y otras cosas de interés y partió a lomos de su caballo volador. Cuando Kanghi y sus hombres despertaron y vieron que Phuttasen había desaparecido, decidieron organizar una búsqueda pero el joven había intuido ese factor por lo que fue abandonando elementos mágicos por diversos caminos para confundir a sus perseguidores e, incluso, derramó una poción mágica de la que brotó un frondoso e infranqueable bosque de bambú.

A duras penas, una Kanghi profundamente enamorada y sus hombres eran capaces de seguir a Phuttasen y, a poco de darle alcance, el chico dejó caer una pócima en un río que acababa de cruzar del que salieron altísimas y salvajes olas que hicieron imposible a Kanghi seguir sus pasos. Lloró desconsoladamente por él, suplicando, vanamente, que regresara. Pero Phuttasen ya nunca regresaría y, una vez Kanghi cedió en su empeño presa de la más profunda tristeza, decidió regresar con el corazón tan apenado por la pérdida de Phuttasen que, incapaz de comer y dormir, enfermó rápidamente. No tardó mucho en morir, pero antes de ese instante final, saco arrestos para dejarle escrito, como una premonición, a su amado:

“Muere por amor, tal y como yo lo he hecho”

Mientras tanto, Phuttasen había regresado al abrigo de sus tías y madre y, una vez colocados los ojos en sus cuencas y rociados con el zumo de los limones mágicos, todas recuperaron la vista en medio de una gran algarabía.

Poco después partió el joven hacia el palacio de su padre, el rey, al que llegó para sorpresa y tormento de la mujer ogro que había dado orden a su hija de matarle. ¿Cómo podía estar vivo Phuttasen?. Se enojó tanto que olvido mantener su apariencia de preciosa reina y se transformó en la mujer ogro que realmente era. Decidió atacar al muchacho, con la idea de asesinarle, pero éste fue más rápido y, al verla atacar, ensartó el corazón de la mujer ogro, que había traído del hogar de Kanghi, con su espada tras lo cual la mujer ogro cayó fulminada, muerta. Al cabo Phuttasen volvió a traer de vuelta a su madre y hermanas a palacio pero su felicidad no era completa y así se dirigió a casa de su amada Kanghi.

Para su infinito dolor, descubrió al llegar como su amada había fallecido, y de la profunda amargura que sintió se desvaneció allí mismo y falleció. Tal y como fue el último deseo de Kanghi, por si su amado regresaba un día, fueron enterrados juntos.

Pero los Dioses del cielo sabían que esto no es como debiera ser y Phuttasen debía pagar por el corazón roto que dejó tras de sí. Y, de este modo, todas las mujeres, sabedoras de la historia de Kanghi, jamás olvidarán que no se puede confiar en un hombre. Y por eso bajaron a la tierra y cambiaron la posición de Phuttasen en su tumba comunal para que su espalda recayera sobre la de su mujer en señal de penitencia, de respeto infinito… tal y como representan las montañas Phu Phra y Phru Nang visibles hoy en día y reverenciadas en esta bella historia que se reproduce de generación en generación.

Pasé unos hermosos y plácidos momentos observando estas cumbres, rememorando la añeja historia, imaginando los avatares de Kanghi y Phuttasen en su persecución, él de un sueño, ella de un amor. Y el tiempo se me fue volando. Quemaba mis últimas horas en la antigua capital con la ilusión de quien sabía que había forjado un vínculo inolvidable con una ciudad y sus tesoros arquitectónicos y humanos enmarcados en forma de mi casero y su sabiduría eterna. Fui bajando, casi arrastrando mis chanclas, por las escaleras de la montaña Phousi, soñando una nueva frontera, entristecido por los lloros y gemidos eternos de Kanghi y con la convicción de que todavía, tal y como aseguraba emocionado el abuelo mientras yo asentía con la dulce mirada de quien consuela a un niño, se pueden oír dichos sollozos y lamentos en la cima de Phousi en un día en que la ventisca los atraiga de su cercana morada montañosa. Si subes y los oyes, procura no olvidar su origen y su bella moraleja encerrada, contarla a los que te acompañan en tu peregrinar por Luang Prabang, y así las palabras del viejo tendrán un eco tan inmortal como su saber generacional.