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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

domingo, 30 de octubre de 2011

Pa

Regresé a la guesthouse con el pulso acelerado y un ligero tembleque que desenmascaraba mis nervios. Hora de la verdad. La iba a llamar… justo en el momento en que apareció Mathieu, un buen amigo vasco-francés con el que pasé muchas horas charlando de esa India remota y hostil donde él empeñó buena parte de su vida y su salud. Solía trabajar como guía turístico en la zona de Himachal Pradesh, llevando a grupos de franceses de trekking por las montañas periféricas del Himalaya hindú. En una ocasión algo salió mal y perdió gran parte de la vista, cegado por el sol que se reflejaba en una pura y calcárea nieve. Varias operaciones y tormentos después la sentencia era inapelable: casi ciego para siempre. Consiguió una inutilidad, una buena paga que le permitía vivir desahogado. Hasta que llegó a Nong Khai, conoció a una chica, una amiga de Pa y, visto lo visto, parecía empezar a echar raíces a la vera del Mekong.

-Has vuelto. Lo sabía, sabía que ibas a volver… como lo hiciste antes-. Nos fundimos en un sentido abrazo. Mathieu era otro de los pocos amigos que hice en una localidad donde el sedentarismo es una maldición que parece abrigar a todos los que dejamos parte de nuestras ilusiones en sus calles.
-Siempre regreso, Mathieu. Ya sabes-.
-Voy a cenar algo-. Dijo con una sonrisa amplia. –Vente, te invito y charlamos un poco como solíamos-.
-No puedo… debo ver a Pa. ¿Sigue por aquí?-. Debió captar que me temblaba la voz, hubo un momento de pausa, me miro a los ojos.
-Si, si… Pa. Sigue por aquí-. Me iba a reventar el corazón. Casi hubiera deseado que se hubiera marchado, que no pudiera volver a verla. –Pero ya no trabaja en el bar. Encontró un trabajo en una cafetería y dejó aquello. Ya sabes que no le gustaba, contigo era feliz. No fue fácil cuando te fuiste-. Frunció el ceño. –Dejaste de llamarla. Perdió tu rastro. No le diste ni tu número de teléfono-. Lo dijo con tono de reproche, apagó un poco la voz. -Ella tenía fe en ti. Le diste muchos ratos agradables-.
-Para mí no era fácil. Estaba a miles de kilómetros y yo no puedo darle el sustento que ella y su familia necesitan. Ella lo sabía. Fui honesto con ella, alargué mi estancia aquí todo lo que pude… por ella. Sin embargo siempre hay un hogar al que regresar-.

Mathieu escuchaba con atención, pero él ya me conocía, todo esto lo había hablado en multitud de tardes con él, regados de cervezas. No dijo más que un “luego estamos y charlamos. Me da mucha alegría verte de nuevo, David”. Asentí con humildad porque conozco su corazón teñido de pureza.

Había andado 20 metros pero se dio la vuelta, regresó y se sentó a mi lado. Imaginaba qué estaba ocurriendo, lo imaginaba. Mathieu volvió a fijar su mirada en mí, dejé el teléfono a un lado.

-Hay algo que debes saber. Pa tiene novio ahora-. Me bajo el pulso, miré hacia el horizonte, desconsolado. Era algo que podía haber supuesto, pero debía ser fuerte porque yo había puesto mucho para que eso fuera así con mi desidia y abandono. –Es un señor belga. Ella está feliz. Trabaja aquí cerca, suele entrar a trabajar a las cuatro o cinco de la tarde-. Me señaló la localización de la cafetería alzando el brazo. -Pásate a verla mañana, le hará mucha ilusión verte. Nunca, nunca jamás tuvo una palabra mala para ti-. Se levantó y, esta vez sin palabras, se fue.

Me quedé confundido, mirando estúpidamente a un cielo ya sumergido en el negro azabache, punteado de brillantes estrellas y una preciosa y gigante luna creciente anaranjada. Rumiaba mi desdicha, pero ya no tenía solución. Era absurdo llamarla ya, arrastré mis pies por las frescas losetas y me sumergí en unas sábanas más heladas que nunca. Daba vueltas desconsolado porque la echaba de menos pero ya no tenía solución. Mi responsabilidad y la suya eran antagónicas, como dos polos opuestos. Cada uno trazamos nuestro sendero y, en el fondo, debía sentirme feliz por el tiempo que pasamos juntos. Ya nada podría robarme las clases mutuas de inglés y thai, los entrañables momentos de risas en la penumbra de un karaoke, los desayunos envueltos en sudor, su bella sonrisa de recién despierta, las duchas en común… Sin saber muy bien cómo acabe dormido, hundido en pesadillas de tormenta y, al despertar, el tenue humedecimiento de mis lágrimas sobre la almohada aún no se había secado.

Visité de mañana Wat Khaek con un delatador arrastrar de pies que casaba a la perfección con mi estado anímico. Un duro revés antes de empezar una ruta que se presumía larga y tan agotadora como enriquecedora, una ruta que ahora se disfrazaba más de abismo que de ilusión. Pero era mi sino, mi sendero, mi abrazo con el Río Madre tantas veces soñado en la distancia, mi compromiso a parir estos párrafos que ahora lees y todos los que siguen. Wat Khaek es un delicioso “totum revolutum” obra del fallecido artista local Luang Pu Bunleua Surirat. Es un pastiche demoledor donde nada tiene sentido, una insurrecta obra propia de lo que fue el cerebro en constante ebullición de este genio aún no debidamente reconocido. Paseaba por allí admirando Budas, Nagas, seres propios de religión hinduista como Airavata, Indra y tantos otros. Recordaba como un idiota enterrado en la melancolía los buenos momentos que pasé con Pa en el cercano Buda Park, al otro lado del Mekong, cerquita de Vientiane, la otra obra cumbre de este personaje. Mi imaginación volaba, deseaba volver allí, revivir tantos buenos momentos, pero luego todo se me diluía como en la pesadilla en se había convertido mi aquí y ahora en Nong Khai.

De regreso me dio tiempo de emborronar unos párrafos, de volver a regarme en agua helada, de fumar un par de pitillos, de pensar y mascullar mi derrota, mi responsabilidad. Igual no debería haber regresado, igual podía haberme ahorrado ese interminable estado de ansiedad, igual debía haber dejado todo tal y como estaba, seguir viajando, fundar nuevas fronteras y escalas… pero, quién sabe, quizás me pudo el peso de la responsabilidad, de saber que con probabilidad había hecho algo no del todo bien, que debía purgar mis actos. Y, seguramente por eso, visité a Pa esa tarde. Creo que se alegró pero eso no evitaba que estuviera fría y muy distante. Inevitable por otra parte. Charlamos un poco de todo, de dónde me había metido, de por qué no llamé, de por qué la había abandonado. Pero no había llegado la hora de los reproches, de hecho ya se nos había consumido esa etapa, igual que se nos fueron los buenos tiempos. Todo tornó a mejor cuando le comenté, emocionado, que me alegraba profundamente de que ahora fuera todo un poco más sencillo para ella y su familia, de que tuviera dinero para poder cuidar de ellos. En fin, qué contar, se nos pasó el momento en un suspiro y una fría despedida, un hasta pronto musitado con una leve sonrisa cerró este capítulo quién sabe si definitivo.

Cuando salí de la cafetería descendí a la vera del río, acurrucado en su terrosa orilla, ya no me parecía tan hermoso Nong Khai, ya, por momentos, dudaba hasta de mí, de mi soledad. Observo el futuro, Laos en la otra orilla, pero me puede la melancolía que me devora en oleadas irrefrenables. Hablo con mi madre, le susurro al río, le ruego que me dé fuerza para continuar, para seguir comprendiendo, para no demorarme y poder forjar mi destino, para no perder la fe que siempre me guió por su vereda, para llevarla siempre bien ceñida a mi pecho, a mis pies. Luego, en unos minutos y ya recuperado, entiendo que me llegó la hora de partir, de rehacerme y de volver a vivir. Pa, para bien o para mal, se me había quedado atrás.

Pero el destino no entiende de corazones afligidos ni rutas venideras y, al subir de nuevo las escaleras, Pa me está esperando.

-Hay algo que debes saber-. Dice con una sonrisa. –Mi novio se va el día 1 a Ranong para 10 días. Me quedo sola. Quédate y pasamos unos días juntos. Me haría mucha ilusión-. Otra vez una interminable zozobra se apodera de mí. Vuelta a las dudas, pero ya he sellado mi destino con el río, me he vuelto fuerte con la coraza de la próxima ruta y noto como Pa se me disuelve en las entrañas. Le digo que no puedo quedarme estando así las cosas, que marcho a Laos, que lo pensaré, que seguramente esos días voy a estar en Vientiane, al otro lado del río, que no me costaría nada volver a entrar en Tailandia. Pero noto que somos historia, pasé mi luto. Aún y todo, le prometo que lo pensaré y la llamaré si decido entrar a verla, como un amigo simplemente, tal y como hemos estado hoy. Cuando nos alejamos en sentidos opuestos, a los pocos segundos, ambos sabemos que regresaré a Nong Khai. Muy pronto.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Leelah: el valle del por siempre jamás

Allí donde ni el olvido lo abarca lo todo. Donde la presunción de identidad se ha anclado como ése quien se aferra a una última esperanza vital. Aquí una vez escribía sobre un Myanmar arañado por una vigente garra de acero que arrastraba mis dedos temblorosos de desazón, con paso apresurado, sobre este mismo teclado, abrazado entre una cortina sedosa de humo claro, espeso. También hablaba sobre una chica, en otra ocasión, ahora olvidada aunque en momentos de pura melancolía eso es algo que tampoco tengo claro, aunque solo sea porque aún no olvidé su hermoso nombre: Noi. Observo embelesado el decrépito solar que era su hogar, raspando mis manos en la camiseta, pensando en todo lo bello que supuso el suave rozar de su piel sobre la llama en yemas de mis dedos, en una larga y tórrida noche de viento sur.



Después pasaron los meses que se hicieron casi años, me perdí en nuevas rutas, otras ilusiones, nuevos horizontes. Y descuidé aquello que una vez me hizo no solo crecer sino, sobre todo, creer en mí, en mi destino asiático.


Y tal día como hoy regresé, porque siempre todo gira en torno a un regreso, y casi sin darme cuenta un recepcionista agradecido recuerda mi nombre, rescata una anécdota desteñida entre trapos propios de mi proverbial memoria olvidadiza con forma y fondo de baúl sobresaturado. Otra señora hace honor al tópico absurdo, País de las Sonrisas, y me regala la más cálida mientras cocina a fuego vivo, como es tradición, unas gambas rebozadas de mantequilla antes incluso de que haya tomado asiento en su descuidado y por ello acogedor restaurante. Y el último me acerca una lata de cerveza Chang como quien se sacude el polvo al alejarse del andamio de una obra. Luego me mira, me remira… y ya no hace falta más. Sacude y seca un húmedo taburete de plástico, lo acurruca al lado del suyo y, una vez sentados, “¿dónde nos quedamos la última vez?... la batalla iba de camisas amarillas y rojas ¿no?... ¡¡¡Dios, cómo pasa el tiempo!!!”.


Es entonces cuando, como un idiota, me doy cuenta. Y me lo susurro como un mantra de sortilegio que jamás debería olvidar, incluso he debido llegar a ruborizarme ante tanta calidez al recién regresado, “cómo demonios puede alejarme tanto de lo que me hizo, lo que me sigue haciendo, aferrarme tantísimo a esta tierra, a estas gentes …”. Luego, rehecho, todo, absolutamente todo lo que conforma el valle de Leelah, vuelve al lugar de mi corazón de donde nunca debió de desaparecer. Y este olvidadizo viajero puede volver a sonreír, a crecer… y a creer.

jueves, 6 de octubre de 2011

La vieja, los dumplings y la cerveza Snow

No queda mucho del Lijiang que conocí hace cerca de cuatro años. Así de claro. El comercio, el ansia desbocada de dinero fácil rasgado de bolsillos de una potencia china que en esto del turismo (por supuesto no se iban a quedar atrás) también tiene engranada la quinta velocidad han dado un poso de artificiosidad a este lugar en el que la gente Naxi ya no pasea ni, lo que es peor, apenas se deja ver por sus calles. Ni Shuhe es ya la escala de esa vibrante ruta del “Tea Horse” que parece llamar a mi puerta de futuro. Se perdió su pulso entre neones y karaokes que resuenan poderosos pese a la distancia en este hostal donde escribo, alejado unos buenos centenares de metros del frenesí. De Dali mejor ni comentar, ya en su día grabé su epitafio al ritmo de insistentes cincuentenarias que hacían de vender marihuana a golosos viajeros su “modus vivendi”. ¿Y qué queda entonces en Lijiang o en la famosa ruta norte de Yunnan? Pues traspasar un recodo y encontrarse con cuatro currelas chinos acelerados que construyen una casa típica Naxi de 400 años de antigüedad sin ni siquiera dar breve pausa y lugar a un necesario duermevela, o deambular y regatear por un North Fake que desparrama sus botones nada más agitarlo, o pagar 30 yuanes por una “¿Beerlao negra?” (negra, dam o si dam en Lao, difícil olvidar a Pa y los días en Vientiane)… O… o la obligación de bolsillos en decadencia, el mejor remedio al brote de disnea que ahoga: pulular por la periferia, lejos del ruido y masas, pensar que los pitillos de 5 yuanes las dos decenas tienen un pase, trasegar unas cervezas snow y unos dumplings de estilo norteño por cuatro pelas… y, viajar, sobretodo viajar al sentir que la mirada de esa anciana Naxi que te los sirve, tan sorprendida como agradecida por tu insólita visita, sin despojarse de su ancestral piel de oveja a la espalda y su vestimenta añil, esconde un poco de pasado recuperado, un poco de nexo común de eso que hace que las culturas y las personas vivamos imantadas, de ese impulso que nunca un viajero podrá definir ni mucho menos intentar expresar. Y los 3 euros pagados de la cuenta a la abuela, que también ha sondeado tu mirada y tu espíritu y los ha recibido con ambas manos y mirada humillada, son ese detalle que sabías que, pese a lo inevitable, daría a tu espíritu una razón para entender que sí, que todavía sigue mereciendo la pena hurgar en lugares como Lijiang.

P.S. Ya ves camarada, se agradece el apoyo hernaniarra, los hijos de Mao siguen con su desesperado intento de poner puertas al campo... pero el perro viejo siempre ladra más fuerte. ¿Hablamos de fútbol y derbys?... juas, juas... abrazote para Saioa y besitos para los peques. Ta, ya queda menos, compadre... Y que brindo con otro esqueje de Snow porque Pablo (banhoffzoo.blogspot.com) ha resucitado y eso es un lujazo que no encaja adjetivos, algún día alguien sabrá valorar al pedazo de escritor que es.

domingo, 2 de octubre de 2011

Bloqueado... pero feliz

“-Esta noche me apetece ir a bailar antes de ir a follar. Me apetece mucho-. Se lo dijo en perfecto inglés. El hombre la miraba circunspecto. –Bueno, si tienes mucha hambre vamos directamente a tu piso y follamos-. Remató la chica.

Estábamos en el mercado ese de la calle de la perla, aquí en Beijing. Subíamos unas plantas en un ascensor que compartíamos con una decena de resudados occidentales, tímidos pero extasiados mientras asían con fuerza su botín en abultadas bolsas. Y aparte estaba esta pareja. Ella llevaba una falda de media altura y similar vuelo, de esas antiguas que ya no lleva nadie porque ahora o se lleva vestido largo o una mini, y una camisa fucsia ribeteada por unas borlas plisadas lo que le confería una imagen extrañamente desubicada. El tipo, que al menos triplicaba la edad de la china, tenía una nariz ganchuda y probablemente era judío. Digo probablemente no solo por la nariz, por supuesto, ya que es habitual ver este tipo de tochas por doquier, sino que era el conjunto, o sea, ojos hundidos, cara pequeña y redondeada y rasgos faciales tipo barbilla o pómulos muy marcados lo que le delataba incluso para alguien tan torpe como yo para estos detalles.

Salieron del ascensor y mi hermano, que se había adelantado, se quedó viendo alejarse a la extraña pareja. Cuando me acerqué a su altura le dije condescendiente.
-Es una fulana. Le decía que quería ir a bailar antes de acostarse juntos. Pero que si él tiene hambre eso puede esperar, lo de bailar quiero decir-. Me encogí de hombros.
-¿Y se lo dice en el ascensor, rodeados de todo Cristo y a viva voz?-.
-Esto es China, tío, ya te lo he dicho varias veces y llevamos solo 7 horas aquí. Nunca te preguntes el porqué de lo que te rodea. Son así, es su cultura, aquí los raros somos tú y yo. Así que nunca preguntes por qué cruzan los dedos para indicar diez, por qué si el sentido circulatorio es como en España ellos van por la izquierda, por qué muchos, incluso en las capitales, salen a pasear de noche en pijama, por qué algunos se niegan a hablarte aunque les preguntes en perfecto chino, por qué una cría va en bicicleta en sentido contrario en una autopista de 6 carriles sin que nadie pite o por qué esa misma niña, si tiene que aparcar su bici en un parking numerado para bicis que está vacío, la dejará no en cualquier plaza sino en una de las rotuladas con el número seis, ocho o nueve… Y así tantas otras cuestiones. Solo sonríe y disfruta lo que puedas, ya irás aprendiendo-.”

Eso pasó en Beijing, hace ya dos semanas que parecen una eternidad, nos arracimamos con los tibetanos en la zona del Amdo entre medias, con el vello erizado por un frío que empezaba a despuntar a finales de septiembre. Surcamos rutas de alquitrán cuarteado que nos arrastraron por Xining, Tongren (maravilloso), Xiahé, Langmusi (un oasis de paz), Jiuzhaigou (¿puede existir algo tan hermoso?), Songpan (terrible decepción con negro porvenir de parque de atracciones) y hoy Chengdú, donde el verde forestal es reverenciado entre alamedas tóxicas de dióxido de carbono. Mañana… quién sabe… busco un atajo que se salte la paranoica censura china hacia blogspot que me ha dejado unas semanas mudo y ciego hacia este blog que por momentos veía enterrado hasta pisar el porvenir tailandés. Hago turismo y limpio la mente mientras acumulo ganas de escribir con más dedicación para rematar ese libro que cada vez cobra más color de futuro en mi ánimo. Deseando estoy empezar esa otra ruta paralela el 28 de Octubre pero antes, retorno a la senda turística, pronto Lijiang, Dali, Yangshuo y Hong Kong antes de volar y devolverme al camino del sur.