LIBROS, DOCUMENTALES, FACEBOOK...

"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

http://www.youtube.com/user/Botitas2006

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

miércoles, 27 de julio de 2011

Otro esqueje

De la nada surgió un monje, joven y perfectamente rasurado, me observaba en silencio desde detrás de un pedestal que yacía en un lateral. Se avino a sentarse a mi lado y, obviando todo contacto físico tal y como es su costumbre, habló desde la distancia mientras los pliegues de su amplia túnica azafrán caían pesadamente por sus costados dándole un aspecto de grotesco rostro que suplicaba socorro en un mar canela. No hubo ni un clásico “¿de dónde eres?” o “¿cómo te llamas?”. Disparó, en mediocre inglés, con la inocencia que daba su corta edad.

-¿Qué te ocurre?-. Dice. Le miré entre divertido y curioso, aunque solo fuera por el hecho de haberse convertido en una dársena de refugio pasajero para mis contradictorias tribulaciones.
-No estoy seguro de qué debo hacer. Si irme o no-.
-Olvídala. Sigue tu camino. Escucha tu corazón, si tu sentimiento es puro volverás-. Lo soltó con una naturalidad que si mi estado anímico no hubiera estado hundido hasta me hubiera hecho gracia. Prosiguió.
-No eres el primero, tampoco el último-.
-Me fallé a mi mismo. Fui débil y cometí un error-.
-El lamento no te va a ayudar. Venimos para equivocarnos, para aprender. Es tu destino, el mío-. Se levantó y apenas hizo un esbozo levantando la mano para despedirse.

Abandoné el lugar con una especie de nebulosa de paz que se había apoderado de mí. No tenía claro mi siguiente paso, pero en ese momento eso había dejado de ser importante. El joven novicio me observaba al pie de la estructura central del templo, hosco y serio. Ahora quizás no sé si me sirvió de algo su presencia. Si me animó o me hundió. Con franqueza, no lo sé y, con seguridad, ni deseo recordarlo. Pero solo ese detalle ya sirvió para saber que volvía a ser anónimo, solo un extraño que observa un cuadro, la vida pasar, ajeno, sin implicarse. El monje habrá olvidado ese instante, quién era, qué hacia yo allí. Y yo le olvidaré a él, es solo cuestión de tiempo. Volvía a ser anónimo, sin dejar huella. Pero antes de irme debía borrar otra huella duradera en mi abigarrado corazón, a apenas unos centenares de metros de ese monje, ese templo.

Regresé al bar. Nada había cambiado, solo el nómada apátrida que yo representaba. Thong sabía que yo era una batalla perdida.

-¿Volverás?-.
-Siempre regreso Thong. No me conoces, pero has de creer en mí. Mis pasos solo conocen el regreso. Lo hice una vez, dos, tres… y así habrá muchas más. Cuando crea que conozco a tu gente, tu cultura… A ti. Entonces igual despareceré, pero eso queda muy lejos ahora. Un año, quizás dos o tres… Pero volveré-.
-Ya había recogido tu habitación. Deberás coger tu maleta. El bus a Siem Reap sale en unos minutos-.

Le doy un cálido beso en la mejilla y nos fundimos en un prolongado abrazo. Camino hacia la estación en el diminuto pueblo y me sigue una amalgama de fantasmas envueltos en emociones como un caleidoscopio que oscila tal que un péndulo que va de la alegría y convicción a la derrota y desesperanza. Fallé a mis principios, alguien me recordará, alguien sabrá que pasé por allí y dejé una huella que no cuadra con mi espíritu nómada independiente.

Parte el bus en una diminuta lengua de brea levantada por los costados, ruge con redondez el motor y parto en una metálica balsa de porvenir y grandeza. Una caterva de niños, ajenos a todo, felices y despreocupados, se dedica a volar un par de cometas a unos metros de mí hasta que se pierde su imagen en el horizonte. Regreso a Angkor, a la gloria imperecedera del imperio. Pero algo me murió en Stung Treng, lo aprendí a sangre y fuego hace muchos años, una luz al final de tantos caminos, cierro los ojos y repito rítmicamente el verso de Miguel Hernández que arrastra el rebufo polvoriento que levanta el bus a su paso…

“Pero no moriremos. Fue tan cálidamente
consumada la vida como el sol, su mirada.
No es posible perdernos, somos plena simiente.
Y la muerte ha quedado, con los dos, fecundada.”

viernes, 1 de julio de 2011

Liado

Poco tiempo me queda para actualizar esto. Ando liado entre curro, rutas de futuro (he sacado uno billetes para volar a India 20 días en Enero), también estoy escribiendo algo que pretenda sea un poco serio... Muchas historias ahora mismo que me hacen dejar esto un poco de lado. Solo puedo pediros disculpas a los que entrais a menudo ya que seguramente en Septiembre, una vez en ruta, esto vuelva a adoptar el color y vidilla que la actual estancia en puerto que me toca le están robando a este blog. Es solo una pequeña y necesaria hibernación. Os dejo unos párrafos de la historia que me tiene ocupado, no sé si llegará a buen término o acabará olvidada al fondo de un negro cajón... La ruta dictará sentencia, pero es, a día de hoy, otra pequeña ilusión que me regala aliento a diario:

"Despunta el alba en Nong Khai, hogar del Mekong, atalaya pretérita en momentos de soledad para corazones desguazados, igual ciudad gris en opinión de muchos, igual ciudad de devenir tan comercial como somnoliento en opinión de otros, pero el embrujo se percibe incluso desde la entrada del pueblo a cientos de metros del cauce del río, incluso al pie de ese enorme cartel que te da la bienvenida y cruza de lado a lado de la carretera, ése que, independientemente de qué ponga, ya hace a todo viajero asimilar que llega a una frontera, que quizás ha llegado el momento, señalado por una ficticia meta disfrazada de panel inmenso, de morir para volver a resurgir cómo Ave Fénix inmortal, no en vano acabas de llegar a ninguna parte. Todo se confunde en tonos ocres y semi-apagados que inundan los recovecos como una capa de vaporosa gasa y atrapan en esta hora confusa, perennemente tórrida y húmeda, a perezosos geckos acaso tan adormecidos como la propia historia de la ciudad. Adoro los cruces de caminos, las fronteras, los lugares que no saben donde acaba una identidad y empieza otra, donde la tapa de un pasaporte gira hacia otras letras, colores … identidad. Y la sociedad, las mini-sociedades sin hogar que se funden como la cera al fuego en una masa líquida que no entiende de colores, idiomas, razas o costumbres … igual por eso me hallo como en casa en la frontera, soy tan extraño como todos ellos, y al mismo tiempo, tan cercano, podría ser el eterno abad del monasterio que lleva 40 años buscando su luz y ahogando angustias de conciudadanos y frotándolas ese tinte emanado del saber ancestral del budismo. Aquí, en la frontera, todos somos tan extraños como hermanos. Por eso lo adoro, es mi Arcadia. Y Nong Khai tiene ese saber ancestral que no escoge patria y es solo la virtud de quien sueñe, como yo, con no tener hogar. Es algo que trasciende la vista y los sentidos, solo lo más íntimo, ante lo que las palabras empequeñecen abrumadas, es capaz de hallar en lugares como éste eso que nos obliga a replantearnos si no llegó la hora de dejar de viajar y sentir, eso que nunca se deja de buscar, aunque solo sea por unas horas.

Me refugio en las primeras sombras y, mochila al hombro, avanzo por Thanon Michai y cruzo para atravesar por el mercado de Indochina (uno de tantos), a la vera del hechicero y necesitado Mekong, mientras los puestos cerrados del bazar, inertes, parecen ulular y cuchichear a cada paso que doy y apenas salen brillos cautivadores y cegadores por décimas de segundo de platerías y tiendas de menaje importado de China al albur del ángulo que atrape los rayos de un sol plano que madruga, hoy un poco menos que yo, y ya reina a mi espalda por la puerta este del mercado. Me recupero en la misma guest-house de antaño, y ya estoy añorando ese nuevo norte que asoma al otro lado del escurridizo Mekong, giro mi corazón como una brújula al norte, lo percibo pero no lo capto en su magnitud, solo ansío escalar a la azotea de la pensión convertida en improvisada terraza y, una vez allí, ahora sí, en pie, oteando, respirando hondo y acompasado, trato de captar un olor que colme hasta el más recóndito de mis alvéolos, frente a mí, Laos, imán poderoso, cautivador, que me reclama y estalla su atracción en mi cuerpo como un tímido escalofrío que procuro enterrar confundiéndolo en mi cerebro tal si hubiera sido un reflejo espástico a una leve brisa mañanera arrancada y arrastrada de la ligera bruma que emana del terroso río. Laos, el Mekong y yo, procuro entender dónde estoy, qué trazos históricos, leyendas, han parido dando con mis huesos allí, procuro buscarme, hurgando en la memoria, antes de partir en un puñado de días hacia tierras que ya hacen fibrilar mi espíritu. En calma, paladeo y olisqueo el Mekong, ahora solo deseo emborracharme de él."