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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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miércoles, 17 de octubre de 2018

Entre Zacatecas y Aguascalientes

“Por ser entendidas como expresiones del dios Xólotl, se acostumbraba a cebar perros y a colocar las figurillas de Xoloitzcuintles (perros cebados) en los recintos mortuorios como acompañantes de los difuntos. La función que cumplían estas figuras era la de ayudar a sortear la multiplicidad de desafíos que tenían que enfrentarse a lo largo del trayecto hacia el Mictlantecuhtli, señor del inframundo y encargado de recibir en sus tierras (Mictlán) a los difuntos. Según los códices, estos desafíos iban desde vientos cortantes y agudos montes de obsidiana hasta campos de tiro con flecha y el cruce de un caudaloso río. Se cree que era un camino dividido en nueve niveles hasta alcanzar el Mictlán. Hay teorías que sostienen la función de esos estadios como una analogía con la gestación materna en sentido inverso, es decir, que es necesario superar esos niveles para poder regresar a la madre naturaleza. Los difuntos eran llorados, de acuerdo con la tradición, durante cuatro años, transcurrido dicho periodo se entendía que el alma del difunto ya había realizado su viaje para reencarnarse o desaparecer. Los perros vivos, por su parte, eran engordados con elotes (mazorcas de maíz) amarillos para ser dispuestos como alimento en los hogares y fiestas”. 

Xoloitzcuintles y Mictlantecuhtli. Apuntes del Museo Nacional de la Muerte, Aguascalientes (México) 

La he clavado de pleno en Zacatecas. De hecho cualquiera lo hace siempre y cuando se aloje en una habitación de hostal barato con vistas a una carretera ruidosa, frente a un puesto ambulante con las mejores quesadillas del país y con incontables carteles en los que se proclama “No se permiten visitas en las habitaciones”. Prohibición clásica que parece invitar a transgredir, tanto como esos absurdos mensajes y fotos de cajetillas de tabaco que han provocado más cánceres que exfumadores. Recordaba este hostal tanto al de Lagos de Moreno que era imposible no sentirse seducido por guirlache de forma y un fondo incluso más admirable, perspectiva preciosa que se abría desde la terraza con la plaza de armas y la catedral al alcance de la mano. Formas y colores mágicos ya que toda la cantería de las iglesias y edificios coloniales de Zacatecas se devanea entre el malva y el rosa, característico de las canteras de la cercana región de El Bajío. 

Zacatecas, seamos honestos, es otra ventresca del Camino Real gracias a sus santuarios que asemejan tanto a la perfección colonial que uno se cuestiona a sí mismo, ante tanto derroche y detalle milimétrico, si no estará restaurado ayer, si esas tetas no serán operadas, lo mismo que ante la camarera o actriz perfecta. La churrigueresca fachada de la catedral deja sin palabras, pero otro tanto sucede con los retablos de Santo Domingo o el ex templo de San Agustín. Y luego el origen histórico más profundo en El Edén, una antigua mina reconvertida en museo cuya visita guiada deja un regusto agridulce. Dulce por la cantidad de detalles que se dan, amargo por descubrir lo jodida y penosa que ha sido siempre la vida de los mineros, dolor realzado al descubrir que muchos eran niños cuya esperanza de vida, silicosis de por medio, no superaba los treinta y cinco años. 

El fondo, frenesí in crescendo, se da también en la analogía de Zacatecas con Potosí, en Bolivia. Ambas son ciudades engalanadas de edificios descomunales, herencia de la riqueza platera, desparramadas sobre cerros que obligan a hacer un esfuerzo máximo para subir todas y cada una de las infinitas cuestas que vertebran sus cascos históricos. Si allí son casi cuatro mil metros, los dos mil quinientos de Zacatecas se agarran al pulmón tanto o más que en la ciudad sudamericana. Cubriendo puntos de interés me doy un tute que me lleva hacer desplomado sobre la cama, sin lugar a un par de cervecitas de rigor. Y menos mal. 

Tras dormir diez horas me levanto cansado, sin poder arrastrar el pellejo. Es el sorocho unido a una infección estomacal, conozco los síntomas. En vez de tomarlo con calma la víspera, como es normal a dos mil quinientos metros de altura, me metí una soba que me pasa factura. La tripa está dura porque con la altitud las digestiones se ralentizan y me mareo a poco que gire el cuello, el hecho de dormir cada dos noches con una almohada distinta me tiene las cervicales hechas papilla. Y del corazón, qué decir… golpeado en el momento más duro. Llevo casi todas las noches desde el pasado día siete soñando con Maitane. Angustia, ansiedad y miedo. Ya tengo la tormenta perfecta. Lo tomo con calma y bebo agua, el cuerpo no da para casi nada pero recuerdo que Zacatecas presume de un pequeño museo más que interesante, el de Pedro Coronel. Además pilla muy cerca. Allí me presento para alucinar con obras de Kandinsky, Miró, Saura y otro montón de pintores de renombre. Por si eso no bastara, hay un par de pequeñas salas con colecciones de arte foráneo. La africana tiene un pase, pero la asiática es un deleite con sus tallas de mármol indias, thangkas tibetanos y budas japoneses. Un pequeño respiro antes de ir a Aguascalientes, a dos horas, a admirar el afamado Museo Nacional de la Muerte. 

En Aguas, como lo suelen abreviar los mexicanos, la altura es seiscientos metros menor que en Zacatecas, y vaya si se nota. Engullo el agua de dos cocos, lo mejor para la tripa suelta, y me adentro en un lugar capaz de glosar, desde tiempos inmemoriales, la extraña relación íntima que establecen los mexicanos con el de la guadaña. Desde la broma, omnipresente, o macabras fotos de niños cadáveres. Calaveras, arte funerario maya y azteca, rituales como el de los perros engordados,… un compendio bien presentado de un tema tabú en occidente. 

Al salir localizo una lavandería, imprimo la tarjeta de embarque para el vuelo de mañana y siento cómo mi tripa no da juego para más. Casi que me alegro porque se desata una tormenta de proporciones bíblicas cuyos relámpagos iluminan la habitación como un led de diez mil lúmenes. Hora de dormir y descansar, a ver si poco a poco amaina el temporal. Me gustó Zacatecas, lástima que Aguascalientes tenga que ser resumida porque, por lo poco visto, pinta muy bien.

lunes, 15 de octubre de 2018

Encarnación de Díaz o la muerte, la que habita aquí al lado

A dos mil metros de altura las nubes son un vecino cotidiano, y las estrellas del anochecer mucho más que luceros al alcance de la mano, intrépidos ante la falta de una marea de polución que los pretenda borrar tras olas de espuma tóxica, como sucede habitualmente en la capital. De Ciudad de México al norte, siguiendo el Camino Real de Tierra Adentro, raramente se baja de esta altitud, pero en Lagos de Moreno las noches son más hermosas si cabe. No alcanza a la belleza del cielo estrellado de Mecerreyes, ni puede soñar con pretenderlo, es solo que su recuerdo ya basta para proponer comodidad y familiaridad al viajero perpetuo. 

En esencia es un entramado en cuadrícula lo que divide buena parte de lo histórico en Lagos de Moreno, ciudad infravalorada donde las haya. De hecho no llega a ciudad grande, es poco más que pueblo, aunque sí es México puro, soñoliento de día, intenso a ráfagas con la caída del sol. Las multitudes se quedaron entre San Miguel y Guanajuato para descubrir, kilómetros al norte, pasado León, un telón de horizonte no menos hermoso. Un telón en bucle que no recorre principio ni final, un universo inabarcable de belleza impresa en mansiones o iglesias decimonónicas, de riquezas brotadas de la plata. Tan intensa es su relación con este mineral que su propia fundación, a cargo de Hernando de Martel en 1563, obedecía a la necesidad de pacificar una zona estratégica en la ruta platera de Zacatecas a Comanja. Por aquel entonces, ajenos a metales preciosos y más preocupados por sostener su ancestral tierra, los chichimecas montaban escaramuzas contra los colonos día tras día. La historia, es conocido su desenlace, acabo con su aniquilación en eso que muchos se empeñan en celebrar tal día como anteayer, doce de octubre, Día de la Raza, y que a otros pocos, por el contrario, nos llena de vergüenza. Con franqueza, dudo mucho que cualquiera que mínimamente se halla dedicado a investigar las consecuencias del influjo colonialista español en Latinoamérica pueda diferir de esta opinión. Habrá matices y puntos positivos, todas las grandezas alebradas al Camino de la Plata, por ejemplo, pero, en esencia, fue una aniquilación y sometimiento cercano a la esclavitud lo que imperó. Por no hablar de enfermedades traídas de nuestra tierra que diezmaron y en muchos casos exterminaron distintas etnias indígenas. Esto, por desgracia, no es una opinión de turista trasnochado sino un hecho constatable. 

El otoño más hermoso y humilde, incluidas plumerías ajenas a estaciones, siempre radiantes, hace de esta ciudad un espejo en el que reflejarme como flor deshojada, pecho de acero vomitando kilómetros, incinerando vidas ficticias. No es una cualidad fácil, pero en este tiempo y lugar, Lagos de Moreno, abracadabra, tiene la capacidad de atemperar mi taquicardia vital y prometerme un deleite colonial a sus justas revoluciones. Desde el Templo de Calvario, con la ciudad a los pies, con las cúpulas y campanarios en lontananza, obliga a exhalar profundo y dejarse enamorar por unos mexicanos de ademanes más humildes y cercanos a los que jamás se conoció. El tipo de la oficina de información se desvivía por forrarme con folletos y apuntar lugares de interés, el que me vendió fruta lo hizo con la sonrisa más franca que recuerde, en el hotel todo facilidades e, incluso en un garito de botanas, comodidad y relax para el güero hispano. Es una lástima infinita que se proyecte esa imagen a veces sórdida, a veces macabra pero siempre violenta de un país tan encantador, en fondo y forma, en cultura y sociedad, como México. 

El caso es que en un escorzo me levanto con brío de la escalinata del templo porque la soledad me ahoga, me obliga a retorcer la vida, a exprimirla como una brisa de viento sur en pleno invierno. Me da por sonreír de ese modo pícaro de quien se sabe perdedor de antemano. Por supuesto. Entonces Lagos de Moreno y sus mexicanos se hacen, ahora sí, una invitación a cantar el miserere en la próxima iglesia, todas de par en par, en ebullición un sábado tarde, a suplicar perdón por los errores cometidos,… y a no demorarme mucho porque en el radar ya tengo marcado un antro de luz escasa y vicio líquido. Todo lo que sea necesario para llenarme de valor ante lo que me espera: otra noche de felicidad que empañará la resaca y un cementerio desconocido, tanto que puede ser el más revelador de un país enamorado de la muerte. Absolutamente enamorado de la muerte. 

Al día siguiente, bajo un cielo turbio pero algodonado, maíz, acequias desbordadas y nopales escoltan al bus en un terreno que ha cambiado con brusquedad, del yermo páramo de Guanajuato a un esplendoroso verde punteado de azul gracias a las plantaciones de agaves. Jalisco, por si a esta altura lo desconoces, es la patria del tequila, brebaje celestial extraído de una variedad específica de agave, el agave azul o tequilana, que solo se da en este estado y zonas limítrofes. Caminas con determinación, subes una cuesta mortal y franqueas el umbral. Todo aparece girado, de arriba abajo. Con franqueza, acercarse a un pueblo llamado La Chona a visitar un cementerio puede sonar a broma, a locura juvenil de intrépido pecador más que a gesto obsceno de tipo (presuntamente) maduro, especialmente si no tienes lirios a quien regalar y el dolor de cabeza del clavo genera una falta de raciocinio tan de psicosis que ningún nosocomio se haría cargo de este despojo humano. Muerto en vida, vestido de frac alcohólico para la ocasión de esta visita estrella en el Camino Real. Será que, una vez que uno ha visitado la colección de tumbas de Zakopane, se vuelve tan estúpido como para creer que los cementerios en el resto del orbe tienen tanto o más para deleitar, obviando catrinas o guadañas. 

Nadie ajeno mira a los ojos a deudores en camposantos anónimos, pero en La Chona es distinto. La ausencia de los difuntos es asumida, pero en los vivos se da un éxodo de almas. En silencio, barcos a la deriva, desparramados entre muros que son tan enigmáticos como el Mar de los Sargazos, se hace evidente la razón de que los pasos mudos de los que allí nos reunimos suenan a odisea de Homero. 

Solo un tipo sostiene la mirada, se llama Óscar y es el responsable del Museo de Ánimas anejo al cementerio, una colección de momias menos macabra y más interesante, mejor presentada, que la de Guanajuato. Huérfano de información o folletos, recurro a él para que me explique la importancia vital del cementerio de Encarnación de Díaz como único vestigio de este estilo a lo largo del Camino Real. Lo mejor, sin embargo, no tiene nada que ver con plata o pasado colonial sino que está en la colección de momias. Alucino mientras me acompaña en el paseo por el camposanto, al tiempo que desgrana detalles. La momificación en Egipto o Guanajuato se debía a un amortajamiento especial o a la propia naturaleza de la tierra, respectivamente, pero aquí los difuntos descansan en gavetas elevadas, incrustadas en un muro, y no hay rastro de embalsamamiento. ¿Cómo es posible la presencia de momias en nichos sin contacto con el suelo?, pregunto intrigado. Óscar me da la clave principal: el agua. El agua que se bebe en esta zona es muy mineral, tanto que uno de los síntomas claros se da unos dientes que, con el paso de los años, se tornan amarillos. Esos mismos minerales acumulados en el cuerpo, sumados a féretros de madera que chupan los líquidos post-mortem y la atmósfera sellada, como envasados al vacío, que se da en las gavetas hacen el resto. La momificación, añade, afecta a un porcentaje superior al sesenta por cierto de los cuerpos allí inhumados. Absolutamente impresionante. Llegué por un componente histórico y me voy entusiasmado por un hecho natural. 

Después, agradecido, le choco los cinco y me entretengo por allí. En soledad recorro de nuevo las arrugas del destino hechas pasillos y arcadas junto a diminutas lápidas de mármol, apiladas en seis o cuatro alturas, al tiempo que, a lo lejos, escasos arcángeles señalan sin pudor a este corazón en almoneda. Pasa por ser considerado el cementerio más hermoso de México y a buena fe que partiré convencido de ello. Humillado, midiendo la dimensión histórica de tumbas del diecinueve, interiorizando que es tan acogedor que uno desearía resumirse aquí y no ser jamás alimento de buitre en muladar de cualquier latitud, que el zoroastrismo se quede en broma del destino; inmune, que la angustia y ansiedad que contagio no se atrevan a pudrirme sumergiéndome en verborrea engreída y autocomplaciente; que siempre pueda escribir tan esclarecido como resacoso entre pinos de cementerio; que la pasión que me ha arrastrado a acercarme al cementerio de La Chona nunca me borre aquel otro de Zakopane y unos aniversarios que pronto serán el de mi padre aquí al lado, el de mi madre muchos kilómetros al sur; que tanto ella como mi tía Rosa Mari no me permitan errar y menos vagar; que estos ojos… que estos ojos, nuevamente coléricos, ascuas iracundas, nunca más se humedezcan por los espíritus que me llevaron la piel a tiras, aquí o allá.

sábado, 13 de octubre de 2018

Ojalá que te vaya bonito

La carretera es una sucesión de oquedades apenas salir de San Miguel. En mi corazón, por descontado, y alrededor un purgatorio a veces de tierra parda, como queriendo fertilidad, pero en la mayoría terrones ocres entre los que brotan suspiros y cactus. Más seco que la mojama. No cabe más. Llegar a Guanajuato, por fortuna, es apenas un chasquido entre lenguas de alquitrán o villas anodinas donde aquéllas se pudrieron para dejar polvo puro. Una vez allí, ahora encajado en un taxi, de nuevo la memoria, zorra que no da tregua y fustiga, al cruzar frente al hostal de antaño. 

Tres cuartos de lo mismo cuando descubro la tasca en la que probé el mezcal por primera vez. Se llama “La Norteña”, y es un tugurio apostado junto al Jardín Embajadoras; hogar entrañable de puertas abatibles, rocola de época y larga barra de madera con más muescas que el revólver de John Wayne. Los tipos se camuflaban allí bajo sombreros tejanos, de ese modo que solo los mexicanos saben hacer cuando quieren observar pero no ser observados. Me escapé hasta allí una noche con mi madre. Si había acción ella no se lo iba a perder, eso fijo. Desconozco si era mezcal bueno o malo, probablemente lo segundo, pero un solo trago me bastó para no volver a tomar tequila jamás. Aquello sí estaba rico. Mi madre no pensaba lo mismo. Mejor aún, otro trago al buche. 

Me escondo entre sombras de un callejón diminuto, subo, bajo, me pongo de perfil y hasta tengo que patear la maleta para cruzar al otro extremo. Entre adobes gastados y techos de chapa, costuras repletas de basura, acabo en un hotel de capricho que es, sin duda, lo mejor que he conocido jamás en esta tierra. Me soplan treinta pavos la noche por aquello de que están de feria, pero incluso sin ello estarían bien pagados. Paredes níveas, azulejos en decoración, artesonado abovedado de ladrillo rústico,… Una delicia que destila México por cualquier rincón y que pisotea penas hasta que el colchón me convence de que Guanajuato sigue esperando ahí fuera, con insistencia. 

Me codeo con un gentío de impresión en este Guanajuato cervantino, y ni por ésas se rompe el sortilegio. Creo que es la única ciudad que me ha enamorado desde el primer instante. Calles reviradas que serpentean mientras suben o bajan, cuevas que son caminos o carreteras sobre antiguos túneles mineros, puentecitos que salvan callejones de metro. Un espectáculo distinto, ajeno a todo lo conocido y salpimentado entre templos fastuosos, momias, tabernas de ultratumba y fachadas de colores. 

Camino ajeno al ayer, olisqueando el aroma intenso de la harina de maíz al tostarse en tortitas, con la confianza de que Guanajuato cuadra tan al milímetro con mi alma, con sus subidas y bajadas, con sus túneles de carbón y luces de plenitud, que sin darme cuenta he llegado hasta el icono de la independencia mexicana: la alhóndiga. Porque Guanajuato no es solo una postal perfecta, es un legado completo de la historia del México pre y postcolonial. Este antiguo granero pasó por dar el pistoletazo de salida de la independencia de México gracias a la victoria que obtuvieron los sublevados de Hidalgo y Allende sobre las tropas colonialistas españolas. Después les dieron matarile, claro, pero la mecha ya estaba prendida y era cuestión de tiempo que el pueblo expulsara al invasor. Los murales de las escalinatas dan cuenta, con vigor y color tal que un disparo, mortales y sin lugar al respiro. Narran esa historia del México desangrado hasta calavera, del duro camino a la victoria a ojos de un veterano viajero, acaso transgresor e iconoclasta por el mero hecho de regresar una y otra vez ante éste y mil decorados. Ellos, los sublevados, perseguían su futuro sueño de libertad; otros, menos mundanos, fantasmas de víspera. 

Queda hoy un museo coqueto que regala fabulosos exvotos de temática minera y unas pinceladas genéricas del Camino Real, justo lo que buscaba. Se detalla cómo para el año 1546 se produjo una inmigración poderosa, gracias al reciente descubrimiento de vetas argentas, al norte de Nueva España, hasta entonces un lugar poco colonizado por su aridez. Su aislamiento y lejanía de la capital provocó la creación de un largo corredor que, ante la amenaza permanente de chichimecas belicosos, nómadas y semisalvajes, urgió el desarrollo de puestos defensivos o haciendas en las que pudieran guarecerse y desarrollarse los mineros. De un modo inevitable, junto a estas haciendas y puntos de refugio, se desarrolló a la par un componente evangelizador cristiano que desarrolló iglesias y conventos fastuosos dado el potencial económico de los asentamientos. Primero los franciscanos, después los agustinos y por último los jesuitas, cuyas construcciones, sabido es, suelen ser las más imponentes, claro ejemplo el Templo de la Compañía de Jesús en Guanajuato. 

Y además, de improvisto, India. Con la historia del festival cervantino se suele invitar a un país y en esta ocasión le ha tocado al gigante indio. Por ese motivo me veía, emocionado, admirando fotografías que reflejan la realidad india, mi historia, mi vida asiática. Era solo una pequeña sala de exposiciones temporales dentro de la inmensidad de la alhóndiga, pero suficiente para arañar el alma. Delhi, Jaipur, Varanasi… hasta Bhubaneswar o Kolkata. Todos, absolutamente todos ellos lugares que recorrí con mi madre. Foto a foto, notar cómo el nudo en la garganta se hacía bola era todo uno. Acaso por ello, acaso porque con el concierto de Molotov, con todo el papel vendido, el centro estaba abarrotado, decidí que la mejor opción era rescatar a una madre entre lágrimas en una de las iglesias más sobresalientes del país. Rumbo a La Valenciana. 

Antes, no obstante, deshice lo andado un tramo para recuperar la figura del guanajuatense más reconocido: Diego Rivera. De sobra es conocido su temperamento y su turbulenta relación con Frida Kahlo, pero debajo de esas circunstancias cabía un pintor excepcional, probablemente el muralista más notable de la historia. Le han pegado un buen meneo a la casa-museo, nada que yo recordara a excepción de los muchos dibujos y pinturas que, si no se conociera su trabajo mayúsculo en mampuestos, es probable que pasaran por mediocres a un neófito como yo. Lo mejor, la colección y el espíritu de Rivera que abraza a cada paso; lo peor, para los que amamos las fatalidades, la ausencia de referencias a su vida no pictórica, a sus excesos y relación crujida con otro torbellino emocional del calibre de Frida Kahlo. 

A mi madre la he visto llorar de emoción y belleza muchas veces, viajar tiene esa capacidad, pero muy pocas hacerlo por pena. Aquí, en el templo de La Valenciana, fue una de ellas. El bus sube abarrotado, renqueando, la larga cuesta que cubre los apenas tres kilómetros hasta el santuario. La iglesia obedece a una promesa, como suele suceder tan a menudo, un exvoto de opulencia y derroche en tres dimensiones porque aquí se halló una de las minas más productivas que jamás vio la humanidad. Al punto que, durante muchos años, dos terceras partes de la producción total de plata mexicana procedía de esta mina. La consecuencia obvia pasaba por erigir este templo, oda al despilfarro que desprecia escupiendo sobre plata. Oro. Oro cegador hasta convertirla en una las tres más recargadas y valiosas del país, tan lejos como cerca de la calle melancolía donde siempre habitan los mineros. 

Allí, regresados del recién visitado Museo de las Momias, hablaba antaño con mi madre de la volatilidad de la vida, del rastro que queda cuando el alma se va. Y de repente se puso a llorar como una magdalena. Ni siquiera las artesanías podían contener su llanto. Me hablaba, alicaída, de que eso es lo que queda tras morir: un pellejo como un saco repleto de huesos. Hoy se me vuelve a encallar la respiración y la fe al recordarlo. Fue una experiencia demasiado fuerte, pero nunca se arrepintió de visitarlo, todo lo contrario. Honestamente, si pudiera volver atrás jamás hubiera ido a ese museo. Pero ella no. Ella volvería a ir. Lo remarco ya que en no pocos viajes posteriores habló con cariño de aquel museo y su lección vital. Enseña más una lágrima que una carcajada, en esto de viajar, buena maestra llevé, las cosas funcionan así. 

De resultas, baqueteado por las emociones, empiezo estas líneas en “El Fusilado” (con ese nombre, ¿cómo demonios sería tan necio de no entrar a por un mezcalito?), un tugurio no lejos de la iglesia. Hay un par de chicas animadas, risueñas, cantarinas… mexicanas, ¡andelé! Al rato, ¿Cómo le va?, me dice una tras una sonrisa cordial. No muy bien, me sale gutural, ensimismado entre teclas. Alzan el vaso y me piden que levante el mío. ¡Salud! Tres vasos vacíos se estrellan sobre la madera. A veces adoro a esta gente, demasiado a menudo. Mágica penumbra para teclear con la voz rasgada de Chavela Vargas empañando las lágrimas y otro mezcal para brindar con tu fantasma. Solo y desnudo en alma, como reo condenado al ostracismo de un oso polar, trato de frenar la sangría de recuerdos que me enarbolan en una pira crematoria. Efluvio alcohólico que raspa al poder, quién supiera reír como llora Chavela, madre, quién pudiera. Así tantos momentos al borde del llanto. Que te vaya bonito. 

Mas México, lo sabes bien, madre, admite vueltas infinitas en torno a un vaso de alcohol. Se ha puesto a llover de regreso al hostal, tormenta que es pura empatía climatológica, y me falta tiempo, espíritu lamerón, para resguardarme en “La Norteña”. La rocola echa humo, atruena, y justo aguarda una mesa en la penumbra del fondo. Me pido un mezcal, pincho unos clásicos de aquí y allá, luego susurro a “Los Cadetes de Linares” y hasta a aquel caballo prieto azabache que te llevó de súbito en una tarde-noche ecuatoriana. Atraviesa y fustiga el espíritu ese dulce sabor a tabaco y sudor del mezcal tierno, transparente como mi futuro para aquel vidente de Jaipur que lo va clavando. Por debajo de las puertas abatibles se ve el chapotear de los calzados ahora que ha empezado a llover con rabia, rumor que se acentúa en cada pausa de canción. Mezcal para todo mal, para todo bien, también. Que te vaya muy bonito ahora que al fin te hiciste espíritu y nos dejaste esa momia, madre, siempre nuestra momia en Guanajuato aunque sea traslada desde tu mortaja en el camposanto guileto. Cuántas cosas quedaron prendidas hasta dentro del fondo de mi alma, cuántas luces dejaste encendidas, y yo no sé cómo voy a apagarlas. Ojalá… ojalá que te vaya muy bonito, madre. Hoy el mezcal, lo sabes bien, se hará confesor y juez mientras Chavela, magia de rocola que me persigue, quiera acunarme.