Lo recordé ayer, viendo empezar a amarillear el trigo por campos de Castilla mientras volvía de Burgos...
Apenas llevaba setenta y dos horas en Kamphaeng Phet y solo sabía que adoraba los arrozales que poblaban los alrededores de la ciudad. Eso lo tenía claro. Muchos lucían tapices esmeralda, con un arroz que subía de día en día. En otros, aún vírgenes, se podía ver a algunos aldeanos pasando un arado mecánico de palas enormes. Se colocaban como si estuvieran haciendo surf al manillar del cacharro, y hacían esfuerzos gigantes por mantener la verticalidad sobre el fango mientras, en derredor, corrillos de hermosas garcetas, de un blanco níveo, se apilaban hundiendo rítmicamente el pico ante lo que surgía del rotar de las palas. En los arrozales más grandes se veían, desperdigados, pequeños grupos de patos protegidos por una red, igual que un tapiz de muselina, para que no escaparan; y rústicas cañas de bambú aparecían salpicando las riberas, con los lugareños apostados junto a ellas, en cuclillas y con un aspecto entre meditativo, ensoñador y somnoliento. Todos allí, quietos, narcotizados y en calma, viendo el trabajar de las garcetas y el navegar de los patitos tal y como lo hacía yo. El sol corría despacio por el firmamento, como si también cayera hipnotizado ante lo que se le presentaba. Juro que podría haber pasado allí una vida entera mirando la escena. Me parapetaba en cualquier sendero, tiraba la bicicleta, dejaba a un lado la mochila, y me ponía a leer o escribir. Horas y horas echaba allí. Por la mañana me recorría los vestigios históricos y, después de comer, cruzaba el puente sobre el río Ping para huir pedaleando hacia los arrozales, dirección sur. Alucinaba con los cambios de tonalidad de los arrozales, un día unos eran de verde muy intenso, al siguiente verde esmeralda, al otro verde amarillento. “Igualito que un Julio en los campos de cereal en Castilla, de un día para otro mudan el color” me repetía a mí mismo constantemente. Cuando caía el sol, los pescadores improvisados, aun con el cestaño vacío, me regalaban un cálido saludo mientras los veía marchar vereda abajo, subidos en baratas bicicletas de fabricación china.
Una tarde vi como un lugareño soltaba delante de mí unos patitos por un arrozal que ya lucía unos brotes bastante crecidos. Se quedó allí, a mi lado, viendo cómo estos surcaban las aguas. Los animales, de un tono castaño, se afanaban emocionados ante la libertad recién adquirida, y dejaban ligeras ondas sobre el agua marrón que venían a morir a nuestros pies. Le pregunté el porqué de aquella suelta. El tipo, mirándome de arriba abajo, empezó a reír con ganas y dijo algo en thai acerca de que los extranjeros no sabemos nada del cultivo del arroz. Agaché la mirada, pleno de vergüenza, porque al menos en mi caso era la pura verdad. Cuando se calmó, ya con más pausa y voz baja en el habla, tal y como acostumbran a conversar los thais, le entendí que los patos se comen los bichitos que hacen enfermar al arroz, y además, al hacer sus necesidades, generan un abono que es oro molido para la tierra. Nada de lo que hace el hombre en el cultivo de los cereales es al azar, eso no varía, pises la parte del mundo que pises, solo el clima se escapa al control. Al cabo de un rato el tipo se despidió y, al ver que yo le preguntaba qué pasaba con los patos, me dijo que no había problema, que de allí no se moverían, que ya estaban acostumbrados y que volvería mañana a recogerlos. Así que nos quedamos allí los patos, parpando esporádicamente, y yo enfrascado en un ensayo de Galeano cuyo título era algo acerca de las venas abiertas de Latinoamérica. Adoraba la paz de los arrozales de Kamphaeng Phet.
Diametralmente opuestos a los campos de arroz lucían los templos de ésta que, en origen, fue una localidad destacada del reino primer reino Thai. Era un bastión defensivo, y nada más apropiado que bautizarla como “Muro de Diamante”, que es lo que significa su nombre en Thai. A semejanza de los Jemer en Phetchaburi, los Thai también se decidieron a construir santuarios en el perímetro del lugar. Exactamente los mismos que yo me animaba a visitar. Era un pequeño paseo en bici hasta alcanzarlos, y pese a que palidecen ante la gloria de los vestigios de Sukothai, eran un bello pasatiempo para los que amamos la historia de los reinos del sudeste asiático. Todos los budas en ellos lucían un aspecto desgastado por la acidez de una lluvia que, siglo tras siglo, los había modelado y pulido hasta dejarlos más como masas pétreas informes que otra cosa. Eran una singular paradoja en comparación con los hermosos y dorados Budas que uno podía encontrar por cualquier templo moderno del lugar. Así se presentaba Kamphaeng Phet, actual reducto de labradores, abandonado por las mieles de la historia...
P.S. Que de Galeano (excepcional, irreverente y clarividente autor) y su obra irá la introducción de este capítulo es algo obvio. Yo, de mientras que recuerdo, sigo montando los vídeos de Malasia y Tailandia de a finales de 2012; los mismos que visualmente, gracias a Dios, se parecen mucho a los que en algún momento del pasado hubiera soñado con poder ver. Savia nueva, savia rememorada para un optimista corazón.
P.S. Que de Galeano (excepcional, irreverente y clarividente autor) y su obra irá la introducción de este capítulo es algo obvio. Yo, de mientras que recuerdo, sigo montando los vídeos de Malasia y Tailandia de a finales de 2012; los mismos que visualmente, gracias a Dios, se parecen mucho a los que en algún momento del pasado hubiera soñado con poder ver. Savia nueva, savia rememorada para un optimista corazón.