LIBROS, DOCUMENTALES, FACEBOOK...

"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

http://www.youtube.com/user/Botitas2006

Facebook y últimas noticias:

BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Cicatrices de la tierra

En lo alto del puerto de Khardung La siempre hace frío glacial, incluso en verano. Su ascensión comienza desde el mismo Leh, y la carretera serpentea durante casi treinta kilómetros hasta alcanzar la cumbre a más de cinco mil trescientos metros sobre el nivel del mar. En todo caso parecen más. Respirar allí es una tortura, y caminar rápido una quimera. El terreno yermo, desbastado por aire y lluvia, es una constante desde la base de Leh, pero ahora los escasos valles son puntos diminutos que se confunden con lo inmaculado de la nieve que envuelve los picos del Karakorum, justo en cuya base se supone el valle de Nubra. Otearlos es tan delicioso como fatigoso el menear los ojos para localizarlos, y entre tanto indio risueño frente a una nieve que quizás ven por primera vez, un triste occidental anda boqueando como pez fuera del agua, inspirando cada vez más profundo para robar un poco de oxígeno a un aire que no suelta prenda. 

En la cima, los indios de regiones meridionales siguen alucinando con la nieve, tapados hasta la coronilla. Se van unos pero llegan otros con ilusión renovada. Juegan a escribir nombres sobre la capa blanca y no demoran en regresar al cobijo de los coches. Otros, por el contrario, alucinamos con la sucesión de curvas vertiginosas frente a abismos insondables que se retuercen a nuestros pies, como una serpiente herida de muerte, como aquellas rutas de los Andes bolivianos. Si Nubra guarda solo una décima de esta belleza que envuelve en Khardung La, ya habrán merecido la pena las tortuosas cinco horas que demora ascender y descender la mole pétrea. Sí, cinco horas, imagina el estado de eso que llaman carretera. 

Después, bajando, es todo igual de maravilloso para los sentidos. Es la nada, y es el todo por lo insultante de sentirte achicado y desarmado ante la desafiante Pachamama. Durante segundos fugaces dan ganas de apearse del auto y quedarse allí plantado, ajeno al paso del tiempo, embelesado por las panorámicas. Aquí todas las distancias se miden en vertical, y no en horizontal, y la sucesión de picos y montañas se muestra tan estriada como bruscamente arañada en cañones de ensueño. Sin darte apenas cuenta has recuperado el resuello, el fuelle para moverte y la capacidad de sentirte impresionado ante una naturaleza que es tan generosa para ojos viajeros como despiadada para espíritus que aquí hibernan durante ocho meses en lamaserías, esperando un clima fértil que nunca quiere asomar tras la cordillera. El trigo siempre ha de esperar en Ladakh. 

Abajo, más abajo, cuando ya no se concibe más caída, aguarda el inmenso valle de Nubra. El cauce del río Shayok se bifurca en regueros, como en un delta de mil brazos que toman el color de la aguamarina, y dibuja islotes níveos que contrastan con el verdor de los esporádicos oasis poblados, con el ocre de las montañas, con el celeste del cielo. El río es la diosa Guanyin, y sus brazos el alimento de unos tipos tibetanos que siempre saben sacar supervivencia de lo que otros, caprichosos occidentales, consideraríamos desierto y desolación. En Diskit hay un monasterio de nota, pero lo realmente atractivo para la legión de indios que alcanzan esta frontera son las dunas de arena gris que aguardan en Hunder, apenas siete kilómetros más allá. Allí, como un guiño al pasado caravanero de esta encrucijada en tiempos de la Ruta de la Seda, aguardan camellos bactrianos con los que subir y bajar dunas creyéndose uno poseso de aquella época nómada y mercantil. Es una turistada, y no tardo en escaparme a otear las dunas desde cualquier lugar oculto, solo para comprender que el silencio también es virtud de este inmenso valle de Nubra. Con la caída del sol los reflejos púrpura van reptando las cumbres y los oasis se tiñen de negro, las dunas pasan a ser desierto amenazante y en el cauce del río, ahora transparente, queda el sortilegio esfumado que ha de aguardar a nueva luz para recuperar su viveza. 

Hay que partir casi de madrugada para alcanzar el lago Pangong y luego regresar a Leh. En total no pasan de doscientos cincuenta kilómetros, pero suponen casi doce horas de conducción porque la brea no existe mayormente, y cuando lo hace ten por seguro que lo poco que queda de ella será levantada por los próximos hielos. La carretera, en resumen, se hace conglomerado de guijarros y roca que revientan la suspensión del coche tanto como fustigan los riñones. Es una tortura que se mitiga, nuevamente, alzando los ojos al cielo, en busca de nuevas cumbres nevadas. Por Ladakh se viaja mirando al cielo, y cuando llega el lago resulta que es lo de menos porque, en tierra de Buda, cobra más sentido que nunca su sentencia de que el viaje es el camino, nunca el destino. El Pangong es una masa de agua de aspecto caribeño por lo translúcido de sus aguas. Unas banderolas de oración, un chorten en construcción y una base militar india (este lago es compartido entre China e India, enemistados casi siempre) lo suficientemente escondida como para no estropear la panorámica. Y nada más, ¿acaso importa? El frenesí sensorial se vuelve a desatar subiendo el Cheng La, camino de Leh. Otro mastodonte con pistas casi impracticables, a duras penas labradas por la gente del BRO, la organización que cuida estas carreteras y que tras cada invierno ha de volver a empezar porque todo el trabajo del año anterior se lo han merendado las nieves. Vuelven las panorámicas de vértigo, el miedo si asomas la vista por un lateral, la agobiante sensación de ahogo en la cumbre, la felicidad, en definitiva, la felicidad del viajero impenitente. Breve parada en la cima. El conductor, tibetano de Sikkim, se pone en cuclillas allí arriba, prende un pitillo y se deleita con el espectáculo. Luega tira la chustarra, se levanta como si nada y vuelve al coche. Si hago yo eso no me saca del paro cardiaco ni Dios. De no creérselo. Pero estas cumbres son su tierra, su naturaleza está hecha a ellas como la de los sherpas al Himalaya, como los yaks que pastan plácidamente a escasos cien metros. Entonces arranca la cuesta abajo, nuevo tobogán de vistas de ensueño. Sakti allí, donde arranca el nuevo valle, el fotogénico monasterio de Chemney, colgado de su correspondiente escarpadura, más allá, y la gran llanura pluvial de Leh al fondo del todo, abrazando al Indo, detrás de Kharu. Es hora de empezar a pensar en largarse a Manali.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Días 11 y 12: Valle de Nubra y lago Pangong

Ya de regreso, aún con las retinas impresionadas por los maravillosos paisajes que encierra Ladakh en la ruta desde Leh hasta el valle de Nubra por Kardhung La, entre este valle y el lago Pangong, y entre este lago hasta Leh pasando por Chang La. Dos días de sube y baja continuo y de vistas de vértigo por caminos de cabras. Tengo un texto a medias que empecé ayer, aprovechando la ausencia de Internet, pero lo publicaré mañana ya que espero acabarlo con calma. Y digo acabarlo con calma ya que me quedo un día extra aquí (dejo Manali para pasado mañana) porque ha comenzado el Festival de Ladakh y hay organizados algunos actos que pueden estar bien. Todo eso mañana, que aquí llega la hora de dormir (escuece levantarse a las cinco de la mañana), estas imágenes son, a falta de las panorámicas que acompañarán al texto mañana, el mejor resumen de esta tierra agraciada por la madre naturaleza... 

lunes, 18 de septiembre de 2017

Leh o los muertos conmigo

En Leh los perros podrían llamarse Tarzán por lo tupido de sus melenas. Ni uno ralo. Y otro tanto sucede con las escasas vacas que pululan por las calles al abrigo de las sombras en horas diurnas. Las casas son de adobe revocado de barro o cal. Son de planta baja, como si esto fuera un lugar azotado por los terremotos con frecuencia, y se apiñan todas en escasos núcleos poblaciones junto a la vega del río Indo, único terreno fértil entre tanto solar y desolación de montañas peladas que lo rodean. Asemeja a Atacama por aquello de ser un desierto de altura, desnudo de vegetación. Cuando el avión desde Srinagar descendió todo se hizo páramo ocre rodeado de montañas donde el único colorido lo daba el monasterio de Spituk. Eso es Leh, Ladakh por extensión. 

Es la tercera vez que se cuela una vaca dentro del jardín de la pensión donde me alojo, y apenas llevo unas horas aquí. Allí rumia lo que puede antes de que el tibetano que regenta el lugar la saque con suavidad, con suaves silbidos y ligeros aspavientos de brazos. El forraje aquí es oro, y hay que sacarlo de donde sea. La madre del tipo, abuela septuagenaria, asoma a ratos con el clásico vestido-falda de las tibetanas y un mala de 108 cuentas que sus dedos van recorriendo con calma y firmeza, al tiempo que musita lo que supongo son plegarias. Todas las tibetanas tienen la piel tersa, pulida por el aire gélido de su perenne invierno, y unos mofletes hinchados y rosados, como pintados con colorete. A veces trenzan sus canas, casi siempre las recogen en una cola de caballo. La sonrisa debe venir de serie también. 

Aparte de por esa poderosa naturaleza que asombra en panorámicas de impresión, los monasterios budistas son la principal atracción. Se sitúan en la cresta de montañas, siempre en equilibrios imposibles. Dentro los monjes charlan quedamente y las coloridas estatuas del panteón budista vajrayana sorprenden por dimensiones y colorido. Sus ojos son profundos e intensos, de monjes y dioses, pero también curiosos y cálidos. Los temibles guardianes de los santuarios apareen pintados por doquier, con sus fauces abiertas, sedientas de sangre, y contrastan con delicadas figuras de la diosa Tara, blanca o verde, que trasladan sosiego solo con su presencia etérea. 

Las licorerías de este estado son como una reunión de sospechosos con antecedentes. En Srinagar me acerqué la primera tarde a por una cerveza y allí aguardé cola entre militares y hombres alcoholizados hasta la médula. Compraban licor de tres pelas, matarratas a granel. Y en Leh es igual, solo que cambiando urdus por tibetanos. Independientemente de la raza, el alcohol castiga por igual. En Leh los tipos huesudos parecen ser más ordenados a la hora de esperar su ración, pero su constitución y lo duro de vivir en este clima, a esta altura, provoca que los estragos de su dependencia sean más visibles y agresivos. Rostros cadavéricos, torsos doblados, dientes picados, hablar entrecortado, temblores,… 

Tres días he estado purgando penas por la tensión acumulada, retorcido de dolor en la tripa, hasta que ayer, camino de Lamayuru, empecé a llorar recordando a mi padre. Bálsamo inmediato. En silencio, sintiendo cómo las lágrimas resbalaban mientras escudriñaba la ventanilla a mi izquierda haciéndome el despistado. Tan cerca del cielo, a través del paso de Fotu La, con el mundo sometido en el abismo ante mis pies que es solo un reflejo de tus entrañas. India te lleva al extremo de mil maneras, y en el momento más insospechado te recuerda que eres su presa, la fatiga tu tasa a pagar y las lágrimas por el recuerdo de lo perdido, de la ausencia, la más preciada enseñanza. Los muertos siempre acompañan, da igual que no salgas de tu entorno o que te escapes hasta el otro extremo del planeta, pero en India, de algún modo, es más fácil llorar y lamentar su añoranza. De súbito veía a mi padre regando en la huerta, cogiendo manzanilla conmigo en el Bardal, limpiando garbanzos o subiendo la cuesta del repetidor con su puro, meditativo. Y luego a mi madre caída en la calle Luis Cordero de Cuenca una tarde de noviembre, ya fallecida, dejando definitivamente atrás a Machu Pichu, Iguazú, Angkor o esta India que tanto adoraba. A su marido e hijos. Venían a recordarme que yo soy su herencia y su recuerdo, y su recorrido vital mi más preciado viaje. Que esto de viajar no deja de ser un pasatiempo porque lo verdaderamente importante se lo llevaron ellos y ahora, en espíritu, me lo devuelven a cuenta gotas hechas lágrimas saladas que no dejan de manar. Vienen conmigo sus espíritus tanto como mi llanto les honra y recuerda, y Lamayuru, allí al fondo, será solo otra estación donde brillen otro par de mechas sobre manteca de yak. De repente, ya no importa si bello o feo, si inmenso o humilde, solo es otra nueva excusa para calmar y alimentar al espíritu de los que me sostienen desde la otra orilla. 

Aún hoy, mientras trataba de escribir estas líneas, les veía tan vívidamente como ayer porque en Leh los muertos vienen conmigo. Y acaso el único antídoto al dolor de su ausencia haya sido subir al templo, poner una vela, y agradecerles el esfuerzo de haberme criado y haberme permitido rascar las nubes y maravillarme otro día más frente a este planeta, tal y como haré mañana en el valle de Nubra, pasado en el lago Pangong y después Dios sabe dónde. Cuando los ecos de la plegaria han dejado de resonar, cuando todos se arrodillan ante el lama que les da su bendición posando con levedad el reverso de la mano diestra en su cabeza, mientras otros fieles no dejan de girar las ruedas de oración circundando el templo en el sentido de las agujas del reloj, entonces los últimos rayos de sol arrancan brillos al dorado del tejado del gompa, las lágrimas se secan al calor irradiado y un nuevo viajero, un nuevo hijo, vuelve a nacer en Leh.