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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

martes, 17 de septiembre de 2019

Akbar

Si Shah Jahan nos legó el Taj Mahal, uno no debe marcharse de Agra sin estudiar, aunque sea mínimamente, la figura de Akbar, el más importante de los emperadores mogoles. Relacionados con su figura, de importancia capital, tanto los restos impresionantes de la ciudad fantasma de Fatehpur Sikri como su misma tumba, en Sikandra, conforman un inolvidable día de visitas. Básicamente porque la primera es uno de los mejores ejemplos de arquitectura indo-sarracena y, con relación a la segunda, porque se piensa que sirvió de modelo base para la construcción del Taj Mahal. Por si no bastara, lo mejor es que obligan a salir del centro de Agra, y poder alejarse de estos trileros es algo que no se paga con dinero. 

Desde la estación de Idgah salen los frecuentes buses interurbanos que conectan Agra con Fatehpur Sikri aunque, si eres tan torpe de asomar por allí casi al mediodía, la mezcla de basura, polvo, gases y chapas de metal ardientes que hacen de carrocería se asegurarán de que lamentes, otra jornada más, no haber madrugado. Después es un paseo de lo más entretenido sobre la planicie insulsa que es India en esta latitud. Sin prestar atención a un exterior que mortifica, es en el interior donde la mezcla humana se hace puro entretenimiento. Saris, tobilleras, ojos azabache y castaños, ojos color miel, pulseras bangles, niños querenciosos de saber qué, cuándo y cómo de este tipo extraño… Una delicia como siempre que el viaje pasa a ras de suelo por humano y sudado. Al cabo de una hora y cuarenta y cinco rupias menos, fin de la función. 

Se da entonces, tras subir una loma ligera, el milagro de Akbar. Se atraviesa la mastodóntica Buland Darwaza, la mayor puerta ornamental del país, y se accede a una mezquita sublime, marcada por los tonos rosados de la arenisca y el blanco inmaculado que señala la tumba del clérigo Salim Chisthi. Esta figura religiosa, por su estrecha relación con el emperador (tanta que hizo que Akbar construyera aquí su nueva capital), es la otra figura clave a conocer en una visita a este reducto patrimonio mundial. Dentro del cenotafio, en una humilde cámara, se reza a cada instante por su figura. En las celosías, como si de otro mantra se tratará, las mujeres atan coloridos cordeles de hilo en la convicción de que les ayudará a ser madres. El origen de este hábito parte del hecho de que Akbar acudió al santón solicitándole ayuda para que su mujer engendrara un hijo varón que le sucediera. Quizás el místico habría caído en el olvidó si hubiera errado su bendición, pero el caso es que debió atinar porque el primero de sus tres hijos, a la postre el emperador Jahangir, nació al cabo de poco tiempo. 

El conjunto de palacios y resto de la ciudad son el otro reclamo de Fatehpur Sikri. Distan medio kilómetro de la mezquita, y desgranan con suficiencia abrumadora una híbrida y sobresaliente mezcla de estilos arquitectónicos que maravillan a cualquiera. Los motivos geométricos y florales se han cincelado en pilares o artesonados, y por momentos empalagan en la sucesión de recintos. El calor se mezcla con la lluvia ocasional y pule las losetas, volviéndolas diamantadas frente a un cielo turbulento que no despega del gris amenazante. Si soberbio es Fatehpur Sikri, tanto o más se lo debe a un único edificio: el diwan-i-khas o salón de audiencias. En el centro del mismo, como soportando todo el peso del artesonado coronado por cuatro chatris, asoma un único pilar tallado con esmero del que parten cuatro vigas no menos majestuosas. Es impactante y brutal de poderoso. Lo suficiente para sobrecogerse recordando cómo se pudo abandonar, de la noche a la mañana, este lugar que, en consecuencia, sucumbió al olvido por centurias. El agua que cae fuera, la misma que abrillanta el suelo, fue la causa. El plan arquitectónico de Fatehpur Sikri, hasta lo visto, era perfecto… pero a algún ingeniero de la corte (Akbar tenía muchas virtudes militares y una sensibilidad artística notable, pero era analfabeto) se le pasó por alto un detalle: el agua. No había agua ni río cercano capaz de alimentar las necesidades de una población semejante. De ahí, al abandono y a las cenizas del tiempo. 

La tumba del emperador, última visita del día, se encuentra en Sikandra, una pedanía de Agra. Su composición es tan delicada, con sus torres, chatris y puertas, como sobria en su interior. Allí, huérfano de colorido y en la penumbra, descansa eternamente Akbar. Hay corzos, liebres, pavos reales,… correteando por unos jardines cuidados al milímetro. Es el bucle de la continua paradoja india que aquí también ataca: las calles repletas de mierda, los santuarios cuidados hasta el delirio. Doy un paseo y me pilla el sol que ya se pinta de ámbar mortecino. Feliz y dichoso pese al sofoco que inevitablemente imanta a la tormenta (en Fatehpur Sikri me han pillado un par de ellas), creo que últimamente sonrío más de la cuenta. ¿Quién me podía haber insinuado que iba a disfrutar tanto de esta ciudad?

lunes, 16 de septiembre de 2019

Taj Mahal o cierta oda al amor eterno

A un poeta del talento y categoría del bengalí Randrinatah Tagore hay que procurar tenerlo siempre cerca en este país; si es como autor de cabecera de cama, en la mesilla, miel sobre hojuelas. Y, si se llega a Agra, mucho más cuando él encontró la definición perfecta para describir la belleza impactante del Taj Mahal. Uno suspira con el corazón encogido, con el llanto al borde, y asiente desde la imponente darwaza o portón de entrada. “Una lágrima en la mejilla del tiempo”, así de sencillo. Y de hermoso, y de proporcionado, y de simétrico, y de níveo. Un mausoleo descomunal en el que Shah Jahan, el gran emperador mogol que levantó tamaña obra, volcó todo su amor pero también su dolor y rabia al perder a su esposa, Mumtaz Mahal, en el parto de su decimocuarto hijo. Era tal la pasión que sentía por ella que, sin duda, en su honor erigiría un monumento a la altura de la felicidad que compartieron, algo que enorgulleciera a generaciones posteriores y que ni el tiempo se atreviera a derribar. Hoy, junto a ella, descansa él, y el Taj Mahal ha pasado a ser considerado uno de los monumentos emblemáticos de la Humanidad por belleza pero, especialmente, por la historia de amor atemporal que encierra. Paseando por sus jardines, hipnótico ante el magnetismo que irradia el mausoleo, uno cree que, efectivamente, cuanto más se viaja más se atenúa la capacidad de emoción y sorpresa. Estoy convencido de ello. Pero este monumento, por alguna razón indescifrable, posee la capacidad de impresionar en grado superior a la primera vez que lo visité hace doce años. Arrastra en volandas, fustiga este corazón anquilosado. Entristecido por haber tardado en regresar, feliz por la firme convicción de que no me volverá a suceder, solo queda apalancarse en un banco, echar un trago largo de agua que mitigue los chorros de sudor, y suspirar enternecido. ¿Cuánto se debe amar a una mujer para construir algo tan colosal? 

En origen, siendo honesto, yo no debía estar aquí. Hace semanas, mientras buscaba una conexión desde Varanasi hasta Khajuraho, mi próximo destino, vi que existía un vuelo. Como ya no tengo el chichi para ruidos (eufemismo de que, a mis cuarenta y tres, paso de tutes nocturnos de tren a menos que sean imprescindibles y no exista alternativa), no me asaltaron muchas dudas. La sorpresa vino cuando comprobé que no era una ruta directa, sino que incluía una breve parada en Agra. Y, lo mejor, que por el mismo precio podía alargar esta parada y hacer un par de noches aquí. Tamborileaba en la mesa, indeciso. ¿Volver al Taj Mahal? Sí, cojonudo. Pero el hecho de tener que pisar Agra de nuevo se convertía en un regalo envenenado... 

Aquella Agra de dos mil siete, lo recuerdo vívidamente, era un lugar horroroso de feo. Sin duda la ciudad más sucia y contaminada que podrían padecer unos ojos, una boca, unos oídos. Además estaba saturada de buscavidas sin escrúpulos, pesados al límite. Y, por si fuera poco, era el entorno con hoteles de peor relación calidad-precio de todo el país. No obstante, en un arranque, con idéntica inconsciencia a la que gobierna mi vida, compré el billete en la absoluta confianza de que esto a peor no podía haber devenido. Aquella Agra apocalíptica, de apagones constantes y montañas de basura por doquier, debería ser historia. 

No resulta difícil imaginar que, obvio, la ciudad algo ha mejorado. La mierda no es tan evidente, han adecentado los alrededores del Taj Mahal y hasta florecen las plumerías. En el colmo del deleite, para mi sorpresa, la proliferación de hoteles ha traído aparejado que por quince pavos puedas dormir y desayunar en un hotel de capricho. Sin embargo, el precio de la entrada sigue calibrándose en el extremo disparatado al sobrepasar los quince pavos para extranjeros. Al menos, aleluya, por fin dejan filmar en la zona del interior del recinto. Y eso sí, nota al margen, los buscavidas siguen a su bola, tocando los cojones de continuo y convirtiéndose en un auténtico castigo hasta que franqueas la puerta de acceso. Andan revueltos al ser temporada baja y vociferan en ráfagas desde una legua de distancia. Una y otra vez, indiferentes a tu indiferencia, acostumbrados a la natural docilidad de los turistas primerizos por estas tierras. 

El olor a frangipani envuelve todo. Parpadeo un par de veces. ¿Dónde me había quedado? Ah, sí, que cuánto amor se necesita… Accedo al plinto y observo el discurrir del Yamuna, henchido tras el monzón como discurría el Ganges por Varanasi. Al otro lado, los basamentos del Taj Negro, el proyecto de mausoleo que Shah Jahan pretendía hacerse a sí mismo y que no pudo desarrollar al ser encarcelado hasta su muerte por su cruel hijo Aurangzeb. En todo caso, por el amor que sentía por su madre, permitió que Shah Jahan descansara eternamente junto a su amada. 

Una vez dentro, los detalles florales de taracea son aún más pasmosos que en el exterior. Este trabajo, llamado “pietra dura”, genera que el valor del Taj Mahal sea incalculable no solo por su conjunto, sino por cada diminuto detalle ya que las flores están engarzadas en piedras semi-preciosas. Cada palmo del Taj Mahal es un universo de detalles emocionales y una millonada en cuestiones menos prosaicas como la pasta contante y sonante. Brota allí un vergel tallado entre paredes y el biombo pétreo que resguarda las tumbas. La pequeña es de Mumtaz, la grande de Shah Jahan. Lirios, crisantemos, lotos,… Un edén paradisiaco que corona y glorifica en justa medida la más hermosa historia de amor por siempre narrada. Ni diez mil indios vociferantes pueden empañar la visión celestial, ni siquiera sus veinte mil codos que empujan sin cesar y son mandobles ocasionales a mis riñones. 

Toca partir, echar la vista atrás camino de la darwaza, comprender que, en efecto, me puedo sentir muy afortunado por haber revivido un lugar inolvidable pero, sobre todo, porque cierta vez pude hacerlo en compañía de la mujer que más me amó. Un verdadero amor puro de madre, exagerado y sin contraprestaciones. Y su recuerdo aquí, desde sus risas y fotos con la gente local (por entonces mucho menos habituada a la presencia extranjera) hasta su felicidad bailando en un murete del extremo opuesto del Taj Mahal (foto de portada del cuarto libro), nuestra más preciada joya. En las celosías de piedra tallada que ejercían de barrotes para Shah Jahan, en el Fuerte Rojo de Agra, murieron sus últimos deseos con vistas directas, en cada amanecer, en cada anochecer, a este camposanto donde yacía su amada; en los barrotes reventados de mi libertad, lo decía Chavela, solo podía anidar mi soledad cuando ninguna otra mujer osará escarbar hasta aquí de profundo. Hablar con el fantasma de quien tanto nos amó hasta el último aliento, como le sucedió al emperador, será, de resultas, idéntico castigo por dulce y eterno.