LIBROS, DOCUMENTALES, FACEBOOK...

"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

http://www.youtube.com/user/Botitas2006

Facebook y últimas noticias:

BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

miércoles, 17 de julio de 2019

Intros de Grecia y Jordania

Subidas dos nuevas intros que se corresponden con los próximos documentales sobre Grecia y Jordania, resumen del viaje de un par de semanas entre finales de 2018 y principios de 2019. En el primero habrá un amplio apartado a Meteora y sus famosos monasterios, encaramados sobre moles pétreas, y en el jordano, obvio, otro espacio largo dedicado a Petra y sus tres rutas de trekking más hermosas. Como ya apunté antes, supongo que en unos días estarán completos y disponibles en Youtube.
 

lunes, 15 de julio de 2019

Vídeos 74 y 75: Centroeuropa

Subidos dos nuevos vídeos de viaje que resumen el viaje por Centroeuropa en primavera de dos mil diecisiete. Recorrido por Chequia (Trebon, Jindrichuv Hradec, Trebic, Telc,...), sur de Polonia (Cracovia, Zakopane) y norte de Rumanía (Maramures más fin de ruta en Sibiu). 

Lo próximo es editar Grecia y Jordania, una vez que ya tengo el vídeo estabilizado y puedo arrancar con ello ahora mismo. Imagino que en un par de semanas estarán listos.
 

martes, 9 de julio de 2019

Intros de Europa Central

Dos nuevos vídeos que se sumarán a la lista en unos días y de los cuales ya están listas las introducciones. Recogerán el paso por Europa Central desde República Checa al sur de Polonia y desde allí a Rumanía. Desde pueblos como de cuento de hadas hasta iglesias monumentales, en piedra o madera, pasando por el horror de campos de concentración, palacios de capricho, museos etnográficos o cuevas alucinantes. Todo ello va a tener cabida en estos dos vídeos que verán la luz en los próximos días. De mientras, a ratos, voy armando la ruta ante lo que se avecina de septiembre en adelante.
 

jueves, 4 de julio de 2019

Perú 3.0

Ya comenté que esto de los vídeos iba a ir rápido y, de hecho, está subido el número setenta y tres que resume el último paso por Perú. Empieza por el museo Larco, en Lima, considerado el mejor del país y, desde allí, se baja a Cuzco para visitar Maukallaqta y la laguna Humantay. No obstante, lo verdaderamente importante en este vídeo se da en la parte norte del país ya que allí pude recorrer Trujillo, Chiclayo y Chachapoyas. En ellos, cómo no, una muestra espectacular de culturas Moche, Chimú, Lambayeque y Chachapoyas en recintos arqueológicos y museos de factura irreprochable. 

Ya en marcha los vídeos (al final serán dos) que muestren el recorrido que hice por Europa Central en primavera de dos mil diecisiete incluyendo Chequia, sur de Polonia y norte de Rumanía. Este fin de semana no avanzarán porque tengo compromisos pero espero que, al menos el primero, pueda estar listo para la próxima semana.
 

lunes, 1 de julio de 2019

México 4.0

Con éste de México arranca el par de vídeos que recogerá el último paso por Latinoamérica, en otoño de 2018. No hay mucho nuevo que destacar de México, un pedazo país memorable en cultura, tradiciones y sociedad, sin duda mi destino favorito en América. En esta ruta arranqué en Teotihuacán antes de seguir rumbo norte por todo lo largo del Camino Real de Tierra Adentro, desde Querétaro hasta Zacatecas. Por el camino pude visitar joyas coloniales archiconocidas (Guanajuato o San Miguel de Allende) y otras desconocidas pero no menos atractivas como Lagos de Moreno. Acabé la ruta, antes de volar a Perú, en tierra Tarahumara, en la soberbia Barranca del Cobre, uno de los cañones más profundos y hermosos del planeta.
 

jueves, 27 de junio de 2019

Intro Perú

A punto de finalizar el vídeo de México (esta tarde grabo las voces y mañana lo mezclo), me he puesto a avanzar con el de Perú. Ésta es la introducción de un vídeo que recogerá el paso por el soberbio Museo Larco, en Lima, y unos breves apuntes en los alrededores de Cuzco (Maukallaqta y la laguna Humantay). No obstante, la verdadera chicha del vídeo se encuentra en dirección norte donde pude conocer las culturas preincaicas más notables como la Chimú, con el máximo exponente de Chan Chan; la Mochica con sus huacas colosales; la Sicán o Lambayeque, donde todos los focos alumbran el infinito ajuar hallado en la tumba del Señor de Sicán o, por último, la cultura Chachapoyas donde sobresale la fabulosa fortaleza de Kuélap.

Va a ser un vídeo que, seguramente, destilará tristeza dado que después de Perú subí a Ecuador, a la vieja Tomebamba (hoy Cuenca), en el cuarto aniversario del fallecimiento de mi madre y porque, además, trataba, hasta el final lo intenté, de hacer comprender a Maitane lo importante que es para mí (supongo que también debería serlo para ella y para Bryan) seguir aprendiendo de las mil y un culturas que conforman este planeta. De todo ese sueño compartido que una vez tuve, que al fin empezaba a cristalizar por Portugal, Cádiz o Chequia, ya solo quedan cenizas y silencio amenazado.
 

miércoles, 19 de junio de 2019

Un paseo por San Miguel de Allende y alrededores

San Miguel de Allende y Atotonilco, dos visitas que incluí en el pasado viaje por México, otoño de dos mil dieciocho. El primero es precioso, con sus iglesias y casas blasonadas en tonos pastel, aunque ya hace mucho tiempo que se convirtió en un retiro dorado para jubilados gringos lo que, en mi opinión, desluce a ratos el paisanaje. No es que le tenga ninguna manía a San Miguel, sencillamente opino lo mismo de lugares del Sudeste Asiático que adolecen de este problema (playas o islas del sur de Tailandia, sin ir más lejos). 

Atotonilco, por su parte, es una hermosa iglesia donde los frescos se multiplican sobre el estuco y generan, inevitable, exclamaciones de admiración por su exuberancia. 

Poco a poco voy recuperando el vídeo de Mexico, después de los últimos viajes, y además debo darme prisa porque se acumula el trabajo. Vendrán México y Perú, Centroeuropa de dos mil diecisiete, Grecia, Jordania, Irán, Uzbekistán, Myanmar, Indonesia y Vietnam central. Diez vídeos para montar antes de salir para Delhi dentro de menos de tres meses. Seguramente no voy a poder hacerlos todos, ni de coña, pero lo intentaré toda vez que el nuevo libro ya no me va a robar más tiempo. 

Tenía ganas de volver y asumir esta rutina. Volver a mi casa, mi gente, mi curro y los paseos por el paraíso que terminan con una cerveza en La Bruji. Fondear en este Mecerreyes, entre primaveral y veraniego, donde el cielo se pone de rojo violento cuando se acuesta el sol. Regresar por dejar atrás tanto dolor y tanta decepción en el camino embozado, una vez redimido en ese mi mundo a los pies. Siempre fiel, como un bálsamo, me esgrimió un teclado para escribir y desahogar a los cuatro vientos toda vez que a ella no se lo podía explicar cuando zanjó tres años de relación con un miserable mensaje de whatsup. Ni un ánimo, ni mirar a los ojos, ni un abrazo, ni un que te vaya bonito... El silencio y desprecio. Yo no sé lo de los demás, pero tengo la absoluta convicción de que no he mentido, engañado ni traicionado a nadie. Y cuesta horrores, lo explico a quien me quiere escuchar, asumir que ya no tiene remedio, que yo jamás hubiera generado tanto sufrimiento a una persona que, además, sé que me ama con locura (los ojos no mienten, hasta un niño puede verlo). Había mil maneras comprensibles y no tóxicas de dejar la relación, pero solo una despreciable y con claro ánimo de hacer daño... Ha sido su elección.

Ahora solo queda volver a mirar al frente, recuperar la ilusión y alegría por vivir, por viajar (ésta nunca la perdí del todo) y, especialmente, por ser mañana mejor persona de lo que he sido hoy. Nunca jamás volverán las teclas a tratar esta calamidad que venía, ahora lo veo claro, con ánimo de venganza y hundir hasta el fondo un alma desgajada tras la pérdida de mis padres. Ser mejor persona, imprimir ese nuevo libro, seguir dando de comer a este blog de verborrea hueca, barata, engreída y autocomplaciente (durante tres años tuve que tragar desprecio tras desprecio), y, por supuesto, seguir con esas humildes donaciones compartidas con familia y amigos en busca de un mundo menos cruel. Si, también me machacó por ello diciendo que engañaba a mis amigos porque, en cierto modo, les imponía la obligación de comprar el libro... En fin, mi conciencia y corazón... los suyos... El futuro, sí, ahí enfrente porque mañana despuntará un alba que me borre el pasado como un rabo de nube fugaz, como un convite a vivir y ser feliz en el salitre de Donosti. El tiempo, sí, ese despiadado insobornable que abarca mucho más que el ínfimo tramo que necesitó para teñir de deshonra una cama aún caliente de mí. El mismo que abona las mentiras fugaces para luego triturarlas entre sus fauces, escupiendo realidades desde Rentería hasta Praga vía Portugal o Cádiz. El tiempo, mi susurro febril y entregado de "te amo" en un miserere que golpeará siempre, mucho más desde que me redujo, impúdica, a mero capricho carnal de saldo. Y así hasta que sea capaz de imaginar Nueva Delhi encendida en brea y, de resultas, todo lo demás será ira o celos apagados en conciencia inmaculada.

martes, 18 de junio de 2019

Cien días, hasta doscientos

Llevaban unos meses los vuelos reservados pero es ahora, de regreso de Tailandia, cuando toca empezar a perfilar el próximo viaje, una nueva escapada de cien días. 

Con la mochila aligerada, poniendo puntos sobre íes (algo que debí hacer tiempo atrás), el futuro asoma con insistencia. La primera escala será India, desde Patna hasta Kota pasando por Varanasi, Khajuraho, Agra y un buen pedazo de Madhya Pradesh antes de subir al área de Kota, en Rajastán. Tampoco sé cuánto podré cubrir ya que apenas cuento con veintiún días antes de subir a Katmandú, en Nepal, donde revisitaré las aldeas del valle homónimo durante ocho-diez días. Con todas las connotaciones del gigante indio ya asumo que, como siempre, me espera un tute grande, eso seguro. 

Por si no tuviera suficiente fatiga acumulada, China vendrá después, otro mes entero, entrando por Hong Kong antes de salir por Chengdú a Chiang Mai. Entre medias, partiendo de una idea esbozada, pretendo subir por Guizhou, Chongqing, quizás Shaanxi, Gansú hasta Dunhuang y, una vez allí, bajar por viejos conocidos de cultura tibetana tipo Xining, Xiahe, Langmusi o los soberbios parques naturales de Huanglong y Jiuzhaigou para terminar, como digo, en Chengdú. Nuevamente, ruta muy ambiciosa que no sé hasta qué punto podré cubrir por cansancio y circunstancias naturales (Sichuan y Gansú están a mucha altitud y quizás la nieve me frene algunos tramos). 

Tailandia vendrá de seguido con una semanita entre Chiang Mai, para disfrutar de mi festival favorito en Asia, el Loy Krathong, y Bangkok, parada y fonda para llevar a imprenta el nuevo libro. 

Tras recuperar un poco el fuelle en Siam seguirá el meneo por Japón. Cuento con once días a dividir entre Nagoya y cercanías, lo primero, y un Kyoto en el que invertiré una semana de templos para volver a alucinar con el colorido otoñal de las hojas de arce (momijigari), el momento más hermoso del año para disfrutar de la vieja capital nipona. 

Para terminar, como ya asumo que a esas alturas ni podré con los huevos, me piraré algo más de quince días a Tailandia para recuperar el ánimo y volver a trasnochar entre tragos de cerveza en buena compañía.

Cansa solo de leerlo, ¿verdad? :-) Acumularé, en definitiva, doscientos días de ruta a lo largo de este dos mil diecinueve. Mantengo la ilusión (ya nadie me la volverá a robar), la salud (relativa, el susto de Sakon Nakhon está ahí) y, mientras eso no falte, puede que encuentre en esa cifra las sensaciones y equilibrio de cara a años venideros. A la vuelta lo averiguo :-)     

viernes, 14 de junio de 2019

En la calle de la memoria

Volví a recorrer la calle de la memoria, esgrimiendo mi dolorido cuerpo encorvado a modo de salvoconducto, cuando la derrota en luz del alba resumía estas viejas losetas lloradas. Gritaba un perro, unas pestañas que al vuelo llaman y un cerebro por desquiciar. Largo será el mañana. En un extremo no despierto y en el otro una mueca que despoja con rabia tu falda, ansioso de derramar esperma en tus entrañas bajo un letrero azul. Su nombre, el del perro, es Bosi. 

Arrastra el tiempo con ímpetu de sifón en la calle de la memoria. No hay pena que rechazar o pelo por desbrozar con mi aliento. Allá donde anidan los secretos turbios tras lazos de papel de regalo gris y acorazada masa cerebral, allá nunca cupieron mis cojones. Solo queda una pastelería de capricho, entre bares de perdición y pasos acelerados de súbito por el peso indescriptible de una ramera suicida. Será, acaso, mi amor descarriado cuando ni siquiera el alma sonríe con ilusión contemplando las letras: Pastelería Izar. En azul. 

¿Cuánto tuvo de divertido?, inquiere la desdicha, azorada. Yo no desearía despertar, musito trémulo, aún golpeado por el centelleo de esas letras gigantes, inanes tras tendida persiana metálica. A ratos, en momentos de tristeza desbordada, la calle de la memoria cultiva ese incómodo soñar frenético donde las hogueras jamás se transfiguraron tan plácidas. Obliga, desalmada, a atorar el esputo y condenarlo a la vana insignificancia. Y, con todo, no la rehúyo. 

Se ha disparado una historia de calvario y, como inconsciente nato, piso las flores de su jardín sin compasión. Hice lo que debía por leal y honesto, hostia. Con mi sangre y la palabra dada nunca osé prometer lo que no podía. Abro los ojos para golpearme con la misma realidad. A la deriva, carcelario, no hay Dios que me soporte cuando mi cuerpo derrotado gime y no ansía más allá de una cama caliente, suspiro de toro querencioso de tablas lapidarias. Lo veo al compás del miedo y la rabia, deshojando la quebrada rutina trivial de mi alma. Me veo mutilado, incinerado de puta en puta. La veo, al cabo, estrujada por este amanecer hijoputa que nos ha desquiciado dentro del vertedero en que sus fantasmas devinieron nuestra vida. Allí, en la calle de la memoria. ¿Dónde si no?

P.S. Su nombre es Fah. Hoy paga mi cuerpo porque, lo tenía claro, el azar no existe. Entró a matar, sin ser la primera, y yo ya conocía el percal... Un chute de placer atrapado en la tela de araña que es la noche tailandesa para animales no calientes, desbocados. Y con su sed ya éramos dos vasos huérfanos. ¿Te tengo que contar hasta dónde llegó su lengua en mi inseguridad remachada a base de hostias a diestra y siniestra a lo largo de ocho meses? Y tú también deberías obedecer a tu corazón mandando a alguien a dormir a su casa para que la noche al fin nos vuelva a gobernar, ¿no crees? ;-)




domingo, 9 de junio de 2019

Capítulo veintinueve. Un país que te necesita (Egipto)

Primera bofetada. El aire es denso y dulzón, típico de sobrepobladas urbes congestionadas de tráfico. A ratos somete tus sentidos y consigue desorientarte, siempre abrasa y rasga tus pulmones. Segunda bofetada. Buscavidas ávidos de ti, ofertando su medio de transporte. Dos. Quince. Hasta varias decenas. Insisten una y otra vez, inmunes a tu negativa rotunda. El Cairo abruma tan a fondo de primeras que recuerda a cualquier ciudad india. Entonces, de la nada, surge el recuerdo del padre que se fue, el que siempre soñó con ver esta tierra de pirámides, momias y templos milenarios de un modo tan intenso que sus últimas lecturas trataban sobre arte y civilización egipcia. Es en ese recuerdo donde se mezcla un deje de satisfacción porque le hubieran bastado unos segundos de acoso para mandar a estos tipos al carajo y volver a montarse al avión, de regreso a ese hogar burgalés que tanto apreciaba. Mejor así. El contrapunto paradójico, sin embargo, radicaba en su esposa, mi madre, que aquí se zafaba de esa maldición llamada “rutina monótona” y se aprestaba a batallar contra todo y todos. Siempre sonrisa permanente porque en esta frenética locura, plena de trazas de desesperación, ella empezaba a vivir. Y a mí, ente resurgido de las cenizas de esos dos fantasmas que me parieron, me toca rápido olvidar penas y funerales para empezar a funcionar en este mundo ajeno e infinito que tanto me ha dado y quitado. En este punto, mental cortocircuito fugaz, que desee lo del primero y, no obstante, me hierva la sangre de alegría por ser pura casta de la segunda, ya no importa. Bienvenido a El Cairo. 

Cuando el taxi empieza a sortear baches surge la calmada conversación con el conductor de turno. “¿Y vas mañana a Luxor?”. “Sí, El Cairo es un horror de tráfico y multitudes. Apenas vine a ver las pirámides”, remato. Asiente convencido. “Yo nunca he ido a Luxor”, aduce en un susurro antes de proseguir. “Un mes pienso que para el próximo, luego que para finales de año, pero el año pasa y vuelvo a empezar”. “El próximo mes, el próximo año”, repite lacónico. Le miro enternecido, consciente de lo afortunado que debo sentirme pese a que llorar el cadáver de un padre recién partido jamás encuentre consuelo. Se pierden detrás kilómetros. Diez. Quince. El Cairo a oscuras es tétrico cuando los haces de luz de las farolas tornan del naranja fugaz al ocre parduzco. Es inevitable dada la cortina de polvo y gases que aquí viven en permanente suspensión. No sé. Tubos de escape, chimeneas que vomitan, fogatas donde los sin miedo arrojan despojos. Basura quemada, plástico incandescente. Humo eterno que devuelve a India. Se pega e incinera los alvéolos con el roce. A veces hay luz. A veces solo intermitentes. Parpadeos de coches descacharrados cuyos conductores nunca se preocuparon de normas viales. Juraría que son los mismos de hace once años, si acaso más abollados y desteñidos. ¿Se destaponan los oídos? Poco a poco, se adaptan a la nueva realidad. ¿Y por qué demonios costaba tanto respirar? Pulmones que, poco a poco, se adaptan a la nueva realidad. ¿Es distinto El Cairo? Tanto que huele a lo mismo. Tanto que acoge análoga podredumbre y hogueras fatimíes de ilusión incinerada. Basta haber viajado hasta el hastío para saber que, en coraza distinta, se esconden idénticos sueños frustrados, idénticos espíritus que sobreviven al albur de una escudilla de arroz subvencionada por una sonrisa o un favor mísero. 

Al fondo de una avenida podrida de basura, tras un ridículo control policial donde la supuesta ley y orden sestea apoyada en una valla metálica, eso de escombros, contaminación y pitidos estalla en mil pedazos que se pierden por cualquier lado. Tiro la maleta y subo de dos en dos las escaleras que dan a la azotea. Ni por asomo habría pagado cuarenta pavos por esa habitación lúgubre y mal ventilada. Pero por tener a un palmo a las pirámides sí que lo he hecho. Las llaman de Guiza, y es lo de menos. Sobra de Guiza o hasta de Egipto. Son las pirámides a secas. Las únicas. Desnudas y mayúsculas, forradas de un hollín que, de súbito, se ha hecho milagro. Tan mágicas en la penumbra como en aquel lejano dos mil cinco. Las miro y remiro mientras tecleo sin convicción. Absorto, rendido de sueño. Esta tierra tiene tanto con qué enamorarse que no le importa escupírtelo a bocajarro, aunque a sus maravillas las escolte la miseria. Piedra a piedra, tumba a tumba, templo a templo, momia a momia. Aquí aprendí cuánto tiene por descubrir esta pelota deforme llamada Tierra, aquí podré soñar con un nuevo porvenir tras dejar en Barajas un corazón oprimido por el dolor. Al menos de eso intento convencerme cuando cierro los ojos tras una mueca que esconde un mínimo de felicidad, la primera en las últimas horas. 

Ha salido radiante el día siguiente, pero al pisar la calle se vislumbra el devastado estado en que se encuentra el negocio turístico en Egipto, el país por extensión. Simulando ser momias rescatadas del Imperio Nuevo, los buscavidas se afanan en buscar su negocio atosigándote sin parar. Cadáveres desesperados de los que cuelgan trapos con corte de camisa. Pienso, circunspecto, que amortajados tendrían más vitalidad aparente. Por el contrario, es tónica habitual la pesadez de estos tipos, lo novedoso es que esta vez no sirven cinco noes porque siguen ahí dando la matraca. Suspiro junto a un cajero y mido cuánto de largo se me haría otro día entre esta jauría. Es comparable a China, la misma sensación. Allí no puedes hablar con nadie, te escuchan y no te entienden. Éstos ni siquiera te escuchan. Así que aquí es aún peor. Sopeso al que menos aspecto de bribón pueda tener y, tras breve regateo, nos piramos a Saqqara. 

Entonces el tiempo empieza a volar. Sobre el fondo de las lejanas pirámides de Dahshur, la arena se multiplica como gasa desprendida de leproso que va mostrando nuevos montículos deformes a cada paso. En sus entrañas, olvidadizos del paso del tiempo, relieves en arenisca, policromados los menos, muestran escenas de ofrendas y vida cotidiana de hace tres o cuatro mil años. Tumbas y mastabas que la naturaleza preservó cubriéndolas de polvo. El Imperio Antiguo, cuatro mil quinientos años atrás, se halla en la pirámide de Zoser y las vecinas de Dashur; el Imperio Nuevo en tumbas de detalle perfecto. En Occidente el tiempo se mide en micras de segundo, aquí un milenio es lo mínimo. Ahí radica su auténtico poder. 

Lo que acongoja, admirando el recinto desde un pasillo que oferta sombra, es el hecho de que la pirámide escalonada de Zoser, la primera y por eso más importante de todas, apunta a ruina inminente. Dan fe de ello los rústicos andamiajes de madera (¿?) que se apoyan en sus laterales y que, si pretenden hacer de sostén, asemejan a broma macabra ante tamaña mole. Bastaría que se desprendiera un solo bloque de arenisca para destruir todo el tinglado. Egipto, que nadie lo dude, se derrumba a velocidad crucero, y ojalá valgan estas palabras para hacer notar lo vital que es el turismo para la economía de este país. O se visita Egipto ahora o tendremos que conformarnos con llorarlo, rescatando de la videoteca documentales del siglo veinte. Que a nadie le quepa una mínima duda. Éste es el momento de visitar esta tierra y echar un cable a sus gentes. 

Cariacontecido, se me ha antojado visitar el Serapeum a ver si levanto el ánimo, y me hundo en un hueco excavado en la arena para admirar los graníticos sarcófagos que escondían un puñado de toros momificados. Apis, el dios-toro, era venerado como la reencarnación terrenal del poderoso dios Ptah, creador del mundo. A consecuencia de ello, los toros, sagrados, eran momificados y enterrados en inmensos sarcófagos una vez fallecidos. Éstos asoman en una galería de más de un centenar de metros, inmensos, pulidos con esmero y rematados de extraños jeroglíficos. Una visión celestial que comporta cuatro milenios de recorrido. Los admiro en soledad, tanta que un guardia ha tenido que abrirme el lugar y darme la luz porque este Egipto está absolutamente huérfano de visitantes. Provoca una extraña sensación de vacío admirar lugares tan soberbios y, sin embargo, tener que hacerlo en la exclusiva compañía de una sombra que se pierde trepando entre oquedades abovedadas. Tras quejidos de madera crujida por mis pisadas, se apaga la luz, redobla una hoja del portón y vuelve el guarda a echar un candado de tres euros mientras me alarga la mano (tip, sir). Esboza una sonrisa lamerona bajo un fino bigotillo cano. Tres euros que guardan uno de los preciados tesoros de la historia de la humanidad. Ver para creer. 

Es última hora de la tarde cuando regreso al cobijo de las pirámides que emergen en la meseta de Gizah, imponentes ayer, ni una décima menos mañana. “El hombre teme al tiempo y el tiempo a las pirámides”, reza el proverbio árabe. Se funden el sol y el horizonte. Llega la hora de partir. Se me ha ido el día en un momento de ese modo efímero en que la arena seca se pierde resbalando por entre los dedos. Sobre un montículo, con los tres túmulos alineados ante mí, exhalo un último suspiro. La panorámica es hermosa a rabiar. Vuelvo a pensar con querencia en los que se me fueron, en los ojos de un padre que quién sabe si no observan a través de los míos este espectáculo del que tantas veces hablamos. Inshallah, viejo, inshallah.