LIBROS, DOCUMENTALES, FACEBOOK...

"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

http://www.youtube.com/user/Botitas2006

Facebook y últimas noticias:

BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

viernes, 14 de diciembre de 2018

A Grecia y Jordania

Aprovechando que tengo unos días de vacaciones, que empiezan a aparecer conexiones de bajo coste con Jordania y, sobre todo, que me lo pide el cuerpo a gritos, me piro a pasar unos días por Grecia y el reino hachemita. Serán dieciséis días (del 28 de diciembre al 12 de enero) para recorrer los monasterios de Meteora más Atenas y cercanías, en Grecia, y desde Aqaba hasta Jerash en Jordania. Han pasado diez años desde la primera vez que pisé Jordania y, con franqueza, es tan bueno el recuerdo que me queda que no me ha costado mucho decidirme para volver. Es hora de recuperar la ilusión en disfrutar del viaje y la cultura del planeta sin angustias ni adioses en un año que promete ser muy, muy movido. De mientras, aquí ando montando vídeos y hoy toca un fragmento de Colonia del Sacramento, en Uruguay pero muy cerquita de Buenos Aires, concretamente en el otro extremo de la desembocadura del Río de la Plata. A marchas forzadas voy bandeando asperezas de un corazón convencido de que la honestidad y la lealtad nunca debieron ser motivo de guerra continua sino de orgullo.
 

jueves, 29 de noviembre de 2018

Intro definitiva Patagonia-Perú

Hora de recuperar, de regreso a casa, los documentales pendientes. El primero será el de Patagonia y Perú, correspondiente al viaje de abril y mayo de este año, cuya intro definitiva ya está lista. Comenté que ahora puedo estabilizar las imágenes aparte y con ello puedo montar los documentales mucho más rápido, tanto que espero hacer éste, el reciente por México y Perú y aquel otro de Centroeuropa en 2017, para antes de salir a Irán y Uzbekistán a finales de febrero. En todo caso he reducido las imágenes del viaje por México y Perú, grabados en 4K con la nueva videocámara, a alta definición clásica (1920x1080) porque la pérdida de calidad no es tan notoria en monitores convencionales y, por contra, me permite una mayor facilidad de edición y subida a Internet. Para Navidad ya estará completo este visualmente llamativo documental de viaje por dos entornos especialmente bellos de la geografía sudamericana como son Patagonia y Perú.
 

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Te seguiré hasta Tomebamba (y II)

Van y vienen. Son olas que rompen en los andenes de estaciones ya desnudas de vida. Arrasan en la convicción de que tras el derribo vendrá la paz. Las sentí en Auschwitz como tsunami, en Pashupatinath como marejada, en Encarnación de Díaz como disparo. Aquí, en la calle Luís Cordero, abruman con su poderío cuando llego al punto exacto donde tu cuerpo cayó moribundo. Déjalo pasar, recomienda el escalofrío. Déjalo ir, como un fantasma de ausencia. Me miras y al diablo todo, espíritu trémulo que podría naufragar tan cerca y tan lejos. La circulación ni se escucha, solo silencio y una acera quebrada donde te reflejas caída con tu mochila azul y el pañolón anudado al cuello. 

Respiro profundo, espanto las olas y me veo… Antes se ha agachado alguien que se dice médico. Te desanuda el pañolón y busca pulso en tu cuello. Parece que no, dice, y eso sí que es desesperación chutada en vena, inflamando la adrenalina… Me veo partir en una ambulancia donde dos tipos te hacen masaje cardiaco. Uno quiere creer porque ve la raya que oscila en la pantalla, pero es solo el impulso de las manos sobre tu pecho. Luego, en el hospital, un gran médico que me expulsa de la sala y lo intenta hasta caer rendido. Sale extenuado, hundido. Me mira y confirma lo que ya sé. Hasta aquí, tu último aliento se quedó en mis manos. ¿Qué le puedo reprochar a la muerte si te aburriste de torearla desde Tokio hasta Iguazú? Ahora el tráfico se mueve con celeridad, la gente que me empuja, las voces que me rodean entre charlas amistosas. 

Curado y redimido, justo en el mismo punto del dolor hay una joyería, y dentro los crucifijos que buscaba. En plata y oro. Como si me esperaran. Y también una réplica del que me robaron junto al portátil en el hospital, cuando dejé en la puerta nuestras mochilas mientras te velaba. No lo encontré ayer rebuscando en todas las tiendas de Chordeleg pero sí aquí, tan cerca de tu recuerdo. Negocio por ellos menos por el robado. Era su destino. 

Me antojo de unas flores y camino al mercado porque William, el de la funeraria, anda por Guayaquil. Mañana le invitaré a un café. Siempre que le evoco me surgen las situaciones vividas con él: desde tener que pagar quince dólares para los guantes y suero para la autopsia al “ojo gato”, como llamaba al forense, a tener que celebrar su tesón para repatriar tu cuerpo desde Guayaquil pese a la vergüenza ajena que provoca recordar la actitud del cónsul español de Guayaquil, otro holgazán y necio solemne que se negó hasta el final a firmar los documentos para enviar tu cuerpo a España… de hecho no lo hizo, pero William, de algún modo, envió el cuerpo. 

Cruzo el Parque Calderón sin dejar a Willian y su sorpresa con una autopsia que se alargaba. Va para largo, dice extrañado. Ya sé, ya. Cuando sale el “ojo gato” no da crédito mientras se quita unos guantes bermejos de sangre. Me pregunta que cuántos infartos había sufrido mi madre, que su corazón estaba infartado de cabo a rabo. Había muerto por un ictus debido a ateromas en la arteria basilar pero podría haber sido cualquier otra cosa. Casi tres horas de una autopsia que debía haber sido de hora y media. Tanto había por apuntar. ¿Cómo podía estar una persona así viajando por Ecuador?, pregunta estupefacto. Ilusión de viajar y descubrir, no hay más misterio. Solo ilusión y hambre de mundo, ¿verdad? 

En la catedral es una historia distinta. Hay un apartado donde hacen guardia unas señoras indígenas. Piden agua bendita, pasan la botella o garrafón a través de un cubículo, como una hornacina, y al rato se les devuelve lleno. Es agua bendita, ¿verdad?, le pregunto a la que cierra la fila. Asiente. ¿Para qué la usáis? Para ahuyentar a los demonios. Tú sabes que sí hay demonios, ¿sí? Me mira como embrujada, en trance, alzando las cejas, con unos ojos extrañamente azules que quieren saltar de sus órbitas. Como para no asentir. 

Las flores en la catedral son una idolatría a esa muerte que siempre guarda todas las respuestas. En plena convicción he adquirido un centro en el mismo mercado que se abre a un costado del santuario. Luce espléndido en la Capilla del Santísimo Sacramento. Salgo a comprar un cirio bien gordo (“hasta dos días aguanta”, me asegura la vendedora de un modo rotundo) y lo prendo en un candelero frente a la capilla. Al salir hay una joven indigente moviendo unas maracas y haciendo como que canta. Desafina como un gato torturado, pero el estribillo de la canción es tan conocido como inolvidable lo fue en voz de Omara Portuondo. Han pasado solo cuatro años, no veinte, pero tu ausencia sigue siendo un pedazo del alma que el destino me arrancó sin piedad. Empero, vuelvo a quedarme a solas, sin fantasmas que espantar. 

Regreso a la calle del final, giro y me escondo en una mesa del hostal “La Cigale”, última morada aquella vez. Te tecleo mientras escucho clásicos del rocanrol americano de los setenta. A ratos la paz del Reiki de la tía Elena y a ratos la deriva del adiós. Era una necesaria historia que contar aunque a este orador, embrumado a estas alturas, le sobren lágrimas tanto como le faltan ilusiones. Ahora esperan tus poesías por pasar a limpio, cante jondo garabateado a borbotones en servilletas de papel. Para una persona como tú, que me demostraste y enseñaste con tu ejemplo que el mundo es nuestro hogar, que cada centímetro de él es propio, que cada rostro que se cruza es un hermano, ¿cómo podría dudar de regresar a Cuenca a recordarte y homenajearte? Siempre nos juramos que no se puede vivir con miedo, ¿recuerdas? Y en eso ando guiado por tu estilo todoterreno, siempre con la mochila a cuestas, siempre descontando hojas al libro de lo que se te extraña porque todos los caminos conducen a tu fantasma… 

Pero Cuenca, cuando me voy a despedir y pese a la losa de fatiga, ya es una oda a la alegría del futuro más allá de la tromba de agua que vuelve a descargar. Encontrará mi botón un nuevo ojal en cualquier rincón del planeta. Y allí volveré a echar la vista atrás para comprobar que vienes detrás, inasequible a la fatiga. Ambos lo sabemos. Pienso en lo próximo, Irán y Uzbekistán, Brasil, China,… No en vano, ¿acaso no me asegurabas tú que, pese a las alforjas cargadas hasta las cartolas de kilómetros, quedaba aún demasiado mundo por descubrir?

lunes, 12 de noviembre de 2018

Te seguiré hasta Tomebamba (I)

Estalla el cielo preñado de nubes sombrías para dar a luz un diluvio cuando llego a Cuenca. Alicaído, lo imprescindible para hundirme en la raíz de una habitación modesta y abrir el portátil, atenazado por tu recuerdo. A ratos temeroso, a ratos encorajinado, hoy quería escribir el texto más bonito de todos, te lo aseguro. Pero piso Cuenca y de eléctrico escalofrío tu espíritu me revela que mi corazón viene en un camión de mudanzas mientras el cuerpo voltea el mapamundi sin encontrar ojal al que envolverse. Santa Ana de los Cuatro Ríos de Cuenca, la dicen; la vieja Tomebamba inca, tu última frontera, la recuerdo. 

Atrás quedaron valles infinitos, de un verdor fulgurante. Nubes que nos envolvían, sol, lluvia feroz, y un Ecuador precioso. Recorrí casi ochocientos kilómetros desde Chachapoyas, Perú, por infernales carreteras andinas donde la trocha o ripio, el barro con guijarros, templaron mis nervios frente a barrancos mortales. Uno tras otro, a veces demasiado rápido, casi siempre lento. Treinta y seis horas seguidas con breve escala para buscar un sueño a vuelapluma en Loja. Y cuando diviso al fondo el amplio valle donde se asienta Cuenca, las cúpulas azules de su catedral dominando un mar de tejas ocres, me puede la emoción mientras me juro una y mil veces que volvería a hacerlo ahora mismo. Como en el norte de India, camino de Lamayuru, me obligo a pegar la cara frente a la ventanilla para esconder mi dolor. Ciudad de artistas y poetas, mira que elegiste buen sitio para partir. Cuenca, las dentelladas del destino lo quisieron así, es quizás el único santuario sobre la faz de la tierra que me pueda reconfortar el alma. 

Respiro profundo en una estación de buses que ya conocí para llegar hasta Ingapirca, camino inca de parada y fonda para mí, algo más para tu cuerpo marchito, ese mismo día y al cabo de unas horas ya liberado del dolor de vivir. Como un colibrí batiendo alas partiste, imposible de colmar la sed de futuro y mundo, de la calle Luís Cordero al infinito. Allí caída, justo cuando te cogí la cabeza, exhalaste el último suspiro. ¿Te acuerdas de aquello? 

Camino por Cuenca ausente una vez el aguacero da tregua, como buscando un unicornio albino, abstraído de una ciudad que es un surtidor de rincones hermosos. Las calles empedradas brillan amenazantes y obligan a refugiarse bajo aleros y balcones coloniales. Se suceden las mansiones, antiguos monasterios, el crepitar de una historia fecunda, generosa. Pienso en el destino, dónde volveré a reír a mandíbula batiente, en qué cama volveré a amar, qué mujer me colmará de placer y, más intenso aún, comprensión, dónde se hará pedazos la huella de mi existencia,… Me urge, de pronto, aparcar el devenir, hurgar en la ausencia, y me piro a la trasera del hospital Corrales Moscoso, a aquella posada de desesperación y tu cuerpo de madre por repatriar. 

Entre incas de leyenda e iglesias coloniales tan modestas como originales, el hospital se dibuja al fondo de la avenida Huayna Capac, al otro lado del río. Recorro el breve paseo hasta la pensión cuyas sábanas mojadas eran balas en ráfaga, metralla indiscriminada vomitando desesperación, a la derecha del mismo. La morgue en la siniestra, justo enfrente de la habitación desde cuyo ventanal observaba con frecuencia enfermiza tu cuerpo que, gélido, quedaba dentro a la espera de una autopsia. Fueron momentos de verdadera soledad que todavía hoy forman un nudo en la garganta cuando me paro frente al anatómico forense. La morgue, tan terrible como inevitable. Tan humana. 

Y después me pierdo tratando de buscar la funeraria de William. Creo recordar dónde queda pero rebusco por aquí, por allá, para encontrar solo locales cerrados y persianas echadas. Es noche cerrada y, cuatro años después, no recuerdo las calles, me desoriento en el batiburrillo enmarañado que forman. Termino en otra funeraria, desesperado, y el tipo rápidamente me saca de dudas. La que yo busco es San Vicente de Paúl. Exacto, ésa es. Pero no pilla cerca, sino a cuatro kilómetros andando. En mi necesidad de respirar y oxigenarme, hace cuatro años, yo solo andaba y andaba. Cosas de la memoria, aquellas interminables caminatas se han convertido en paseos dominicales. Calles que hice mías, que quizás te prometí nunca jamás volver a caminar. Memoria, fiel aliada, enemigo íntimo. Hoy ya desisto de ir. Mañana será otro día porque vuelve la llovizna y la habitación del hostal, en standby, parece igual de apetecible que antes. Es otro hostal juvenil de esos repletos de tumbonas, hamacas y carteles de cerveza barata en los que, cuando pides una mesa de escritorio y una silla a juego, les acabas de reventar el estaribel. Entonces pasan a mirarte raro, como si hubieras pedido pétalos de rosa y sales de baño. A ver qué demonios pensaba a mis cuarenta y tres. Y no te rías porque, en el fondo, siempre supiste que viajando a mi vera tocaría hacer guardia en alojamientos de lo más variopinto. Anda que no te gustaban, si tú hablaras… Entonces solo me resta buscarme de hoy y ahora, de mochila y futuro, arrastrar la mesilla al borde de la cama, sentarme en el colchón y doblar los riñones. Futuro, ¿verdad? Ambos sabemos que lo desearías así. 

Tecleo henchido de paz mientras el repicar de las gotas se hace estruendo ocasional pretendiendo amortiguar una pena sostenida en el tiempo, sacando chispas de presunta vitalidad a estas líneas. Tiro de combustible llamado ron Ronero, quiero cabalgar espantando el ayer, pero me tumbo a lo largo y observo tu historia corrida en la moldura de la escayola. Con savia de tu cuerpo, estirpe y ejemplo voy sumando cuántas y cuantas peripecias nos marcó la ruta. Me seguiste hasta Tomebamba sin dudar un instante ni poner peros al camino, a esas tus cicatrices que sumamos a lo largo y ancho del planeta evoco. El dolor en Otavalo por tu hermano Luis exactamente en un San Martín como hoy de hace cuatro años. Suma y sigue, ¿verdad? Y entonces, al fin, ya pueden volver a rodar lágrimas por mis mejillas en Tomebamba. Esta vez tranquilo, en silencio e infinita paz. Un perro ladra a la luna que ahora es cuna de gasa y terciopelo para, sin saberlo, cerrarme los ojos de la velada que más a gusto dormiré en todo el viaje… Hasta el final, como un iluso, seguía añorando esa ilusión de querer escribir el texto más bonito de todos…

sábado, 10 de noviembre de 2018

Perú (Chachapoyas) a Ecuador (Vilcabamba o Loja). Noviembre de 2018

A noviembre de 2018, y como ni en Chachapoyas ni siquiera en Jaén tienen claro este tema de cruzar a Ecuador desde Chachapoyas, lo publico aquí. Bien sencillo: minivan directa de Chachapoyas a Jaén (tres horas y media o cuatro con "Fe y Alegría", que así se llama la empresa) y bus directo de Jaén a Loja. Este bus es tan nuevo que ni en Jaén saben que existe... o prefieren mandarte por San Ignacio y La Balsa, que es la opción que usan los viajeros desde hace más de una decena de años. OJO: Los blogs de turismo comerciales indican las mismas escalas pero están DESACTUALIZADOS, SIEMPRE LO ESTÁN, PONEN UN TÍTULO QUE LES CATALOGUE LOS PRIMEROS EN EL BUSCADOR DE GOOGLE Y TE ENGAÑAN PORQUE LOS AUTORES/AS GENERALMENTE ESCRIBEN "DE OÍDAS" Y, PEOR AÚN, NUNCA REVISAN LA INFO. El caso es que un bus (empresa Kambija) acaba de pasar por la frontera a las tres de la tarde dirección Jaén (imagino que salió de Loja a las ocho o nueve de la mañana), y el de vuelta, dirección Loja, pasará a las cuatro y media; es decir, sale de Jaén a la una de la tarde (confirmado por el oficial de inmigración peruano que es quien me ha hablado de este bus). El tramo desde Jaén a la frontera debía hacerlo, obviamente de haberlo sabido hubiera cogido el bus directo desde Jaén, pero el caso es que aquí también puedo abordarlo. Básicamente el problema se da en que en Jaén, Perú, cada compañía tiene su terminal independiente y por ello no hay un centro de información común. Otro disparate incomprensible de los que Perú está plagado. Así pues, resumiendo, minivan de Chachapoyas a Jaén por la mañana y bus directo a Loja a la una de la tarde. El bus, por cierto, pasa casi vacío, así que no descarto que lo puedan suprimir en un futuro. El caso es que, a noviembre de 2018, existe. Siempre, siempre, chequead estas informaciones sobre este bus en Jaén o Loja porque yo no actualizo los escasos datos que doy (ya sabéis que este no es un blog de viaje y datos prácticos), en todo caso siempre tendréis alternativas vía escalas por pueblos intermedios, una sonrisa de amistad y unos soles extra para compensar lo que el transporte público no alcance... son recursos o realidades de viajeros que se descojonan y descartan por inútiles (igual a como suelo hacerlo yo) entradas como ésta. Una vez más: CHEQUEAD INFORMACIONES EN LOJA O JAÉN Y USAD ESTOS DATOS COMO MERA REFERENCIA Y NO DOGMA A SEGUIR.



Ecos en Huancas

El río Sonche, desde lo más alto del mirador a su cañón, es como un barquito de papel que requiebra antes de perderse hundido entre moles calizas y extraños focos de vegetación trepanados en la puna. Ahora se lleva suspiros de un hombre que vuelve a sentirse solo. El río, ajeno a ello, es un diminuto hilo de algodón parduzco, inmune a sentimientos humanos. Nada en su transitar da fe de cuántos sueños estrellados han ido a caer en su lecho, derretidos como cubitos de hielo en sopa primigenia, ni de cuántos lamentos asociados barrió el tiempo, encajonados entre paredes verticales de eco hecho amasijo de dolor y pena. Un eco rotundo. 

Se abre el abismo de este a oeste como un boulevard y en esporádicas ocasiones, desde allí arriba, uno se siente un semidiós con bula desamortizada, igual que Mendizabal. Se quiere creer divinidad sin entenderse preso de majadería. Desearía uno, como un idiota, ser el protagonista de una profecía novedosa para ser honrado como el advenedizo salvador, con todos los indígenas postrados a sus pies. ¿Y si todo fuera mío? En la cascada Gocta sentí algo similar que en Kuélap se reforzó. Perú regala balcones maravillosos donde el fondo queda tan lejano que por ello es mucho más sencillo ver reflejado nuestro vivo retrato, ver la luz que todos emanamos por mucho que se debilite, generalmente tan ilocalizable como imposible. Al del fondo, a mí mismo, le pregunto: ¿cuantísimo la querías? Y el eco enloqueció. 

La vegetación ha cambiado de eucaliptos a pinos en el mirador de Huancaurco. Desde allí se divisa una quebrada soberbia, todo el tajo del Utcubamba como la senda del tiempo disfrutado o llorado en una vida. Este cañón se retuerce sobre sí mismo, te obliga a ascender por un sendero, a atravesar una ruinas Chachapoyas comidas por la vegetación y entonces, al fin, el mirador más increíble en el punto donde se unen los ríos Sonche, Utcubamba y Vituya. Me mojo entero y no me importa, sale el sol y me preocupa menos. Voy ansiando felicidad, recorriendo un sendero lamido como el filo de un cuchillo por la cresta de la montaña a través de una vegetación tupida. Luego éste se cierra en un santiamén, borrado por una Pachamama que no desea humanos descarriados y los ahuyenta formando barreras de matorrales. Arrecia la llovizna y obliga a regresar a Chachapoyas en busca de un reflejo de taberna, otro eco, que será tan próximo como distorsionado. 

Me burlo allí de la ocurrencia como divinidad reverenciada; me burlo, al fin y a la postre, de un encantamiento que por esos labios verticales de pecado y perdición volvería a sucumbir envenenado. Y empaño juramentos entre acordes de guitarra española, cerveza peruana y la compañía de una sombra que me da la espalda, enojada porque sabe que este tipo de desengaños en México se toreaban mejor entre mezcales como porta gayola o chicuelinas. Y ahora que el eco casi se perdió, le doy la razón brindando a solas. 

Tres copas de más en Chachapoyas son un bello resumen de un Perú al que le debo un viaje a Waqrapukara como a México otro a Basaseachi. Pudo ser peor si el maquillaje se hubiera corrido al compás de la desesperación, si su hollín se hubiera transformado en paisaje de carbón tan a presión que acaba diamante en bruto. Enardecido de súbito, le pregunto al eco, ¿cuánto de caro sale ser honesto y valiente? 

Al final, todo es mío. En un aspecto puramente emocional, pero es que con cuarenta y tres ya se sabe que ése es más importante que cualquier otro. Ahora bastante tengo con olvidar maravillas naturales de Chachapoyas, cañones insondables, y encontrar el camino al hostal desde este antro tan sumergido en penumbras ideales para recuperar la retina de lo vivido en un lugar insólito. Y no queda eco con voz de mujer de mi vida que tenga cojones de negarme. Y no queda eco, al límite de la extenuación, sino recuerdo del viento silbando en el pinar mientras los cañones de Huancas, entre aullidos y dentelladas cada vez más amortiguados, devoraban hoy mis desdichas hasta el tuétano del inframundo. Silencio, no queda eco, solo silbido o hálito vital arrastrado por el viento, acariciado por acículas. ¿No lo escuchas?

viernes, 9 de noviembre de 2018

Chachapoyas, los guerreros de las nubes

Otra civilización pre-incaica que genera admiración por su legado del calibre de Kuélap es la Chachapoyas, en el departamento amazónico de Perú. Parecía que el día iba a negar la visita pero finalmente ha limpiado y hemos podido observar la famosa ciudadela de Kuélap, con sus fantásticos muros perimetrales, en toda su extensión. Venía a ver esto, desde luego que no me ha defraudado, y mañana relax antes de subir a Ecuador. Parece que mañana el día estará de perros (está entrando la temporada de lluvias) y eso, sumado a que Karajía no termina de convencerme (creo que es otro tour de una foto), me tiene en dudas de hacia dónde ir. Puede que el Cañón del Sonche si extrañamente amanece despejado, puede que otro lugar que, como siempre, se dejará ver a última hora.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Gocta y Plomo

Una vez en Chachapoyas, la catarata Gocta es otro de esos tours típicos de una foto que he preferido hacer a mi rollo. Tras una minivan y un rickshaw he coincido con Plomo, una mula de lo más amistosa y resistente. “Coño, se llama Plomo. Igual que mi ánimo hoy”, pienso circunspecto. Con ella he recorrido una hora en kilómetros, algo más de la mitad del sendero que lleva a la catarata Gocta, que no dudo de que merecerá más la pena en época de lluvias porque a día de hoy arrastra un hilo de caudal. De regreso una tormenta (perfecta para liberar tensión) me ha calado entero en los cuarenta minutos de tramo a pie, otro tramo de subidas y bajadas con Plomo y minivan de regreso. Estoy fundido porque el bus nocturno de la pasada noche sí que era lo suficientemente cómodo para descansar las casi once horas que separan Chiclayo de Chachapoyas, pero la carretera bacheada y ondulada no daba mucha tregua. La puntilla ha venido con el traqueteo a lomos de la mula.

Mañana a Kuélap y pasado Karajía, que es lo que me ha traído aquí antes de girar la brújula al norte, hacia Cuenca, homenaje en el aniversario de la muerte de mi madre previo paso a regresar al hogar. Vida nueva espera, y una necesidad acuciante de ella además. Era un viaje de tres duelos, dos naturales y otro de traición tan intuida como repetida porque quien olvida su pasado está condenado a repetirlo. Suerte que me pilla con el pellejo más que curtido. Borbotean en la savia de mi sangre próximos viajes, libros, proyectos solidarios, una huerta que plantar, nuevas endrinas para patxarán que recoger, hermanos con quien viajar, amigos con quien brindar… Todo eso, empero, después del porrón de horas de cama que me piden cuerpo y alma ahora mismo, en un Chachapoyas azotado por tormenta y aguacero continuo.